48
Greer
Cuatro meses después
La punta del bolígrafo de Rav llega a la esquina de su portafolios.
Sigue siendo de roble.
Sigue siendo pretencioso.
—A ver. —Enarca una ceja.
—A ver —repito.
Él pone los ojos en blanco, pero creo que se le crispan las comisuras de la boca en un atisbo de sonrisa.
—De camino he visto algo interesante.
Hago un gesto con la mano.
—Usas el transporte público de Toronto, seguro que ves muchas cosas.
Suelta una carcajada, estira el brazo hacia la mesa junto a su sofá de cuero desgastado y lanza una revista encima.
—El último número de Men’s Health . Es fascinante: «Cómo consiguió Beckett Davis que patear pareciera sexi».
La revista resbala por la superficie lisa de madera y prácticamente se detiene ante mí. La miro, pero alzo los ojos hacia Rav después.
He visto la foto un millón de veces. Es preciosa; Beckett aparece en blanco y negro, con la comisura izquierda alzada para que el hoyuelo resalte en su mejilla y la barba desigual que, de alguna forma, mejora la imagen.
Lo único que lo cubre es un balón estratégicamente colocado entre sus manos.
Se ven todas las curvas y líneas que moldean sus piernas.
Las mejores de la liga.
Piernas dignas de aparecer en el Salón de la Fama, según los analistas.
Alzo la barbilla.
—Que sepas que yo elegí la foto.
Rav sonríe y sus ojos marrones brillan con arruguitas en torno a ellos.
—Seguro que todos en Norteamérica te lo agradecen. —Señala la revista—. Dice cosas muy halagadoras sobre ti en ese artículo.
—¿Acaso hay algo de mí que no guste? —Me encojo de hombros.
Esta vez se ríe, echando la cabeza hacia atrás, y se le marcan los hombros de la camisa a cuadros que lleva abotonada hasta arriba.
— Touché , doctora Roberts.
Se endereza y apoya los codos en los muslos.
—¿Cómo le va? Me dio pena, igual que a los demás, ver que perdía en la final de conferencias. Pero jugó bien. Placó bien en el tercer cuarto; todo un mundo nuevo para un nuevo tipo de pateador. No me cites, pero creo que los de SportsCentre lo han llamado un «cambio revolucionario».
Es verdad.
Y sí que jugó bien.
No cambió el resultado, pero creo que por primera vez lo entendió. Se contentó con lo que ofreció y lo que consiguió.
—Siempre queda el año que viene —le susurré mientras le apartaba el pelo detrás de las orejas cuando nos sentamos en la bañera después.
—Pues sí. —Asintió y no hundió los hombros en absoluto.
Sonrío a Rav.
—Está bien. Nos vamos a Tahití dentro de dos semanas. Deberías ver su maleta. Está llena de libros. Mi padre le habló de la alta fantasía y creo que tiene una fijación peor que con Napoleón. Así que prepárate para que te cuente todo tipo de información sobre los dragones cuando vuelva.
—¿De vacaciones? —Rav echa la cabeza hacia atrás—. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste unas?
Pongo los ojos en blanco.
—Rav, no hay nada que psicoanalizar. Dime el nombre de algún residente o adjunto que conozcas que se haya ido muchas veces de vacaciones.
Él sonríe y levanta las manos a modo de concesión.
—Tienes razón, me he precipitado. ¿Qué tal le va con su familia? ¿Y a ti con ellos?
—Cenamos con sus padres una vez al mes. Idea y límite suyos —respondo, encogiéndome de hombros.
Rav ladea la cabeza y frunce el ceño. Abre los ojos como si esperara que dijese algo más.
—Si lo que quieres saber es si me comporto con perfecta educación, sí, lo hago. —Entrecierro la mirada.
—¿Y el doctor Davis? ¿Y su hermana?
—Bien. A ellos los vemos más. Cenamos, vienen a vernos.
A veces tomo un café con Nathaniel en el trabajo.
Sarah y yo vamos de compras. Su pareja está embarazada, así que todo el mundo está contento.
—Asiento y curvo los labios en una sonrisa.
Son más fáciles de tratar que sus padres, pero se trata de aprender; es algo a largo plazo.
Levanto las manos—. A Beckett se le da genial imponer límites ahora.
Quién lo iba a decir. Estarías orgulloso de él.
—Estoy orgulloso de ti —susurra, y no sé si lo he oído bien, pero me lanza una sonrisa resignada—. Se supone que no debo decirle eso a los pacientes. Estoy orgulloso de todos los que cruzan esa puerta. Pero tú. Tú eres…
—¿Especial? —Levanto un hombro.
Él se ríe de forma ruidosa. Es solo una risa, solo un sonido, pero creo que los años que hemos pasado juntos resuenan por toda la sala.
—… aún una experta en esquivar el tema —termina, aunque sonriendo.
No espera a que se haga el silencio y me hace otra pregunta.
—¿Y tu padre?
—Bien. Fui con él a una reunión la semana pasada.
Me invitó. Fue raro. Me sentí incómoda todo el rato y deseé no haber ido, pero antes de marcharnos, un chico se…
se me acercó. —Se me atasca la voz en la garganta.
Me muerdo el labio y me encojo de hombros al tiempo que una lágrima resbala por mi mejilla—.
Creo que tendría la edad de Stella. Seguramente rondara los veinticinco.
Me dijo que solo quería darme las gracias.
Por mi padre. Porque si no… —Echo la cabeza hacia atrás y me llevo las manos a la cara antes de sacudir la cabeza y coger aire—.
Si no hubiera salvado a mi padre, mi padre no lo habría salvado a él.
—Las lágrimas escuecen en mis mejillas y me seco los ojos—.
¿Cómo le llaman a eso, el efecto mariposa?
—Salvar vidas —me corrige Rav—. Creo que lo llaman salvar vidas.
—Vaya.
Le sonrío, aunque lo veo borroso a causa de las lágrimas.
Él me libra de tener que regodearme en lo que sea que es esto, porque ya he estirado mis límites lo suficiente y solo llegan hasta cierto punto.
Por ahora.
Se da golpecitos en el muslo con el bolígrafo.
—¿Y tu ansiedad?
—Bien. —Me encojo de hombros—. En su mayor parte.
Beckett y yo estábamos en el coche, cruzando Lakeshore, el fin de semana pasado y hubo un accidente a dos carriles de distancia.
El típico accidente en el que uno choca por detrás.
Pero hubo mucho ruido y… —Parpadeo y mi voz suena desesperada e ilusionada a la vez—.
¿Crees que alguna vez mi sistema nervioso se pondrá al día y aprenderá?
—Puede. —Rav asiente. El bolígrafo vuelve a golpear su pierna y se encoge de hombros—. O puede que no.
Vuelvo a inspirar y Beckett está ahí mismo, al igual que estaba la semana pasada: con la mano en mi nuca, sujetándome, apretando mi cuero cabelludo, contando las respiraciones conmigo.
Mirándome a mí y a la carretera, tamborileando el pulgar contra el volante de su camioneta al mismo ritmo que nuestras respiraciones.
Estoy a punto de decirle a Rav que no pasa nada. Que hay alguien que quiere respirar conmigo y que eso facilita las cosas.
Pero me suena el teléfono.
Miro la pantalla y se la enseño. Esta vez no me siento victoriosa, porque no hay nada aquí de lo que esté intentando escapar.
—¿Cómo te hace sentir eso? —Señala mi teléfono con el bolígrafo.
—No siempre como solía hacerlo —le digo al tiempo que me levanto.
—¿Cirugía, entonces? —pregunta.
Ladeo la cabeza y sonrío tranquilamente.
—Por ahora.
Rav enarca las cejas.
—¿Te veo en unos pocos meses?
—En unos pocos meses. —Asiento y me despido con la mano antes de salir.
Me siento un poco hipócrita cuando llego al ascensor, pero apoyo los hombros contra la pared, cierro los ojos y respiro.
Y pasa porque ahí mismo me esperan unos maravillosos ojos esmeralda. Un hoyuelo que divide una mejilla cubierta de una barba incipiente y una sonrisa que sería capaz de iluminar el mundo entero.
Es un chico guapísimo al que amo y que también me ama a mí.
«Es luz», dice mi cerebro.
«Es amor», confiesa mi corazón.