Estrictamente profesional 39
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Greer

Quizá lo de sanar no suceda de repente.

Pero creo que, a veces, otras cosas sí.

Como cuando Beckett echa la cabeza hacia atrás y sonríe, sonríe de verdad. No esa sonrisa que pone y que se saca de la chistera cual mago porque cree que necesita contentar a los demás para que lo quieran como se merece.

Sus ondas color castaño chocolate se le rizan contra la nuca, la barba ensombrece su mandíbula y su mirada se ilumina como los rayos de sol; ambos ojos de un precioso tono esmeralda.

No tienen nada de diamantes ni de oro, sino tal vez de algo aún más excepcional.

Está guapísimo cuando se siente así de libre.

—Deberías sonreír más —susurro.

Él se encoge de hombros y cambia a una postura más perezosa, reclinándose y apoyando las manos en la madera del muelle.

—Me pagan por sonreír. Tendría que haber sido modelo.

—No me refiero a eso.

Me enderezo y creo que el vino ha hecho que los bordes de mi mente se nublen un poco. Quizá los suyos estén igual, porque parece como si nunca le hubieran hecho daño, como si nunca hubiera acarreado ningún peso en su vida.

Llevo mi dedo índice a la curva de su labio inferior antes de delineárselo.

Él no dice nada, pero veo que se le tensan los músculos del cuello al tragar saliva.

Retiro la mano y la apoyo contra su pecho, como si quizá pudiera sentir esa sonrisa en mi corazón.

Beckett parpadea y creo que, de ser posible, sus ojos perfectamente podrían abrirme en canal. Si el paraíso existiera de verdad, serían unas preciosas colinas verdes y onduladas que veríamos al llegar y nos alegraríamos de haber muerto.

—Hazlo otra vez —me pide con voz ronca, grave, en ese tono que usa solo cuando estamos solos.

Lo hago y entonces lo oigo.

«Vaya», susurra mi corazón. «Te has enamorado de él, del hombre con el enorme peso en los hombros y la sonrisa maravillosa».