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Beckett
Por primera vez en toda mi carrera profesional casi llego tarde a un partido.
No es como en las películas, en las que llego justo a tiempo para atarme los cordones y salir al campo detrás de mis compañeros.
Aparezco justo cuando empieza la reunión de por la mañana, evitando afortunadamente el desfile de prensa donde siempre graban a los jugadores llegando al estadio, y el entrenador Taylor se calla en cuanto bajo los escalones, siendo la viva imagen de la indiferencia.
—Davis. —Aguza la mirada y un músculo palpita en su mejilla. Creo que por primera vez en su vida podría estar compadeciéndose de mí—. ¿Qué tal esa cabeza?
—Despejada y centrada. —Lo saludo llevándome dos dedos a la sien antes de desplomarme en la silla junto a Nowak.
De despejada nada, y centrada menos aún.
Borrosa, más bien, en vista de que no he dormido una mierda. Me he pasado la noche tumbado en la cama, dando vueltas, turnándome entre mirar al techo y el teléfono, a la espera de un mensaje que no iba a llegar.
«Buena suerte mañana».
No «Mañana nos vemos». No sé si vendrá y tampoco la culparía si no lo hiciera.
Al final he terminado levantándome y lanzando tiros contra la red de entrenamiento hasta que ha empezado a dolerme el lateral del pie, he sentido el isquiotibial a punto de romperse y me ha entrado tal calambre en el cuádriceps que he visto las estrellas al bajar las escaleras.
Esta mañana me duele toda la pierna, pero en realidad no siento gran cosa.
Nowak se remueve en su asiento y golpetea el boli contra una libreta medio garabateada con dibujos ilegibles sobre lo que se supone que será la formación de inicio del partido.
—¿Tu chica está bien?
—¿Tú qué crees? —musito, quitándome la gorra y pasándome una mano por el pelo.
—¿Y tú? —Acerca el puño a mi hombro en lo que debería ser un gesto tranquilizador.
—Siempre. —Asiento.
No sé si es verdad.
Ya no sé una puta mierda.
Cuando salgo al campo no miro a la grada para ver si esos asientos que le conseguí están ocupados.
Le pido al encargado del equipamiento que coloque la red de entrenamiento en el lado contrario durante el calentamiento.
No levanto la mirada antes de la patada inicial.
Vuelvo a ser el Beckett Davis que no podía tenerla. Juega bien durante la primera mitad: marca dos goles de campo y todos los puntos extra que le piden.
Cumple. Es fiable. Carismático y popular, a juzgar por cómo grita el público.
Lo único que el antiguo Beckett Davis quería ser.
Pero al parecer nada de eso importa una mierda sin ella.
—Vamos a ganar. —El entrenador Taylor se sienta a mi lado en el banquillo y primero señala el marcador y luego la cuenta atrás para que acabe nuestra posesión: veintiocho a trece y veinte segundos—. Una gran victoria después de la temporada pasada. Y en casa, además.
Trato de sonreír, pero la sonrisa se me atasca. Podría ser por cualquier cosa en realidad: pedazos de mi antiguo yo, de mi nuevo yo, las grietas que aparecieron cuando Greer me pidió que me fuera. Mi corazón hecho trizas en el pecho.
Da un golpecito en su portafolios.
—Podríamos hacer varias cosas, pero estamos en el radio de alcance. —Señala el campo—. En el radio de alcance de Beckett Davis.
—Ah, ¿sí? —Me encojo de hombros y empiezo a rebotar la pierna como si estuviéramos hablando de algo completamente banal. Del tiempo, por ejemplo.
No sobre en qué se basa toda mi vida y mi carrera profesional.
—En el radio de alcance de romper un récord.
Asiento pensativo, como si no hubiera estado observando a la ofensiva avanzar yarda a yarda.
Sesenta y siete yardas.
—¿Qué quieres, Davis?
Lo miro y esta vez esbozo una sonrisa torcida.
—Lo crea o no, lo único que quiero es a una chica.
—Bueno, con eso no puedo ayudarte. Pero sí con esto. —Señala de nuevo al campo y me da una palmada en el hombro antes de ponerse de pie—. Empieza a calentar.
Me froto la cara antes de coger el casco del banquillo, que está a mi lado, y de levantarme. La puta pierna me está matando.
El entrenador Taylor me observa con una ceja enarcada cuando me golpeo el cuádriceps con el puño. Sacude la cabeza, como si hubiera estado anoche conmigo, viendo cómo pateaba balón tras balón y castigaba a mis músculos sin descanso.
—Si te dignaras a sacar la cabeza del culo, verías que todavía tienes fans.
Que eres una parte fundamental del equipo.
Hay una idiota en el público que lleva todo el partido enseñando una pancarta sobre ese estúpido anuncio tuyo de Gatorade.
La han enfocado en la pantalla más que al puto partido, por el amor de Dios.
Mi puño se detiene de golpe contra mi pierna y por fin levanto la vista a la grada.
La pancarta no ha sido idea de ella, eso seguro.
Ni siquiera es ella la que la está levantando. La veo apartarla cada vez que su hermana se la acerca demasiado.
Está llena de diamantes, remolinos elaborados de distintos colores, flechas dibujadas con muy poca gracia señalando hacia Greer y un mensaje un tanto estúpido: «Beckett, a ella le encanta tu anuncio de Gatorade».
No dejo de sonreír ni de mirarla durante todo el trayecto hasta el campo.
Aún no me he puesto el casco y cabe la posibilidad de que también me multen por ello, pero quiero que sepa que la veo; a toda ella, a todas las partes que cree que están vacías, las que han complicado tanto el que estemos aquí hoy.
Y quiero que sepa que es la persona más importante en todo el estadio.
La más preciosa, eso seguro. Ahí de pie con las orejeras puestas, con los mechones oscuros revoloteando sobre su rostro a causa del viento y esos ojos que han visto a través de mí desde el primer día.
Levanta una de esas manos perfectas con las que salva tantas vidas y me saluda muy ligeramente.
Yo me froto el pecho antes de llevarme un puño a la boca, señalarla y ponerme de nuevo el casco.
No quiero girarme —mirar a otro lado ahora mismo me parece una pérdida de tiempo colosal—, pero sé que estará ahí después. Pase lo que pase.
Creo que la gente está gritando otra vez, pero no oigo nada.
Solo a ella.
«Eres real».
«Eres digno».
«Te amo».
El balón se pone en movimiento y yo lo pateo.