Eta Carinae: Divergencia 24 LA PROMESA
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24 LA PROMESA

S u cuerpo es cálido, tal como lo recordaba.

Sus pequeñas manos tiemblan aferradas a mis hombros y el viento nos acompaña en este mágico reencuentro como siempre lo ha hecho.

—Tengo tanto que decirte —murmura apenas audible sobre el viento—. No sabes lo apenada que estoy, debí escucharte y no dejarme llevar por lo que decían de los demás, pero mi rabia fue más grande que mi necesidad de aclararlo todo contigo.

—Tenemos tiempo de sobra para conversar —al bajar a toda velocidad de la ciudad flotante con los militares al asecho, Ádamis me mira con vergüenza—. No te apenes amada mía, los errores los comenten los humanos, es parte de su naturaleza imperfecta.

—Sí —me acaricia la espalda—, pero eso es algo que nunca conocerás, tú no cometes errores Eta Carinae. Eres el ser perfecto que toda la humanidad ha esperado ver despertar de entre las sombras.

—Te equivocas querida, he cometido muchos errores. El más grande fue dejarte en esa montaña, de haberme quedado, nosotros…

Me hace callar cubriendo mi boca con una mano temblorosa.

—Ya casi llegamos, tengo un poco de frío —la acerco a mi pecho protegiéndola de los vientos feroces.

Sobrevuelo Cielo Espectral.

Ádamis cierra los ojos, no quiere ver el desastre en el que se convirtió su hogar.

Mi pecho se contrae, todo esto es culpa mía.

Desciendo apretándola a mi torso, no dejo que sus pies toquen el suelo.

Los daños que causamos gracias a Cleo fueron demasiados, ella sabía que considero a este sitio “mi lugar especial”, la única parte donde pude ser yo mismo sin ser rechazado.

Al llegar a esta nación, lo primero que hizo fue destruir todo rastro de mi felicidad.

— ¡Maldición! —mascullo. Siento a mis brazos perder su fuerza.

— ¿Qué pasa Eta? —niego con la cabeza mientras sonrío.

Detrás de nosotros un batallón de soldados; me apuntan directo al pecho, interrumpen nuestro camino a la mansión.

— ¡Manos arriba insurrecto! —puedo sentir el asco del soldado en cada palabra.

—Quiero hacerles una petición —la bajo escondiéndola en mi espalda sin éxito.

— ¡No estás para pedir nada! ¡Tú y los tuyos ya han matado a muchas personas! —el soldado agita su arma al hablar.

No piensan escucharme, pero debo seguir intentando.

—Querida, espera un momento —la alejo un poco con la mano—. Señores, sé mejor que nadie lo furiosos que están con nosotros los ARM. Lo que hicimos les ha dado una imagen negativa, pero temo informarles que era la única manera de ejecutar nuestro plan de liberación.

— ¡No queremos escucharte ARM! —caminan al frente con las armas en alto—. ¡Deja libre a esa humana y entrégate! ¡Lo peor que te pasará es terminar en el mercado pirata, vendido parte por parte!

—Les ruego que bajen sus armas y nos dejen tranquilos —repito una vez más elevando un poco la voz, espero que no lo hayan tomado como una amenaza.

No puedo traducir sus expresiones más allá del odio, sus ojos se mantienen fijos sin parpadear, sus cuerpos tensos se siguen moviendo al frente, no se detienen.

Esperaba que me escucharan, pero nadie tiene planeado sentarse a tomar una taza de café con un aparente “homicida.”

—Les imploro, soldados —sus ojos cambian de dirección, pero sus armas siguen apuntando a mi pecho.

—Ádamis, no vayas —le tomo el brazo. Me niega con una sonrisa triste que apenas toca sus ojos.

—Soldados, sabemos que están aquí para llevarse a Eta Carinae —se acerca vacilante—, pero están en un error y me temo que no importará nada de lo que les digamos, porque no desean escucharnos.

Aun así les pido que desistan y se marchen, no teman por mi bienestar, él nunca me lastimaría.

Les prometo por lo más sagrado en mi vida que si se van ahora, Eta no lastimará a ninguno de ustedes, no les puedo prometer lo contrario si permanecen fieles a su causa —Ádamis gira para verme con la sonrisa más brillante, asiento levemente devolviéndole la sonrisa.

—Ese ARM ya le llenó la cabeza de ideas —susurran con expresión relajada, Ádamis imita mi lenguaje corporal, se inclina hacia delante subiendo la barbilla.

—Capitán, no podemos obligarla a ir a la zona segura. Tenemos órdenes de ir a la gran ciudad a la brevedad —un soldado baja su arma.

Ádamis no les quita la mirada de encima, sigue temblando, sacude su cabeza al verlos firmes ante nosotros.

— ¡Armas abajo! —grita su comandante, todos lo obedecen al instante—, quiero decirle algo, señorita, esto ha sido decisión suya —me señala—, permanecer al lado de esa máquina.

—Sus prejuicios son asunto suyo, así como Eta yo tuve mi propio despertar, y pude ver más allá de una simple coraza que ustedes nunca dejarán de ver.

—Ádamis —aprieto su muñeca al ver sus ojos brillando.

—Eta —me responde acariciándome el rostro.

Los soldados siguen a su superior como cachorros, partiendo rumbo a la gran Ciudad.

—Hace tanto que no volvía aquí —vuelve y me abraza viendo hacia arriba—. No deseaba estar en esta casa, sin ti no tenía sentido alguno.

La tomo entre mis brazos. Camino escuchando la resonancia de mis pisadas en el mármol; en el camino a la entrada de nuestro hogar.

—Ahora que de nuevo estamos juntos, no debes temer a la soledad de este, nuestro hogar —doy pasos al frente y entramos de lleno a la casa—. Lamento mucho todo lo que pasó, si hubiera luchado con Cleo en ese momento, es probable que nunca nos hubiéramos separado.

—Espera, quiero caminar, bájame unos momentos.

—Como desees, amada mía.

Nuestro hogar también resultó afectado, tenemos que saltar unos escombros de la entrada para no tropezar.

Quiero llevarla a la habitación principal, pero las escaleras están partidas por la mitad, para ella sería imposible llegar arriba, para mí es un salto insignificante.

—Voy a tomar tu cintura. ¿Está bien? —estiro la mano esperando su respuesta, asiente con expectativa centellante en la mirada. La pego contra mi cuerpo y doblo las rodillas con ligereza, llegamos arriba y dejo que me guíe a la habitación.

— ¿Cleo? —la habitación perdió una parte del techo dejando que la luz se filtre—. ¿Así se llama ella? es un lindo nombre para un ser tan retorcido —ladeo un poco la cabeza ante el comentario.

Espero en silencio, debo cuidar mis palabras, no la quiero herir de nuevo, no ahora que está dispuesta a escucharme.

Me mira con el cejo unido, camina hacia la cama y quita algunos escombros de encima, se anticipa y toma asiento.

— ¿Estás segura? —intento detenerla—. Está algo sucio, déjame limpiarlo.

—No importa, solo quiero estar aquí, a tu lado —me jala de la muñeca con fuerza, me siento a su lado.

Al sentir mi cercanía deja caer su cabeza en mi hombro.

—Te he extrañado tanto mi querida Ádamis —su cabello se enreda en mis dedos—, cuando te creí muerta sentí como mi núcleo se apagaba, quería aventarme de cada montaña que visitaba y destruirme para dejar de sentir esa pesadez en el pecho, aunque sabía que seguía en este mundo, yo me sentía…

No sé cómo explicarlo.

— ¿Vacío? —termina la frase—. Entiendo perfectamente, me pasó lo mismo cuando estaba en la cabaña esperando por ti.

—Lamento todo lo que sufriste Ádamis, no quería causarte ningún trauma.

—No, no tienes que pedirme perdón, ahora entiendo que si yo hubiera estado en tu lugar, tampoco me habría asomado por el borde de la montaña, el dolor de verte de esa manera me hubiera dejado un vació impresionante.

—Ádamis —me mira con ojos aguados.

—Si te sirve de algo, Eta, te perdono por abandonarme esa vez y ahora yo te pido perdón por haberte culpado de todo —sus orejas se han enrojecido, está avergonzada.

Aunque ya me ha perdonado, mi disculpa no es suficiente. Me levanto poniendo una rodilla en el suelo y le tomo ambas manos.

—No tienes que pedirme disculpas Ádamis, comprendo el odio que me tuviste en ese instante.

Causé mucho disturbio cuando creí que te había perdido, quería seguir ciegamente los planes de mi amo sin detenerme por ningún humano.

Ahora no estoy seguro de nada —antes de sentarme de nuevo a su lado, beso sus manos permitiéndome sentir su calor de nuevo y su delicadeza.

Mis labios se deslizan suavemente sobre sus manos hasta sus muñecas, no puedo evitarlo, mi gesto se prolonga más de lo debido. Ádamis carraspea haciéndome regresar al presente. Sus manos tienen un sudor visible.

—Disculpa —la suelto y recupero mi lugar a su lado.

La he avergonzado de nuevo, no sé qué me pasa hoy, no puedo controlarme cuando la tengo cerca.

—Quiero grabar más memorias a tu lado, amada mía, pero mi respeto por ti siempre será primero —esta vez tomo un brazo de distancia entre nuestros cuerpos.

—Vayamos al prado de flores —rompe la tensión—, no he ido desde hace un buen tiempo —intenta ignorar su vergüenza cambiando de tema, le agradezco infinitamente.

—Como ordene, señorita Astra —me levanto ofreciendo mi mano.

Ambos sonreímos y nos miramos fijamente como si nunca nos hubiéramos visto antes. El ambiente cambia, las vibraciones se tensan.

—Muy bien —me toma la mano y se levanta.

Con rapidez me suelta y sale de la habitación, de soslayo me ve frotando la frente.

—Permítame, señorita Astra —me aproximo—, el descenso es peligroso —la tomo nuevamente entre mis brazos.

Siento la textura de su ropa en mis pulgares.

Al salir, el viento nocturno golpea nuestros rostros.

La luna a penas ilumina el camino.

—Vayamos muy lento, querido —se recuesta sobre mi pecho, disfrutando del paisaje que se extiende sobre nosotros.

—Quiero disfrutar de este momento todo lo que pueda —la sujeto en lo alto—. Sigue pareciéndome mágico que estés entre mis brazos.

—Pretendía estar eternamente molesta contigo, pero mi amor es más grande que cualquier resentimiento que intente florecer entre nosotros.

Camino lento dejando que disfrute de la noche, grabo cada segundo en mi sistema, junto a las emociones que experimento, guardándolo como un tesoro invaluable en una bóveda invisible que solo existe en mi interior.

—Hemos llegado —dudo un momento—, no quiero bajarte de mis brazos.

—No me iré a ningún lado —la siento sobre el campo de flores—. Quiero que resolvamos todas nuestras dudas aquí y ahora.