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Beckett
No ganamos.
No rompo ningún récord.
Fallo otro tiro que nos habría hecho ganar el partido y la liga me multa por conducta antideportiva y por uso indebido del equipamiento al quitarme el casco y tirarlo al suelo con tanta fuerza que la correa incluso se ha roto.
Y me veo arrastrado al despacho del entrenador Taylor después de que se haya pasado tres cuartos de hora regañando a todo el mundo por desmoronarse de una forma descomunal en el vestuario tras el partido.
—Sé que para ti es calderilla, pero ¿te gusta que te multen por un total de —mira su teléfono— catorce mil dólares por conducta antideportiva y veintidós mil por uso indebido del casco?
Se me vienen a la cabeza un millón de cosas que podría hacer con ese dinero.
Como pagar la universidad de uno de mis hijos, por ejemplo.
Abro la boca para decirle que todo el dinero va destinado a la fundación de la liga igualmente, pero me interrumpe señalando la pantalla detrás de su escritorio con la mano.
—¿Te gusta que te vean así? ¿Dar esa imagen de tu equipo? ¿De Darren y de mí?
Señala la televisión con cada palabra, donde los canales deportivos están emitiendo imágenes de mí arrancándome la correa del casco y tirándolo al suelo a una velocidad pasmosa antes de que Nowak me saque a rastras del campo y Darren me grite en la oreja durante todo el trayecto hasta los vestuarios.
—¿Qué ha pasado con el Beckett Davis que decía que quería ganar? ¿Que quería batir el récord? Te acababa de dar un puto tiro de sesenta y ocho yardas porque creía en ti. Podría haber ido a por un cuarto touchdown y no lo he hecho porque creía en ti y en tus malditas piernas.
No respondo. No le digo que es la primera vez desde que esa mujer me volvió real que desearía que no lo hubiera hecho. Que desearía no ser nada.
Sacude la cabeza con los ojos entrecerrados, decepcionados y asqueados por esta versión de mí, cualquiera que sea.
—Jugamos contra Baltimore la semana que viene. ¿Así quieres que enfilemos ese partido?
—Nadie me quita el puto ojo de encima nunca y, lo siento, no pretendo faltarle al respeto, pero, venga ya, ¿quién pone tanta fe en un puto pateador? —Abro bien los brazos.
—¿En un pateador? No es la posición ni lo que hagas o dejes de hacer en el equipo.
—Mueve el dedo de la televisión hacia mí y, si no hubiera un escritorio entre nosotros, sé que me lo estaría clavando en el pecho—.
Yo confié en ti. Y, si esto es lo único que vas a darme, sobras en el equipo.
Te cambiaré por otro pateador universitario más constante que tú a menos que seas capaz de enseñar ese puto hoyuelo. Si este eres ahora…
Resoplo y vuelvo a abrir los brazos.
—¿Quién soy?
—Ya no tengo ni puta idea, Davis, pero fuera de mi vista. —Señala la puerta con la barbilla—. Vuelve el miércoles con la cabeza amueblada o no te molestes en aparecer.