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Greer
La luz moteada del alba ilumina el suelo de madera y atraviesa los azulejos que decoran la cocina de mi padre. Él está donde siempre, con el periódico doblado por la mitad, mostrando el crucigrama del domingo, y una taza de café al lado, aún humeante.
Sin embargo, veo una cosa que normalmente no suele estar ahí: su insignia de los diez años sobrio. La sujeta sin fuerza entre el pulgar y el índice y hace repiquetear la madera vieja de la mesa. Con la otra mano sostiene un bolígrafo mientras escribe palabras en el periódico.
—Hola —susurro. Levanto los dedos del brazo con el que me abrazo las costillas. Parece que no puedo dejar de hacer ese estúpido gesto protector y de consuelo.
Sus ojos se clavan en mí y sus rasgos muestran sorpresa. Suelta el bolígrafo y la insignia y se sube las gafas por el puente de la nariz.
—Greer, no te he oído entrar.
—Stella también ha venido. Está arriba —le aviso, porque quizá no quiera estar a solas conmigo. No lo culparía.
—He intentado llamarte. Me tenías preocupado.
Suelto una carcajada extraña y estrangulada que es, en parte, un resoplido.
Menuda ironía. Cruzo el suelo de azulejos con vacilación, aparto la silla frente a la suya y señalo la insignia.
Recuerdo cuándo se la dieron. Stella me obligó a asistir a la reunión y me quedé allí sentada, odiándolo todo.
Él estaba tan orgulloso y a mí no me dejaron de doler las costillas en todo el rato.
Me cabreaba muchísimo que hubiera sido tan tarde.
—¿Estás bien?
No aparta la mirada de mí.
—Anoche fui a una reunión.
—Normalmente no sueles ir los sábados —murmuro.
Toda esta situación duele mucho. Que, por mi culpa, porque me haya enamorado, porque haya intentado destruir todas mis barreras y porque haya destrozado la jaula en mi pecho, haya acabado haciendo daño a alguien más aparte de a mí misma.
—Eso es cierto.
Las lágrimas aparecen antes de que me dé cuenta. Una desciende por mi mejilla hasta que salpica la manga de la sudadera de Beckett.
—Lo siento mucho, papá.
—¿Por qué lo sientes? —Frunce mucho el ceño.
—Han invadido tu privacidad y es culpa mía. —Aprieto la mano contra mi pecho y sacudo la cabeza, pero aun así se me escapa un sollozo—. Si no hubiera…
Él se inclina hacia delante y estira la mano por la mesa de madera vieja de la cocina, arañada y con marcas de hace años, de cuando Stella y yo nos sentábamos a ella para hacer los deberes sin saber si volvería esa noche a casa.
—Voy a contarte algo y necesito que me escuches atentamente, Bombón.
No recuerdo la última vez que me llamó así, pero creo que mi yo de pequeña levanta la cabeza desde donde vive, acurrucada en mi pecho. Alza la barbilla y recuerda que, a pesar de todo, su padre la quería muchísimo.
—No tienes por qué proteger la privacidad de mi sobriedad y nunca tendría que haber sido así.
No era tu obligación arreglar mi adicción, ni tampoco darme parte de tu hígado.
—Se baja las gafas de leer por el puente de la nariz para pellizcárselo antes de levantar la mirada y sacudir la cabeza—.
Me arrepiento de muchas cosas. De conducir con vosotras dos…
Aceptar que me dieras esa parte tuya bien podría ser la primera de todas.
Si pudiera, lo cambiaría. Tendría que haber estado sobrio y haber esperado a otro compatible que no fuera el tuyo.
Pero tenía tanto miedo de dejaros a tu hermana y a ti.
Me daba miedo morir. Me alegro de no haberlo hecho, no cambiaría estos últimos años con vosotras por nada, pero desearía que no hubiese sido el tuyo.
Mi yo de pequeña se espabila otra vez con curiosidad, porque ahí está eso que llevo queriendo, anhelando, desde hace tantísimo tiempo.
No obstante, también sigue estando lo otro, las partes odiosas de mí que creo que no merecen benevolencia ninguna.
—Lo que la gente está diciendo en internet… —intento decir, pero me detengo e inspiro de forma entrecortada.
Se le hunden un poco los hombros y sacude la cabeza con resignación.
—No pasa nada si algunas cosas son ciertas, Greer. No dejes que esto —da un golpecillo a la mesa con la insignia— te quite más de lo que ya te ha quitado.
Mi yo de pequeña llama a través de mis costillas, a través de esas barreras fracturadas, y susurra: «¿Ves? Todavía te quiere. No pasa nada. Puedes tener a varios».
Se me quiebra la voz.
—Siento si a veces soy difícil. Sé que soy dura y brusca y que Stella siempre ha sido más agradable que yo.
Sus labios se curvan en una sonrisa afectuosa que ilumina los rasgos de su cara.
—No eres dura. Eres tú y eres diferente a tu hermana.
—Pero si no hubiese sido grosera con ese reportero…
La sonrisa da paso a una carcajada.
—Me alegro de que lo fueras. Me preocupa lo poco que has estado durmiendo. Cuando apareció ese muchacho, hizo que te iluminaras como el sol.
—Como el sol —repito con una sonrisita.
«Beckett es como el sol», pienso. Brillante y precioso. Cálido y encantador. Y soporta el peso de la atmósfera de todo un planeta sobre sus hombros.
Mi cerebro desconecta y creo que lo miro, lo examino y analizo las partes vulnerables de mi padre.
—¿Qué es la luz del sol para ti? —le pregunto con suavidad.
—Tu hermana y tú. —Puede que se deba a un efecto de la luz, pero el sol se refleja en sus ojos, que son como los míos, y da la sensación de que brillan con lágrimas que aún no ha derramado y de gratitud—.
Menudo regalo me diste. Una segunda oportunidad.
La capacidad de que mi cuerpo se recuperara. De que sanase.
«Un regalo», medita mi cerebro. «No un sacrificio en un altar».
«El sol puede venirnos bien. Quizá nos ayude a crecer», susurra.
—Supongo que había pensado que si estaba sola…
Mi hermana escoge ese momento para anunciar su presencia en la cocina.
—No estás sola. Yo estoy aquí. —Stella levanta la barbilla en un gesto victorioso y con un póster enrollado en una mano que antes no tenía—. Y él tiene medio hígado tuyo, así que, ¿has estado verdaderamente sola alguna vez?
Frunzo el ceño.
—Las cosas no… no funcionan así.
Stella vuelve a mover la mano del póster.
—En fin, Greer tiene que irse. Todas mis cosas antiguas estaban en un armario, así que le he hecho una pancarta.
Abre mucho los ojos y lo desenrolla con exageración.
Hago una mueca cuando veo lo que dice y los diamantes falsos que ha pegado en el cartel.
—No pienso sujetar eso.
Stella frunce el ceño, mira su obra y pone los ojos en blanco.
—Cuando hay hambre, no hay pan duro, pero tú sabrás. —Ninguno nos movemos y ella chasquea los dedos—. Que va en serio, mueve el culo. Hay que irse. Ya trabajaremos en los años de trauma familiar luego.
Señala el pasillo con el póster antes de dejarnos a solas en la cocina otra vez.
Si nuestro padre se ha quedado confuso por la repentina aparición y desaparición de su hija menor, no lo muestra. Creo que tiene la mirada entrecerrada en señal de diversión.
Separa la silla de la mesa al mismo tiempo que yo y cuando se pone de pie curva los hombros ligeramente, como si no estuviese seguro de qué hacer. Yo tampoco lo estoy, muchas cosas se han quedado en vilo, pero creo que no me duele. Solo están ahí.
Las cicatrices que marcan nuestra vida juntos no son más que eso, tejido antiguo y regenerado que de vez en cuando escuece.
Algo con lo que aprender a vivir.
Una carcajada incómoda se me atasca en la garganta. Él me sonríe con suavidad, como si me quisiera, pero supiera que me ha hecho daño y lo siente.
Yo también lo siento.
Doy un paso hacia delante como un cervatillo con patas nuevas. Y después otro. Y otro.
Y entonces, por primera vez en muchísimo tiempo, nos abrazamos.
Él me da un beso en la sien y envuelve sus brazos delgados en torno a mí.
—Te quiero, Bombón.
—Yo también te quiero, papá —susurro contra su pecho.
Agarro con fuerza la tela de franela que le cubre la espalda y, por primera vez, no siento tirantez dentro de mí; no hay garras arañándome el estómago, el pecho o las costillas para intentar recuperar lo que creemos que nos pertenece.
No es nuestro, sino suyo.
«Es un regalo».