Estrictamente profesional 37 #2
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37 #2

—Entonces, Baxtian tumbó a Gaia y…

Beckett se ríe y echa la cabeza hacia atrás hasta apoyarla contra el borde de la bañera.

—Ni de coña dice eso.

Inclino la barbilla y levanto el libro para que las páginas no se mojen con las burbujas.

—Podría.

—Vale. —Se inclina hacia delante con los ojos muy abiertos y feliz por primera vez en toda la noche y me quita el libro de la mano. El agua y las burbujas rebosan por la bañera de porcelana a causa del movimiento—. Dámelo para que vea qué se trae entre manos ese tal Baxtian.

Indignada, se me desencaja la mandíbula a la vez que un dedo, medio cubierto de burbujas y de gotitas de agua, se desliza por la página.

—¡Oye! ¡Que estás mojando el libro!

—A ti sí que te voy a mojar. —Beckett alza la vista del libro y sonríe de forma traviesa, hoyuelo incluido. Pero levanta una mano antes de lanzarlo hacia la seguridad de la alfombrilla del baño—. Tranquila. Te compraré uno nuevo.

—¿Y si este era especial? —Vuelvo a subir la barbilla y mi coleta se hunde bajo la superficie del agua.

Me mira y se pasa una mano por el pelo húmedo, provocando que el agua ondee a cada lado.

—¿Lo es?

—No. —Me río antes de echarme hacia atrás, contra el borde de la bañera, y de salpicarle agua y burbujas con el pie.

Beckett sonríe mientras se recuesta y estira los brazos por el borde de porcelana. Con ese pelo desordenado de color chocolate, esos ojos, ese mentón y ese hoyuelo, siempre ostenta un atractivo como sacado de otro mundo, de esos que solo encontrarías en las páginas de una revista.

Pero cuando solo estamos nosotros dos, su belleza escala a otro nivel.

Sus ojos delinean la curva de mis hombros, expuestos sobre las montañas de burbujas que cubren la superficie del agua. Ascienden por mi cuello hasta mi mentón y creo poder sentir su reverencia desde aquí; esa forma que tiene de mirar mis labios y mis pómulos hasta llegar a mis ojos.

Traga saliva y los músculos de su cuello y sus hombros, de alguna manera, se vuelven más preciosos a causa de la delgada capa de agua que los recubre.

—Esto es a lo que me refiero. Esto es… Me gusta. Cuando solo somos tú y yo. Estamos bien juntos.

La sinfonía que mi corazón estaba cantando antes vuelve a sonar y me imagino, mientras sus cavidades se llenan de la sangre oxigenada que necesita para sobrevivir, cómo se ensancha más allá de los barrotes que lo aprisionan, estirándose igual que un director de orquesta con los brazos abiertos.

Mi pie encuentra su muslo bajo el agua y las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba. Sus siguientes palabras suenan graves, roncas. Justo como me gusta.

—Estaríamos bien juntos.

Cierro los ojos y suelto el aire de mis pulmones antes de esbozar una sonrisita triste.

—Tal vez tengas razón, pero eso no cambia nada, Beckett.

—¿No puedes… —sacude la cabeza y se lleva una mano al mentón durante un momento—… explicármelo como si fuera uno de tus pacientes? Explícamelo como si fuera tonto.

—Tú no eres tonto.

—Ya lo sé. —Me sonríe con ironía—. Sé mucho más que tú sobre los principales sucesos históricos. Pero solo… explícame por qué. ¿Por qué no crees que podamos superar todas esas dificultades juntos? ¿Por qué no podemos estar juntos mientras aprendemos al mismo tiempo?

Separo los labios con un pequeño suspiro y todas las palabras que iba a lanzar en defensa de mis límites y barreras se me atascan en la garganta.

Oigo a Rav.

«No tienes que quedarte sola para ser suficiente».

Oigo a Stella.

«En algún momento a lo largo de todos estos años has confundido el imponer límites con cerrarte en banda por completo».

Sacudo la cabeza muy ligeramente.

Mi corazón coge aire, preparado para cantar la primera nota de la sinfonía en la que podría convertirse mi vida si me dejara llevar sin más, y mi cerebro grita.

—No… —intento decir, pero se me cierra la garganta—.

¿En qué me convertiría si derribo todas mis barreras de golpe y salgo corriendo con la primera persona que me ha hecho sentir algo?

No puedo volver a hacerlo, Beckett. No puedo darte un pedazo de mí cuando tengo esta visión tan diametralmente opuesta.

Ni siquiera soy capaz de pasar un solo día sin pensar que soy una puta hipócrita por ponerme en esta posición imposible.

Mi cerebro grita muy alto. Todo el rato y a todas horas.

Aprieta la mandíbula, aunque no de ira, sino como si la idea de que algo me duela le doliese a él también.

—Debe de ser agotador.

—Sí. —Cierro los ojos. Estoy agotada, creo. De mi cerebro en general, pero también de esa guerra interna que tienen los dos órganos que necesito para vivir y que nunca parecen estar de acuerdo—. Ya no… no estoy segura de nada.

—Yo sí. —Se incorpora y otro tsunami de agua y burbujas rebosa por el borde de la bañera.

Un rizo le cae por la frente. Tiene los ojos clavados en mí y sacude la cabeza con gesto serio—.

De ti. De esto. De nosotros. De llevar el peso de todo cuando estés cansada.

De intentar ayudarte a acallar a tu cerebro. ¿Eso no sirve de nada?

Vuelvo a negar con la cabeza.

—Has dicho que te he vuelto real y que eso te asusta. Tienes que ser real por ti mismo, Beckett. Quieres cargar con todo. Está en tu naturaleza, pero yo no quiero ser otro lastre más en tu vida solo porque no sepas ser de otra manera.

Beckett señala mis manos, agarradas a los bordes de la bañera como si me fuese la vida en ello.

—¿Puedo?

Asiento.

Desliza sus manos por mis muñecas y, uno a uno, entrelaza nuestros dedos antes de tirar de mí hacia él.

Mi cuerpo siempre ha sabido qué hacer cuando está junto al suyo, así que mis piernas suben y lo rodean y, cuando nuestros torsos se rozan, él mantiene nuestras manos unidas por encima de nuestras cabezas.

Me besa ambos dorsos antes de soltarme. Me abraza, me acaricia la cicatriz y apoya mi barbilla en su hombro.

Ya no veo su rostro. Ojalá lo hiciera… Ojalá viera todos esos rasgos preciosos, sus ojos verdes…

todo lo que lo convierten en la persona tan preciosa que es.

Así que cierro los ojos y me imagino a Beckett tal y como yo lo veo.

Como creo que merece ser. Libre de cargas, de obligaciones y de problemas ajenos.

Riéndose a carcajadas y con arrugas permanentes alrededor de los ojos a causa de lo mucho que tiene por sonreír.

—No me has entendido. Cuando digo que me has vuelto real…

—Se detiene y me acaricia el mentón con la nariz antes de enterrar el rostro en mi cuello e inhalar—.

Me refiero a que le has devuelto la vida a un cuerpo que iba siempre en piloto automático.

No creo que pensara mucho en mí antes de conocerte.

Pensaba que era fiable, carismático. Alguien que servía solo para ayudar a los demás, pero nunca a mí mismo.

Eso es a lo que me refiero cuando digo que no creo que antes fuera real.

Pensaba que sí. Que así era la vida. Pero entonces entraste en escena y al principio te mostrabas un poco borde y seria…

—lo noto sonreír contra mi cuello—, pero luego sonreíste.

Te reíste. No creo que hagas ninguna de esas cosas sin motivo.

Y no deberías. Probablemente sean las dos mejores cosas del mundo entero.

Resulta que el único precio que he tenido que pagar ha sido que tu voz se me clave en la piel y reinicie mi corazón.

Me roza el cuello con los labios antes de depositar un beso en él y yo cierro los ojos con más fuerza.

Mi cerebro está susurrando y creo que me está diciendo que mi corazón no puede vivir fuera de mi cuerpo, con él, que necesito conservar lo que me queda para poder seguir viviendo.

Tenso los hombros y estoy a punto de apartarme de él cuando vuelve a hablar.

—No quieres ser otra carga para mí porque dices que creo que así es como soy. Pero conocerte no me supone ninguna carga.

La sinfonía resuena en mi pecho. Se oye un choque de platillos y una especie de crescendo reservado únicamente para las películas en el que todos los instrumentos empiezan a sonar a la vez.

Reverbera y todos esos preciosos pedazos de Beckett, plantados en el suelo de mis huecos, se estiran, crecen y cantan también, tan alto que creo que podrían acallar a mi cerebro para siempre.

Beckett mueve los labios por mi cuello y los detiene en mi mandíbula antes de echarme hacia atrás y apoyar su frente contra la mía.

—¿Te gustaría tomarte un descanso conmigo? ¿Un descanso de ser solo amigos? ¿De las expectativas y de todo lo que sucede aquí? —Me da unos golpecitos en la sien—. Solos tú y yo hasta el miércoles. Y si sigue sin cuadrarte, te prometo que…

Lo oigo solo a él. Levanto el dedo meñique.

«Prométeme que solo harás lo que te haga bien».

Creo que, antes de conocerlo, nunca me había cuadrado nada.

Engancha su dedo con el mío al tiempo que esboza una sonrisa como ninguna que haya visto antes.

Esa es la que la gente debería admirar en las fotos o en la tele. Pero no quiero que nadie más la vea, porque creo que es mía.