38
Beckett
Hay muchos sitios en los que descansar o, mejor dicho, fingirlo, que es lo que parece esto.
Solo soy un chaval fantaseando, pero, en vez de con Dragones y Mazmorras —aunque no es que haya jugado mucho a eso de pequeño; seguramente solo soñara con una familia completa y sana—, con que Greer también me quiere mientras la observo atravesar la puerta de mi casita con los brazos cruzados, evaluando los remolinos de hojas de color naranja oscuro, amarillo y rojo que recubren los árboles a través de los ventanales.
No me ha dicho nada, pero creo que ha cambiado un turno o va a hacer más visitas a domicilio este mes para poder acompañarme.
Levantó el dedo meñique, con los ojos acuosos, mientras el agua resbalaba por sus hombros, con la curvatura de sus pechos apenas visible, y las burbujas salpicaban sus clavículas. Tampoco me fijé en mucho más después de eso.
Greer se gira y mira por encima del hombro. El sol matutino ilumina los contornos de su cara y siento como si hubiera recibido otro balonazo en el estómago, uno del que no me recuperaré nunca. Su voz resuena y llena el lugar como si perteneciera a él.
—¿Qué te impulsó a comprarte una casa en Kawarthas? Muskoka está ahí mismo.
Me encojo de hombros, suelto las bolsas y cierro la puerta detrás de mí.
—Este sitio está hecho de contenedores de mercancías reacondicionados.
—Señalo la cocina abierta, donde una isla como la de mi apartamento abarca toda la habitación, frente a unos armarios de color gris pizarra y a uno de esos frigoríficos de marca que cuestan una pasta y que llega hasta un sofá seccional en el salón delante de una chimenea de gas y unos listones de madera que esconden las escaleras que llevan a las habitaciones—.
Me pareció guay, y ya me conoces. Creí que quizá justo estos tendrían alguna relevancia en la historia.
Que tal vez transportaran algo importante por el canal durante el ascenso del Imperio británico o algo así.
Sus ojos destellan.
—¿Y es así?
Sonrío, cojo las bolsas de la compra y las llevo a la cocina.
—Resulta que solo son trozos de metal.
Greer echa la cabeza hacia atrás. El pelo le cae sobre los hombros y, cuando la sudadera se le mueve, deja a la vista sus prominentes clavículas.
Suelta una carcajada ahí, de pie bajo el sol, ocupando el espacio al que siempre solía venir solo, y vuelvo a quedarme sin respiración.
Me froto la mandíbula y señalo las sillas que flanquean la isla. Las eligió mi hermana, dijo que eran de bouclé o algo así y que iban a juego con el sofá.
También dijo que serían un exitazo con cualquier chica que trajera.
A la primera que cruza el umbral parecen darle bastante igual mientras se sienta en una antes de abrazarse las piernas contra el pecho y de apoyar la barbilla en las rodillas.
Carraspeo.
—¿Quieres un café? Puedo hacerte un latte .
Greer asiente y me lanza una mirada que todavía no he descifrado: con la boca apretada, los ojos inexpresivos y la cabeza ladeada, como si estuviese valorando algo.
Nunca estoy seguro de qué exactamente, pero, sea lo que sea, no parece decepcionarla.
Sacudo la cabeza y me obligo a darme la vuelta. Si me dejase, me pasaría toda la mañana contemplándola, sentada ahí, al sol. Miro la cafetera que ocupa una parte de la encimera. Es otro toque de Sarah, y se pasó horas enseñándome cómo usarla.
—Sé que me dijiste que los lattes no son bebidas de amigos, pero durante estos dos días no lo somos, ¿verdad? —Trago saliva y me quedo mirando los adornos cromados, esperando no haberme montado una película yo solo.
Ella no responde al momento. Supongo que está haciendo lo mismo que yo: buscar respuestas basándose en la postura de mis hombros, con la cabeza ladeada y la mirada curiosa y evaluadora.
—Creo que no —contesta con voz suave aunque firme.
Asiento y me debato si olvidar lo del café y levantarla de la silla, tumbarla sobre la superficie más cercana y hundirme en ella hasta que ninguno de los dos se acuerde de su nombre.
Pero no es solo sexo, creo que nunca lo ha sido.
El latte tarda una eternidad. Dejo caer la cabeza contra el armario y apoyo la mano en la encimera mientras la golpeteo impacientemente con el pulgar, a la espera de que la maldita máquina termine de prepararlo de una vez.
Solo tenemos estas horas, y no quiero pasar ni un solo segundo en otra cosa que no sea ella.
Cuando veo que la pantalla se ilumina para avisar de que ha terminado, bien podría lanzar un tiro que cruce un campo de fútbol entero.
Al dárselo, ella levanta la barbilla y me ofrece una de sus pocas sonrisas. Da un sorbo y mira por la ventana, que revela la pendiente de una colina, una arboleda y el lago, que nos guiña el ojo bajo la luz del sol matutino. Me vuelve a mirar y se encoge de hombros.
—¿Nos inventamos algo entonces? Un suceso histórico que podamos asociar a tus contenedores.
Sonrío, cojo la taza de sus manos y la dejo en la isla.
—Claro. Que se los recuerde para siempre como el lugar donde Greer Roberts se abrió a Beckett Davis y él no malgastó ni un solo segundo de ese tiempo.
Ella abre los labios levemente, su mirada me recorre y, antes de que pueda responder, ya tengo las manos en su nuca y mi boca está cubriendo la suya.
Nos hemos besado otras veces, pero siempre como amigos.
Nunca así. Sin reglas. Y creo que sí que se abre a mí.
Lo noto por cómo ladea la cabeza, por la forma en que su mano se hunde en mi piel y tira de mi nuca, y por cómo mueve la otra mano sobre mi abdomen hasta rozar el dobladillo de la camisa.
Sus dedos trazan una línea en mi piel cuando agarra la tela con fuerza para atraerme hacia ella.
Abre sus labios carnosos y su lengua se encuentra con la mía en un beso interminable.
Somos dos personas reales en una cocina bajo el sol de la mañana, con una taza de café olvidada, deslizando las manos por el cuerpo del otro en un intento de acercarnos más y con las bocas juntas de tal manera que espero que comprenda que mi corazón le pertenece, que siempre lo ha hecho.
Y creo que el suyo también me pertenece, al menos por ahora.
—Jaque mate.
—No jodas.
Levanto la mirada del tablero de ajedrez, apoyado sobre un tocón que se supone que es aesthetic , entre dos sillas Adirondack al final del muelle.
Greer se encoge de hombros, apenas visibles bajo mi sudadera.
Le queda enorme; es una antigua de entrenamiento que a veces llevo al estadio, con el logo del equipo bordado en el pecho y mi número en la capucha.
Lleva las orejeras alrededor del cuello y está tomando un trago de su mimosa, que descansaba en el reposabrazos de su silla. La copa de cristal centellea.
—He intentado avisarte.
Un músculo en mi mejilla palpita y me entran ganas de volcar el tablero de ajedrez. La señalo.
—La próxima vez vamos a jugar al Scrabble.
—Seguramente también te gane. —Me mira tras la copa—. Sé muchas palabras.
—¿Al Yahtzee, entonces? —sugiero secamente—. Eso es todo azar y soy demasiado competitivo como para perder contra ti toda la tarde. Me va a entrar más complejo del que ya tengo.
Greer frunce el ceño y sacude la cabeza, aunque le brillan los ojos.
—Por desgracia para ti, no es cierto. La tirada de dados es puro azar, sí, pero el resto del juego se puede desglosar estratégicamente para maximizar el resultado.
Estiro los brazos como si no me lo pudiera creer, aunque no hay nada sobre la capacidad infinita de su cerebro que pueda sorprenderme.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Es un ruido precioso y ronco que resuena a través de mí y por todo el lago.
Malditos árboles que tienen la suerte de escucharla.
Sonrío y la observo mientras deja la cabeza reclinada hacia atrás y contempla las nubes moverse por el cielo.
Es un día otoñal precioso, con aire puro y fresco que entumece la piel, un sol brillante y el olor de las hojas secas a nuestro alrededor.
Sin embargo, ella es aún más preciosa que todo eso.
Cierra los ojos y suspira. Incluso las facciones tensas de su cara parecen más suaves, como si se estuviese relajando y respirando sin ninguna expectativa. Tal vez le guste estar aquí conmigo, así.
Le ofrezco una mano.
—¿Vienes?
Greer parpadea para volver en sí, me mira y asiente.
La veo levantarse con una mano en el reposabrazos de la silla y la otra sujetando la copa de cristal.
Mi sudadera le llega hasta la mitad de los muslos y roza ligeramente sus leggings .
La observo en detalle: la forma en que su pelo oscuro se mece alrededor de sus hombros cuando da unos cuantos pasos para unir su mano a la mía; la forma en que nuestros dedos encajan, como si nuestras manos se hubiesen esculpido para ello.
Intento grabármelo en la memoria por si estas cuarenta y ocho horas son lo único que nos queda. No sé qué va a ser de mí si vuelvo el miércoles y no juego como esperan el fin de semana.
Entonces ella se acurruca en mi regazo, contra mi pecho, y empieza a darme igual.
No se da cuenta, pero siempre huele un poco a eucalipto, como si esas ramas que su hermana cuelga para ella y que Greer considera estúpidas sí funcionasen. El aroma la envuelve e intenta protegerla lo mejor que puede.
Apoyo la barbilla en la curva de su cuello y respiro su olor al tiempo que la rodeo con mis brazos.
Su mano sube por el perfil de mi cara y se entretiene en mi barba antes de acunarme la mejilla.
—¿Ya te sientes mejor?
Asiento y pego la boca a su cuello solo porque puedo.
—Tengo la cabeza más despejada.
«Y mi corazón también, porque estoy aquí contigo y me estás dejando fingir que eres mía».
—¿Quieres hablar de ello? —Entrelaza los dedos con el pelo alrededor de mis orejas.
Suelto un gemido y cierro los ojos.
—Qué bien se está aquí.
—Me lo tomaré como un no.
Sé que está sonriendo porque le cambia la voz y noto que echa los hombros hacia atrás. Lo hace cuando está feliz; tiene esos pequeños tics que indican que se siente aliviada. Al menos por ahora.
Sacudo la cabeza y respiro de nuevo antes de abrir los ojos y apoyar la barbilla en su hombro.
—Qué va, no pasa nada. Creo que no hay nadie más con quien prefiera hablar de ello.
Sus dedos descienden por mi mandíbula.
—¿Qué pasa si fallas el domingo?
Suspiro.
—No creo que el entrenador Taylor lo dijese de coña, así que supongo que me cederán o me cambiarán por un chaval universitario más consistente y que cobre una mínima parte de lo que yo.
Greer se aparta y se gira en mi regazo para sentarse a horcajadas. Se lleva la copa de champán a los labios y la apura antes de dejarla junto a la silla. Esa misma mano me acuna el otro lado de la cara.
—¿Has barajado alguna vez la posibilidad de si te vendría bien trasladarte y empezar de cero en otra ciudad?
—Nunca lo he pensado. Me gustaba la idea de volver aquí después de Cincinnati.
Estar más cerca de la familia para asegurarme de que todo iba bien.
—Normalmente, cuando está tan cerca de mí, me cuesta respirar, pero inspiro de forma profunda y regular.
Parece que ahora sí puedo. Esbozo una sonrisa irónica—.
Hasta hace poco no me había dado cuenta de que no tengo la responsabilidad de darles todo lo que necesitan, de que nunca la he tenido.
—¿Estás resentido con ellos? —me pregunta sin tapujos, como si cuestionarse eso sobre unos padres fuese lo más normal del mundo.
Quizá lo sea.
Lo medito y asiento levemente antes de encogerme de hombros.
—Puede. Tal vez lo haya estado toda la vida y ni siquiera me había dado cuenta. ¿Crees que podré dejar de estarlo en algún momento?
Se encoge de hombros. Joder, está tan guapa con mi sudadera puesta. Lleva las orejeras en el cuello, el pelo oscuro le cae por todos lados y me está mirando con esos ojos que parecen calarme haga lo que haga y diga lo que diga.
—Quizá. O quizá no. Quizá vaya por temporadas.
O quizá un día te despiertes y te des cuenta de que ese resentimiento ya no está.
—Me acaricia la mandíbula con los pulgares—.
Hace poco mi hermana me dijo algo sobre el duelo y sanar.
Que no es algo que simplemente se arregle un día como por arte de magia.
Que forman parte de la vida. Incluso me he llegado a plantear si tal vez solo aprendemos a vivir con ello.
—No me importaría aprender a hacerlo contigo —digo con voz ronca, parecida al mar embravecido por la tormenta en la que cree que vive.
No es una respuesta contundente, pero se inclina hacia delante, aún con mi rostro en las manos, y sus labios rozan los míos.
Los mueve con suavidad, como si estuviese probándose algo, probándose una talla.
Espero que le guste cómo encajan nuestras bocas.
La abrazo con más fuerza y paso la lengua por la unión de sus labios antes de que la suya vaya a mi encuentro.
No estoy seguro de cuánto nos pasamos besándonos; pierdo un poco la noción del tiempo tratando de hacer que el momento cuente para algo, imaginándome un mundo en el que le puedo decir que es el amor de mi vida y en el que creo que me da igual lo que pase el domingo, siempre y cuando ella esté a mi lado.
Al cabo de un rato se aparta y ladea la cabeza. Tiene los labios hinchados y me mira como si estuviese valorando algo.
—Gracias —empieza a decir, pero hace una pausa y sacude la cabeza casi de forma imperceptible—.
Creo que no te he agradecido lo suficiente lo que has hecho por mí.
Dices que te he vuelto real, y tal vez sea verdad, pero tú me conoces.
Y hay algo tremendamente raro y especial en el hecho de conocerme.
No es algo que una persona normal y corriente, fiable y carismática, sea capaz de lograr sin más.
Siento una opresión en el pecho y empiezo a negar con la cabeza. Trago saliva; no sé cómo responder a eso porque la he conocido y me he enamorado de ella. Sin embargo, Greer sigue hablando.
—Solo era una promesa de meñiques, para algunos nada importante, pero me hiciste prometer que solo hiciera lo que me conviniera. Creo que jamás me habían dado permiso para hacerlo, y quizá eso era lo único que necesitaba.
—¿Se lo has contado todo a tu hermana, entonces?
Ella asiente y sus dedos acarician mi mandíbula.
—Lo he hecho. Gracias a ti. Tuvo bastante que opinar al respecto; opiniones buenas, amables. Y también otras cosas.
—Ah, ¿sí? —respondo con tono serio—. ¿Cómo cuáles?
Greer parpadea y sus pulgares delinean mi barba antes de girarse y acomodarse contra mi pecho.
—Cosas con las que todavía no sé qué hacer —murmura.
—Gracias. —Trago saliva y le beso la coronilla—. Por verme. Por lo que sea que le dijeses a mi hermano que hizo que mi hermana y él me dijesen que también me ven. Estar con ellos así fue genial. Es otra cosa más que te debo. Algún día me armaré de valor para imponerles un límite a mis padres, pero…
—Algún día —acaba ella.
Carraspeo y señalo su copa vacía con la cabeza.
—¿Quieres otra? Voy a por una.
—No —responde sin más al tiempo que apoya la cabeza contra mi hombro—. Quiero que te quedes aquí.
«Yo también quiero quedarme aquí», pienso.
Ojalá para siempre.