40
Greer
Cuando me doy cuenta de que estoy enamorada de él no suenan platillos para dar inicio a una sinfonía como la otra noche en el baño.
Pero mi mundo se queda en silencio.
Mi cerebro se desconecta.
Quizá se deba a que, fisiológicamente hablando, mi cerebro confía en que mi corazón le va a enviar la sangre que necesita para vivir, y tal vez mi corazón haya terminado ganando ese tira y afloja interno porque, al fin y al cabo, es el que tiene todo el poder y no quiere separase de Beckett ni un momento más.
No digo nada. No estoy segura de cómo, pero lo observo un poco más de cerca durante toda la tarde y creo que sonrío más, porque él se da cuenta y me pregunta varias veces por qué lo hago.
Encuentro más excusas para tocarlo; le rozo el hombro, envuelvo una de sus ondas en mis dedos y le doy un beso en la mandíbula.
También pego la mejilla contra su espalda mientras él prepara la cena en la cocina.
Creo que le gusta.
Después, me coge en brazos y me lleva al piso de arriba, a su habitación. Es preciosa, con más ventanales que ofrecen unas vistas perfectas de la pendiente de la colina, de las ramas frondosas cuyas hojas aún siguen brillando y de la luna reflejada en el lago.
Por lo visto, fregar los platos puede esperar, porque hay una película en el canal Historia que se muere por enseñarme.
Yo no estoy tan segura, porque me deja en la cama e insiste en que me cambie, diciendo que donde mejor se ven los documentales históricos es en la cama, vistiendo solo ropa interior.
Me quita la sudadera y besa cada centímetro de mi piel antes de pasar a mis leggings .
Mientras se desviste él, yo no hago lo mismo, más que nada porque estoy demasiado ocupada mirándolo. Lo miro con admiración, con ojos que saben que les gusta lo que ven. Y lo cierto es que… menudas vistas.
Se sienta a mi lado, contra el cabecero, y se queda inmóvil cuando agarra el mando.
—La noche que os vimos a tu hermana y a ti en la azotea os oí hablar de cultivar un hígado a partir de otro. ¿Qué significa eso?
Pongo los ojos en blanco.
—No significa nada porque llevaba cuatro copas de vino encima.
Beckett sonríe, suelta el mando y se lleva una mano detrás de la cabeza, contra el cabecero.
—No me digas.
Me enderezo e intento controlar mis manos, pero gesticulo con ellas al final.
—Ha habido muchísimos avances en medicina regenerativa. Piensa en los trasplantes de células madre.
Los ojos de Beckett siguen los gestos que hago y curva las comisuras de la boca como si estuviese tratando de reprimir una sonrisa, pero asiente.
—Barajaron hacerle uno a Sarah.
—Pues eso. Ha habido muchísimos avances en los trasplantes de tejidos, pero aún no los han trasladado a la donación de órganos.
—Muevo ambas manos como si fuese lo más normal del mundo estar aquí sentados en ropa interior hablando del poder de la medicina regenerativa aún sin explotar—.
Hay muchas razones complicadas y aburridas por las que eso no ha pasado todavía.
Lo creas o no, hay escasez de órganos. La donación en vida soluciona una parte del problema, pero la idea de que las células del órgano regenerado pudieran proceder del propio tejido del paciente…
No solo evitaría que se necesitara un donante vivo si no hubiera ninguno fallecido disponible, sino que también eliminaría el problema del rechazo.
Esta vez sí que sonríe. De forma más dulce de lo normal, sin hoyuelo, pero la comprensión marca las facciones de su rostro.
—Y entonces nadie tendría que dar una parte de sí mismo.
—Exacto —susurro—. Las posibilidades son tan… amplias.
—Amplias —repite con un asentimiento.
—Amplias —respondo con una sonrisa.
Beckett enarca una ceja.
—Pareces viva.
Entrecierro los ojos.
—¿Acaso antes te parecía un cadáver?
—No. —Sacude la cabeza—. Eres preciosa.
Alzo la barbilla.
—¿Y qué me dices de cuando tenía bilis en el pelo?
—También. —Sonríe y se encoge de hombros—. Es que ahora es como si… brillaras. Como si la idea te entusiasmase en vez de hacerte sentir presionada. No te pesa como te pasa con las cirugías.
—Hablas igual que Rav.
Su sonrisa se torna irónica.
—No estará buscando un ayudante, ¿verdad? Quizá a partir del domingo necesite trabajo.
—Ya verás que no.
Beckett se frota la cara antes de mirarme, ahora con una sonrisa resignada.
—Creo que, en ese caso, no me importaría.
Parpadeo y echo la cabeza hacia atrás.
—¿No quieres seguir jugando?
—No, no es eso. —Se frota la nuca y se pasa la mano por el pelo, alborotándolo.
Agarra una de mis manos y me estira los dedos uno a uno—.
Si te soy sincero, no me imagino haciendo otra cosa.
Me encantaba, y la verdad es que me gustaría mucho volver a sentirme así con el tiempo.
Pero es que… —Se lleva mi palma a la boca y continúa susurrando contra mi piel—.
Creo que me he dado cuenta de que seguiré valiendo lo mismo aunque no juegue y no traiga el pan a casa.
Lo demás ya llegará. Seguiré aprendiendo y todo eso.
Me debato si decirle que vale muchísimo y que siempre lo ha valido, pero creo que no necesita que le dé esa charla ahora mismo.
Me lleva mirando todo el día como si necesitase tocarme, y creo que yo también lo necesito.
—Bésame —susurro.
Posa las manos en mi nuca y tira de mi cabeza hacia abajo para que nuestras bocas se encuentren.
A Beckett le gusta dedicarme bastante tiempo antes de tener sexo. No es muy selectivo en cuanto al cómo; ya sea con los dedos, con la lengua o meciéndome contra él antes de hundirse en mí.
Esta noche ambos nos dedicamos tiempo el uno al otro.
Es diferente pasar las manos por los valles y los contornos de alguien sabiendo que estás enamorada de esa persona.
Es más silencioso, al menos para mí, porque mi cerebro no me dice que solo se trata de un amigo; me muerde en el cuello, me acuna los pechos, tira de mis pezones entre los dedos antes de sustituirlos por la lengua y los hace descender por mi vientre hasta mi cicatriz.
Allí se detienen con una veneración que antes no entendía, y después, cuando llegan a mi entrepierna, se mueven en círculos antes de introducirse en mi interior.
Es diferente cuando dibujo un reguero de besos por su cuello, le clavo las uñas en los hombros y delineo las líneas de su abdomen con la lengua antes de acogerlo en mi boca y que él gima y levante las caderas hacia mí.
Evidentemente, es diferente cuando se coloca entre mis piernas, con una mano contra mi vientre y la otra en torno a mi muslo.
—Córrete para mí —dice mirándome a los ojos.
Y lo hago.
Jamás he vivido nada igual.
Arqueo la espalda con un gemido. Llevo una mano a su hombro y hundo la otra en su pelo.
—Más alto.
Y lo hago.
—¿Puedes darme otro más?
Puedo.
—Buena chica —dice. Araña el interior de mi muslo con los dientes antes de subir por la cama para cernirse sobre mí.
Abro los labios con pequeños jadeos y me lo quedo mirando con los ojos bien abiertos.
Él me devuelve la mirada con un mechón de color chocolate sobre la frente.
Empiezo a hablar a la vez que él.
—Tengo un DIU puesto y me acabo de hacer las pruebas…
—Me acaban de hacer el chequeo médico.
Parpadeo y asiento.
—¿Solo nosotros, entonces? ¿Estás segura? —pregunta.
Vuelvo a asentir, esta vez con suavidad.
Sus ojos destellan. Se le atasca un gruñido en la garganta cuando se agarra el pene con la mano y echa los hombros hacia atrás antes de introducirse en mí poco a poco.
Respiramos a la vez mientras se desliza centímetro a centímetro en mi interior. Entonces, cuando me llena por completo, no me siento vacía, porque todo en lo que respecta a Beckett es enorme: las partes de su cuerpo, su cerebro, su corazón, su risa.
Es efervescente, un poco como me siento ahora mismo mientras mi cuerpo se dilata para acomodarlo antes de ceder a todas las maravillas que le hace. Encajamos a la perfección. La presión que ejerce en mi interior es como una supernova a punto de explotar y de llevarse todos mis límites con ella.
Aunque creo que estaba destinado a ser así. Solos él y yo.
Le palpita un músculo en la mejilla y exhala. Coloca los brazos a ambos lados de mi cabeza para aferrarse con fuerza a la almohada antes de enterrar la cara en mi cuello y empezar a moverse.
—Te quiero —susurro, y lo digo tan bajito que ni siquiera estoy segura de que haya sido capaz de escucharme, pero sospecho que mi corazón va a cortar el suministro de sangre si no se lo digo.
Él se queda quieto y tensa los músculos.
Los veo tirantes en su cuello, en sus hombros y en la curva de sus brazos.
Beckett echa la cabeza hacia atrás poco a poco y sus labios abandonan mi cuello.
Se cierne sobre mí con la mirada oscurecida y los pómulos tan marcados que hasta podrían cortar otro pedazo de mí.
Pero no me importa. Soy toda suya igualmente.
—Repítelo —susurra.
—Te quiero.
—Otra vez —pide con la voz ronca.
—Te… —Mueve las caderas hacia arriba antes de dejar que termine de decirlo. Echo la cabeza hacia atrás y me arqueo contra él. Vuelve a mecerse mientras suelta la almohada y me sujeta la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos. Gimo la segunda palabra—… quiero.
Me arranca la última palabra de los labios con la boca y creo que mi amor consigue llegarle adentro, al corazón.
Separa los labios de los míos y me acaricia la mandíbula con ellos, después la curva del cuello y al final pega la boca a mi oreja.
Apenas oigo nada debido a los estridentes latidos de mi corazón, pero sí que escucho lo que me susurra.
—Yo también te quiero.