22 ¿QUIÉN ERES TÚ? #3
—Si hay alguien a quien culpar es a los creadores de los ARM —dice Domhnall—, era cuestión de tiempo. Mi padre me lo dijo hace años y no escuché sus palabras, hasta que todo esto comenzó a estallar.
—Mirae Corporation fue la que inició todo —Ádamis asiente con ojos apagados—, pero gracias a mí, Eta Carinae se liberó de sus cadenas, y todo esto pasó.
—Deberías descansar Ádamis —la sienta en un catre—, mañana será un mejor día, y es muy posible que los oficiales tengan información sobre el hijo de tu amiga.
—Tienes razón, te agradezco, Domhnall —se recuesta dejándose llevar por el cansancio y el efecto de la medicina.
Solo pasa trece minutos dormida y las voces de sus amigos llegan a ella como un taladro. Están en la entrada del refugio, hiperventilándose.
— ¡Tienen que dejarme ir! ¡Es mi abuelo de quien hablan! —Samantha se frota los ojos con desesperación.
Al salir de Cielo Espectral ni siquiera le dio tiempo de ir en búsqueda de su abuelo.
— ¿Qué es lo que sucede, Doctor? ¿De qué está hablando Samantha? —al verlo cerca, le pregunta con toda sinceridad.
—Los guardias hicieron el conteo de personas que se refugian aquí y las que faltan de Cielo Espectral. En la lista no está el abuelo de tu amiga y faltan unas cuantas personas más.
—Es posible que no haya salido aún, es un adulto mayor —se lleva una mano temblorosa a la frente al recordar al abuelo Ernesto.
—También les acaba de llegar un mensaje, los guardias dicen que han encontrado al señor Ernesto Venois, pero no quiere irse de donde está porque cree que ahí está mejor que en un refugio.
— ¡Oh no! ¡El abuelo! —su pecho se hunde.
—Señorita, la situación es complicada, todas las fuerzas militares se están desplegando hacia la gran ciudad, temen que algo ocurra en las próximas horas —Samantha habla con los oficiales—.
Nos han dejado con menos guardias para resguardarlos de los ARM.
Si decide salir es bajo su propio riesgo, aun así no le permito irse.
— ¡Iré, ya se lo dije! —Samantha codea a los guardias para salir, pero es duramente jalada hacia adentro por Rafayel.
— ¡No debes irte de aquí Samantha! ¡Estás embarazada!
—No puedo dejarla sola Domhnall —decide Ádamis—, debo ir con ella.
—Espera… mira, algo sucede ahí —le señala la entrada del refugio.
— ¿Se trata de alguien importante, verdad? —un joven guardia entra—. La acompañaré, pero si veo peligro regresaremos sin escusas.
— ¡Gracias oficial! ¡No sabe lo importante que es para mí! —Samantha es acompañada por su esposo y el joven guardia. Rafayel no le suelta en ningún momento la mano.
Llegan a campo abierto, justo en el sitio que le dijeron los guardias. Samantha entorna los ojos y se detiene en seco.
— ¿Qué sucede cariño? —humo y escombros es todo lo que queda de Cielo Espectral.
—Creo que es él —ve a un hombre mayor encorvado, parado a la distancia, parece hablar con alguien—. ¿Qué está haciendo aquí?
—Vamos Sam, llevémoslo con nosotros.
—Espera… ¿Qué es eso? —una risa que le es conocida llega través del viento—. ¿Es posible?
— ¡Espera Sam! ¡No vayas sola! —sale despavorida al frente.
Su felicidad no podría ser mayor, pero una figura terrorífica la hace detenerse de golpe.
Solo dos metros de distancia la separan de su perpetua felicidad.
—Sam, que alegría volver a verte —la melodiosa voz de aquel caballero ya no surge el mismo efecto en ella.
—Ahórratelo, ZD-354 —brilla bajo la luz natural, mostrándose más imponente que nunca ante los ojos de Samantha. Justo ahora tiene poder sobre ella y su destino, lo que la hace sentir vulnerable.
—Querida Samantha que alegría, por fin te encuentro —Ernesto aplaude sin saber lo que ocurre—. ¡Es ZD! ¡Nuestro amigo!
— ¿Dónde estabas abuelo? ¿Por qué estás aquí y no en el refugio?
—Estaba en casa, buscándote, pero no te vi por ningún lado. Este caballero me trajo hacia acá, quiere entregarme a Julien y que vaya al refugio, que dice, está muy cerca, pero no pienso ir allá, nos lavarán el cerebro nada más —la voz rasposa de Ernesto tiembla por el viento frío.
— ¡Él no es un caballero, abuelo! ¡Es un asesino! —lo señala con el índice despectivamente.
— ¿Has olvidado lo que ha hecho por mí? —se frota el pecho—. Me sanó, no dudó —da dos pasos hacia ella— y me recuperé de maravilla por su gracia.
— ¡Abuelo ya basta! ¡Él y los suyos han matado personas! ¡Incluso niños! —Rafayel llega a su lado, camina con lentitud al ver al ser que consideraba su amigo con su hijo entre brazos, una ola de calor se junta en su estómago provocándole náuseas.
—Lo que se dice en las noticias son mentiras —trata de convencerla sin mucho éxito—, debes escucharlo, no les des la razón a esos mentirosos.
— ¡Devuélveme a mi hijo, ZD-354! —reniega exasperada. El pequeño Julien juega con una corona de flores en los brazos de Eta, riendo como si nada malo hubiera sucedido.
—Samantha, discúlpame —le entrega a su hijo, lo toma con miedo a que vuelva a ser arrancado de sus brazos—, desconocía que mis compañeros harían algo de esta magnitud.
—No creo tus excusas “máquina”, ellos dejaron muy en claro que no actúan sin tus órdenes.
—Déjame explicarte — Rafayel no lo deja terminar.
—Ya has hecho demasiado —dice con voz apagada—, no sabemos por qué actúas tan frío y cruel frente a todo el mundo, y finges bondad al traer a mi hijo y al abuelo hasta aquí.
No queremos que te vuelvas a acercar a nosotros —Rafayel toma a su hijo en brazos y se acerca a Ernesto—.
Estoy muy decepcionado de ti ZD-354 —lo ve con ojos oscuros por última vez—.
Esperaba cosas grandes de ti, pero nunca esto.
Nuestra amistad termina en este momento.
—Rafayel, hermano, quiero explicarte, a todos ustedes, no es lo que creen.
—Nunca te vamos a perdonar, nunca —Samantha enjuaga sus lágrimas y acompaña a su esposo tomándolo del brazo.
—No te escucharemos más, “hermano”.
Antes de desaparecer por completo, Samantha gira el rostro para ser oída con toda claridad por Eta.
—Lo mejor es que tú y los tuyos desaparezcan de la faz de la tierra —sentencia.
—Rafayel, Samantha, en verdad lo lamento —se encorva al oírlos hablarle así y verlo de esa forma.
—Debes escucharme Samantha, ZD no es un ARM malvado —Ernesto no es escuchado.
—Solo camina, abuelo —se lo lleva a rastras.
Ernesto ve de reojo a Eta y se despide, bajando la cabeza en un intento de reverencia.
— ¿Qué sucede Julien? —el pequeño se despide de Eta con la mano, llorando, perdiendo repentinamente el aliento, esto los desconcierta pero ahora solo desean regresar al refugio para revisarlo porque temen que su cuerpo haya sido herido.
Están felices por recuperar a su familia que pasan de largo, ignoran que Ádamis a sus espaldas observó todo, acompañada de Domhnall.
— ¿Qué…? —Eta da un paso adelante—. ¿Es una proyección? ¿Una ilusión que juega con mis sentidos? —niega una, dos, tres veces seguidas.
Ádamis se acerca, su mirada es distinta, no ve amor reflejado, solo furia.
— ¿Ádamis? ¿En verdad estás aquí? —estira un brazo y lo abofetea.
Eta sale de su trance parpadeando tocando su mejilla, sus ojos se abren como platos.
— ¿Ádamis? ¿En verdad estás aquí? Pero… yo te vi caer —ignora lo que acaba de hacerle.
Sus sensores registran algo más fuerte que cualquier alarma: el ritmo del corazón de Ádamis, acelerado, vivo.
El error que siempre marcaba su sistema desaparece, captando de nuevo el calor de su cuerpo entre sus brazos.
La rodea como si temiera que volviera a desvanecerse, apretándola contra su pecho con más fuerza de la que hubiera deseado utilizar.
Escucha un leve quejido y se separa alarmado, le estudia el rostro como si fuera la primera vez, verificando cada rasgo; sus pecas, la respiración, el temblor de sus labios.
Extiende una mano, quiere tocar su mejilla.
Quiere besarla y abrazarla de nuevo para asegurarse de que es real, pero un manotazo lo detiene, no es fuerte, pero logra sacudirlo desde adentro.
Ese abrazo representa el mundo entero para Eta, pero la confusión lo invade, sus cálculos no encuentran posible sobrevivir a una caída de esa magnitud, mucho menos estar frente a él, mirándolo con una mezcla de rabia y dolor.
Quiere entender lo que sucedió, pero sobre todo quiere decirle que lo siente y pedirle disculpas por no haber llegado a tiempo, por no haberla alcanzado.
El guardia que los acompaña apunta su arma hacia Eta, Samantha se percata de la acción y por fin nota lo que sucede.
—Oficial, déjelos a solas —quiere que Ádamis se aleje de Eta de una vez por todas.
— ¡No puedo hacerlo! ¡Ese ARM es uno de ellos! —acciona su arma y apunta hacia él.
—Él no la lastimará —le baja la mano—, debe saber algo, él es el más fuerte de los suyos, si intenta atacarlo su vida terminará aquí.
—Ella tiene razón, Ádamis debe cerrar este capítulo de su vida —interviene Domhnall.
— ¿Qué hace aquí Doctor?
—Acompañando a Ádamis a despedirse de Eta Carinae, tú deberías seguir tu camino e ir con tu familia, olvida todo lo que pasó, yo no pienso abandonarla —Samantha se aclara la garganta visiblemente ofendida. No dice nada más y regresa con su familia.
El oficial se queda en su posición, apuntando de nuevo al pecho de Eta, esperando a Ádamis, atento a la situación, actuará en cuanto lo crea conveniente.
— ¿Por qué me rechazas Ádamis? —Eta se aparta dejándola recuperar su espacio personal.
—Debes estar bromeando “Eta Carinae” ¿En verdad me estás haciendo esa pregunta? —lo golpea en el pecho con el puño—. ¡¿Después de haber hecho todo lo que hiciste?!
—Quiero explicarte mi propósito, querida, no es lo que parece.
— ¡No me digas así! ¡Te lo prohíbo! —limpia su nariz enrojecida.
—Ádamis, yo… —aprieta los labios bajando la mirada.
—Es muy curioso —camina a un costado, viendo el suelo que él pisa—.
Yo no tengo la fiebre de cuarzo, pero siento mi corazón agrietarse, cada vez que respiro mis pulmones arden, mi mente se llena de nubes cada que intento ser feliz, y todo es debido a ti, Eta Carinae, así que ya basta de mentiras.
No lo niegues, todas estas acciones son obra tuya.