Eta Carinae: Divergencia 21 DEVUÉLVEMELO… TE LO IMPLORO #2
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21 DEVUÉLVEMELO… TE LO IMPLORO #2

— ¡Estás yendo demasiado lejos…! ¿También acabarás con los pequeños? —los dientes de Hanber castañean ante el panorama.

Antes era él quien atacaba sin medida a los humanos por un error en su código, pero ahora muestra un cambio radical, después de haber sido mejorado por la gran Lúmina.

Por primera vez, está preocupado por el bienestar de los humanos.

—Por supuesto —gira para verlos—, y les pediré algo, no quiero que me molesten, tengo que recibir e instruir a los ARM que serán liberados en las próximas semanas. Recuerden que todos deben ir a la sede temporal que tenemos aquí, en París, así evitamos más bajas en nuestras tropas.

—No dejaré que les hagas daño —Hanber aprieta los puños y trata de golpear a Silver.

—No quiero perder mí tiempo contigo Hanber —en silencio esquiva un par de ataques nada enfocados—. ¡He dicho suficiente! ¡No planeo cuidar de esa familia nunca más!

—No necesitas cuidarlos, yo lo haré, déjalos con vida —se tienta a atacarla de nuevo—. Eta Carinae te odiará si les haces daño y yo también lo haré.

—No te entrometas, Eta Carinae les ordenó que me obedecieran en todo. ¿No lo olvidaste, cierto? —Hanber chasquea la lengua y le da el paso.

—Como tú digas Cleo.

Hanber se retuerce las manos, Malin vi 1 y vi 2 se miran cabizbajos.

Silver se va en silencio hacia la cabaña, en su camino rompe una rama de un gran árbol, es un palo grueso y largo que prueba en sus manos, como si fuese un bate de beisbol y entra a la cabaña.

Lo único que se escucha, son los gritos aterrados de los pequeños y la constante súplica, de una madre que no logra apelar a la inexistente compasión de Silver.

— ¿Teníamos que venir hoy?

—Señorita Ádamis, hoy están dando el especial de verduras que tanto le gusta.

Gray me convenció de ir a mi restaurante favorito, pero honestamente no quiero estar aquí, prefiero ir a mi departamento y recostarme un rato antes de ir a trabajar.

— ¿Esa es Nina Rosemberg? — Ay no, Dios, por favor no.

—Afirmativo señorita.

—Está con el científico que vi en Mirae, será mejor que no me vean —trato de escabullirme lejos de esa mirada escrutadora. El pobre hombre lleva las manos repletas de bolsas de compras—. Parece que se consiguió un nuevo esclavo, pobre criatura.

—No luce insatisfecho Ádamis —Gray tiene razón, no se ve triste o cansado, al contrario; se ofrece a llevar a Rosemberg de la mano con una brillante sonrisa.

—No hagas ruido Gray, debemos mezclarnos entre la multitud.

— ¿Señorita Astra? — tengo pésima suerte, ya me vio.

El hombre gira de inmediato entre los transeúntes.

— ¡Maldición! —bajo la mirada, como si no hubiera escuchado nada.

— ¡Ádamis! —trota hacia mí. No puedo evitarla más, está muy cerca.

—Hola, buen día señorita Rosemberg —exagero el tono—, le pido me disculpe por no haberla saludado apropiadamente —Rosemberg se suelta del científico con el entrecejo unido, ahora cambia su expresión bajando la comisura de su boca.

—No pasa nada, Ádamis Astra… —a siento con lentitud, espero que algo le llame la atención para poderme ir.

¿Se supone que debo decirle algo más?

Solo quiero irme, no quiero verla ni mucho menos explicarle qué pasó ese día.

—Si no tienes pendientes puedes acompañarme a comer —dice con ojos suaves, llenos de un brillo interior.

Me fastidia.

—Claro, sería lindo — aunque le estoy sonriendo, en realidad estoy furiosa .

No quiero estar cerca de nadie, mucho menos éste día.

Evito hablar de más, de hecho no digo nada.

Caminamos en silencio hacia un restaurante. Nina me ve de cerca, ni si quiera disimula. En verdad la detesto.

—No sé si son especulaciones mías, señorita Rosemberg, pero me da la impresión que la señorita Astra está muy antipática — murmura el científico esperando que no lo escuche, pero falló. Me parece tan patético.

Rosemberg le da un codazo y se aclara la voz, quieren pasar inadvertidos, pero ya es demasiado tarde. Siento mi rostro ponerse verde.

—Éste es el restaurante, señorita Astra —me había adelantado, dejándolos atrás.

— ¡Ah! ¡Claro! —mis orejas se ponen rojas.

Rosemberg me cede el paso. Qué incómodo.

—Gracias —anuncio en voz baja. Al entrar busco la mesa más cercana a la salida, no quiero estar aquí mucho tiempo.

Rosemberg toma asiento al frente, el hombre se sienta en dirección del pasillo, deja las bolsas de compras en el suelo, a sus costados. No quiero que me pregunten nada, debo tomar la iniciativa y tomar el control de la conversación.

—Señorita Rosemberg este acompañante suyo ¿Es uno de sus nuevos empleados? —quiero molestarla un poco—. ¿Abandonó la idea que una máquina es mejor compañía que un ser humano?

No se ofende, al contrario, le divierte.

Pfff Genial…

—Señorita Astra, él es el Doctor Smuel D’Amelio, es verdad, es mi nuevo trabajador, para ser específica es mi nuevo asistente, bueno, uno de mis asistentes.

¿Pues cuántos asistentes tiene? Es toda una explotadora.

—Es un gusto señorita Astra —me ofrece la mano—. Siempre es un gusto verla.

—Hola Doctor D’Amelio —aprieto fuerte.

—Renunció hace poco a su antiguo empleo, y decidí darle una oportunidad a su brillante mente, en una empresa en la que trabajo.

Smuel se ve lleno de vida, hasta sonríe con lo que parecen ser, dientes nuevos. No les digo nada, pero sus actitudes me hacen pretender que entre ellos pasa algo más, hablan por lo bajo y ríen en complicidad.

El nudo en mi estómago regresa, no quiero verlos.

Agacho la mirada, no quiero recordarlo de nuevo, no podré parar sí empiezo. Una lágrima silenciosa rompe el grato momento que estaban teniendo Rosemberg y D´Amelio, me avergüenzo al instante.

— ¿Se encuentra bien Astra? —Smuel sale de su ensoñación.

—En realidad —me limpio con premura el rostro— es un poco de estrés de mi nuevo empleo, aquí en la gran ciudad, pero estoy en perfectas condiciones.

—Smuel danos un momento a solas —asiente y se va.

—Sé honesta conmigo, tal vez desahogarte con una extraña es lo que necesitas para sacar lo que te aflige.

— ¿De qué hablas? Te lo he dicho, estoy en perfectas condiciones.

—Los ojos no mienten Ádamis… —arruga la frente.

Busco algo para distraerme, no quiero llorar otra vez.

El ruido de los televisores me llama la atención, me servirá para evitarla por ahora. En las noticias hablan de actos atroces que cometen seres inanimados, sin dueños, en París. ¿Seres inanimados? ¿Eso qué significa?

—“El incidente de hace dos semanas, sigue alertando a las máximas potencias, creadoras de inteligencias artificiales y Robots Móviles Autónomos…” — están hablando de los ARM. ¿De qué se trata esto?

Dejo de escuchar a Rosemberg y me enfoco en la pantalla, una montaña en París, una silueta que me es casi conocida me hacen entornar los ojos, pero con una velocidad apenas perceptible, Gray se apura a cambiar de canal.

Le he dicho que no haga eso, se cree el dueño de todo, ya he tenido problemas por su culpa, pero me sigue causando gracia.

Gray recibe las quejas de la dueña del lugar, era de esperarse. Sonrío levemente, niego con la cabeza cuando me voltea a ver.

Gray majadero.

—Puedes ver en mí a una amiga, no diré nada de lo que me confíes, tus secretos están a salvo conmigo.

—Nina yo, no quiero… —suplico.

—Por favor Ádamis, vengo en son de paz.

—Está bien, por lo que veo eres muy testaruda —suspiro con pesadez.

Me acerco lo suficiente, me apoyo sobre la mesa, Nina hace lo mismo.

Si quiero que entienda lo que sucedió, debo contarle todo, desde el inicio.

Le platico con lujo de detalle los eventos desde que él y yo contrajimos matrimonio.

— ¿ZD-354 y tú se casaron? —se estremece al oír la noticia—. No es posible, él me dijo que, a menos que tú seas…

—Fue algo simbólico, sabes que hacer eso es ilegal.

—Es verdad.

—Fui su esposa… sí, lo fui.

¿Por qué parece sorprendida?

—Ahora veo que tú eres la mujer de la que ZD profesaba un gran respeto y afición.

— ¿Alguna vez te habló de mí?

—Todo el tiempo, siempre que iba a visitarme a mi hogar no dejaba de contarme sobre una grandiosa mujer. Pero no me hagas mucho caso, quiero seguirte escuchando, no te interrumpo más.

—Nina, todo mi dolor tiene un responsable.

— ¿Mirae Corporation? — pensativa concluye.

Ya no quiero pronunciar el nombre completo de esa empresa, los aborrezco de mil maneras, cada vez que lo intento me arde la boca.

—Eh… —quiero seguir, pero mis labios tiemblan con cada palabra, mis ojos amenazan en derramar lágrimas en cualquier segundo.

—Tómate el tiempo que necesites Ádamis, estoy aquí para ti —me aprieta la mano, me da fuerza para continuar.

Tomo aire y me enjuago los ojos.

— ¿Recuerdas cuando me ayudaste a entrar a…?

— ¿A Mirae Corporation? Sí, por su puesto.

—Estaba afuera de la oficina de la Directora Sannae, esperando mi turno, en ese instante Darco y Samael llegaron.

— ¿Darco y Samael? ¿Qué querían contigo? —se acerca más a la mesa, con ojos abiertos y las cejas tensas.

—Peleé contra ellos con todas mis fuerzas, cuando intentaron llevarme a la fuerza —inhalo con brusquedad al recordar.

— ¿Qué ellos hicieron qué…? —sus dedos tocan sus labios entreabiertos.

—Pedí ayuda a gritos, pero nadie me socorrió, se limitaron a observar desde la distancia.

— ¡Ese par de cretinos! ¿Te hicieron daño?

—Me temo que sí —se sobresalta—. No de esa manera —la tranquilizo al verla levantarse con asombro. Sé qué fue lo que pasó por su cabeza, pero gracias a Dios eso no sucedió.

—Me dijeron que les iba a servir para que alguien regresara a su lado, con eso ellos evitarían perder prestigio y todo su patrimonio.

—Con tu testimonio podremos encerrarlos en prisión, no te dejaré sola en esto.

—Me… me llevaron a un sitio extraño —no respondo a su petición—, tenía los ojos vendados en todo el camino, no pude ver con exactitud a dónde nos dirigíamos, pero al llegar un ARM dorado, que después supe, se llama “M33”, me sacó de la aeronave y me estranguló varias veces.

—Ádamis… —Nina junta las manos y las aprieta blanqueciendo sus nudillos.