37
Greer
Vi el resumen del partido cuando salí de la cirugía, pero sus hombros hundidos, la mano en la frente y la otra agarrándose el muslo de la pierna buena mientras la mueve de forma frenética contra el escalón me dicen todo lo que necesito saber.
Las hojas caídas en el camino de la entrada crujen bajo mis zapatos, y Beckett levanta sus ojos verdes, faltos de ese brillo que siempre suelen tener, a la vez que tensa la mandíbula y se tira del pelo, todavía húmedo.
No hablamos mientras me acerco a mi porche y me detengo en el segundo escalón.
Le paso una mano por el pelo y él apoya la cabeza contra el lateral de mi muslo.
Cierro los ojos y respiro con más dificultad por culpa del aire otoñal.
Beckett aprieta la frente contra mi muslo y yo retuerzo los dedos en su pelo.
—Entra, que hace frío —susurro.
Noto que asiente contra mi pierna, pero permanece en silencio mientras se pone de pie. Tiene los hombros fornidos hundidos bajo el peso de las expectativas que cree no haber cumplido hoy.
Seguimos en silencio cuando abro la puerta y me sigue al interior, igual que cuando ambos nos quitamos los zapatos. Al sentarse en el sofá, por fin parece estar a escasos segundos de venirse abajo.
Nuestras piernas se rozan cuando me siento a su lado, en vez de en el otro extremo, y me giro hacia él, suspirando con suavidad.
—No pasa nada. Solo es…
Beckett me corta negando con la cabeza, prácticamente encogiéndose en el sitio, y baja la voz hasta que no es más que un susurro ronco.
—Por favor, no digas que solo es un partido.
Me muevo para sentarme de frente a él y mis rodillas se clavan en el lateral de su muslo. Estiro un brazo y le agarro una mano.
—No iba a decir eso. Iba a decir que solo es un partido de muchos .
—Pero no es así. —Se le quiebra la voz y creo que una parte de mí también lo hace.
Sus dedos envuelven los míos antes de apartar la mano y señalar mi salón, como si todo lo que le hace daño estuviera en el oxígeno que conforma el aire que respira—.
Porque, si no lo consigo… si no cumplo con esas expectativas después de todo… , ¿quién soy, entonces?
—Beckett —musito, inclinándome hacia delante.
Trato de agarrarle la mano otra vez, pero él la cierra en un puño que aprieta contra su pierna—.
¿Por qué siempre depende de ti? Este partido, o «el» partido…
o cualquier otro, da igual. En el equipo hay muchos otros jugadores que también tienen sus responsabilidades.
Cierra los ojos con fuerza y aprieta aún más el puño antes de empezar a darse golpes en el muslo.
—Porque siempre depende de mí, joder. Si no aparezco… Si no soy fiable…
Se queda callado y las palabras se estancan entre nosotros. Es entonces cuando creo que realmente veo cómo consumen todo el aire de la habitación. Pienso en todo ese peso, en lo difícil que le ha debido de resultar respirar toda su vida.
—¿Fiable? ¿Carismático? ¿Sigues pensando que no eres más que eso?
—pregunto—. Beckett, tú eres tú . Demuestras más gracia y comprensión por los demás que nadie que haya conocido.
Aceptas a las personas tal y como son. Las ves y las quieres con sus defectos y todo.
—Estiro el brazo y deslizo un dedo por su mentón.
Noto su barba incipiente rugosa al tacto—.
Me has contado, y tu hermano también me ha contado, todas las cosas que has hecho por ellos.
Compraste la casa de tus padres, has cuidado de tus hermanos desde que eran pequeños, te has asegurado de que no les falte de nada, de que estén viviendo cómodamente y como cualquiera pudiera soñar.
¿Haces todo eso solo porque eres fiable y carismático?
Se apoya contra mi mano y suelta el aire de los pulmones despacio mientras sigo acariciándole la piel. Detiene el puño contra el muslo y sus líneas de expresión se pronuncian antes de abrir los ojos y mirarme de soslayo, con resignación.
—Es lo que haría cualquiera.
—No, Beckett. —Sacudo la cabeza y me inclino hacia delante para agarrarle la mano otra vez y llevármela al pecho.
Justo sobre mi corazón. Necesito que oiga esto, que entienda que ya era una persona real, preciosa y especial—.
No todo el mundo. Y no lo hacen. Las personas fiables y carismáticas aparecen cuando se las necesita.
Llevan a sus familiares a distintas citas y los recogen en las paradas de autobús.
No dan y dan y dan cuando de por sí ya les han quitado tanto.
Traga saliva y baja la mirada hasta su mano sobre mi corazón.
—Quiero tenerte, pero no puedo, joder, así que pensé que si… —Se interrumpe y se encoge de dolor al respirar—. Lo siento.
—No. —Niego con la cabeza—. Dilo.
Me mira y crispa los dedos justo encima de mi corazón.
—Pensé: «Oye, si no puedo tenerla, mejor concentrarme en lo único que sé hacer bien».
Pero ni siquiera he podido hacer eso bien, y no puedo tenerte porque tienes tus normas y tus límites, y estoy intentando respetarlos lo mejor que puedo, aunque, desde mi punto de vista, lo único que están consiguiendo es que no te abras a algo que podría ser una puta pasada.
—No estamos hablando de mí. —Sacudo la cabeza muy ligeramente otra vez.
Sonríe con arrepentimiento y pega la mano aún más a mi pecho, como si necesitara sentirlo, o tal vez sentirme a mí.
—En realidad, sí. Porque creo que en mi vida ya no hay nada que no tenga que ver contigo. Me has vuelto real.
Cierro los ojos con fuerza. Mi cerebro grita y siento el corazón extremadamente pesado en el pecho.
—No puedo volverte real.
Flexiona los dedos contra mi piel y entonces desaparecen. Parpadeo y veo que tiene las manos sobre los muslos otra vez.
Beckett me sonríe, aunque lo hace con infinita tristeza, y encoge un hombro. Apenas se mueve, aprisionado bajo tantísimo peso.
—Tiene gracia. Sé lo que estás a punto de decir: que siempre he sido real y que únicamente debería ser suficiente para mí mismo. Pero a mí me gusta ser suficiente para ti, y ojalá ese «suficiente» fuera de otra manera.
—No puedo… —empiezo, pero mi voz flaquea porque mi cerebro y mi corazón están jugando a un tira y afloja al que no sé si podré sobrevivir.
—¿Por qué? —Levanta un hombro de golpe, endurece la expresión y niega con la cabeza—. No somos amigos, Greer.
—Sí que lo somos —susurro, y no sé si lo oye por encima del ruido que hace la cuerda en mi interior, que no deja de tensarse. Lo único que oigo en realidad es cómo las hebras se van desgastando y rompiendo una a una.
—¿Qué clase de amigos has tenido si crees que esto es normal?
Levanta la mano antes de señalarnos. Sus preciosos ojos están más serios de lo habitual y me miran fijamente.
Empiezo a negar con la cabeza.
—Es irónico, Beckett. Dices que veo a través de ti, que te conozco y que te he vuelto real, pero tú estás ignorando lo que es real en mí. —Clavo un dedo en mi pecho, justo sobre mi corazón, que late contra mis costillas, y creo que ahora dice algo distinto.
«Entrégame a él».
Cierro los ojos con fuerza.
—Te dije dónde estaban mis límites. Te hablé de mis normas. Y estás pidiéndome que las mande al traste.
—Eso no es verdad. —Inclina la cabeza hacia atrás y respira de forma contenida—. No te estoy pidiendo que las borres. Solo te quiero a ti . A quien eres… con límites y normas incluidas. Si soy suficiente para ti, ¿por qué te cuesta tanto creer que tú también lo eres para mí?
A la cuerda en mi interior solo le queda una única hebra fina que la mantiene unida.
«Entrégame a él, nos quiere tal y como somos. Al igual que nosotros a él».
«No. No fuimos suficiente para nadie y mira lo que nos costó».
—No puedo —digo con apenas un hilo de voz, porque no quiero que ninguno de los dos órganos me oiga; van a tirar demasiado y ya no quedará nada en mi interior.
Beckett niega con la cabeza. Vuelve a suspirar, enarca las cejas y esboza una sonrisa llena de arrepentimiento. No se ve su hoyuelo por ninguna parte.
Me agarra las manos y se las lleva a los labios antes de dejarlas sobre su muslo.
—¿Tienes que ir a entrenar mañana? —pregunto con suavidad.
—Qué va. El entrenador Taylor me ha dicho que no me moleste en presentarme allí hasta el miércoles, así que supongo que tengo un día extra de descanso.
—Se pasa una mano por el mentón—. Un par de tíos del equipo me han escrito para preguntarme si quería hacer algo mañana.
Ir a dar una vuelta. Aclararme las ideas.
—Es buena idea —le digo—. Solo estás con ellos durante los entrenamientos.
—Me paso los días enteros con ellos. —Su voz suena más ronca todavía—. Y creía que nadie querría pasar tanto tiempo conmigo.
—Creo que te mereces un descanso de tus propias expectativas.
Una expresión irónica cruza su rostro.
Le froto los muslos.
—¿Te duelen?
—Sí.
—He oído que tengo una bañera magnífica. —Me inclino hacia delante, apoyo la barbilla en su hombro y veo la sombra de algo asomarse tras sus ojos—. Podría prepararte un baño. Con sales y burbujas. Incluso me meteré contigo. Puedo leerte uno de mis libros.
Gira la cabeza y me roza la nariz con la suya.
—Sé lo que estás haciendo, Greer. Yo también te veo, ¿sabes? Quieres distraerme, evitar el tema.
—¿Y tan malo es que no quiera hablar de algo que va a hacerte más daño? —susurro—. ¿Que quiera hacerte sentir mejor?
Un músculo palpita en su mandíbula.
—Supongo que no. Pero eso no… no va a seguir funcionando mucho más tiempo.
—Vale. —Asiento y bajo la voz todavía más para que mi cerebro no me oiga.
La idea de que esto, sea lo que sea, termine, y de que pueda oír perfectamente lo que piensa mi corazón, me hace querer darle algo, al igual que él me ha dado tanto de sí mismo a mí—.
Esta noche seamos solo nosotros mismos. Podemos pasarlo bien, sin más.
Si mi cerebro me oye, si intenta tirar de lo poco que queda en mi interior, no lo oigo ni lo siento, porque Beckett sonríe y mi corazón empieza a sonar más fuerte que cualquier alarma que haya escuchado nunca.
Es un sonido muy bonito.