35
Greer
La luz del sol se desliza más y más por la mesa de hierro entre mi hermana y yo, cubierta por idénticas tazas de café humeantes y nuestros bolsos cargados con un montón de libros.
Se ha vuelto una especie de ritual entre nosotras. Siempre que tengo el turno de guardia más largo durante el mes, ella mueve su agenda para poder ir a la librería juntas, sentarnos en una cafetería e intentar pasar la tarde en relativo silencio, leyendo, hasta que Stella inevitablemente se aburre.
Hoy lleva callada más tiempo del habitual, y no sé si es porque aún parezco agotada —me ha obligado a hacerme un masaje de hielo en la cara durante diez minutos antes de salir de casa— o si es capaz de sentir cómo cada latido de mi corazón está empujando contra los barrotes que lo apresan, cómo los huecos vacíos en mi interior florecen con Beckett y cómo mi cerebro no puede evitar pisotear el suelo fértil y las plantas preciosas que resultan ser justo del mismo tono de verde que sus ojos.
Mi hermana es muchas cosas, y perceptiva es una de ellas.
Me muevo, debatiéndome entre qué libro empezar, e inconscientemente me llevo los dedos a las orejeras que cuelgan de mi cuello para delinear el número de Beckett bordado en ellas.
—No hay quien te separe de esas orejeras —dice Stella con diversión, levantando la vista de las páginas de su libro.
Me encojo de hombros.
—Son prácticas. Es octubre en Toronto. El suelo se escarcha prácticamente todas las mañanas.
Curva las comisuras de sus labios hacia arriba en una sonrisa, que parece más gatuna que otra cosa, y me mira, atenta.
—¿Entonces no eras tú la que vi en una foto de esa cuenta de Instagram dedicada a las mujeres y novias de todos los equipos de Toronto?
—Yo no soy la mujer ni la novia de nadie. —Cojo el libro más cercano. Llevo mucho tiempo queriendo leer este en el que una chica humana toca una espada antigua y se ve transportada a un reino fae en el que la hacen prisionera. Después, me reclino en la silla—. Te habrás confundido.
Ladea la cabeza y se le escapa un mechón ondulado y caoba del moño, que ahora brilla más a causa del sol vespertino.
—Pues habría jurado que no.
—Hablas como Beckett —digo distraída, abriendo el libro por la primera página—. Dice que no cree que seamos amigos.
—Porque no lo sois.
Resopla y vuelve a bajar la mirada hacia su libro.
«Creo que tiene razón», comenta mi corazón con vacilación.
Pero pienso en nuestro padre, o, más bien, mi cerebro me manda el recuerdo de él en la cama de hospital, pálido y con problemas para respirar, para que nunca se me olvide lo que está en juego.
—Tenemos que serlo.
Stella suelta el libro y coloca las manos encima. Inclina la cabeza hacia un lado y me pregunta algo que debería tener una respuesta sencilla. Y tal vez la tenga, pero sigue siendo lo único que no creo poder decirle.
—Vale, pero nunca me has contado por qué.
Siempre me has soltado todos esos discursos y soliloquios…
—Levanta la mano cuando abro la boca, indignada, y prosigue—.
No pretendo ser cruel, solo aportar mi punto de vista.
Insistes en quedarte sola porque siempre das demasiado, pero solo haces alusión a tu trabajo.
A lo mucho que te quita, a lo agotador que te resulta.
Dame algo real, Greer. Sin rodeos ni evasivas. Ve al grano.
—¿A tus clientes también les hablas así? —replico para intentar desviar el tema, pero Stella aprieta los labios en una fina línea y me indica con un ademán que siga hablando. Va a esperar lo que haga falta.
Muevo los dedos sin saber qué decir. No sé cómo explicarle a mi hermana que, aunque la quiero y quiero a nuestro padre, me gusta pensar que hay otro mundo ahí fuera en el que no di mi consentimiento y que, tal vez, en ese otro mundo, otra persona murió por él.
Estiro las manos y me observo los dedos, rosados a causa del viento otoñal —unas manos que podrían ser las mayores hipócritas de todas, que dan y quitan vida a la vez—, y siento una mucho más grande acariciarme el dorso, un dedo meñique enganchándose con el mío, y lo oigo.
«Prométeme que vas a pensarte lo de hablar con ella, siempre y cuando te haga bien».
Vuelvo a mirar a mi hermana, sentada aquí delante de mí, sana y entera, y sin ningún indicio de que hace tiempo se fracturara el cráneo y estuviese a punto de perder el páncreas.
Parece como si nada le hubiera hecho daño. Está entera. Sin huecos vacíos después de haber sacrificado una parte vital de sí misma. Se me quiebra la voz.
—¿Alguna vez piensas en el accidente? ¿En lo que pasó después?
Enarca las cejas y tuerce el gesto a la vez que se muerde el interior de la mejilla.
—Sí. Pero creo que no tanto como tú.
—¿Por qué crees eso? —susurro y de veras quiero saberlo. Me encantaría mostrarme tan indiferente como parece ella.
Stella suelta un suspiro contenido.
—Yo tuve tiempo de sanar. Mientras mi cuerpo se recuperaba, mi mente también lo hizo. Y se quedó así.
Las últimas palabras se atascan en su garganta y permanecen inamovibles entre nosotras, en el hueco vacío de mi interior.
Cojo aire y cierro los ojos con fuerza antes de abrirlos y posarlos en ella.
—A veces, casi siempre, en realidad, desearía poder retroceder en el tiempo. Éramos muy jóvenes y sé… sé que ha permanecido sobrio desde entonces y que pudimos disfrutar de una segunda oportunidad preciosa con él que la mayoría de la gente no tiene. Pero a veces desearía…
Mis palabras quedan en nada y pienso en que podrían caer directamente en todo ese vacío de mi interior… o tal vez en el suelo fértil, con todos esos brotes preciosos que han empezado a salir de la tierra, un lugar seguro para ellas.
Porque, aunque ella no lo entienda o no pueda comprenderlo, otra persona ya lo ha hecho.
Parpadeo, respiro hondo y me tiemblan los hombros cuando por fin se lo digo.
—Desearía haber dicho que no. Desearía no haber sido yo.
Stella echa la cabeza hacia atrás con los ojos muy abiertos y creo que las lágrimas anegan su visión, pero sigue esperando.
—Desearía no haber tenido que tomar esa decisión.
No estaba preparada. No le había perdonado todo lo que nos había hecho durante nuestra infancia y tampoco lo que hizo cuando decidió conducir en ese estado.
No quería que se muriera, pero, si pudiera regresar en el tiempo hasta justo antes y alguien me dijera que no tenía por qué ser yo, aunque otra persona hubiese tenido que morir para conseguir el trasplante, creo que habría dicho que vale.
¿Cómo de retorcido es eso? —Observo el humo que asciende de mi café, así que lo cojo sin pensar y coloco el pulgar sobre la tapa de plástico antes de volver a mirarla por fin—.
Me he convertido en esa persona que roba de la misma forma que me robaron a mí.
¿Y si alguien a quien esté operando se siente igual que yo?
Tampoco puedo preguntarles. ¿Y si todos los accidentes de coche… ?
Mi hermana sacude la cabeza y se inclina hacia delante para agarrarme la mano y detener mis dedos.
—No deberías haber tenido que tomar esa decisión.
Tanto mi corazón como mi mente frenan de golpe. Por una vez, creo que mi interior se queda en silencio. Porque ahí está: lo que llevo esperando oír toda la vida. Pero enseguida vuelven a la vida, porque este es nuestro día a día. Empiezo a negar con la cabeza.
—Tú no eras compatible.
—No me refiero a eso —susurra Stella—. Yo no era compatible y tú sí.
Pero eso no significa que tuvieras que hacerlo sí o sí.
Eso es un hecho, Greer. No deberías haber tenido que dar una parte de ti para que otra persona pudiera estar entero.
Para empezar, ninguna deberíamos haber estado en esa situación.
—Pero lo estuvimos.
Asiente con suavidad.
—Sí. Y tú hiciste algo extremadamente difícil.
Fuiste valiente después de toda una vida siéndolo.
Le diste algo a papá… —Se le quiebra la voz y me aprieta la mano—.
Y me diste algo a mí. Y tal vez no te lo hayamos devuelto lo suficiente.
Te sentías vacía y, en vez de hablar de ello, de darte vida, de llenarte tal y como tendríamos que haberlo hecho, nos limitamos a evitar el tema. Y lo siento mucho.
Siento su disculpa, su admisión, agradable contra la piel. Pero no es ningún milagro.
—¿Has pensado alguna vez que… no sé… que tú te pasas los días con personas como papá y yo, con hígados y riñones que no me pertenecen en las manos?
—Sí —responde, apretándome los dedos otra vez antes de soltarme y de reclinarse de nuevo en su silla—.
La adicción es un ciclo. Lo sabemos. Pero no creo que sea tan sencillo.
No creo que signifique que estemos dando continuamente trozos de nosotras a esa enfermedad contra la que nunca vamos a ganar.
Tal vez algunos días lo parezca, pero otros días somos compasivas y amables y comprendemos a personas en un mundo que no las comprende.
Sanar no es tan fácil y tampoco es lineal.
No vas a despertarte un día y a darte cuenta de que todos esos nudos que tenías se han deshecho.
—No quiero ser esa clase de persona que no deja suficiente para sí misma. No quiero…
Stella levanta una mano y me corta.
—Yo no estoy cualificada para operar y arreglar a la gente como lo haces tú, aunque sí para decirte esto.
—Se inclina hacia delante y, no sé cómo, pero es tanto la quinceañera que me moría por salvar como una adulta muchísimo más sabia que yo—.
En algún momento, a lo largo de todos estos años, has confundido el imponer límites con cerrarte en banda por completo.
—¿Has estado hablando con Rav? —le pregunto con una risotada llorosa.
—Pues claro. —Se encoge de hombros y sacude una mano. Los anillos de plata que adornan sus dedos reflejan la luz del sol del mediodía—. Nos compartimos información sobre tu historial.
Sonrío ligeramente.
—Pienso denunciaros a vuestros respectivos colegios profesionales.
—¿Es eso? ¿Esa es la gran razón por la que quieres estar sola? —Parpadea y tuerce el gesto a la vez que suelta un pequeño suspiro—. No estoy minimizando tus sentimientos, pero, por lo que tengo entendido, Beckett Davis no te está pidiendo que le des uno de tus órganos.
Pero sí hay algo de mí que dice querer y está en mi pecho, latiendo y manteniéndome con vida.
—Creo que no es tan sencillo —susurro.
—¿Por qué no? —replica Stella—. ¿Alguna vez te ha pedido que le des más?
«Creo que no somos amigos».
Y, aun así, me lanzó esa cuerda salvavidas a la que aferrarme y evitar ahogarme en el agua, pero mi cerebro no deja de gritar.
Pero ya está. Beckett nunca iría más allá, aunque sé que probablemente sienta tentación de lanzarse al agua y ayudarme a salir a la superficie, por mucho que eso implique quedarse él sin oxígeno.
Respiro.
—No, pero…
Me vuelve a interrumpir y da una palmada en la mesa a la vez que abre mucho sus ojos de color jade.
—Sé que tú solo entiendes las cosas en términos absolutos.
En niveles e índices en sangre y en la certeza de una compatibilidad científicamente probada, pero no hay ninguna fórmula para el duelo, el trauma y la sanación.
Si estás esperando a levantarte un día y sentirte entera y sanada como por arte de magia, siento decirte que ese día nunca va a llegar.
—Stella sonríe con tristeza y sacude la cabeza antes de suavizar la voz—.
Así es la vida. La experiencia humana —extiende el brazo y da un golpecito en la cubierta de mi libro— rara vez es como en uno de estos libros.
No digo nada. Me reclino en la silla, respirando a la vez que mi corazón canta, porque aquí está el permiso para poder salir de su jaula; mientras, mi cerebro me dice que ella no lo entiende, que ella no es la que ha sacrificado una parte de sí misma y que sigue sin ser seguro.
No obstante, mi hermana es más sabia que yo y su expresión sigue siendo amable cuando me señala con un dedo.
—Piénsatelo.
Trago saliva, asiento y estiro los dedos otra vez. Los miro y me imagino los de Beckett deambulando sobre los míos, y entonces pienso en otra cosa que dijo.
—¿Puedes, por favor, dejar de olvidarte de la medicación de papá? —le pregunto mirándola otra vez—. ¿Y puedes pasarte más a menudo para ver cuándo la necesita?
Se lleva una mano al pecho, como si realmente le doliera, y la comprensión destella en sus ojos. El color jade se atenúa por un momento, pero a continuación asiente y se inclina hacia delante.
—Lo siento. Lo haré mejor —susurra.
Es una promesa y creo que ella también quiere que yo le haga una a ella: que lo intentaré, que me abriré y que dejaré de estar asustada. Que tal vez le entregaré a Beckett esta cosa que reside en mi pecho.
Pero no estoy tan segura, así que lanzo la palabra en mitad del barullo de mi mente, con la cuerda salvavidas de Beckett — quizá —, y construyo un puente levadizo entre la zanja que nos separa a mi hermana y a mí.
—Espero que Beckett juegue bien el domingo. Es el último partido antes de Baltimore.
—Vaya. —A Stella se le iluminan los ojos y asiente—. Espero que ganen.