7 PARADERO DESCONOCIDO
E l resto del día la señorita Astra permanece en su balcón con los dedos entrelazados sobre las rodillas, en completo silencio.
Sus ojos siguen el lento desplazamiento de las nubes, deseando encontrar respuestas en el cielo grisáceo, pero cada vez que baja la mirada una sombra de decepción se posa sobre sus apretados labios.
Intento romper ese muro silencioso con palabras suaves pero sigue aferrada a sus pensamientos, como si se tratase de un mar turbulento donde no la puedo alcanzar.
—Debería descansar señorita Astra —exhala pesadamente pero toma mi mano sin dudar.
—Tienes razón, fue un día muy caótico. Mi cabeza pide a gritos que descanse —la llevo a su habitación.
—Todo mejorará mañana señorita Astra —se recuesta con un profundo suspiro sin soltarme la mano.
Sus dedos juegan con los míos que son largos y delgados hasta que sus párpados se cierran completamente.
Permanezco a su lado viendo su respiración pausada y la boca entreabierta.
La luz de la luna se cuela detrás de nosotros bañando la habitación con un resplandor suave que me despierta los sentidos.
El silencio se vuelve casi tangible y me hace cuestionar la situación.
“Los que hoy la han herido son esas mismas personas que ella ha protegido y querido durante años, no consideraron sus emociones ni el impacto emocional que crearon sus acciones en mi contra.”
Mis análisis son claros: los habitantes de Cielo Espectral les temen a las nuevas tecnologías encerrándose en sus miedos, negándose a explorar caminos que podrían cambiar sus vidas.
En los campos solo quedan granjeros de avanzada edad con sus manos cansadas por décadas de trabajo bajo el sol.
La otra parte de la población son mujeres jóvenes y ancianas que no encuentran en las tareas del campo un llamado ni un futuro, los hombres jóvenes son muy escasos y se les obliga a trabajar en las cosechas.
Si tuvieran asistencia de ARM especializados, podrían aligerar las cosechas multiplicando su productividad, así dejarían de desgastar sus cuerpos, no sacrificarían su tiempo y no desecharían sus sueños y aspiraciones de vida.
Quisiera que mi presencia les sirviera, que fuera un puente para que aprendan a ver más allá del temor, que logren comprender a seres como yo, y eventualmente se deshagan de sus prejuicios abriéndose ante las posibilidades.
—Mmmh… —Astra murmura regresándome al presente con su voz dormida, apretando aún más fuerte mi mano—. Una… promesa… Ed.
¿Una promesa? ¿De qué estará hablando?
Los grillos entonan su coro rítmico en un extraño baile de tranquilidad que llega a cada rincón de la casa. El agua cristalina del lago cercano susurra suave, mecida por un viento juguetón que agita las cortinas de la entrada, me acaricia la piel en un tacto fresco y ligero.
La noche en el campo sigue su tranquilo curso, mientras que en otro sitio, lejos de esta calma, la oscuridad pesa diferente y las tensiones se empiezan a desbordar.
— ¡Si te ordeno reemplazarlo lo harás, anteojos!
En un ataque de rabia Darco Branda empuja violentamente a Smuel haciéndolo tropezar, gracias a esto destruye ciertos componentes para un nuevo ARM que tardó más de doce noches en ensamblar.
—Estás llegando a tu límite Darco, relájate. La Directora Sannae nos está observando —Samael lo toma con firmeza del brazo.
Ambos están impacientes; la situación los está rebasando y todo se está complicando. “Tic-Tac Tic-Tac” es lo único que oyen.
— ¡No me toques! Lo que menos me interesa es la presencia de la Directora —se zafa con brusquedad de Samael quien se limita a observarlo con una mirada helada—.
Garog si tienes algo que decir solo hazlo, no soporto esa mirada tuya —Samael es empujado hacia un lado para lanzarle un puñetazo directo al rostro de Smuel, que recogía con manos temblorosas los destrozados componentes que tanto le costó armar.
—Darco, tenemos el tiempo contado y lo sabes —con la mandíbula apretada Samael fija sus ojos en la sala de conferencias donde la Directora los vigila, impaciente.
— ¿Te parece que he estado jugando todo este tiempo? —una vena le palpita en la frente—. Si te crees mejor que yo solo inténtalo Garog —se cruza de brazos levantando el pecho—, no puedes hacerlo, solo te engañarías a ti mismo.
Un silencio glacial inunda la sala, todos los científicos presentes se mantienen alejados pero a la expectativa, no desean tener la misma suerte de Smuel.
—En la academia siempre me fuiste leal por la similitud de nuestras aspiraciones, no por otra cosa —Darco se posa a su lado y con el dedo índice acomoda detrás de la oreja el cabello de Samael quien se estremece por un segundo—. Por eso eres mi único amigo.
Al escuchar estas últimas palabras, Samael baja la cabeza respirando profundo, atrapado entre la dureza de las palabras de Darco y su propia impotencia.
—Si eres mi fiel seguidor, harás lo que te pido —su voz corta el aire como un cuchillo afilado, resonando en la silenciosa habitación.
No le responde de inmediato, mantiene sus ojos fijos en la pantalla frente a él, mientras sus dedos tamborilean con impaciencia sobre la mesa metálica.
—Ya intentamos localizarlo, los escarabajos no lo encontraron en el sitio al que los enviaste —la voz de Samael es casi un susurro tenso.
Darco se acerca a una ventana para ver el cielo despejado «gracias a la alta tecnología siempre gozan de buen clima», su sombra alargada se proyecta contra la pared desnuda. Aprieta los puños hasta que las articulaciones se blanquean y un recuerdo helado le atraviesa la mente.
—Él está ahí —exclama con voz firme—, no hay otro lugar donde pueda estar —con un giro rápido chasquea los dedos—. ¡A no ser que esté con ella!
Samael levanta el rostro reflejando en sus ojos entrecerrados; una mezcla de frustración y urgencia.
— ¿A quién te refieres? —pregunta mientras camina apresurado a su matriz beta, busca y busca, sus dedos recorren la pantalla táctil con movimientos precisos pero tensos.
— ¡Aquí! —exclama señalando una imagen.
En la pantalla flotante aparece Nina Rosemberg: una mujer de alta sociedad que parece tallada en mármol.
Su rostro afilado es enmarcado por su sedoso cabello castaño que cae como cascada alrededor de sus pómulos definidos, sus grandes ojos azules son fríos y penetrantes como dos gemas congeladas bajo una mirada calculadora.
Los labios rojizos perfectamente delineados, contrastan con su piel pálida y tersa, mientras unos sutiles hoyuelos suavizan apenas esa expresión implacable.
— ¿Nuestra máxima benefactora? ¿Qué tiene que ver con la desaparición de ZD-354? —Samael frunce el ceño y se cruza de brazos.
—No estoy insinuando que ella lo tenga —replica, despacio, midiendo cada palabra— pero creo que puede saber en dónde estará metido.
—Entonces dejemos de perder tiempo con este inútil de Smuel —la voz de Samael es fría y definitiva como una sentencia—. Vamos a visitar a nuestra benefactora—. ¡Smuel! ¡Deja de lloriquear y limpia tu rostro! —le escupe sobre la bata blanca pasando a su lado, pisándole la mano.
Las miradas de Darco y Samael se cruzan en un pacto silencioso: la misión continúa, sin margen para errores ni piedad.
La señorita Rosemberg vive en el recinto “Diamante Esmeralda” un poco alejada de la gran Ciudad.
Los rumores indican que fue nombrado en honor a su tatarabuela; sus ojos verdes eran tan grandes y brillantes que enamoraron a más de un individuo, pero la señorita Rosemberg no se queda atrás, tiene una gran lista de pretendientes, desafortunadamente ninguno es de su agrado.
Sus pensamientos son claros, no caerá por ningún hombre y así fue hasta que conoció a ZD-354, él la hechizó de una manera en la que ningún ser humano la había cautivado desde su nacimiento, y está dispuesta a hacer hasta lo imposible por tenerlo a su lado, dato que desconocen Darco y Samael.
—Siempre me ha gustado venir a esta parte de la ciudad —Darco pone los ojos en blanco, no disfruta de charlas fuera del trabajo con Samael.
—Sí, Samael, ya lo sé —responde entre dientes al tratar de esconder su evidente incomodidad.
Desconoce porque Darco ya no se siente cómodo a su lado, hace unos años seguían siendo inseparables justo como en la universidad.
Se ha preguntado en repetidas ocasiones si le ha fallado o faltado el respeto de alguna forma.
Darco es su único ídolo, nunca ha habido nadie antes ni después que lo comprenda como él lo hace, y su inesperado alejamiento le está afectando hasta en su vida laboral.
— ¿Estás conmigo o no? —Darco le chasquea los dedos frente a sus ojos.
— ¿Eh? ¡Oh, claro que sí! —se apresura a responder.
—Debemos ser precavidos, si se llega a esparcir el rumor que hemos perdido a uno de nuestros ejemplares habrá una caza de robots como la de hace ocho años —Darco camina a la entrada de la mansión, a la distancia no se parece a nada que hayan visto antes.
La impresión ha cortado de tajo la conversación, con miradas aturdidas no evitan hacer exclamaciones de sorpresa «considerando que ambos son de alta sociedad, para ellos ver el lugar ha sido un gran impacto.»
La mansión de la señorita Rosemberg no solo es grande, es descomunal.
Los rayos del sol chocan contra las superficies que desintegran la luz en un caleidoscopio de colores, es como si la propia piedra tuviera vida.
El mármol color crema de las paredes cambia sutilmente de tono según la hora del día.
Como un abrazo la naturaleza extiende sus brazos alrededor de la mansión. Los árboles en sus cortezas parecen tener grabados ancestrales, se entrelazan con enredaderas cargadas de flores exóticas, que emiten fragancias embriagadoras y despiertan la curiosidad de los invitados.
El sonido de la cascada es apenas un murmullo, mezclado con el cantar de las aves, que revolotean entre las ramas y crean una melodía natural que acaricia los oídos.
—Esto es impresionante —Samael cubre su boca tratando de contener la emoción.