41
Beckett
La calle que lleva a su casa está igual: las hojas han empezado a caer de los árboles conforme hace más frío, el suelo está cubierto de escarcha y el cielo, blanquecino al ser tan temprano.
Su porche está igual. En silencio. Modesto. El ladrillo visto de su casa y dos sillas con cojines grises giradas hacia sí, ocultas por los arcos de madera blanca que hacen que no se vea nada desde la calle.
Todo está igual que cuando lo dejamos el lunes por la mañana, antes de marcharnos; sin expectativas, sin presiones, tan solo nosotros.
Pero ya nada es igual y no creo que vuelva a serlo nunca.
¿Cómo podría, cuando ella me ama y yo la amo a ella?
No cuando sé lo que es tenerla, tenerla de verdad.
Estar en su interior mientras me dice que me quiere y poder contestarle que yo también la quiero.
Observarla dormir, con la luna asomándose por la ventana, afortunada de poder bañarla con su luz.
Despertar con ella y verla arrugar el rostro al tomar el primer sorbo de café.
Que me gane a todos los juegos de mesa imaginables, dormirme en su regazo mientras me lee y me acaricia la cabeza.
Tengo muy claro que, antes de esto, nada importaba lo más mínimo; ni un solo tiro ni ningún récord. Creía que antes era real, que Greer había cogido esas manos que salvan vidas y había decidido también salvar la mía.
Pero si alguien tuviera que grabar la fecha de mi nacimiento en una lápida, le pediría que fuese justo en el mismísimo milisegundo en que me susurró esas dos palabras.
«Te quiero».
Mientras aparco junto a la acera, me encojo cuando veo las hojas caídas crujir bajo las ruedas de mi camioneta por el espejo retrovisor.
Mi gran plan de pasar un par de días sin expectativas tenía un defecto fatal: no incluía ninguna charla sobre lo que ha significado para nosotros.
Tendría que haberlo puesto como condición.
Tal vez incluso haberlo puesto por escrito, de haber sabido cómo iban a desarrollarse los acontecimientos.
Me froto el mentón y me giro hacia ella.
—Ha estado bien aclararme las ideas contigo.
—Sí.
Asiente con el ceño arrugado. Me entran ganas de alisárselo con el pulgar, pero ya no sé si sería pasarme de la raya.
—Sigo diciendo lo mismo. —Señalo su casa con la cabeza, como si pudiéramos ver la bañera desde aquí—. Estamos bien juntos.
—Ya —confirma.
Está preciosa cuando lo dice, con la barbilla un poco elevada, los pómulos tan afilados que podrían cortar, los ojos bien abiertos y todo ese pelo oscuro recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
Me hace querer estrangularla. Probablemente podría contar con los dedos de una mano las veces que he perdido los nervios, y otra vez me tiene al borde del precipicio.
Pondero arrancarle el cinturón del coche, arrastrarla hasta mí y decirle que la amo, que me arrodillaría todos los días de mi vida y le suplicaría que se abriera a mí, que me arrancaría la mitad del hígado y se lo daría si eso es lo que necesita para darnos una oportunidad.
Ya tiene mi corazón, ¿qué más da un órgano más?
Pero bajo la mirada a la sudadera que lleva. Es mía. La de entrenamiento raída que le di en la casa. Pienso en la cicatriz que esconde, sanada tras todos estos años, aunque no del todo.
Preferiría cortarme la pierna buena con una sierra oxidada que hacerle daño, así que solo sonrío con resignación.
—El mundo real es una puta mierda.
—A veces. —Arruga la nariz.
Me llevo un puño a la boca y suspiro.
—Este viernes hay jornada abierta durante el entrenamiento.
Es una especie de evento de agradecimiento.
Jugamos al fútbol sin contacto y hacemos competiciones absurdas.
Siempre me hacen intentar anotar goles chutando distintos objetos.
Lo han adelantado porque creen que nos levantará la moral antes del partido contra Baltimore el domingo.
—Me quito la gorra y me tiro de las puntas del pelo—.
Vienen familiares, amigos, parejas, esposas, novias.
Greer enarca una ceja y ladea la cabeza.
—¿Y contactos profesionales?
—¿Es eso lo que somos? —pregunto con voz ronca.
—No —responde, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué somos, pues?
Es una pregunta un tanto desesperada, otra cuerda más que lanzo al mar y que sé que no va a agarrar. Pero probablemente me pase el resto de la vida lanzándosela solo por si acaso.
Levanta los hombros a la vez que coge aire. Parpadea y abre esos putos ojos justo cuando el sol se refleja en las ventanas y la ilumina entera. Su voz suena casi como la primera vez que la oí; cada palabra ronca que pronuncia tira de mi corazón y lo reinicia.
—¿Por qué no hablamos de eso el domingo por la noche tras el partido?
—Vendrás, ¿verdad?
No sé por qué quiere esperar y tal vez suene desesperado. Lo estoy. Es la única persona que me interesa que se siente en esa grada.
Me toca por primera vez en todo el camino. Estira el brazo y sus dedos, meros fantasmas de lo que han sido, me acarician el mentón.
—Pues claro. Y también el viernes.
Me inclino contra su mano y cierro los ojos en un intento por saborear la sensación antes de volver a mirarla a los ojos.
—El domingo por la noche. Gane o pierda. Con récord o sin él. Patee o no. —Extiendo la mano con el dedo meñique estirado hacia ella—. ¿Tú y yo?
Engancha el suyo con el mío.
—Tú y yo —susurra.
Nuestros dedos permanecen unidos y creo que todas las promesas que nos hemos hecho, todas las cosas que nos hemos dicho y hecho para ayudarnos rebotan entre nosotros. Desearía poder retroceder en el tiempo para darme una buena tunda por no prometer nada que significara que íbamos a estar juntos.
Acerca la boca a donde nuestros dedos se unen, luego se separa, levanta el bolso del suelo y sale de la camioneta.
Va a medio camino de su casa cuando bajo la ventanilla.
—Doctora Roberts. —Me inclino sobre el asiento del copiloto y ella mira por encima del hombro—. Todo lo que he dicho es verdad.
Ella sonríe y levanta la mano.
—Yo también.