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Olivia
La noche llegó a la mansión Montenegro con la calma y tranquilidad que la caracteriza.
Por eso me encanta tanto este lugar. Desde que llegué, se ha convertido en un gran refugio.
Mientras escucho One Direction en mis AirPods, veo aparecer una luz justo a la entrada del camino de la mansión.
Cuando me quité los cascos, el sonido del motor ya me supo decir quién estaba llegando.
Por fin, Marco está en casa. Mientras aparca el coche en la puerta, me preparo cogiendo una bata para abrigarme; me pongo mis zapatillas de pelo y salgo de mi habitación directa a la puerta, pero mi sorpresa me atrapó antes que mis ganas de ver a Marco se hicieran realidad.
Aún no había entrado a casa, o al menos no he sido lo suficientemente rápida para pillarle.
Me asomo a la puerta de la mansión, pero, efectivamente, él ya no estaba ahí.
Me dirijo entonces a su cuarto, subo al primer piso y, unos metros más lejos de mi habitación, se encuentra la suya.
Su puerta es muy fácil de distinguir: el mensaje de —si entras, atente a las consecuencias— impera en ella.
Llamo, pero no responde. Abro la puerta con cuidado por si está haciendo algo que no debiera ver, pero nada.
Me detengo pensativa unos instantes. Son las doce de la noche, Marco ha estado fuera todo el día y, cuando llega a casa, es un flash...
Todo me suena a algo... No está bien. Deduzco entonces, atando pensamientos, que puede estar en nuestro lugar seguro.
Asciendo las escaleras lo más rápido que mis pulmones me dejan, pues si Marco está mal, sabe que nadie más que yo lo puede saber.
Puede que incluso me necesite; soy la única que consigue indagar dentro de él.
Me empiezo a preocupar a medida que voy ascendiendo escalones, pensando en que algo ronda por su cabeza.
Llego al desván, por fin. Atravieso en dirección al fondo de la estancia esquivando grandes cajas de objetos seguramente olvidados, luchando con mi alergia al polvo.
Al final, consigo distinguir una silueta: sudadera negra, sentado con sus brazos alrededor de las rodillas, mirando hacia la luna.
Era Marco. Salgo por la ventana y me siento a su lado, le pongo mi mano derecha sobre su hombro.
—¿Dónde te metes durante todo el día? Es imposible saber de ti —le digo en tono de broma.
—En sitios donde tú no puedes seguirme, no porque no quieras, que es obvio, sino porque no te dejaría nunca —responde mirándome con media sonrisa en su cara.
Su mirada caló intensamente hondo y profundo como el océano dentro de mí.
Conozco esa mirada, llevo días, semanas, que no puedo dejar de mirarlo fijamente.
Es algo parecido a lo de antes con Apolo, solo que con Marco es muy diferente.
Es otro tipo de sensación... Llevo tiempo sintiendo ganas de perderme en sus ojos verdes, de que me toque, me acaricie; que haga algún gesto de amor hacia mí.
Es súper frío en cuanto al contacto. Lo utiliza como un estilo de medio de distancia entre nosotros.
Recuerdo varias veces cuando vuelvo de la piscina, de baile o simplemente haciendo ejercicio, y me encuentro con él, noto en su mirada una manera diferente de mirarme.
Una manera que, lejos de incomodarme, hay momentos que podría decir que me gusta que Marco Montenegro, un tío sin ápice de emoción, de repente suelte una carga intensa de ella...
y solo conmigo. No sé, no debería de pasar nada así; al final, somos hermanastros.
A veces pienso que lo puede llegar a hacer por simple protección, otras porque hay algo más en el fondo de esa mirada.
Lo cierto es que no puedo criticar nada; cuando le pillo haciendo ejercicio o arreglando sus cosas sin camiseta o andando por casa sin parte de arriba, no puedo evitar fijarme desde su pelo negro absoluto hasta cada una de las partes de sus abdominales.
Sin embargo, sé que tengo que apartar la mirada; no puedo sentir esas cosas por alguien que es mi hermanastro.
Apolo, por ejemplo, en ese aspecto, es más respetuoso.
No le pillo tantas veces así; también es cierto que mi relación con él es más tipo hermano mayor.
Aún así, también hay momentos con él que aún no logro entender.
—Venga, Marco. En serio. Si estás aquí, sabemos que es porque algo te pasa —respondo cuando consigo salir de mi trance en sus ojos.
—Tienes razón... Me pasa que me conoces demasiado bien. No sé si eso me molesta o me irrita —responde sin abandonar su peculiar escudo de sarcasmo.
—Como sea. Pero ya estás largando. Y quiero que sea en serio, por favor —después de mis palabras, un suspiro profundo sale de sus labios, en ocasiones algo hipnóticos. Nuestras miradas se vuelven a cruzar, pero esta vez su rostro es serio.
—Liv, ahora mismo no puedo decirte nada porque ni siquiera yo sé qué hago.
Estoy en un asunto que necesito resolver solo.
Pero tranquila, no es nada malo. Si es lo que te preocupa, no, no me voy a morir.
Me vas a poder seguir viendo —responde retomando la sonrisa de nuevo.
Me jode en lo más profundo que no me cuente lo que le pasa.
No soporto saber que hay algo en su cabeza que le está haciendo estar así y que no me deje ayudarle.
No sé por qué, siempre lo hago y lo hago bien.
—Vale, tranquilo. Pero sabes que estoy aquí para lo que sea, ¿verdad? —le pregunto, agarrándole el mentón y girando su cara hacia mí. No era una situación adecuada para ello, pero tenía su cara tan cerca que una pequeña corriente eléctrica recorrió mi cuerpo muy lentamente.
—¿Por qué mejor no me das la noticia del día? —pregunta mientras le sigo agarrando el mentón.
—¿Te has enterado? Pero si no has estado en todo el día —digo sorprendida.
—Es difícil no enterarse cuando tus gritos y los de Rebeca se oyen hasta fuera de casa —responde levantándose.
—¿Estabas fuera, entonces?
—Justo en el pasillo.
—Y, ¿por qué no entraste? —pregunto curiosa.
—Entrar en una habitación con las dos personas más pesadas y con el afán de revisar cada gota de saliva que sale de mi boca no es una experiencia muy bonita de vivir.
Prefería esperar y hablar a solas. Estoy muy orgulloso de ti, niña pija —responde cuando me ofrece las manos para ayudarme a levantar del suelo.
Sus brazos rodearon todo mi cuerpo, me abrazó y sentí como si me hubiera atado a él.
Me abrazaba con fuerza, con ganas. No solo había alegría y orgullo en ese abrazo.
Cuando Marco me abraza así es porque además busca recargarse.
Sea como sea, ese abrazo me dio años de vida.
Al oído me dijo que él nunca dudó que lo consiguiera.
—Oye, ¿y tú? —respondo cuando acabó el abrazo y se giró para seguir mirando su luna.
—Yo, ¿qué? —pregunta frunciendo el ceño.
—Rebeca dice que llevas meses sin ir a las clases y que tienes una deuda con la universidad por no pagarla.
—Ah, eso. No es nada, solo que estoy harto de esa mierda. Pero tranquila, lo arreglaré.
—¿Volverás a la universidad? Apolo ya acabará para cuando empiece —pregunto cuando veo que su expresión cambió ligeramente.
—Entonces, ¿quieres decir que no estará Apolo contigo?... Irías sola —dijo pensativo.
—Sí, al final no coincido con él, yo creo.
Un momento de silencio recorrió nuestro lugar secreto.
—Bueno, míralo por este lado, un pesado menos que te ahorras —responde sonriendo mientras comienza a dirigirse a la ventana.
—No me has respondido, pesado. ¿Lo retomarás o no? —vuelvo a preguntar justo cuando tiene pie y medio dentro de la casa.
—¿Y aguantarte un curso entero? Me estás pidiendo mucho... Descansa, anda.
Odio el amor que le tengo a que se meta conmigo utilizando su sarcasmo.
Una vez más, huye de una pregunta que sabe que le está jodiendo.
Su huida me deja con una sensación de vacío.
Me ha sabido a muy poco este rato con él.
Necesitaba más. Necesitaba contarle todo lo que sentía por esta noticia.
Sin embargo, sé que ahora mismo, sea lo que sea lo que lo tiene así, está haciendo que se aleje porque necesita pensar.
En su mundo, en el mundo de Marco Montenegro, un mundo al que quiero acceder de todas las maneras que puedo intentar pero que es tan complicado como frustrante.
En fin, espero poder volver a hablar con él mañana.
Me dirijo a la habitación, paso por la de Marco sutilmente mientras hago por escuchar lo que pasa en su interior.
Logro apreciar el sonido de la ducha. Ahí estará, ese hombre que tan tensa me tiene pero que, sin esa tensión, no podría ser nada igual entre nosotros.
Pongo mi mano en su puerta con la palma sobre ella y esbozo un hasta mañana preocupado.
Espero que no sea nada malo, o al menos, que no esté metido en ningún lío grande.