Estrictamente profesional 33
72%

33

Beckett

Nunca he sido uno de esos atletas con unos rituales prepartido y pospartido demasiado intensos.

Es probable que se deba a que, cuando era receptor abierto, no era la estrella, pero, si estaba en el campo, era más rápido que los demás y mis manos eran lo bastante buenas, así que me lo pasaba bien.

Y, cuando empecé a patear, el balón llegaba lo suficientemente lejos todas las veces, y siempre entre los palos. Sin más preguntas. Ni me hacía falta nada especial. Tan solo una pierna que valía varios millones de dólares al año.

Hasta que dejó de ser así.

No creo que me haya vuelto supersticioso desde que empecé a aumentar la media de yardas y a marcar puntos otra vez.

Beckett Davis ha vuelto; pregúntale a cualquiera.

Pero sí que me gusta pasar los días posteriores a un partido con Greer, y este en particular tengo muchas ganas de pasarlo con ella.

Nos queda un partido más antes de enfrentarnos a Baltimore y, aunque cada vez que estamos juntos y no puedo tenerla de todas las formas que me gustaría probablemente esté perdiendo una parte de mí, consigue que patee y juegue mejor.

Tal vez sí que me esté volviendo supersticioso, porque estoy imponiéndome expectativas mientras atravieso la puerta principal: espero pasar el día fantaseando sobre todas las cosas que quiero hacerle cuando por fin termine su turno y echar el día fingiendo que, en realidad, sí es mía.

No espero ver a mis hermanos acampados en mitad del salón.

Nathaniel aparta la vista de la tele con una taza de café aún humeante en las manos y Sarah baja las agujas de punto que estaba moviendo a una velocidad pasmosa.

—Eh… —Me llevo una mano a la barbilla. En realidad, después de la escenita de mamá la otra semana, en la que demostró que se sabía toda la vida de ellos dos y nada sobre la mía, me da un poco de vergüenza estar con ellos—. ¿Qué estáis haciendo aquí?

—Buenos días para ti también. —Mi hermano enarca una ceja con diversión y toma un sorbo de café antes de inclinarse hacia delante y dejarlo sobre la mesa, justo donde está la esquina contra la que me golpeé la cabeza cuando hice que Greer se tumbara en el suelo la otra semana.

Sacude la cabeza—. Es tu día libre, así que se nos ha ocurrido hacer algo los tres juntos. Ir a desayunar o algo, ¿qué te parece?

Recuerdo la risa de Greer cuando pasó lo del golpe; fue ronca, estridente y rebotó contra el techo alto y abovedado que normalmente solo me oye a mí soltar palabrotas cuando lanzo el balón fuera de la red de entrenamiento.

Sin su risa, seguro que ahí arriba antes se escuchaba muy poco.

El apartamento entero era muy solitario sin sus sonrisas desperdigadas por todas partes, donde están cogiendo polvo porque nunca pienso moverlas de donde están.

Creo que yo también me sentía muchísimo más solo de lo que pensaba antes de conocerla.

Parpadeo. Nathaniel sigue hablando. Cierro los ojos y sacudo la cabeza.

—Perdona, ¿qué?

—Estás distraído. —Sarah abre mucho los ojos y un brillo cómplice reluce en ellos antes de señalarme con una de las agujas de punto—. ¿Pensando en cierta persona, quizá?

«Es lo único en lo que puedo pensar y no puedo tener».

Algo que no creo que vaya a interesarles mucho a mis hermanos, así que suelto la bolsa y levanto las manos a la vez que retrocedo hacia la nevera.

—Estaba pensando en cómo podría haber mejorado el tiro del segundo cuarto. Se me desvió un poco a la derecha.

Nathaniel resopla y se gira contra el respaldo del sofá para mirarme.

—Lo dudo. Anoche jugaste muy bien. Todos vimos el partido en ese evento de residentes al que tuvimos que ir.

—Ah, ¿sí? —Abro la nevera y carraspeo mientras cojo un cartón de agua.

Greer dice que prefiere el agua en cartón, así que así es como esos caros envases han acabado en mi estante del frigorífico.

Un gesto un tanto desesperado, tal vez; de hecho, creo que hasta salí corriendo a comprarlos a la mañana siguiente de que lo mencionara—. ¿Quiénes son «todos»?

Creo que parezco indiferente cuando vuelvo a girarme hacia ellos y abro el tapón del cartón antes de tirarlo sobre la encimera. Encojo un hombro.

Indiferente. Bien.

No irremediable y desesperadamente enamorado.

Sé que Greer vio el partido; me mandó un mensaje después con instrucciones estrictas de descansar, ponerme hielo y no presionar mi lado izquierdo después de haber aterrizado sobre él durante un placaje.

Los dos se ríen al mismo tiempo y se miran como si compartieran algún gran secreto antes de abrir con incredulidad sus ojos verdes, los mismos que compartimos los tres.

Esas risas también rebotan por todo el apartamento y, por un minuto, me imagino una vida distinta, una en la que tengo a Greer, también a esta versión de mis hermanos y tal vez unos padres que me quieren de verdad, y todo este sitio está lleno…

Pero entonces parpadeo.

No está lleno, sino vacío. Y probablemente nunca tenga esa vida.

—Madre mía, Beck. —Nathaniel sacude la cabeza y el pelo dorado le cae sobre la frente—. Greer te ha dejado hecho un trapo. En fin, creo que ahora lo entiendo.

Ignoro todas esas imaginaciones que se burlan de mí y entorno los ojos.

—Creía que le tenías miedo.

—Qué va. —Nathaniel baja la mirada hasta su brazo por alguna razón—. No está tan mal.

Sarah esboza una sonrisita y ladea la cabeza, lo que hace que su pelo color chocolate, como el mío, se desparrame a su alrededor.

—Puedes contárnoslo todo sobre el partido que tan distraído te tiene. Venga, que queremos llevarte a desayunar.

Considero ponerles una excusa, decirles que me encuentro dolorido después del placaje y que necesito un baño de hielo o echarme crema en las piernas, pero ambos me miran con sonrisas amplias y expectantes.

La luz del sol matutino que se cuela por entre las ventanas se refleja en sus ojos, los que los tres compartimos, y no es mi intención, pero de repente retrocedo en el tiempo: estoy resolviendo una ecuación de matemáticas con Nathaniel y trenzando una peluca para Sarah porque estaba demasiado agotada como para hacerlo ella.

No quiero estar allí, sino aquí, aunque dudo que ese aquí exista para nosotros, y tampoco quiero herir sus sentimientos, así que sonrío y señalo la puerta con la barbilla.

—Tu novia tiene mucha mano con las agujas.

—Nathaniel se remanga el brazo y me enseña la pequeña gasa que tiene pegada con esparadrapo en la curva del codo.

Entrecierra los ojos para inspeccionarlo antes de levantar la cabeza para mirarme con una sonrisa—.

Ni un pequeño moratón. A ver, no puedo decir que me sorprenda. La he visto suturar.

Bajo la vista a la carta y repito el mismo mantra que llevo repitiéndome mentalmente todo este tiempo.

—No es mi novia.

No es mía. No es mi novia. No quiere comprometerse y no tiene por qué hacerlo.

Estoy enamorado de alguien a quien no puedo tener, pero no pasa nada; ya he sobrevivido a otras cosas antes, también sobreviviré a esto.

Tal vez.

—Espera, ¿qué? —Levanto la vista y Nathaniel asiente mientras se vuelve a dar golpecitos en el brazo.

—¡Oh, a ver! A mí las vías siempre me dejaban moratones.

—El rostro de Sarah se ilumina cuando le agarra el brazo y lo inspecciona, como si estuviese hablando de arcoíris y unicornios y no de su adolescencia con cáncer ni como si estuviéramos en el restaurante de un hotel pijo en el distrito financiero.

Se gira hacia mí y asiente con aprobación—.

La verdad es que tiene un aspecto genial.

—Apuesto a que sí. —Suelto la carta y señalo el brazo de mi hermano—. Perdona, pero… ¿de qué estás hablando? ¿Por qué te ha pinchado? ¿Estás bien?

Esas ideas contradictorias —que algo podría pasarle a Nathaniel, pero también que voy a tener que volver a ser esa persona que necesitan que sea— me hacen querer hundirme en el suelo y desaparecer.

—Beck. —Estira el brazo y me agarra el antebrazo con cara pálida antes de soltarme, negando con la cabeza ligeramente—.

Estoy bien. Perdona, era una broma. Anoche, en la cena, se me fue un poco la mano con el vino mientras veía tu partido con Greer.

Me puso suero para ayudarme con la resaca antes de irme.

Ruedo los hombros varias veces como si eso fuera a hacer desaparecer las décadas de expectativas y el hecho de que una de las primeras cosas en las que pienso cuando podría pasarle algo a mi hermano es en si mi familia va a necesitar más de mí. Respiro y trato de sonreír.

—¿Te deja llamarla Greer?

Nathaniel se reclina, asiente y levanta las manos.

—Lo sé. Anoche avancé mucho. Estuvimos echando el rato y solo me dio miedo, digamos, el ochenta y cinco por ciento del tiempo. Yo diría que no está nada mal, en realidad.

—Es fantástica.

Y eso es quedarse corto.

Nathaniel carraspea y mira a Sarah de soslayo. Ella estira la espalda y le responde con un gesto afirmativo de la cabeza.

Me recuerdan a dos niños preparándose para enseñarle a su padre el baile que llevan ensayando todo el día sin parar.

Y supongo que, en parte, lo son.

No sé muy bien qué soy para ellos, pero es evidente que no me ven igual que se ven entre ellos.

—Me dio una pequeña charla. —Se pasa una mano por el mentón y exhala—. He sido… Hemos sido… No te hemos agradecido lo suficiente todo lo que has hecho por nosotros.

Siento algo extraño en el pecho. Mi corazón late más rápido de lo que debería porque hay una persona en mi vida que cree que me merezco que me defiendan. Pero simplemente sacudo la barbilla.

—Siempre me dais las gracias.