Estrictamente profesional 33 #2
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—No me refiero a eso. —Nathaniel niega con la cabeza y mira alrededor como si se estuviera dando cuenta, quizá, de que un restaurante así no es el mejor lugar para tener esta conversación.

Vuelve a posar los ojos en mí y levanta una mano antes de encogerse de hombros—.

A veces no sé cómo comportarme cuando estoy contigo.

Y no es porque hayas hecho nada malo. Antes me cabreaba mucho que asistieras a todas esas ruedas de prensa y anuncios, o que participaras en cualquier otra causa noble que considerases digna, pero que no vinieras a mis campañas de donación, y nunca se me ocurrió pensar que a ti te arrebataron algo que a mí no.

Trago saliva y encojo un hombro para restarle importancia. Intento sonreír, pero mis labios se quedan paralizados.

Casi como nosotros tres.

Sarah resuella y parpadea, pero aun así le cae una lágrima por la mejilla. Se la seca antes de dedicarme una sonrisa acuosa.

—Te queremos, Beck. A todas las versiones de ti. Muchísimo. Nuestras vidas no serían lo que son sin ti. Ni de lejos. —Cierra los ojos con fuerza, como si algo le hubiera hecho daño, y coge aire antes de seguir hablando con apenas un hilo de voz—. Y tendríamos que habértelo dicho todos los días.

Se echa hacia atrás y coge más bocanadas de aire de las que necesita, sacudiendo los hombros e intentando no llorar. Nathaniel la abraza con fuerza antes de que ambos vuelvan a mirarme.

El pelo dorado y los ojos verdes de mi hermano.

Una barba incipiente cubre los rasgos más definidos de su mandíbula y sus hombros se han vuelto más anchos con los años.

Tal vez sea porque he estado evitando que se le hundan bajo el peso de todo lo que hemos vivido, pero, a fin de cuentas, eso da igual.

Mi hermana tiene los mismos ojos, sus pómulos se han acentuado con el paso de los años y el rubor que pensaba que no volvería a ver se ha instalado de forma permanente en sus mejillas.

Parpadeo y pienso que por fin se han convertido en adultos.

Que tal vez los tres ya lo seamos.

—Me alegra haberlo hecho. Y no me importa seguir haciéndolo. —Trago saliva. Es la verdad—. Pero gracias. Por decir todo eso. Yo tampoco sé muy bien cómo comportarme cuando estoy con vosotros.

Sarah esboza una sonrisa esperanzada.

—Ya lo averiguaremos juntos.

Nathaniel también sonríe y asiente.

—A mí me encanta aprender. Me flipa.

—Mamá y papá… —empieza Sarah.

—Es como si se olvidaran, o tal vez no sepan qué hacer conmigo.

A mamá se le ha olvidado que antes donaba sangre continuamente.

—Sacudo la cabeza y suelto una risotada seca antes de mover la barbilla hacia Sarah—.

A lo mejor no lo recuerdas, eras muy joven, pero siempre que necesitabas una transfusión, yo donaba.

Mentía a todos mis entrenadores cuando lo hacía.

Daba igual la temporada, el fútbol, el hockey o el otro fútbol.

—Me acuerdo —susurra, aunque a mí me suena más alto en los oídos, porque creo que está calando en cada célula de mí. Está llenando todos los espacios vacíos que quería que Greer ocupara, pero que en realidad tenían que llenarse de otra manera.

Suelto el aire y me paso una mano por la cara.

—No es que no quiera estar ahí para vosotros. En las campañas, o para daros lo que sea que necesitéis. Es solo que a veces… mamá y papá ya dan por sentado que voy a solucionarlo todo y siempre que insinúan que necesitáis algo…

—¡Diles que no! —Sarah da una palmada en la mesa en un arrebato de emoción muy poco característico en ella. Sus ojos reflejan lo que podría ser rabia hacia nuestros padres antes de hacerse más pequeñita y de que se le quiebre la voz—. Dinos a nosotros que no.

—Sarah. —Vuelvo a sacudir la cabeza—. No pienso dejar de daros la vida que queréis y os merecéis así de repente.

Nathaniel interviene y también se le quiebra la voz.

—¿Y qué hay de lo que quieres y te mereces tú?

Enarco las cejas y me reclino en la silla. No sé cómo responder a eso, así que les dedico una media sonrisa.

—Son las expectativas, que me pesan mucho. Eso es todo.

—Empieza a poner límites. Si mamá y papá dan por hecho o te piden algo, los tres podemos hablarlo en privado.

Y puedes decirles que no. —Sarah se inclina hacia delante y hace hincapié en las últimas palabras antes de continuar—.

Y trabajaremos en volver a conocernos. A las personas reales que somos ahora.

«Reales».

Mi relación con mis hermanos, otro paciente al que ella ha insuflado vida.

Les lanzo una sonrisa irónica.

—Tiene gracia. Greer me dijo que debería empezar a poner límites.

Nathaniel sonríe y vuelve a levantar las manos.

—Tu novia es muy sabia.

—No es mi novia.

—¿Y por qué no? —pregunta Sarah.

Frunce el ceño como si estuviera contemplando un rompecabezas particularmente interesante y pudiera resolverlo si tan solo cambiase un par de piezas, pero no puede.

Sacudo la cabeza.

—Ella tiene sus razones y no pienso pedirle más de lo que puede dar.

—Beck. —Sarah se inclina hacia delante y me agarra de la mano—. Te mereces cosas buenas. Te mereces lo que quieras en esta vida. Deberías decirle cómo te sientes. No es pedirle algo que no pueda darte si solo le estás contando la verdad.

Lo dice con buena intención, pero esto no es ninguna película. Greer es una persona real y de carne y hueso que se merece todo el espacio que pide, y que yo vaya y le abra mi corazón de repente no va a cambiar eso.

Esbozo una sonrisa contenida.

—Ya veremos.

Ambos abren la boca como si estuviesen preparados para protestar. Pero yo abro los ojos aún más. Se hunden en sus asientos y, por un momento, vuelven a parecer niños, aunque no de forma que parezca que estamos atrapados en el tiempo.

Simplemente somos nosotros, un hermano mayor diciéndoles a sus dos hermanos pequeños que dejen el tema. Sin expectativas ni nada que nos lastre.

El ambiente sigue igual durante todo el desayuno. Nathaniel tarda demasiado en decidir lo que quiere y luego empieza a pedir infinitos cambios en su elección. Su decepción al ver que no tienen sus setas favoritas hace que Sarah rompa a reír y hasta tenga que secarse los ojos.

Incluso se las ingenia para pasarse demasiado rato hablando de patrones de costura y Nathaniel le pide una de sus agujas para apuñalarse los tímpanos.

Ambos se ríen de mí cuando no dejo de hablarles de una formación militar de Napoleón que leí en un libro que Greer me regaló, señalando con los dedos, moviendo las manos y usando una servilleta para intentar ilustrársela.

Y, cuando el camarero trae la cuenta, Nathaniel le dice de forma exagerada y recalcando las palabras que van a pagar todo junto y que quieren invitar a su hermano a desayunar.

Les dedico una sonrisita irónica.

—Es lo mínimo que deberíais hacer. Ninguno ha pagado una factura en vuestra vida.

Sarah levanta la barbilla.

—He tenido cáncer, ¿sabes?

El camarero abre mucho los ojos y nos mira a los tres como si no supiera qué hacer y estuviese contemplando la opción de romper la cuenta y correr él con los gastos, pero nosotros nos reímos.

Es agradable.

Real.

Tal vez no pueda tenerla a ella, pero sí que me ha permitido tener esto.