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Son cerca de las 20:00 cuando escucho la puerta de casa.
Pensando que será Marco, salgo rápido de la habitación y me dirijo a toda prisa a las escaleras de la mansión, justo por esos pasillos que tanto me aterrorizaban con diez años y que ahora conozco como la palma de mi mano.
Cuando llego al primer escalón, bajo la mirada y una mezcla de desilusión, pero también de alegría, llega directa a mí. No era Marco, pero sí mi padre.
—¿Doctora Collins? —pregunta con una sonrisa de oreja a oreja, abriendo los brazos en mi dirección mientras se le abre la americana.
—¿Lo sabes? —pregunto ilusionada mientras empiezo a bajar lentamente las escaleras.
—Ha sido la mejor noticia que me has podido dar en los últimos diez años —responde irónicamente, riendo.
—¡Papá! —exclamé cuando llegué abajo y corrí hacia él para fundirme en un abrazo fuerte, cálido, muy necesario.
—Sabía que lo conseguirías, Liv.
—Seguro que Apolo ha metido mano —dije, insegura de haberlo hecho, pues era la realidad de mis pensamientos.
—Yo me encargué de que no fuera así. Me dijo que iba a mover cables… Le dije que no hiciera nada, que, si entrabas en esa universidad, tenía que ser por tus propios esfuerzos y no por el apellido Montenegro —contestó mi padre.
Él sabe muy bien lo que pienso del hecho de pertenecer a una familia con apellido; ya en San Diego fue así y me pasó lo que me pasó. Aunque aquí también cargo con ese peso, la seguridad de los hermanos y la de mi padre y Rebeca hacen que, para mí, esté siendo todo mejor.
—Por cierto, ¿sabes algo de Marco? —pregunto preocupada por su ausencia durante todo el día.
—¿Marco? Contento me tiene… No, hija. No sé nada de él desde hace días.
Esta casa es enorme, pero cuando llevas tiempo viviendo en ella, empiezas a conocerla, a saberte cada rincón y a disfrutar de la pedazo de mansión que tienen los Montenegro.
Desde que estoy aquí con ellos, pasó de ser el detonante de mi primera crisis de ansiedad y pánico a ser el lugar donde podía volver a construir mi seguridad y mi felicidad.
En gran parte, gracias a la defensa de Marco, la protección de Apolo y el gran trabajo como líderes de la familia de Rebeca y mi padre.
Sin embargo, siempre había algún lugar precioso, aislado, que permanecía oculto y que solo Marco me enseñaba. Él los llama sus lugares de pausa mental. Cuando éramos pequeños, me llevó a lo que desde entonces es nuestro lugar, nuestro lugar especial.
OLIVIA Y MARCO (DIEZ AÑOS ATRÁS)
—¿Dónde me llevas, Marco? ¿No estamos subiendo muy alto? —pregunto asustada.
—No tengas miedo… Tú no me sueltes la mano —dijo, apretándomela más fuerte.
Al llegar arriba de las escaleras, entramos en una especie de desván en el que el polvo y la soledad eran los protagonistas de la estancia.
Al fondo del todo, una ventana redonda dejaba entrar la luz de la luna, iluminando de lleno nuestras caras.
Me invitó a salir por la ventana, haciéndome una señal con la mano y riendo, elevando solamente una parte de su boca.
Le expresé mi miedo por la altura y por la oscuridad de la noche, pero Marco siempre ha sabido cómo quitarme los miedos, cómo hacer que desaparezcan como si de humo se tratara.
Sus palabras, que a día de hoy recuerdo a la perfección, hicieron que todo tipo de inseguridad desapareciera mientras él estuviera a mi lado.
—No te voy a dejar caer, Liv. Te agarraré la mano todo el rato —dijo mientras lo miraba fijamente.
Mi cuerpo temblaba, unas veces por el frío cortante de una noche de enero y otras por los nervios que me generaba aguantar su mirada y confiar en lanzarme a lo que, en ese momento, para mí, era el vacío.
—Mira, cierra los ojos… Sigue mis pasos… —mientras cerraba los ojos, seguía hacia donde sus manos me llevaban—. Levanta una pierna, ahora la otra… Ahora ten cuidado y pisa seguro… Solo unos pasos más… Ahora siéntate.
Mis ojos, aún algo temblorosos por el miedo, se abrieron para contemplar un cielo totalmente despejado, lleno de estrellas, una luna que, a esa altura, parecía que podía llegar a tocarla. El viento frío y cortante parecía convertirse en una brisa más cálida, placentera.
Estaba en todo lo alto de la mansión Montenegro. Había conseguido salir y había descubierto un sitio que, a partir de ese día, recordaría como uno de los momentos más felices desde que llegué aquí.
Mis ojos seguían fijos en Marco. Miraba hacia el cielo, de un lado a otro, sin decir ni una sola palabra.
Me había subido allí porque acababa de sufrir otra crisis.
Solo él sabía lo de las crisis, y solo él estaba siempre y llegaba a tiempo cuando me pasaban.
Una vez más, consiguió que todo se esfumara: mi malestar y mi ansiedad.
Consiguió bajarlos como si fuera una dosis de ansiolítico bestial.
—Gracias por traerme aquí, Marco —le dije, apoyando mi cabeza sobre su hombro.
—No hay de qué. ¿Quieres que hagamos una cosa? —preguntó, proponiéndome algo.
—Sí, dime.
—¿Quieres que este lugar sea nuestro lugar?
Yo vengo mucho aquí cuando me pasa lo mismo que te ha pasado a ti.
Hace días que no me ocurre, pero, cuando me da una crisis, este lugar me calma mucho.
Podemos hacer que este sea nuestro lugar de paz, donde nos reunamos si algo va mal en nuestras vidas. ¿Qué te parece?
Tener algo en conjunto con Marco me hacía muy feliz. Era el primer y único amigo que me ofrecía algo así. El resto directamente no me hacía ni caso, únicamente por ser quien era y tener el padre que tengo. Aunque en el nuevo colegio todo cambió al verme relacionada con los chicos Montenegro.
—¡Es una idea súper genial, Marco! ¡Sí, por favor! Que este sea nuestro lugar especial… Me parece que subiré bastantes veces —digo riendo.
—No te creas, tonta —dijo Marco entre risas—. Las crisis no te van a pasar a diario. Bueno, eso espero —volvió a reír.
—Pero ¿Apolo no sube aquí? —pregunté curiosa.
—¿Apolo? Ni sabe que esta ventana está aquí. Tranquila, como mucho Rebeca sabe que esta ventana existe y que salgo aquí.
Me sentía inmensamente feliz. Consiguió, en pocos instantes, que me sintiera bien. Todo por subir a ese sitio… nuestro sitio.