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Beckett
No es como yo había creído.
Sí, hay una parte del Beckett real que es igual de competitiva que el antiguo Beckett.
Si hubiese fallado, habría pensado que es difícil de conseguir. Y ya hay una parte de mí que dice que sesenta y siete yardas no son suficientes, que solo es el principio, que quiere lanzar la pelota lo más lejos posible para que nadie pueda alcanzarlo.
Sin embargo, las demás partes dicen que eso puede esperar, porque, de no haber sido por ese tiro que fallé, la mayor metedura de «pie» de mi vida, según más medios en internet de los que creía, no estaría aquí.
Aparto a mis compañeros e ignoro a los reporteros por primera vez en mi vida para abrirme paso por el resto del campo.
Se hace algo de espacio y mi tendón y mi cuádriceps se quejan cuando salgo disparado, pero no tanto como el resto de mi cuerpo.
No es nada en realidad; no es la primera vez que corro tras ella o hacia ella, y espero que no sea la última.
Mis manos y mis brazos saben cómo abrazarla, así que no me cuesta nada saltar y apoyarme en la barrera para pasar por encima.
Está ahí mismo. Con su hermana, sus dos mejores amigas y demasiados fans gritando que han decidido que, al final, sí les caigo bien.
Su hermana gira la cabeza hacia ellos.
—Echaos atrás.
Le hacen caso.
—Doctora Roberts. —Sonrío y paso las piernas por el borde. Salto y me meto en la grada.
Ella parpadea y me mira con el pelo revoloteando por su cara a causa de la brisa. Sigue llevando las orejeras puestas y tiene una mano en el pecho. Mis labios favoritos se mueven con suavidad, de forma deliberada, antes de que mi sonido favorito en el mundo los acompañe.
—Buenas piernas.
—¿Quién lo diría? —respondo con la voz ronca.
—Vuelves a ser un meme, Rompe Récords. —Sus labios forman una sonrisa leve y sus ojos del color del bosque destellan.
Está levantando el teléfono—. Hay todo tipo de vídeos hablando sobre lo que hace falta para conseguir que un tiro de sesenta y siete yardas parezca fácil. Están diciendo que eres el mejor.
—Me da bastante igual. —Me paso la mano por el pelo.
Greer ladea la cabeza y levanta la barbilla, como cuando sé que quiere que la bese, pero es demasiado terca para pedirlo.
Baja la voz hasta convertirla en un murmullo ronco en mitad de un mundo ruidoso, aunque realmente es como un faro en la oscuridad.
Siempre seré capaz de escucharla—. También están diciendo otras cosas.
Me agacho con una media sonrisa.
—Ah, ¿sí?
Pestañea y alza aún más la barbilla.
—No sabía que fueses el soltero más codiciado de todo el fútbol profesional. Tenía la impresión de que ibas a ser un paria para siempre, pero dicen que ya no estás en el mercado.
—¿Lo estoy?
—No existe ni la más remota posibilidad.
Inspira brevemente antes de besarme. Por primera vez. Con entusiasmo. Como si me amara. Tal vez de forma inapropiada para el lugar en el que estamos.
Pero, sobre todo, de forma real.