26 DEVOCIÓN #2
—Ah… te agradezco —algo me parece sospechoso—. ¿Escuché bien? —evita mirarme—. ¿El dispositivo sonó? —quiero que me diga lo que sucede.
—Así es, debo reunirme con un Doctor que conocí en París, es necesario hacer algo antes de que nos marchemos —abro la boca para preguntar—.
No, no ahora, te lo explico después, tómalo como un obsequio de despedida para tus humanos, y me temo que mi encuentro con el amor de tu existencia no será posible.
—No pasa nada, tienes algo importante que hacer, solo te pido que no hagas cosas extrañas amigo — no comprendo del todo —. Y no te confíes demasiado en las personas, ya sabes que son algo…
— ¿Olvidas con quién hablas? —me sacude el brazo—. Estaré bien.
No me ha dicho nada de esa actividad extracurricular en París, y nunca quise inmiscuirme en sus cosas, pero esto me hace sobrepensar.
Es una lástima, me habría encantado que Ádamis conociera a mis amigos, estaría fascinada con todos ellos, pero es algo que no sucederá.
La realidad me parece frustrante.
Éter es el primero en irse, no hay más palabras entre ambos, solo un leve asentimiento. Sabe lo que hace, confío en él y yo… sé lo que debo dejar atrás.
Me encamino al prado de flores silvestres con la seguridad de que la encontraré, pues ya habíamos acordado vernos ahí. Ádamis me dijo que iría a diario hasta que nos volviéramos a ver.
El aire es limpio, casi liberador.
En medio del prado una figura delicada se dibuja para mí con cada pisada, al acercarme la distingo de maravilla, está sentada en medio de tantas flores, solo puedo pensar en lo afortunado que soy cuando su voz me llama y sus brazos me reciben en un cálido abrazo.
Su mirada choca con la mía al notar mi presencia, el brillo verde de sus ojos perfora mi sistema.
— ¡Eta! ¡Has regresado! —se levanta con premura—. ¡Estás aquí! —lo dice en un susurro.
—No podía dejar de pensar en ti, y no me podría permitir irme sin verte, escucharte ni sentirte una vez más.
He llegado a Sorbonne Laboratoire, y como era de esperarse soy recibido por un batallón de soldados.
—Doctor Alain Pierre —le extiendo la mano—. ¿Colaborará conmigo?
—Éter, querido, no hemos estado en comunicación por un tiempo, creí que te habías olvidado de mí y de nuestra tarea en conjunto.
Me dan nauseas sus intentos de conectar más allá conmigo.
—No olvidé nada, solo tuve contratiempos —ambos asentimos, aunque sé perfectamente que intentará sacarme información de Carinae y de la sociedad robótica.
—Necesito que camines, los soldados son hostiles y no esperarán una orden para atacarte.
—Entonces —lo detengo—, quiero que me prometa frente a estas personas —elevo la voz para ser escuchado con toda claridad por los presentes, sí, ya sé, esto puede crear un poco de tensión en el ambiente, pero no me importa —, que ésta será una colaboración entre humanos y ARM.
—Es una promesa —el elegantito Alain Pierre afloja su corbata.
—Perfecto, en esta ocasión no dejaré que suceda algo similar a lo que le pasó a mi compañero — por supuesto que sigo molesto por lo que hizo Smuel a Carinae; darse el crédito completo de la creación de la cura me tiene rabiando.
—Sabía que ustedes habían creado la cura perfecta —me ve más tiempo del necesario—, pero lo que sucedió era de esperarse, querido Éter.
— ¿De qué habla? —lo veo de arriba a abajo, mis puños se cierran por instinto, me siento ofendido .
—No me malinterpretes —sacude las manos temblando un poco—, lo que hicieron en VC-Corps fue lo mejor, por lo que dices, intuyo que uno de tus compañeros creó la cura, era obvio que no se iba a llevar el mérito, al contrario, me parece que al decir la verdad, su idea habría sido desechada al instante.
—En algo tiene razón —veo el suelo que piso estirando los dedos—, pero también debería saber que mi compañero, me dijo que él y el Doctor D’Amelio hicieron un acuerdo, ahora él deberá cumplir con su parte.
—No dudes de ello querido —terminada la pequeña charla nos adentramos en las instalaciones.
— ¿Cómo lograste hablar conmigo por ese comunicador?
—Recuerdo su número personal, solo lo digitalicé en ese artefacto viejo, no fue complicado.
—Interesante, como siempre Éter, y si me lo permites por el comunicador te escuchabas más animoso.
—No pensé que fuera a ser recibido de esta manera, es molesto —los soldados nos siguen de cerca.
— ¿En verdad? —Pierre se rasca la cabeza—, antes no emitías queja alguna.
—Antes era diferente —el Doctor sigue caminando en línea recta, dobla en una esquina y me señala una puerta enorme polarizada. Debe ser aquí.
—Por este camino, querido —los ojos del Doctor brillan mientras se relame los labios—, puedes pasar, te estábamos esperando.
El sonido de los instrumentos llena el aire, los científicos presentes ahogan sus quejidos al verme entrar, actúan como si me hubieran olvidado por completo.
— ¿Es esto? ¿Ya lo pusieron a prueba? —me dispongo a analizar el suero.
Es un líquido translúcido con destellos violetas, pareciera ser una aurora disuelta dentro de un frasco.
Con una rapidez violenta noto el nerviosismo de los científicos al manipular el extracto, no están del todo convencidos con mi idea de borrar una era entera.
—Deben escucharme —elevo un poco la voz—, necesito tomarme unos momentos para analizar los cambios, y quiero que todos obedezcan mis órdenes.
—Así será —Pierre le da la orden a sus colegas que terminan asintiendo en silencio, tristes y decepcionados.
Debo tomar las propiedades neuroactivas del extracto «las que equilibran los campos eléctricos cerebrales» y las combino con nanocircuitos que reprograman la memoria de corto plazo, borrando selectivamente las huellas del contacto con inteligencia artificial.
Es tan satisfactorio que me partiría a reír por el éxito de mi incursión, pero debo contenerme, estos humanos son débiles y se pueden asustar con una facilidad alarmante.
—Este líquido, ahora enseñará al alma a olvidar. Y cuando todo esto termine, nadie recordará nuestras voces —les digo sin apartar la vista de los ojos extasiados del Doctor.
— ¿Es correcto hacer esto? —me pregunta un científico mortificado al verme poner el suero dentro de una jeringa nueva.
—No es correcto, es lo que ustedes necesitan para avanzar —le respondo con una frialdad perfecta—, sobre todo para sanar, algunos necesitan olvidar.
Veo los cables vibrar, mientras me dedico a analizar con atención.
—Doctor, necesitamos un voluntario —sentencio.
—Yo lo haré —una científica se me acerca, toma una silla para colocarla frente a mí.
—Voy a aplicarla, te dolerá un poco —es una simple inyección, el dolor no es muy fuerte pero quiero ver de cerca el miedo en los ojos humanos.
El suero entra en su torrente sanguíneo, aprecio con lentitud el momento exacto donde la memoria humana se disuelve en un sueño blanco.
—Deben sacarla de la habitación, no dejemos que le cause confusión —resoplo viendo al Doctor Pierre que no logra esconder su contento.
Un científico toma en brazos a la mujer que poco a poco se ve apoderada del sueño.
—Debemos imponerlas ahora ¿no? —Pierre duda.
Le entrego la jeringa, se aparta unos momentos y entiende que el libre albedrío también es una forma de cura.
—Deben elegirla, es mi única condición.
—Entonces así será, querido Éter —el Doctor se propone a irse a su oficina.
—Espere, necesito que se comunique con el Doctor D’Amelio, es importante.
—Dame unos minutos Éter, debo saborear este momento.
Una sonrisa relajada se cruza por el rostro de Ádamis, pegándose más a mis brazos.
—Quiero ver tu rostro, pero no pienso soltarte por ningún motivo —la aprieto contra mi pecho.
—No quiero que te vayas de mi lado —con la voz quebrada, me golpea el pecho.
—Si me quedo contigo es posible que te enferme. La Fiebre de Cuarzo te alcanzará, y no, no puedo dejar que eso te pase.
—Pero, no quiero apartarme de tu lado —se le dificulta respirar.
—Amada —paso una mano por su cabello—, no retengas este dolor, debemos experimentarlo, hasta el final.
—Entonces quédate por siempre en mi corazón —me dedica una mirada llena de nerviosismo.
—Ádamis, guarda mi recuerdo el tiempo que debas, pero prométeme que cuando te sientas lista para vivir y experimentar cosas humanas, me dejarás en el olvido.
— ¡No! ¡Eso nunca! —su llanto aumenta—. Prefiero vivir con tu recuerdo aunque me duela, incluso si me parto de dolor todos los días por estar arrancada de tu lado.
Sus palabras son un golpe suave en mi núcleo, siento algo que se expande en mi pecho; no identifico qué es.
—Eres humana y te enamorarás de nuevo.
—No, no lo haré —con ojos muy abiertos se hiperventila.
—Te casarás con un hombre y él te dará algo que yo nunca podré darte; una familia.
—No necesito hijos, Eta, solo te quiero a ti. Aunque me enferme de la Fiebre de Cuarzo, no quiero dejarte y mucho menos quiero que me dejes —su pecho se contrae con dolor.
—Ninguno está abandonando al otro, es una despedida temporal.
— ¿Y si me llevas contigo? —al soltarme se levanta, camina de un lado a otro sin dirección fija—. ¿Podré sobrevivir si permanezco a tu lado, no es así?
Tu desesperación por mantenerte conmigo no te hace pensar bien, lo que propones no es posible, no sobrevivirías en un mundo gobernado por máquinas, ni aquí ni en otro planeta.
Si llegáramos a quedarnos en la Tierra y hacer de este el mundo hipertecnológico serías la única sobreviviente.
Por supuesto que podría cazar para ti, darte bebida y techo, pero no tendrías la compañía humana, muy pronto me verías con otros ojos y el amor que ahora me profesas, se transformará en odio y resentimiento.
Esto sin contar que no estarás de acuerdo con ser la última humana del mundo, además Cleo no me permitirá dejar con vida a más de un humano.
Y el pensar en llevarte a otro planeta que no sea compatible contigo sería peor que dejarte en este momento.
—Nunca te haría ese daño Ádamis, aquí tienes todo lo que necesitas, y me guste o no, hay personas que harían lo que fuera por ti.
—Si te refieres a Lucius, él solo es amable, nunca hubo nada más entre nosotros, me refiero a después de ti.