47
Greer
No sé exactamente cuánto dura el beso. Pierdo la noción del tiempo porque somos él y yo el domingo, tal y como prometimos.
Al principio mi hermana jalea con todos los demás y luego empieza a carraspear y a toser en alto, pero yo apenas la oigo porque hay algo extraño que le está pasando a mi cuerpo, algo que jamás había sentido antes: el inicio de un nuevo sonido, mi corazón y mi cerebro en armonía.
«El sol», susurra mi cerebro.
«Lo queremos», repite mi corazón.
—Davis.
Eso sí lo oigo, porque es una voz nueva y suena enfadada.
Parece que Beckett no, a juzgar por cómo mueve su lengua contra la mía y me agarra de la nuca con fuerza.
—Número diecinueve. Ya vale. Que esto no es una puta película.
Eso sí debe de oírlo, porque se aparta, aunque a regañadientes. Me besa la sien antes de girarse y de echar un vistazo al campo.
—Vaya, pensaba que sí. Venga ya, entrenador. ¿El chico rompe el récord y se queda con la chica? Ahí hay buen material.
Sí que suena como un muchacho y también lo parece; los rasgos duros de su cara ahora parecen más suaves bajo la barba incipiente que cubre su mentón, sus ojos verdes están bien abiertos y brillantes y el cabello marrón chocolate, completamente despeinado.
Incluso tiene una pequeña mancha de césped en la parte baja e izquierda de su camiseta.
Tiene los hombros rectos y elevados, como si nunca hubieran tenido que soportar ningún peso.
Su entrenador, exasperado, se pellizca el puente de la nariz, pero creo que está intentando contener la sonrisa.
—¿Así es cómo quieres celebrar una victoria y haber roto un récord? ¿Ese récord que solo demuestra que tienes todavía mucho trabajo por delante porque ya deberías haberlo roto el puto año pasado?
Beckett esboza una sonrisa perezosa.
—No se me ocurre mejor manera, la verdad.
Su entrenador da una palmada antes de señalar con el pulgar por encima de su hombro.
—Pospartido. Vamos. Te toca hablar a ti.
Beckett se gira hacia mí y acaricia la parte superior de mis orejeras.
—¿Me esperas?
Sí. Durante el resto de mi vida, creo.
Y lo espero; en realidad es divertido de ver.
Es otra de las cosas que tan bien se le dan y que nunca ha pensado que valieran para nada. Sale para la entrevista con una mano levantada y una sonrisilla en los labios que hace que todos se tranquilicen.
Es un hombre de muchos talentos, pero sí que creo que este es el más encantador; hace que todos se sientan especiales, vistos, y encima lo hace sin esfuerzo.
Le preguntan sobre todo acerca del récord. Cómo se ha sentido al romperlo y, para más inri, contra Baltimore.
Al final le preguntan quién soy; no en el sentido general de la palabra —porque todos saben todo de mí a estas alturas, mis secretos y cicatrices—, sino quién soy para él.
Para deleite de todos, sonríe, enseña el hoyuelo y se pasa una mano por el pelo recién lavado antes de responder.
—Tan solo el amor de mi vida.
Al decirlo, ese nuevo sonido se repite; mi cerebro levanta la cabeza para bañarse en la luz del sol que es Beckett y mi corazón pasa una mano por las cuerdas de su instrumento.
La gente le hace más preguntas cuando salimos hacia su camioneta con las manos entrelazadas, su boca pegada a mi sien o a mi oreja mientras me susurra las cosas más maravillosas.
Le hacen preguntas que son demasiado personales. Le preguntan por mi padre. Pero Beckett hace lo que no sé si habrá hecho nunca: traza una línea en la arena. Por mi bien, aunque espero que un día se sienta lo bastante cómodo como para hacerlo también por el suyo.
—Ese es un tema vedado —responde, y no sonríe ni parece contento o agradable.
Cuando llegamos a su apartamento, por fin me quito las orejeras y casi espero que el mundo vuelva a ser ruidoso y chirriante.
No lo es.
Solo oigo los mismos ruidos de siempre: el leve zumbido de las luces, el silbido ocasional del viento a través de las ventanas semiabiertas y el crujir del sofá de piel cuando nos sentamos.
Pero, sobre todo, mi corazón y el suyo.
Me agarra de la muñeca y tira de mí hasta que quedo sentada a horcajadas sobre él. Su otra mano me agarra del muslo con fuerza.
Beckett echa la cabeza hacia atrás sobre el sofá y le cae un rizo sobre la frente. Posa las manos en mi cintura y hunde un pulgar bajo mi sudadera, sobre la parte inferior de mi cicatriz.
—No tendría que haberte pedido que te marcharas —susurro.
—No te molestes en hacerlo otra vez, porque no pienso irme a ninguna parte. —Se encoge de hombros.
Ladeo la cabeza y levanto el dedo meñique.
—¿Me lo prometes?
Engancha su dedo con el mío.
—Te lo prometo. —Traga saliva—. Gracias.
Por venir hoy. Valoro mucho que lo hayas hecho, pese a lo difícil que te ha debido de resultar.
Sé que dijiste que no podía arreglarlo, que no querías que lo hiciera, pero haré lo que pueda por hacer las cosas bien.
Por asegurarme de que algo así nunca vuelva a suceder.
Deslizo los dedos por sus hombros —le apartaría cualquier cosa que tuviera sobre ellos—, pero creo que, por primera vez en muchísimo tiempo, no lleva ninguna carga encima.
—Bueno, según tengo entendido, no sufro de amnesia y no he donado en secreto otro órgano a ningún otro familiar, así que probablemente ya no haya ningún peligro.
Curva las comisuras de la boca hacia arriba.
—¿Y tus límites y reglas?
—Borrosos.
—¿Y tu cerebro?
—Callado. —Parpadeo despacio—. Ahora mismo, al menos. No sé si fiarme de que vaya a quedarse así.
—No pasa nada. Si se pone a gritar, tú cuéntame lo que te dice y lo hablamos, ¿vale?
—Me mira con esos ojos tan bonitos y maravillosos, implorantes, y yo asiento a modo de respuesta—.
¿Quieres aprender conmigo, doctora Roberts?
Estoy seguro de que me superarás en nada, pero, por si no lo sabías, tengo las mejores piernas de la liga.
—Tamborilea los dedos sobre mis costados, con y sin cicatriz—.
Bueno, aún tengo mucho trabajo que hacer.
A lo mejor mencionas un helicóptero sin querer y, cuando menos te lo esperes, bum: ahí tienes el tuyo propio y un helipuerto en el tejado.
—Creo que no sé muy bien cómo es salir con alguien en serio —susurro—. Pero quiero aprender.
Sacude la cabeza.
—No estamos saliendo.
Enarco una ceja.
—Ah, ¿no?
—No. Estamos empezando el resto de nuestra vida. —Coge el mando del reposabrazos del sofá y me señala con él como si lo que ha dicho no fuera gran cosa—. Prepárate, porque tu falta de conocimiento sobre guerras revolucionarias no se limita únicamente a Francia. Tenemos mucho camino por recorrer.
—¿Así es como quieres que pasemos la primera noche de nuestra vida? ¿Viendo el canal Historia?
Sonríe. Su hoyuelo aparece en su mejilla izquierda y creo que me deja una cicatriz en el costado izquierdo.
Pero es un regalo, como la que tengo en el derecho.
Beckett pulsa un botón del mando con el pulgar antes de sacudir la cabeza y soltarlo sobre la mesita.
Sus ojos esmeralda, con esas pequeñas motitas de color ámbar, son lo último que veo —y espero, tal vez, que sean lo último que vea durante el resto de mi vida— antes de que pegue sus labios contra los míos.
—Ni de coña.