24 LA PROMESA #3
—Me has dicho que hay otro camino en mis planes, entonces te propongo algo, lucharé con todas mis fuerzas para convencer a los míos de irnos y dejar a los humanos en paz, pero tú deberás regresar y ser el médico que estás destinada a ser.
—Eta… —se frota el pecho con dolor—, a estas alturas no sé si lo logre.
—Tendrás éxito, eres una humana inteligente, fuerte y decidida, sé que lo harás. Yo tomaré tu consejo, usaré mi ventaja tecnológica para encontrar una cura, ese será mi regalo más preciado para ti y los tuyos.
— ¿Sabes lo que significa, no es así? —llena de lágrimas sus ojos, muerde su labio inferior. Ambos sabemos lo que sigue a continuación.
El dolor nos invade, se expande en la conexión que compartimos, nuestras miradas se cruzan en un mar de entendimiento y sacrificio.
—Lo sé Ádamis —tiembla de cabeza a pies.
Sujeto su mano y la acaricio vacilante, las lágrimas llegan a la comisura de su boca y caen de su barbilla.
—No llores amada mía, sabemos que nuestro amor es más grande y fuerte que esto.
—Sí, es muy grande —me acaricia el rostro mientras juntamos la frente.
—Pero lo mejor para la humanidad es que yo… desaparezca —niega con la cabeza.
—Te amo Eta Carinae, no me había imaginado vivir lejos de ti. ¿Recuerdas que planeamos una vida juntos?
—Estar juntos hasta el final de tus días. Nunca podría olvidarme de esa promesa, pero temo que no podré cumplirla sin seguir dañando a los demás.
—Si emprendes ese viaje ¿volverías por mí? —dudo por unos momentos, lo que la hace comprender—. Entiendo, no tienes que decirlo para romper mi corazón, sé que es lo mejor, ya no debo ser egoísta.
Rodeo su cuerpo con mis largos brazos, en un baile donde la calidez y el frío se unen. Este abrazo significa mucho, somos conscientes de que estamos marcando el final de nuestra unión, ambos lo sabemos.
Sollozante repite mi nombre una y otra vez, estrujándome el cuerpo con fuerza y ternura.
—El egoísmo es una acción que he desarrollado desde que te conocí — no quiero que sufra así —, no me ha interesado nada más que tu felicidad. Pero si mi presencia en la tierra te traerá problemas a futuro, no deseo permanecer ni un segundo más, aunque eso me traiga la desdicha.
Ádamis se separa, ve de cerca mis ojos.
—Prométeme que desistirás de eliminar a los humanos, que en verdad convencerás a los tuyos para irse sin dañar más vidas —su corazón late con prisa.
—Te lo prometo —sonríe satisfecha y seca sus lágrimas. Levanta la barbilla, recorre con la mirada el cielo estrellado para disipar su dolor.
Parece que las cosas se han calmado un poco en la gran ciudad, el ruido cesa, parece que Philos 3 y Éter están distrayendo bien a los humanos.
Ahora el ritmo cardiaco de Ádamis es lo único que registran mis sensores de proximidad. Deja caer su cuerpo sobre las flores liberando su aroma, la acompaño en silencio.
—El cielo está precioso hoy amado Eta —nuestras manos se encuentran sobre el prado de flores y se entrelazan sin demora.
—No creo que exista nada más hermoso ante mis ojos que usted, señorita Astra.
Me ve a escasos centímetros de distancia, siento su piel erizarse, sus pupilas expandirse.
Humedece sus labios en un susurro, su pestañeo se vuelve lento.
La entiendo a la perfección, esa urgencia resuena también en mí, como un eco pesado.
Su pecho sube y baja dolorosamente; no quiero hacerla sufrir más.
—Te amo Ádamis Astra —sobre una cama de flores naturales, sujeto con ambas manos el pequeño rostro de mi amada.
Nuestras respiraciones se combinan y el anhelo aumenta.
Busco sus labios en un acto desesperado y pronto encuentro alivio.
Este beso es igual de especial que el de nuestra noche de bodas.
—Antes de que partas a otro lugar —me separa para tomar aliento y recuperar la cordura—. Ven y pasa unos días a mi lado, en nuestra mansión.
—Me encanta tu idea Ádamis.
Y así pasamos un momento de dulzura juntos, durmiendo al aire libre bajo un manto de estrellas, que sé me esperan con paciencia.
Halos dorados de luz se esparcen sobre el campo de flores, su sendero es veloz y no es desapercibido, sigo el camino hasta que logra posarse sobre su rostro. El viento es cálido y apenas perceptible, la luz la hace despertar.
—Hola querida —parpadea acurrucada sobre mi brazo.
—Eta —frota su rostro sobre mi pecho—. Buen día querido esposo.
—Buen día, querida esposa —el silencio no permanece por mucho, el viento comienza a ser más fuerte, levantando su cabello.
Juego con él entre mis dedos, adorando su sedosidad y color brillante.
—Déjame permanecer así unos momentos más —parpadea rápido, alejando las lágrimas, reconocemos el momento .
Se sienta en el campo de flores cuando está lista para verme a los ojos y pronunciar esas palabras. Sigo acostado viendo el cielo azul, acomodo mi brazo tras la nuca.
—No me seduzcas ahora Eta —sonrío de lado—. Ya he tomado más tiempo del que podrías darme —la sonrisa se disipa pronto y me siento a su lado.
—Toma todo el tiempo que necesites, no tengo prisa, además —le acaricio el hombro—, disfruto de cada momento a tu lado.
—Ahora me siento capaz de dejarte ir —suspira—, mi herida ha sanado, debemos avanzar y tú debes… ir —bosteza un poco disimulando la caída de sus lágrimas—, debes ir con los tuyos y convencerlos de desistir de su plan maligno.
—Parece que también soy egoísta —corto el espacio entre nosotros y le beso la frente—. No quiero separarme de tu lado, quisiera que todo se derrumbe y escapar junto a ti.
—No quiero abandonarte, pero he dañado a los demás por preocuparme solo por mí, ya es hora de pensar no solo en mí felicidad, los humanos te necesitamos Eta Carinae —la abrazo y busco instintivamente sus labios.
Me responde, jalándome al frente con su mano en mi nuca.
Nuestros labios se separan en un suspiro lleno de dolor.
—Prométeme que volverás.
—Te lo prometo Ádamis.
La despedida es corta, entre lágrimas, abrazos y una promesa que nos une: volvernos a ver, cuando haya tenido éxito.