Estrictamente profesional 42
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Beckett

He chutado una pelota de rugby , una de fútbol y una de voleibol entre los montantes. Cuando me muevo hacia la próxima que me toca, una de tenis preparada sobre un soporte, la veo.

Lleva el pelo recogido en una de esas trenzas que tanto le gustan, unos pantalones quirúrgicos que marcan las curvas de sus piernas y tiene las manos en los bolsillos de una chaqueta abombada de color negro brillante.

Ninguno de los jugadores llevamos el casco puesto para que los medios nos vean y nos saquen fotos divirtiéndonos, sonriendo y lanzando carcajadas mientras saludamos a nuestras familias; un equipo cohesionado a pesar de la derrota devastadora del otro día.

Los únicos de la mía que se interesaron en venir fueron mis hermanos, y les pedí expresamente que no lo hicieran.

Impuse un límite, tal y como la mujer de ahí arriba me dijo que debía hacer, y lo han respetado.

Brilla bajo el sol mientras baja las escaleras en dirección al borde del campo. Han quitado la barrera temporalmente para el evento y la han cambiado por verjas. Greer se inclina hacia delante y apoya los brazos en la barra de metal.

Levanta la mano para dedicarme un pequeño saludo solo a mí.

No sé por qué lo hago —es el tipo de cosas que ella odiaría—, pero sonrío, me llevo la mano al pecho y la señalo antes de colocarme en posición para lanzar la estúpida pelota de tenis.

Pasa por los montantes.

La gente aplaude y vitorea, Nowak choca nuestras cabezas como si fuese un partido real y las cámaras de todos los reporteros a los que les ha tocado cubrir el evento destellan desde las verjas.

Algunos de ellos empiezan a llamarme y estoy seguro de que tienen un montón de preguntas interesantísimas sobre la diferencia entre patear una pelota de tenis y una de fútbol, si eventos como estos estimulan la confianza y lo que eso supone antes del domingo.

El yo de antes se les habría acercado sonriendo de oreja a oreja, hoyuelo incluido, pero en vez de eso levanto la mano y me acerco trotando a la dueña de mi corazón.

—Buenas piernas —saluda con la voz ronca y las cejas enarcadas—. Siento haber llegado tarde. La cirugía se ha alargado y tengo que estar de vuelta en el hospital dentro de un par de horas.

Sonrío y señalo su tarjeta identificativa, en la que se ven su nombre y credenciales y una foto en la que parece demasiado seria. La tiene enganchada en el bolsillo de sus pantalones quirúrgicos.

—¿Hace falta que todos sepan que eres la más lista del estadio o qué?

Los ojos de Greer descienden antes de ponerlos en blanco.

—Iba con prisa. Alguien me ha secuestrado durante dos días en una extraña casa hecha de contenedores de metal y ahora llevo retraso con los historiales médicos.

—¿No me digas? ¿Quién haría algo así? —Me paso una mano por el pelo—. ¿Valió la pena, aunque sea?

Esboza una pequeñísima sonrisa, distinta a todas las que he visto antes.

—Eso creo —susurra.

—Te he echado de menos estas dos noches —le digo con la voz ronca, estirando el brazo y tirando de la punta de su trenza.

Ella parpadea y creo que se agarra a una de las cuerdas salvavidas que le he lanzado.

—Yo también a ti.

—¿Puedo…? —Me froto la mandíbula antes de inclinar la cabeza hacia ella—. ¿Puedo besarte?

Sus labios carnosos se abren, sus facciones se suavizan y Greer levanta la barbilla hacia mí.

Quizá no sea apropiado, pero poso la mano en su nuca, nuestras lenguas se encuentran y todo lo que siento por ella queda al descubierto.

Alguien grita mi nombre mientras la beso, bastantes personas, de hecho. Algunos de mis compañeros silban y noto el destello de las cámaras a pesar de tener los ojos cerrados.

Los reporteros están intentando llamar mi atención.

—¡Beckett!

No funciona. Creo que ni siquiera sé cómo me llamo.

—Número diecinueve.

Me da igual. Seré el número que ella quiera que sea.

—¿Quién es? ¿Tu novia?

Solo es el amor de mi vida.

—Oye, Malpié, ¿cómo te sientes respecto al partido del domingo? ¿Vas a intentar romper otro récord?

Eso funciona.

Pero no conmigo.

Greer se separa y gira la cabeza hacia el reportero que está a una verja de distancia. Habla con un tono de voz que rara vez usa: duro, más severo de lo que he oído nunca.

—¿Qué acaba de decir?

El hombre frunce el ceño y tiene la osadía de parecer confuso, como si no entendiese por qué le está respondiendo ella y no yo.

—Le he preguntado si…

—No —lo interrumpe con un gesto brusco de la barbilla—. Antes de eso.

Él lo intenta de nuevo.

—¿Cómo te sientes…?

—Antes de eso.

Aprieto la mano contra la nuca de Greer y le paso la mano por el hombro.

—Déjalo, nena —le digo bajando la voz.

—No.

No me mira y, por primera vez, ya entiendo por qué mi hermano y los demás residentes la temen. Tiene las mejillas tan afiladas que probablemente podrían atravesar cristal, piel y hueso, al igual que su mirada, y ha curvado los labios en una especie de sonrisa desprovista de todo humor y diversión.

El reportero traga saliva.

—Malpié.

—¿Sabe qué? —Su sonrisa pasa a ser otra, más cruel—.

¿Por qué no le sujeto yo el micrófono y sale usted ahí a ver lo lejos que puede lanzar el balón?

—No espera a que él le responda—. O mejor aún, ¿por qué no me cuenta alguna vez que la haya cagado en el trabajo?

Ya se me ocurrirá un apodo precioso para conmemorar la ocasión, escribiré noticias sobre ello y me aseguraré de que todo el mundo olvide que es una maldita persona y de que nadie use su nombre de pila nunca más.

No me gusta cómo la mira, con los ojos entrecerrados mientras la observa de arriba abajo. Estoy a punto de ser irrespetuoso con un reportero por primera vez en mi carrera y mandarlo a la mierda, pero el tipo acaba girándose y metiéndole el micrófono en la cara a otra persona.

—No hacía falta. —Vuelvo a apoyar la mano en su nuca y le doy un beso en la coronilla—. Eso sí, ya veo por qué todos te temen en el hospital —murmuro.

Ella aprieta los labios en una fina línea y a mí me entran ganas de besarle esa «v» preciosa que se le forma.

—Vale la pena defenderte, Beckett —dice con voz ronca y firme.

«Lo sé gracias a ti», pienso.

—Lo sé —respondo, curvando las comisuras de la boca hacia arriba—. Ahora tengo que irme a jugar al tres en raya con una pelota con Nowak. Ponte cómoda. Estoy seguro de que será fascinante. Pero… ¿nos vemos el domingo?

—Nos vemos el domingo —repite ella al tiempo que levanta el meñique. Yo lo agarro con el mío y me los llevo a la boca antes de volver al campo trotando.

Gano el maldito juego y me ponen pelotas cada vez más lejos en el campo. Ella se queda y me observa, poniendo los ojos en blanco cuando la señalo antes de cada tiro. Creo que, por primera vez desde que soy «yo», estoy pasándomelo bien.

Incluso disfruto de la reunión de equipo que tenemos el sábado por la mañana.

Seguramente debería resultarme más estresante, dado contra quién jugamos mañana, pero todo el mundo se ríe y lanzamos pelotitas por encima de la mesa mientras el entrenador Taylor habla y nos obliga a ver la misma cinta hasta que nos sangran los ojos.

Disfruto de los noventa minutos de estiramientos dinámicos que el equipo de acondicionamiento me obliga a hacer y el masaje de tejido profundo no me duele tanto como siempre.

Pero todo se va a la mierda cuando me dirijo a mi camioneta antes de irme.

En verano silencié la mayoría de las redes sociales. No quería ver los memes ni los comentarios de la gente de la ciudad diciéndome lo mucho que los había decepcionado y que desearían que me hubiera caído y me hubiera roto el tobillo, porque así podrían intercambiarme por otro jugador.

Probablemente fuese con aspiraciones, pero volví a activar las notificaciones anoche y ahora el teléfono no deja de vibrar en mi bolsillo.

Cuando por fin lo saco, tengo ganas de morirme ahí mismo. Busco con la mano la puerta de mi camioneta y con la otra estoy a punto de tirar el teléfono al suelo y romperlo en mil pedazos.

Porque ya no solo hablan de mí.

Greer abre la puerta antes de que llame por quinta vez.

Se me había ocurrido marcar el código y abrirla, pero ya han vulnerado su privacidad de forma terrible hoy y dudo mucho que quiera verme.

La ironía de todo esto es que las fotos de los dos son bonitas. En otro mundo quizá las habría impreso, habría empapelado mi apartamento con ellas y las habría lanzado a la calle para que todo el mundo supiese que Greer Roberts es mía.

Pero estamos en este mundo y la gente en internet puede ser muy cruel.

El reportero que publicó nuestra foto también puso un estúpido titular sobre la gran revelación de por qué estoy siendo tan inconsistente, que es evidente que mis prioridades no están bajo control y que el entrenador Taylor debería buscar a alguien más centrado para mi puesto.

Además, se veía toda la tarjeta de identificación de Greer, y el reportero debió de usar las pocas neuronas que tiene en la cabeza para averiguar todo lo que pudiera de ella, hilando una historia que no le incumbía, y también publicó esas fotos.

Fotos de su hermana y de ella en camas contiguas de hospital, magulladas pero sonrientes, felices de seguir vivas y de tenerse la una a la otra.

Fotografías que parece que las hubieran robado de las redes sociales de otra persona.

Fotografías del accidente, que también me hicieron querer morirme de otra manera distinta, porque desearía no haber visto nunca la barandilla del puente hecha pedazos ni cómo sacaban los restos destrozados del lago.

Una foto de su padre y de ella, con camisones de hospital tras el trasplante.

Un galardón que obtuvo de algún programa de donantes por, ironías de la vida, dar el regalo de la vida a alguien siendo Greer tan joven.

Otra fotografía robada de ella en un sujetador deportivo después de una de esas carreras en las que te llenan de barro. Está de pie entre Willa y Kate, con el vientre al descubierto y la cicatriz, rosa y reciente, a la vista.

Y no sé cómo, una copia del informe policial que detallaba la tasa de alcohol de su padre, que no había superado el límite cuando le hicieron la prueba, pero que sí lo habría hecho en el momento del accidente.

Greer parpadea en mi dirección. Tiene los ojos hinchados y unas ojeras que no deberían estar ahí, aparte de marcas visibles por haber llorado.

Me entran ganas de dar media vuelta y pegarle un puñetazo a algo.

—Greer. —Estiro el brazo hacia ella, pero ella cierra los ojos y no sé si es su forma de retroceder, así que al final me froto la cara.

No dice nada. Se abraza a sí misma —lleva mi puta sudadera— y se gira para entrar en el salón.

Probablemente sea lo más cercano a una invitación que vaya a conseguir, dado que esto es culpa mía, así que cierro la puerta detrás de mí y la sigo.

Ella no se sienta. Permanece de pie con un brazo alrededor de su vientre; una mano apretada contra la cicatriz y la otra sujetando su teléfono.

Se le quiebra la voz. Inspira mientras le tiemblan los hombros.

—No le cuento a nadie esas cosas, Beckett. No… no es información que me competa. Mi padre, su sobriedad… Es lo más importante del mundo para él y la gente está hablando de él como si fuese un hombre repugnante y cruel, y no una persona que ha pasado por una enfermedad más grande que él.

—Lo sé.

Doy un paso vacilante hacia ella y, al ver que no retrocede, la atraigo hacia mi pecho y le beso la frente.

Ella sacude la cabeza contra mí.

—Todas esas cosas horribles y odiosas que pienso sobre mí misma… —Un sollozo ahogado interrumpe lo que iba a decir. Se separa y da un paso hacia atrás—. Las están diciendo ahí fuera.

—Nena.

Llevo mucho tiempo sin valorarme, pero creo que jamás me he sentido así.

Ella mira el teléfono, pulsa la pantalla y empieza a enumerar una lista.

—«Seguro que no se respeta a sí misma», «Yo no querría que me operase», «¿Quién le ha dado la licencia?», «Debería haber dejado morir a su padre».

Se le vuelve a quebrar la voz con la última y creo que esta vez la situación es irreparable.

—¿Qué necesitas que haga? —Levanto las manos en vano.

Ella hunde los hombros, resignada, y sacude la cabeza con tristeza.

—Nada.

Entonces creo que una parte de mí también se rompe.

—¿Quieres que los demande? —Abro los brazos y empiezo a gritar—. Denunciaré a esa estúpida web. ¡Demandaré a todas las putas personas que hayan comentado en todas y cada una de las fotos! Denunciaré al reportero y le quitaré todo lo que tiene y te lo daré. ¿Qué puedo hacer para arreglar esto?

—¡Esto no es algo que puedas arreglar, Beckett! —grita, pero se le quiebra la voz cuando un fuerte sollozo se escapa de su garganta.

—Claro que sí. Haré cualquier cosa. —Me agarro la cabeza con fuerza y la sacudo antes de caer de rodillas frente a ella. Parezco un idiota, aunque ni siquiera estoy seguro de haberme levantado del suelo de hormigón de aquel maldito armario—. Puedo arreglar cualquier cosa.

—Pues esto no. —Greer tira el teléfono al sofá, esconde la cara detrás de las manos y empieza a sollozar.

Oculto la cara en su vientre, la agarro con más fuerza cuando le levanto la sudadera y deposito pequeños besos que finjo que son tiritas, o suturas, o lo que sea que necesite.

Mi boca alcanza el borde inferior de su cicatriz. La beso y espero que comprenda lo que le estoy trasmitiendo, que los besos sean capaces de llenar sus espacios vacíos y hacerlo desaparecer todo.

—Te quiero.

—Yo también a ti —susurra. Y creo que quizá todo irá bien, que puedo solucionarlo igual que he solucionado todo para los demás, pero ella añade algo que me abre en canal—. Vete, por favor.

Me separo y sé que parezco patético aquí debajo, de rodillas frente a ella, y, sin embargo, me quedaría así todo el día si eso fuera lo que ella necesita.

—¿Seguimos…?

—No lo sé.

Odio tener que preguntar, pero lo hago igualmente.

—¿Vendrás mañana?

—No lo sé —repite en tono apagado, aunque con la suficiente dureza como para atravesarme el pecho.

Retrocede un pequeño paso, pero se me antoja como si estuviera al otro lado del Atlántico. Me froto la cara y me entran ganas de gritar. No a ella, sino por todo el asunto.

Un hombre que no es real se vuelve real.

Un hombre que pierde lo único que ha querido.

Aprieto los puños contra la pierna antes de hacer fuerza para ponerme de pie.

—Esto… Quererte. Que me quieras. —Sacudo la cabeza antes de señalarla y alzo la voz, aunque me tiemble—. Es lo único que me importa no haber hecho bien.

Ella no responde, pero vuelve a apretarse el costado derecho y a sollozar.

—Te he pedido que te vayas.

Y lo hago. Agarro la puerta antes de dar un portazo al irme. Me permito olvidar, aunque solo sea durante un segundo, que el ruido quizá le haga daño.

Y también me odio por eso.