ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente) 1
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ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente)

ETERNAMENTE Mío (Libro 1 de la trilogía Eternamente)

Por David Blackwell

© inepub.com

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Olivia

Si me preguntan cómo ocurrió todo, o cómo empezó, créeme que, incluso a día de hoy, no sabría dar una respuesta.

Fue tan rápido. Tan intenso. Tan doloroso a la vez.

La cuestión es que ocurrió. Era tan solo una niña pequeña, dulce, alegre, animada; me encantaba leer, pasar horas sumergida en un libro, o mejor dicho, en un mundo que me alejaba totalmente de la realidad de mierda que una niña soporta solo por ser hija de familia adinerada.

Cuando hablas con la gente normal, piensan que por tener dinero todo es genial, todo es mejor, todo va bien; pero nunca le dedican tan solo un segundo de su existencia para pensar lo que puede acarrear también.

Me han llamado de todo: mantenida, niña de papá, enchufada; me han llegado a pegar, solamente por ser hija de quien soy.

Pero nada se compara a lo que pasó aquel día.

Recuerdo esa noche como si hubiera sido ayer.

Era fría como el polo, oscura como la ausencia de luz.

Una noche de mi pobre vida, yo volvía a casa de mi sesión de baile.

Era febrero, y yo estaba más fría que sus noches por el sudor que aún empapaba mi ropa y mi cuerpo.

Ese día, nuestro chofer no podía venir a por mi, estaba con mi padre llevándole a una de sus mil millones de reuniones que tenía a la semana.

Camino a mi casa hay un tramo que no se puede evitar pasar porque no hay otra forma de llegar, era oscuro y no había casi nadie en la calle.

Ese día me quedé más tarde de lo normal y por eso salí tan de noche.

En un punto de ese camino que jamás olvidaré por el resto de mis días me lo encontré de frente.

Encapuchado, totalmente de negro, no pude reconocer su cara, solamente pude escuchar: “este es un mensaje para tu padre”.

No tuve tiempo de gritar. No pude siquiera respirar.

Una mano fuerte, de gran tamaño, sudada, tapó mi boca hasta el punto de que pude hacerme heridas con mis propios dientes.

Recuerdo forcejear, sin embargo, mi pequeño cuerpo de diez años no pudo aguantar ni ejercer fuerza suficiente.

Tan solo ejerció oposición hasta que, de un momento a otro, quedé inconsciente.

Al despertar, me encontré arrojada en el suelo.

Mis mallas habían desaparecido. Mi sudadera estaba en el suelo, quedando con el pecho descubierto, y lo que es peor...

con... en fin, no creo que haga falta decirlo.

Llorando como si me hubieran arrebatado la infancia (que es lo que realmente ocurrió), recogí mis pertenencias del suelo; volví a vestirme y, gracias a mi instinto de supervivencia, corrí como si alguien me persiguiera por detrás hacia mi casa.

Así empezó realmente mi vida. Así fue como empecé a sentir. Empecé a salir del trauma que, por culpa de un grandísimo hijo de puta, quedará grabado en mi mente. Todo empezó allí, en la mansión Montenegro.