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Olivia (diez años atrás)
Estoy en el asiento de atrás del coche de mi padre. Va conduciendo, pensando en sus cosas como de costumbre. Lo que no sabe es que su pequeña princesa sabe más de lo que él piensa.
—¿A dónde vamos, papá? —pregunto desde el asiento de atrás del coche, aferrada a mis cascos de cable enchufados en mi móvil.
—¿Recuerdas a Rebeca? Vino hace unas semanas a casa a conocerte.
—Sí, la mamá de los dos niños que dijiste que me llevarías a jugar con ellos algún día.
—Exacto, princesa. Vamos con ella. Nos quedaremos un buen tiempo por allí.
—Es por lo que me pasó, ¿verdad? —pregunto con lágrimas en los ojos mientras veía cómo mi padre me observaba por el retrovisor y se apartaba con cuidado de la carretera.
—Ven, baja conmigo.
Mi padre se agachó para llegar a mi altura.
—Liv, lo que te pasó cambió mi manera de pensar.
Me tenía que haber dado cuenta antes de lo que tenía enfrente de mis narices.
No pude cuidar de ti como te mereces, como un padre ha de cuidar a su hija.
Esto no lo hago por lo que pasó, lo hago para buscar un lugar mejor para ti de una vez por todas.
Y la familia Montenegro nos va a apoyar a ambos.
—¿Quieres a Rebeca, papi? —le digo, viendo una mueca de sorpresa en su cara.
—¿Y eso a qué viene ahora, ratona?
—Te conozco muy bien, papi. Tu cara cambia cuando estás feliz.
—Se nota que eres hija de tu madre… Ella sabía leerme muy bien. Para decir que quiero a Rebeca tengo que dejar el hueco que ocupa tu madre y aún no sé bien si puedo… Digamos que siento cariño.
Después de hablar, me pidió volver a subir al coche y seguir el camino hacia la casa de los Montenegro antes de que oscureciera más, y así fue. Me puse mis cascos y volvimos a la carretera.
Unas horas más tarde, despierto viendo a través de la ventanilla del coche una asombrosa casa, tan grande o más como la que teníamos nosotros en la antigua ciudad.
De noche daba mucha más impresión. ¿Este iba a ser mi nuevo hogar?
No sabía que Rebeca tenía también tanto dinero.
Al bajar del coche, vi que un señor mayor recogía nuestras maletas y le decía a mi padre que las llevaría a nuestra habitación hasta que me prepararan la mía.
¿Habitación propia? ¿Nada más llegar? Al entrar a la casa, vi una enorme entrada con unas escaleras al fondo de la estancia.
Justo en el centro se encontraba la señora de la que mi padre me había hablado, Rebeca Montenegro.
—¡Olivia! ¿Te acuerdas de mí? —pregunta, recibiéndome con una enorme sonrisa en su cara.
No hacía tanto que había fallecido mi madre.
Aún me creaba un poco de rechazo a las mujeres que se acercaban a mí.
Me recordaban que no tenía madre. Pero en Rebeca la sensación era diferente.
Aún no sabía qué era, pero sabía lo suficiente como para entender que mi relación con ella no iba a ser mala.
—¡Claro! Tú eres la mujer de la que tanto habla mi papi —no sé por qué mi padre se está poniendo como un tomate.
Rebeca y mi padre se miraron con una sonrisa vergonzosa, pero que a la vez se decían lo suficiente.
—¡Niños, ya sabes! —dice mi padre entre risas.
—¡Por supuesto! —rió también Rebeca—. Esto, Olivia, creo que sabes que tengo dos hijos casi de tu misma edad. El mayor es Apolo, tiene quince años; Marco es el más pequeñín, tiene doce añitos.
Apolo y Marco Montenegro. Dos niños. No tenía por qué ser malo, pero después de lo que me pasó, los hombres en general, pequeños o grandes, me generaban mucha inseguridad.
—¿Te gustaría conocerlos? —miré a mi padre. Él sabía lo que pensaba de los hombres a raíz de eso. Me echó una mirada tranquila y despreocupada, animándome a hacerlo.
—S-sí, claro. ¿Por qué no? —más bien lo hago por no dejar mal a mi padre. Rebeca era una mujer de confianza para él y sabía que a él le haría feliz.
—¡Marco! ¡Apolo! ¡Bajad un momento! Quiero presentaros a alguien.
No se oía nada. Parece que no hicieron mucho caso a Rebeca. Nos miró un poco avergonzada y sonriendo.
—Niños, creo que no hace falta que suba, ¿verdad?
Al acabar esas palabras sonó una puerta y unos pasos tranquilos se dirigieron hacia la enorme escalera de la casa.
Bajó un niño de estatura alta, mucho más que la mía.
Su pelo era negro como la noche, largo y ondulado.
Tenía las manos en los bolsillos de su pantalón negro.
Vi cómo sus ojos se dirigían a su madre; ojos verdes oscuros, algo rasgados.
Y después de soltar un cansado «estoy aquí», su mirada se clavó en mí.
He de decir que, a pesar de lo que sentía por ellos, esa mirada me resultó calmada. Aunque parecía una mirada algo bruta, me transmitió seguridad. No sé bien si es así o no; tan solo tengo diez años, pero lo que sí puedo decir es que no siento inseguridad con sus ojos apuntándome.
—Ya estoy, ¿qué pasa? —dice Apolo, situándose a la derecha de Rebeca.
—¿Y Marco? —pregunta Rebeca, apartándolo con su brazo hacia atrás para hablarle. No sé bien qué dijo; creo que escuché «donde siempre» o algo así—. Bueno, te quiero presentar a Olivia, ella es la hija de John.
Apolo se acercaba sin apartar ni un solo segundo la mirada de mí. Cada paso suyo aumentaba mi miedo mil veces. Se para enfrente de mí y se queda callado unos segundos.
—¡Hola! —dijo por fin, dando un salto y sonriendo. Me asustó.
—Ho… hola. Soy Olivia, pero puedes llamarme Liv.
—Encantado de conocerte, Liv. ¿Cuántos años tienes? —pregunta mientras me da con el puño suavemente en el hombro.
Era la primera vez que un hombre que no era mi padre rozaba mi cuerpo. A pesar de mi inseguridad, no me sentó mal del todo.
—Tengo… tengo diez años.
—Eres una enana aún… Lo pasaremos bien, Liv. Cuando quieras te puedo enseñar mi habitación.
—Eso ya será cuando estén instalados y descansados, Apolo. Acaban de llegar y estarán hambrientos —ordena Rebeca acercándose a nosotros—. Si queréis, mientras os preparan la habitación podéis pasar ya a cenar con nosotros.
—Por supuesto, tantas horas conduciendo hacen que tenga un hambre voraz. ¿Vamos, Liv?
—Claro, papi.
Apolo se apartó y subió las escaleras. Yo fui con mi padre y Rebeca hacia el comedor.
Un momento antes de abandonar la entrada giro el cuello hacia la escalera, hacia lo alto de ella, pero Apolo ya no estaba.
Desapareció en segundos. No me daba malas sensaciones; incluso pensaba que podía hacerme amiga suya. Qué chico tan misterioso.
Entramos al comedor de la mano de mi padre; era más grande incluso que el que teníamos nosotros en nuestra casa.
Una mesa alargada está colocada en el centro del comedor, con sillas tapizadas de color burdeos y detalles dorados; la verdad es que eran preciosas.
En la mesa se sienta Rebeca; justo a su lado, mi padre y, al lado de él, yo.
Entra un hombre que debía de ser empleado de la casa a traer la comida para ponerla justo en el centro de la mesa.
—Bruno, ¿Marco bajó a cenar? Apolo no sabe nada de él —pregunta Rebeca, extrañada. La noto algo preocupada.
—Me temo que no, señora Rebeca. Fui yo mismo a avisarle de que bajara, pero no quería. Ya puede imaginar dónde está.
Me preguntaba a qué sitio se referían todo el rato cuando hablaban de Marco, también por qué tanta extrañeza por no querer venir al comedor a cenar. Mi padre me dejaba cenar en mi cuarto si después recogía todo yo, sin avisar a la mujer que nos ayudaba a limpiar la casa.
—Bueno, más tarde hablaré con él —contesta, mirándonos de nuevo—. Disculpad a mi hijo, a veces es algo difícil tratar con él —añade Rebeca mientras nos mira con timidez.
—Tranquila, Liv a veces lo pone muy complicado —acusa mi padre mientras me daba un codazo.
—¡Papá, no seas mentiroso! Sabes que no me porto mal —respondo con enfado.
—Es broma, princesa. Anda, vamos a cenar, que me muero de hambre.
La cena estaba súper buena. Preparó un plato de pasta delicioso que, de hecho, era mi favorito. Seguro que mi padre estaba detrás de esta cena, seguramente para hacerme sentir algo mejor después de todo lo sucedido en San Diego.
Mi padre me dijo cómo ir a la habitación que nos habían preparado y me mandó que fuera para allá mientras él acompañaba a Rebeca a revisar unas finanzas de una propiedad.
Subí las escaleras de la casa para encontrar pasillos infinitos; la verdad es que no sabía muy bien cómo llegar, a pesar de que recibí las instrucciones.
Los pasillos se encendían con mi movimiento, gracias a Dios, porque andar por esta mansión gigantesca sin luz a las dos de la madrugada iba a ser una experiencia que no estaba muy dispuesta a vivir. No después de San Diego.
Realmente me parece estar dentro de un laberinto. A mis diez años, creo con firmeza en la vida en el cielo; vamos, creo en los fantasmas. Las mansiones, a pesar de haber vivido en una antes, me daban mucho miedo, más aún de noche; empeoraba todavía más si no era mi casa.
Entro en uno de los pasillos que más me impactó; la luz no se encendía.
Yo juraría que mi padre me dijo que era por aquí, así que sigo hacia dentro con un poco de prisa, ya que no quiero estar en la oscuridad por mucho tiempo.
En medio del pasillo escucho un ruido que me enfría la sangre y me hace erizar hasta el último pelo de mi pequeño cuerpo.
El ruido de una madera, seguramente de alguna puerta entreabierta, hizo que mi cabeza recordara lo de San Diego.
Recuerdo muy bien cómo, antes de que mi violador me agarrara, escucho cómo un palo crujía a mis espaldas.
No puedo evitar que ese sonido me recuerde a ese mismo momento.
Mi reacción en este instante no pudo ser otra.
Eché a correr por todo el pasillo, entrando en otros pasillos que no sé a dónde llevan, pero no puedo parar de correr mientras en mi cabeza se reproduce todo el rato el mismo recuerdo.
Empiezo a quedarme sin aire; me cuesta mucho respirar. No puedo parar de pensar. Me duele el pecho como si me estuviera arrollando un camión de muchísimos kilos. Empiezo a ver todo borroso y caigo de rodillas al suelo mientras me agarro el pecho.
Hubo un momento en el que pude salir del trance. Es una voz, la de un niño.
—¿Estás bien?
Cuando consigo coordinar mi cabeza con mis músculos, giro hacia atrás para ver quién me hablaba. Es un niño. Tenía el pelo negro, lacio, no tan largo como el de Apolo. Tiene una mirada muy penetrante y algo oscura para ser unos ojos verdes. Están algo hinchados, posiblemente de haber llorado.
—Me… me… me cues… me cuesta respirar —respondo como puedo, aprovechando cada suspiro de mi boca.
Mientras tanto, el niño se arrodilla a mi lado, sentándose en el suelo y me pide que haga lo mismo. Me pasa su brazo por encima del hombro. En otro momento, seguramente me habría apartado, habría entrado en pánico por el simple hecho de que hiciera eso. Pero ahora mismo lo agradecía mucho.
—Haz lo que te digo, ¿vale? —asiento como puedo—. Cierra los ojos. Imagínate un lugar en el que siempre serás feliz. Yo me imagino a mi madre; con ella todo parece más tranquilo. Cuando estés en ese sitio, quédate ahí y solo disfruta.
Hago lo que el niño me pide y, para mi sorpresa, logro que mi respiración se calme. Me encuentro menos agitada y, poco a poco, parece que puedo respirar mejor.
—¿Cómo te llamas? —pregunto cuando, por fin, puedo respirar.
—Me llamo Marco. ¿Tú quién eres?
—Olivia… —me quedo mirando por un momento sus ojos verdes, pero más claros que los de Apolo, mientras refleja una media sonrisa que marca un hoyuelo en su mejilla derecha—. Pero, si quieres, puedes llamarme Liv.
Nunca nadie había hecho algo parecido por mí, que no fuera mi padre, claro.
Me ayudó a superar lo que me estaba pasando en ese momento; la primera vez que me pasaba algo así después de lo ocurrido en San Diego.
Este niño, Marco, un chico, un niño, uno que no quería hacerme daño, sino que, por el contrario, hizo algo por mí que, en ese momento, agradecí con mi vida.
—¿Por qué te has puesto así? ¿Qué te ha pasado? —pregunta, ayudándome a ponerme de pie, mientras veía cómo quedaba a varios centímetros de llegar a su estatura.
—Escuché un ruido ahí atrás que me asustó muchísimo… —respondo con voz temblorosa mientras él me mira con el ceño fruncido.
—¿Sigues asustada?
—S… sí, un poquito, pero se me pasará seguro. Mi papi dice que este es un sitio seguro.
—Lo es. ¿Quieres que te enseñe una cosa?
—¿Me vas a llevar lejos? —pregunto preocupada y con miedo por lo que me pudiera llegar a hacer, aunque, como me pasó con su hermano, no me daba malas sensaciones; al contrario, su hermano y él han sido los únicos chicos con los que no me he sentido insegura en ningún momento, a pesar de no conocer absolutamente nada de ellos.
—Confía en mí, te vas a sentir mejor.
Me tiende la mano para que le diera la mía.
Una oleada de inseguridad azota mi cuerpo, como si estuviera a punto de caerme a un agujero súper profundo; pero, al mirar sus ojos de nuevo, ese agujero se convirtió en una red donde sabía que, si caía, esa mano que me tendía iba a sujetarme, igual que había hecho hacía un momento.
Agarro su mano. Era cálida y suave. Voy caminando a su lado sin saber a dónde me lleva. Se conoce los pasillos de la mansión como si él mismo la hubiera construido. Me sube de nuevo por otras escaleras, a otro piso más de la casa.
—Aquí es… Cierra los ojos.
Me quedo mirándolo fijamente, haciendo notar mi inseguridad del tamaño de una montaña enorme.
—Tranquila, no te va a pasar nada malo. Estoy contigo.
Sus palabras y el tono de su voz, tan contrario a la expresión triste, reciente de haber llorado durante horas, hicieron que tomara la valentía suficiente para confiar en él y pensar que nada malo iba a ocurrir.
La frase «estoy contigo» se repetía en mi cabeza.
Nadie, salvo mi padre, se había dirigido a mí de esa manera, con tanta suavidad.
Está consiguiendo que me sienta con confianza, tranquila; y, lo que más me sorprende, segura sin soltar su mano.