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Olivia (actualidad)
Tres toques a la puerta de mi habitación llaman mi atención.
Al abrirse la puerta veo a Apolo, preguntándome si puede pasar.
Va vestido con un traje azul oscuro, sin corbata, con su pelo ondulado como siempre, con ese brillo tan característico.
Olía su colonia como si me la acabara de echar en mi habitación.
Cuando Apolo Montenegro entra con un semblante serio es que algo verdaderamente está yendo mal.
Mi preocupación hizo acto de presencia al instante de ver su cara.
A ver, tampoco era demasiado raro ver inexpresiva su apariencia, no tanto como la de Marco; él sí que es serio hasta morirse, pero a Apolo se le notaba cuando una mala noticia iba a salir de sus labios.
Conozco a Apolo a la perfección y me preocupa verle así.
—¿Escribiendo otra vez? ¿Vuelves a estar mal, no?
—al igual que yo conozco muy bien a Apolo, él sabe hasta la cosa más simple de mi vida: costumbres o gustos.
Siempre ha sido muy atento a cada detalle que hacía, estuviera él o no, lo cual al principio me parecía exagerado, pero, una vez que conoces a Apolo, sabes que, si lo hace, es porque realmente le importas.
—¡Hola! No, tranquilo. No es nada… Solo que me preocupa lo de la uni, nada más —contesté, retirando mi MacBook para pedirle que se sentara a mi lado, dando tres palmadas en la cama.
—Precisamente de la uni venía a hablarte, Liv —cuando dijo eso, mi corazón dio un vuelco.
No sabía con certeza si me iban a aceptar en la universidad.
Es la misma a la que ha ido y sigue yendo Apolo, a la que va Marco (o, mejor dicho, a la que se supone que debería ir), y no quería ser yo la única de la familia que no pudiera entrar.
Apolo tiene mucha mano en la universidad; conoce muy bien el campus y a los profesores.
Él está acabando su carrera; tan solo le falta terminar las prácticas y empezaría a trabajar.
Por eso mismo, que Apolo viniera con una noticia acerca de la universidad me heló la sangre.
—No me lo digas, seguro que me han rechazado. Lo sabía, si es que lo sabía. Te lo dije, Apolo, te dije que yo no valgo, que no sirvo, que no soy como vosotros, no soy tan perfecta como los Montene…
Apolo me silenció tapándome la boca con sus fuertes manos, al mismo tiempo que mis ojos se abrían de golpe y mi nariz buscaba aire, que me había cortado al hacer eso.
—¿Puedes dejarme hablar antes de empezar a montarte un drama que no existe? —preguntó mientras levantaba las cejas.
Asentí de inmediato.
—Bien. Te tengo que ser sincero, Liv, y sabes que soy directo. Lo siento mucho, pero… ¡te han admitido en la carrera en nuestra universidad! ¡Enhorabuena, doctora Collins!
Fingía desde que entró en la habitación que traía una mala noticia y, en verdad, trajo la mejor que me pudieron dar en meses.
Tardé unos segundos en reaccionar a la noticia de Apolo, parpadeando varias veces mientras mi boca se abría con lentitud.
Cuando por fin recuperé la conciencia, grité descosidamente, me puse de pie en la cama y empecé a saltar, soltando llantos y risas por igual. No podía creerme lo que estaba pasando.
El alivio de saber que entraba en la universidad, al fin, explotó de lleno en mi pecho.
En pocos segundos pasé de tocar fondo, creyendo a Apolo, a tocar el cielo absoluto.
Me tiré sobre él y empecé a abrazarlo en la cama.
No soportaba que arrugaran su traje, pero, la verdad, en ese momento poco podía hacer porque lo tenía sin poder moverse.
Estaba apretándolo con todas mis fuerzas, haciendo notar la alegría que no cabía en mí.
Apolo y yo nos reímos sin parar: yo porque no cabía de alegría y él, seguramente, por la escena de cría de veinte años que estaba montando, pero, la verdad, me daba igual.
Cuando levanté la cabeza al fin, me detuve por un momento en sus ojos verdes, penetrantes como la bala de la pistola mejor calibrada del planeta.
Su mirada siempre tuvo la habilidad de atraparme durante unos segundos en los que me quedaba totalmente paralizada.
En ellos siempre podía apreciar lo que nadie veía en Apolo…
sus emociones. Estaba pletórico; se le notaba la alegría en toda su alma.
Le costó mucho trabajo y muchas discusiones ayudarme a aprobar las asignaturas que más se me atragantaban.
En gran parte, esto se lo debo a él. Si no me hubiera aguantado mi mal carácter y mis mierdas, probablemente el siguiente curso me dedicaría a soportar las broncas diarias de mi padre por no conseguir lo que me proponía.
De sus ojos pasé, sin quererlo demasiado, a sus labios.
Siempre me ha gustado cómo su sonrisa empieza a salir, marcando sus dos hoyuelos.
Está muy mal que lo diga, pero, si no fuera mi hermanastro, sería muy complicado no fijarme en él.
Aun así, hay muchos momentos en los que me resulta muy difícil.
Según he ido creciendo, mi percepción de los hermanos Montenegro ha cambiado mucho.
Pero nada más lejos de la realidad: somos hermanastros y nunca podría pasar a nada más.
Sin embargo, cuando me pasa algo como lo que me acaba de pasar con Apolo, sé que no puedo evitarlo y que siento algo especial. Su mirada también se intensificaba cada vez más a medida que pasaba el tiempo en ese instante. Al final, logramos salir del trance al abrirse la puerta de mi habitación.
—Me temo que Apolo se ha adelantado, ¿eh? —Rebeca hizo acto de presencia en mi habitación abriendo los brazos hacia mí.
—¡¿Te lo ha dicho?! ¡Voy a entrar en Stanford! ¡Estoy que no me lo creo! —exclamé sin parar cuando me abracé a Rebeca y empezamos a saltar descontroladamente, mientras Apolo se levantaba para colocarse el traje y volver a alisarlo, mirándonos con cara de asombro.
—¿Podéis parar de parecer unas crías? Me dais vergüenza —Apolo se dirigía a la puerta para evitar llevarse un pisotón—. Menos mal que no nos ve nadie.
—Vamos, Apolo, alégrate más de cinco segundos por Liv; conseguir entrar sabes que no es nada fácil, hijo —respondió Rebeca.
—Es lo que tiene que hacer, lo que debe. Si me haces caso, irás por buen camino, Liv —dijo con su vacile de siempre.
—¿Marco lo sabe? —pregunté, mirando alegremente a Rebeca.
—Pues llevo días sin saber de él. Entre el trabajo y que llega tarde a casa, de a saber dónde, ni lo he visto.
—Ya… Yo lo vi ayer saliendo de casa, pero no me dio tiempo a decirle nada cuando salió corriendo con su moto —afirmé, con la misma preocupación de Rebeca.
—Y tú, Apolo, ¿sabes algo? —preguntó, acercándose a él.
—Averiguar dónde está Marco o hablar con él es como un cometa: pasa muy de vez en cuando.
Ese cometa era muy importante para mí. A ver, los hermanos Montenegro me han ayudado a crecer, me han ayudado a vivir; me han hecho divertirme, me han hecho llorar, me han hecho rabiar.
Mi vida, desde que llegué aquí con diez años, la he llenado gracias a ellos.
Mis logros y mis derrotas siempre han tenido relación con ellos: en los logros, por la ayuda incondicional y el apoyo que siempre me daban; y en las derrotas, por no dejarme caer.
Al igual que Apolo, Marco era un pilar fundamental en mi vida. Para ser claros, no es tan familiar y cercano como Apolo. Marco vive siempre en un mundo al que no tiene acceso mucha gente, mucho menos si nota que percibes algo de dentro de su alma; ahí sí que te cierra la entrada casi de por vida.
Aun así, él fue el primero que estuvo cuando sufrí mi primer ataque de pánico; la primera vez que, en el instituto, intentaron volver a tocarme y estuve a punto de otro ataque; la primera vez que intentaron pegarme y meterse conmigo.
Él estuvo siempre ahí para defenderme, y de qué manera.
En la ocasión en la que casi volvieron a tocarme lo expulsaron disciplinariamente un mes entero y tuvo que repetir todos los exámenes de golpe.
Nunca he sabido cómo agradecérselo, aunque él siempre me decía que no lo hacía para que se lo devolviera, lo hacía para que la gente entendiera que yo era intocable.
Sus formas siempre han sido dudosas, pero con él jamás me he sentido desprotegida.
De los dos hermanos, digamos que él es como mi ángel de la guarda.
Aunque no esté cerca de mí, siempre que me pasa algo se acaba enterando y acaba llegando cuando más lo necesito.
Jamás lo encuentras cuando lo buscan, pero, si sabe que hay algo que me puede poner en peligro, ese es el cebo perfecto para Marco Montenegro.
Ahora mismo lo necesitaba; quería compartir con él mi alegría, pero, claro, como suele pasar, nadie sabía dónde estaba.
—Bueno, ¿y papá? —pregunté, devolviendo la sonrisa a mis labios.
—Tu padre está volviendo de su reunión. Llegará de noche, así que no le esperes aún. En cuanto a Marco, si alguno lo ve cuando llegue, por favor, decidle que quiero hablar con él. Me ha llegado otro mensaje de otra cuota más sin pagar de su carrera; no entiendo qué le pasa.
Miraba de Apolo a mí. Rebeca siempre está en constante preocupación con Marco, pero, si te metes en el abismo de intriga y nerviosismo de querer sentir cariño por Marco Montenegro, sabes que te metes para no salir de una cumbre de preocupación constante.
Pero, en fin, eso era Marco. Espero que llegue a casa pronto para darle la noticia.
Él nunca niega verme y pasar rato conmigo. Ojalá Rebeca pudiera hacer lo mismo.
Estaba realmente emocionada. Llevaba tanto, pero tanto tiempo queriendo lograrlo.
Me ha costado un gran trabajo, trabajo que, además, también debo agradecerle a Apolo.
Pasé toda la tarde imaginando cómo sería mi comienzo en la universidad, si coincidiría con Apolo o si ya acabaría al fin su carrera.
A Marco debería verle, y digo debería porque lleva bastante tiempo sin asistir a una sola clase; ni sé cómo llevará los exámenes…
Creo que algo no anda bien en él, pero es imposible saberlo.