Estrictamente profesional 34
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Greer

Sucede un martes.

Estoy terminando un turno de guardia de cuarenta y ocho horas y él me recoge. Apenas puedo ver; tengo la mirada nublada y el sol está saliendo en una mañana fría de otoño. Todo está demasiado brillante.

Aunque a él es imposible no verlo.

Tiene el pie apoyado contra la caja de su camioneta y me está esperando mientras el hielo se cierne sobre las ventanillas. Tiene el pelo alborotado, sus ondas señalan en todas direcciones bajo la gorra que lleva colocada hacia atrás y con el número diecinueve bordado en ella, según puedo ver.

Que no quiera pasar desapercibido es síntoma de que es un buen día.

Ojalá todos fueran igual. Es tan atractivo e inteligente que la gente sería afortunada de conocerlo.

Lleva la sudadera remangada y sostiene un café en la mano. No es del hospital, sino de mi cafetería favorita, la que está cerca de mi casa.

Sonríe y nuestros dedos se rozan cuando lo agarro. Mi corazón hace lo mismo que siempre que me toca: late y se estira fuera de los barrotes que he erigido en torno a él.

Sin embargo, siento una punzada fantasma debajo de las costillas y el corazón vuelve a replegarse.

Beckett se inclina y me susurra «buenos días» al tiempo que me tira de la coleta.

—Buenas noches, más bien.

Parpadeo tras la tapa del café.

—Tomo nota. —Me vuelve a sonreír, moviendo una mano hacia atrás para abrir la puerta de la camioneta y extendiendo la otra hacia mí.

Resoplo y sacudo la cabeza como si no estuviese diciendo más que tonterías, pero le agarro la mano de todas formas.

—No estoy tan cansada.

Él chasquea la lengua. Posa la otra mano en la parte baja de mi espalda y me descubro apoyándome en él cuando me subo a la camioneta porque tengo la sensación de que voy a caerme si no lo hago. Siento la calidez de sus palabras contra la nuca.

—¿Cuántas operaciones has hecho? ¿Cuánto tiempo llevas de pie?

—No más que tú durante un partido. —Levanto la barbilla y me abrocho el cinturón.

Es mentira. Han sido cuarenta y ocho horas muy largas; creo que no he estado tan cansada desde mi primer año de residencia.

Beckett sacude la cabeza y cierra la puerta detrás de mí.

Le doy un sorbo al café con la cabeza pegada a la ventanilla y lo observo rodear la camioneta, abrir la puerta y subirse con esas piernas musculosas suyas.

Lo hace sin ayuda y creo que la mayoría de las cosas las hace así, solo, aunque a veces desearía poder sujetar su mano y ayudarlo yo a él también.

Coloca una mano en el volante y tensa los dedos antes de tamborilearlos contra el cuero. Se gira para mirarme mientras pone la camioneta en marcha.

—¿Greer?

—¿Beckett? —respondo, aunque ya se me están cerrando los ojos contra la ventanilla y los bordes de mi visión se emborronan a causa del sueño.

Habla en voz baja y, pese a que no puedo verlo, sé que palpita un músculo en su mandíbula, que su pulgar derecho golpetea el volante y que tensa la pierna con la que lanza los tiros.

—Creo que no somos amigos.

Ahí están esas palabras, fuera, en el éter.

Sacudo la cabeza. Se equivoca. Es la persona más importante del mundo para mí. Sé que no es lo que quiere oír, pero es lo único que puedo ofrecerle.

Mi cerebro apenas es capaz de ponerse en modo alerta a causa de lo cansada que estoy.

Ni se despierta ante el sonido de su voz ni es capaz de reprimir los latidos demasiado fuertes de mi corazón, que empuja incesante contra los barrotes.

Pero una campanita de alarma resuena desde una orilla lejana y le respondo con la verdad que sé, la que me mantiene viva por ahora.

—No. Creo que eres mi mejor amigo.

Beckett suelta una carcajada real, profunda, mágica, maravillosa y quizá un tanto triste.

Siento cómo una de sus manos me coloca un mechón detrás de la oreja.

—Eso dices. Duérmete. Sueña con las hadas.

«Soñaré contigo», pienso.