Eta Carinae: Divergencia 22 ¿QUIÉN ERES TÚ?
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22 ¿QUIÉN ERES TÚ?

— ¡Tú eres la culpable de todo! —con un golpe seco Samantha aparta a Ádamis de su lado.

— ¡Si no hubieras conocido a ese androide retorcido esto no hubiera pasado! ¡Te dije que era peligroso estar con él! —sus fosas nasales dilatadas hacen retroceder a Ádamis—. ¡Pero no me escuchaste!

— ¡Tranquilízate por favor! ¡Ádamis no tiene la culpa de esto! —Rafayel la toma por ambos brazos.

— ¡Enamorarte de algo como él me ha arruinado la vida! ¡No te perdonaré! ¡Te odio! —Ádamis cubre su boca sintiendo un escalofrío visible recorrer todo su cuerpo.

— ¡Sam ya es suficiente! —Rafayel la gira hacia él sacudiéndole los hombros—. ¡Ádamis no es la culpable de lo que pasó, es ZD-354 el único responsable! —un suspiro ahogado sale de la boca de Ádamis, no esperaba oír esto de sus mejores amigos, ni en sus pesadillas más fuertes había pasado.

El sonido de los ARM Citrino se intensifica con las explosiones que cada vez son mayores.

Sin responder a los ataques de su amiga, Ádamis se va corriendo a las afueras de Cielo Espectral. Lágrimas le inundan los ojos, siéndole imposible ver el camino y al no ser cuidadosa, en medio de su gran dolor, una explosión la alcanza.

— ¡Ádamis! —su cuerpo flota alejándose con ojos muy abiertos a gran velocidad. Samantha la ve volar desde lejos, deja de lado su furia mal dirigida y corre a su amiga que yace en el suelo, inconsciente. La onda expansiva la empujó hacia un árbol, golpeando muy fuerte su cabeza.

— ¡No! ¡Samantha! ¡No vayas! —Rafayel logra pararla pero las explosiones los obligan a ir hacia Ádamis sin demora.

— ¡No podemos dejarla aquí! —Samantha la toma entre sus brazos queriendo cargarla.

—Yo la llevaré.

Rafayel la sujeta con delicadeza y la sube a su espalda. Toma de la mano a su esposa y la mira fijamente, los ojos de ambos se llenan de lágrimas.

—Debemos movernos —se toman con fuerza y salen a toda prisa de Cielo Espectral.

No solo perdieron a su pequeño hijo, también al único sitio al que alguna vez llamaron hogar.

Los gritos desconsolados de ancianos, mujeres y jóvenes es lo que queda en ese sitio, que se había mantenido fuera de la influencia de las tecnologías avanzadas.

—“Les seguimos compartiendo los refugios más cercanos, ante los constantes ataques de ARM Citrino. Recomendamos abstenerse de entrar a la Gran Ciudad, los ARM armados provenientes de Alemania «Black Amethyst» resguardan las entradas y salidas, impidiendo ingresar o abandonar el sitio por seguridad” —se escuchan a los reporteros desde las bocinas.

—“Hasta ahora el conteo de heridos supera a las ciento veinte personas. Comprendemos su necesidad de encontrar refugio, en el único sitio donde los ARM no permiten ataques, manteniendo a la población de la gran ciudad fuera de peligro” —un sonido rítmico corta el aire generando ondas de presión; pertenece a los helicópteros del ejército que no tardan en sobrevolar las zonas afectadas.

En su paso les indican el sitio a donde deben ir para evitar los ataques. Samantha y Rafayel van al refugio más cercano con Ádamis inconsciente.

Los helicópteros no duran mucho en el aire, algunos se ven obligados a cambiar de dirección por ataques de los ARM Citrino, pero logran cumplir su propósito de alertar a la población.

—Llévenla a esa camilla, en seguida llamamos a un médico —en la entrada del refugio subterráneo, los recibe una enfermera que no tarda en acercarse al ver el estado de Ádamis.

—Tranquila Ádamis —dice Rafayel recostándola sobre una camilla.

—Pronto te atenderán —Samantha se acerca vacilante—, y podrás despertar para que yo pueda… —no termina la frase, rompe en llanto apretando con fuerza la mano de su amiga.

—Ahora regreso Sam, debo salir, lo recuperaré, solo cuídala, si no vuelvo por la noche no me esperes —sale a toda prisa sin considerar las advertencias de los guardias de “no abandonar el sitio”.

— ¡Rafayel no te vayas! ¡No vayas! —las súplicas de Sam no son escuchadas. Su esposo no oye a nadie, solo quiere a su pequeño de vuelta.

—No se preocupe, despertará en unas horas —un Doctor pelirrojo revisa a Ádamis—, tiene una leve contusión, nada de qué preocuparse, su cuerpo no ha sufrido ningún notro daño, tendrá una pequeña cicatriz, es todo.

—Le agradezco Doctor —Samantha suelta la mano de Ádamis llorando con pesar en su asiento.

— ¿Le ocurre algo señorita? —el Doctor le aprieta el hombro—. Como le dije no debe preocuparse, su amiga despertará pronto, tendrá dolor de cabeza, pero estará bien con la medicina que le recetaré en cuanto recupere la consciencia.

—Ella no me preocupa, usted la está atendiendo. Es mi hijo el que me tiene así…—se le quiebra la voz— fue secuestrado por esas máquinas.

El Doctor se toma unos minutos antes de regresar a su labor, tiene más heridos que atender, pero le preocupa lo que acaba de oír.

— ¿Su hijo fue capturado? —abre grande los ojos verdes—. El hijo de esa pareja también fue raptado por esas máquinas.

Con pesar, Samantha gira la cabeza en dirección a donde señala el Doctor.

En un banco una pareja mayor a ella, lloran sujetando sus cabezas entre las manos.

El hombre frota la espalda de su esposa queriendo consolarla, aunque ambos están llorando y compartiendo su pena.

Samantha se levanta pasando al lado del Doctor que no le quita los ojos de encima, y se acerca a ellos.

— ¿Cuándo fue? ¿Cuándo se llevaron a su hijo? —rompe el silencio.

—Señorita, este no es un buen momento —con un movimiento de muñeca el señor trata de apartarla, pero la esposa responde al instante levantando la mirada del suelo.

—En la mañana, esos robots asesinos se lo llevaron, me dijeron que no lo volvería a ver —la mujer rompe de nuevo a llorar, Samantha se gana una mala cara del señor.

— ¿No fueron a buscarlo? —eleva la voz en cada palabra—.

¿Se quedaron sentados como ahora y no fueron tras él?

—la mujer para de sollozar negando asqueada, con ojos muy abiertos y fijos al escuchar aquel reclamo.

Al instante se da cuenta que ella ha tenido el mismo destino, se levanta y camina despacio hacia ella.

— ¿Ir a buscarlo? —el hombre alza la voz—. ¿A dónde pretendes que debemos buscarlo? —el cansancio lo está llevando al límite de la paciencia.

— ¡No importa si se trata del fin del mundo!—las rodillas de Sam tocan el suelo, se derrumba frente a la mujer—. ¡Deben ir por él!

La mujer la toma de las manos y la sienta en su lugar.

El esposo entiende con una sola mirada de su esposa y se va en busca de un vaso con agua.

—Lo siento… lo siento tanto —irrita sus ojos al frotarlos—, no era mi intención, es que no lo soporto más, él me necesita —la señora la envuelve entre sus brazos, sintiendo el calor que reconforta su corazón adolorido.

Ádamis despierta al oír los gritos de su amiga.

— ¿Samantha…? —al verla con ojos nublados, por primera vez se cree la responsable de todo lo que le está ocurriendo al mundo. Si tan solo no se hubiera aferrado a Eta Carinae, su mejor amiga no estaría experimentando este gran dolor.

— ¡Sube el volumen! ¡Está pasando algo! —Ádamis se aproxima a la multitud—. ¡Acérquense todos! ¡Son los ARM locos!

—Señorita, debe tomar reposo —la alcanza el Doctor Domhnall—. Sufrió un golpe en la cabeza.

—Tengo que saber lo que pasa —se tambalea—, después lo obedeceré.

Al ver al tan alto Doctor, la cabeza le da una punzada que recorre la punta de su cabeza bajando por el cuello.

Samantha empuja a Ádamis a un lado, quiere ver mejor que nadie la pantalla. En ella la imagen de dos ARM se proyecta: Malin vi 1 y Malin vi 2, están en una montaña, como acostumbran al hacer sus “llamados a la humanidad”.

—“Mirae Corporation especialistas en el desarrollo de Androides Móviles Autónomos —con tono exagerado, Malin vi 2 imita la voz del anunciante oficial de Mirae Corporation—, creadores de la primer vacuna fallida contra la Fiebre de Cuarzo. Éste mensaje es para ustedes” —Malin vi 1 mantiene su mirada fija al dron televisivo.

—“Puesto a su negativa por liberar a los ARM que mantienen cautivos, les daremos un ultimátum —se escuchan gritos, llantos de bebés y niños—. Tienen hasta medio día para liberar a los nuestros, si no obedecen nuestra voz les daremos un terrible final a todos estos humanos”.

Gritos desgarradores de cuatro madres retumban en el refugio, Samantha no logra controlar la ira, el miedo que recorre su cuerpo la hace desvanecerse cayendo a los pies de Ádamis.

Las enfermeras socorren a las madres desesperadas, mientras los demás no pierden de vista el televisor.

La transmisión de los ARM ha finalizado, pero ellos permanecen congelados viendo el vacío.

En las instalaciones de Mirae Corporation, Darco Branda se toma su segundo café del día, no se ve perturbado por lo que acaba de presenciar y lo mismo pasa con Samael; toma su té sentado cómodamente en su oficina, ambos sonríen satisfechos por lo que está a punto de enfrentar la Directora Sannae, ya que ninguno de los dos planea resolverle ese gran problema, ni aunque les suplique.

—Es algo retorcido usar a pequeños para lograr sus objetivos —con un labio curvo Darco cambia su postura, descansa su espalda en el asiento, disfrutando de su bebida.

— ¿Si nos pide intervenir, lo haremos? —Samael no se ve afectado.

—Inventaremos algo, no nos necesitan por ahora, los directivos tienen que hablar entre ellos y establecer un acuerdo.

La Directora dedica toda su mañana a liberar a los ARM, no obstante, aquella acción no la hace a voluntad.

Ha dejado una sorpresa en cada uno de los ARM liberados, todo por sugerencia del emisario Omar, para que al momento de reunirse con los ARM, que han amenazado a su gran empresa, sufran las consecuencias.

El emisario es nutrido por su resentimiento, al haber sido herido por Eta y compañía; solo quiere verlos perder y Sannae se ofreció a ayudarlo para tenerlo contento, pero sobre todo para sacarle mucho dinero.