43
Greer
La gran ironía de todo es que le pedí a Beckett que esperara hasta el domingo por la noche, tras el partido, para hablar de nosotros, de los nosotros de verdad, de lo que somos y no somos, porque primero quería hablar con mi padre.
Volví de aquella casita con la estúpida idea de que, por él, podía ser una persona entera gracias a todo ese coraje que de pronto sentía anclado en mi pecho, a todas esas raíces, árboles y preciosas flores que habían florecido en los espacios vacíos de mi interior.
Ahora ya no hay necesidad de que lo haga, porque mi padre lo ha visto todo igualmente. Y Beckett no es mi amigo, pero al final sí que ha terminado llevándose un pedazo de mí cuando se fue.
La puerta principal cruje al abrirse. Las sombras se extienden por el pasillo, iluminado por la única lucecita que he dejado encendida y, a juzgar por los pasos decididos, sé quién es antes de que se asome por la puerta de mi dormitorio.
—Esa cosa no funciona. —Señalo el eucalipto colgado de forma inútil sobre el marco del espejo.
Stella curva la boca hacia abajo y se lleva una mano al pecho.
—No, ya me imagino que no. Pero he traído refuerzos.
También sé quiénes se van a asomar por la puerta antes de que lo hagan.
Una coleta alta se balancea sobre unos hombros femeninos y una melena de rizos pelirrojos aparece a su lado.
—Hola —susurro.
Willa se lleva los dedos a la cara con expresión triste. Kate no espera a que le dé permiso y se sube a la cama a mi lado antes de apoyar la cabeza contra mi hombro.
Y entonces lloro.
Durante mucho rato, la verdad.
Hasta estar segura de que ya no queda nada dentro.
Estoy completamente vacía; todos esos preciosos brotecillos han desaparecido.
O quizá no hayan desaparecido, porque no creo que nada que haya tocado Beckett Davis pueda desaparecer del todo en mi interior, pero al menos se han escondido en la tierra otra vez.
No les importa que no diga nada. Solo me quedo ahí tumbada en la cama, respirando y tamborileando los dedos sobre mis costillas a través de la sudadera de Beckett, justo donde empieza mi cicatriz.
Es una de las cosas más bonitas de que te quieran por quién eres; esas personas que te ven de verdad saben justo lo que necesitas.
De todas formas, creo que mi cerebro está gritando demasiado como para dejarme hablar.
«¿Ves?», grita. «Te lo advertí. Esto es lo que pasa cuando te entregas del todo».
No oigo a mi corazón porque Beckett se lo ha llevado consigo, pero estoy segura de que estará mucho más feliz, canturreando y contento, tocando todos los instrumentos de cuerda de su orquesta.
Ojalá estuviera yo también con ellos.
Willa no dice nada, pero empieza a doblar mi ropa limpia, que consiste prácticamente en pijamas médicos, frente al espejo.
Kate me acaricia el pelo y cada cierto tiempo se agacha y me abraza.
Veo a mi hermana escribir en su móvil a toda velocidad. Tal vez esté hablando con papá. Llevo evitándolo todo el día. He perdido la cuenta de las veces que me ha llamado, y he silenciado sus mensajes.
Una de las primeras cosas que me dijeron después de la operación fue lo valiente que había sido. Es lo que les digo a los donantes vivos antes de operarlos. A veces se lo digo antes de llevarlos al quirófano para que se sientan mejor y siempre se lo susurro justo antes de cortarlos con el bisturí.
Otra cosa más que me vuelve una hipócrita.
En realidad, tal vez sea la persona más estúpida y cobarde del mundo.
He trazado un montón de límites para guardar todos esos secretos —los míos, los de mi hermana, los de mi padre— y nunca se me ha ocurrido que tal vez salir por ahí con alguien cuyo trabajo es literalmente más mediático de lo que debería no era la mejor idea para protegerlos.
Stella frunce el ceño con la vista clavada en su teléfono.
Mis pulmones empujan contra mis costillas y creo que las antiguas fracturas podrían reabrirse.
—¿Cómo está papá?
Mi hermana suelta el teléfono y se gira hacia mí. Frunce el ceño, arruga la nariz y sacude la cabeza con resignación.
—Molesto. Confundido. No entiende por qué no le devuelves las llamadas ni lees sus mensajes.
—¿Y qué se supone que voy a decirle? —Extiendo las manos después de secarme las mejillas—. Ah, hola, papá, han violado tu privacidad. Ha sido todo culpa mía, perdona. Pero, mira, ¿sabes todas esas cosas que están diciendo? Yo he pensado el noventa y nueve por ciento de ellas.
—¿Y por qué no? —replica Stella, enarcando las cejas—. Papá va a reuniones de Alcohólicos Anónimos tres veces a la semana. Créeme, he estado en un montón de ellas. No será ni la primera ni la última vez que oiga algo así.
A Willa se le cae la camisa que tiene en las manos y se gira hacia el espejo, apretando los labios en una fina línea.
—¿Acabas de decir que ha sido culpa tuya?
—Bueno, lo es. —Levanto los brazos, exasperada, antes de impulsarme para incorporarme.
Creo que mi voz va a sonar dura, firme e inflexible, como si nada de esto me afectara, pero en realidad se me quiebra—.
He sido yo la estúpida que ha estado yendo por ahí fingiendo ser su amiga, tan decidida y tranquila que ni siquiera me había parado a pensar en las consecuencias de relacionarme con un personaje público.
Kate apoya una mano en mi espalda y empieza a dibujar circulitos para tranquilizarme.
—No eres estúpida.
—¡Y no es culpa tuya! —Willa se sienta a mi lado y me pasa un brazo por los hombros—.
Beckett tal vez tenga un trabajo más mediático de lo normal, pero eso no le da a nadie el derecho de invadir tu privacidad.
No implica que puedan hablar sobre ti solo porque se crean con derecho de hablar sobre él.
Niego con la cabeza y me seco las lágrimas que caen por mi rostro con fuerza.
—Yo soy la que se ha enamorado de un jugador de fútbol obsesionado con Napoleón…
—Perdona, ¿has dicho Napoleón? —Willa se gira hacia mí con la nariz arrugada con asco—. ¿En plan, Bonaparte? ¿El personaje que hace Joaquin Phoenix en esa peli?
—¿Enamorado? —susurra Stella a la vez, ladeando la cabeza.
Me abrazo las piernas y apoyo la barbilla en las rodillas.
Ojalá mi corazón estuviera aquí, él sabría qué decir, cómo explicarles que quiero a ese hombre, con su hoyuelo, sus ojos y esa mente que tan bien me conoce.
Tanto que he dejado de escuchar a mi cerebro, que solo pretendía mantenernos con vida.
Tanto que he dejado que tiren y tiren de la cuerda hasta que por fin se ha roto y ahora mi corazón vive con otra persona.
Clavo el pulgar en la costura de mis leggings y muevo la cabeza hacia detrás y delante varias veces.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué le has dicho que se vaya? —Stella ladea la cabeza y me mira con arrogancia y desafío.
Creo que no voy a responder, porque en cuanto le pedí que se fuera, deseé no haberlo hecho. Pero lo hago. Creo que es solo que estoy muy cansada.
—¡Porque esto es justo lo que me temía! Nada más dar un paso atrás, todos esos límites que…
—No. —Stella levanta una mano—. No pienso oír nada más de eso.
Sí, es horrible y horroroso y han invadido tu privacidad, la mía y la de papá.
Es una situación en la que nunca tendríamos que habernos visto, pero ¿qué?
¿Solo por eso no vas a intentarlo? ¿Vas a volver a ser esa mujer que cree que necesita pasar su vida sola solo porque hiciste algo increíblemente difícil y valiente y ahora tienes sentimientos encontrados? Menudas gilipolleces.
—Stella. —La voz de Willa cruza la habitación y mi amiga vuelve a apoyar una mano en mi hombro.
Mi hermana niega con la cabeza y mueve la mano hacia Willa como si le estuviera diciendo que se calle.
—No. Está esperando que todo cambie como por arte de magia y eso no va a pasar nunca.
Siento mucho que la primera vez que hayas salido de tu zona de confort hayas salido escaldada.
Así es la vida. Y eres humana. —Stella se gira hacia mí con la mirada empañada y la expresión desconsolada.
Se inclina hacia delante, me agarra las manos y las apoya contra su pecho—.
Eres un ser humano complejo, herido y precioso y no te mereces pasarte la vida sola solo porque tus sentimientos no sean los mejores con respecto a algo.
Si mañana tengo que sacarte a rastras de los pelos, lo haré.
No vas a echar por tierra esa relación que tienes con él por algo que ni siquiera es culpa suya ni tuya.
Kate apoya su cabeza contra la mía.
—¿Sigues queriendo ir al partido mañana?
—No lo sé.
—Eh… —Los ojos de Willa destellan y me aprieta el hombro antes de mirarme como si no me creyera—. ¿Cómo que no lo sabes? —No espera a que responda—. ¿Qué harías si esto hubiese ocurrido y tuvieras que venir a algo nuestro?
—Eso es distinto —respondo.
—No, no lo es. —Niega con la cabeza y su coleta se balancea a su espalda.
Entonces se mueve hacia el lado de la cama de Stella—.
Él ha ido a todos los sitios por ti y, por lo que tengo entendido, que no es mucho porque lo has tenido todo guardadito, nunca te ha pedido más de lo que estás dispuesta a darle.
—Baja la voz y suaviza la expresión—. ¿Por qué no nos has contado nada?
Echo la cabeza hacia atrás y parpadeo hacia el techo, pero las lágrimas salen igualmente.
—¡Porque me odio por pensar así, joder! Por hacerlo. Por arrepentirme. Por ser una hipócrita todos los días y hacer daño a la gente de la misma forma que me lo hicieron a mí. Por seguir erre que erre con mis límites y reglas y luego olvidarme de ellos en cuanto un hombre me sonríe.
—Pero menuda sonrisa. —Stella asiente con solemnidad, suavizando la mirada y arrugando la nariz.
—Bon. —Willa se pellizca el puente de la nariz antes de mover la mano en dirección a ellas tres—. La única persona que piensa así de ti eres tú. Que yo sepa, todas pensamos que eres la hostia.
—Toda esa gente en internet… —empiezo.
—No cuenta —termina Kate por mí.
—Dudo que mi padre opine lo mismo. —Resoplo, pero el gesto me resulta vacío.
—Él solo quiere hablar contigo. —Stella sacude la cabeza con suavidad—. Te acompañaré. Mañana por la mañana, antes del partido.
Enarco las cejas, hundo la barbilla en las rodillas y asiento como si estuviese segura, aunque creo que lo único que me da más miedo que enamorarme de Beckett Davis es contarle a mi padre toda la verdad.
No decimos nada en un buen rato, pero a veces hay belleza en el silencio, cuando lo que implica este realmente es ser visto.
Ahora todo está a la vista: mi horrible verdad y la cicatriz que me hace más daño del que debería después de tanto tiempo. Y, aun así, siguen mirándome como si me quisieran.
«No son las únicas», creo que oigo a mi corazón susurrar desde el otro lado de la ciudad.
Ruedo los hombros y cojo el móvil.
Empiezo a escribir. Paro. Hay tantas cosas que podría decir.
«No estés nervioso. Eres un talento generacional».
«Buenas piernas. Si te las abriera, apuesto a que tus fibras musculares serían un pasote».
«Eres real y muy digno».
«Oye, ¿cómo está mi corazón? No hace falta que me lo devuelvas, por cierto. Quédatelo».
Respiro hondo y lo vuelvo a intentar.
Buena suerte mañana.