Estrictamente profesional 32
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Greer

Velas titilantes sobre jarrones altos arrojan sombras por el lino blanco y se estiran hacia las copas de vino dispersas por las mesas que flanquean el patio interior del hospital.

Arrugo la nariz.

No sé cómo me han enganchado para que asista a otro evento —es un tipo de fiesta para los residentes que empiezan y los que terminan este año—, pero el jefe del programa de trasplantes me dijo que tenía que venir, e incluso se aseguró de que mi galardón reciente quedase escrito en cursiva bajo la identificación que me cuelga del cuello.

Dijo que resultaría inspirador.

Yo no estoy tan segura.

Cuando me aliso el vestido, los bordes de plástico me cortan los dedos.

Por suerte, es uno que he elegido yo. Me he librado de la ayuda de mi hermana esta noche y he podido ponerme uno de los vestidos negros de cóctel de mi armario.

Solía gustarme bastante este vestido; tiene tirantes asimétricos, similares a dos cuerdas, uno que me cae por la mitad del hombro y el otro simplemente en la curva del cuello.

Nunca se lo confesaré a Stella, pero creo que no me gusta tanto como el esmeralda.

Aunque quizá tenga que ver más con la compañía que con el vestido.

Le habría pedido a Beckett que viniera —como amigo—, pero está de viaje.

Me manda un mensaje con un emoji de una lengua y lo que creo que es una representación mala de un armario, dibujado con la misma delicadeza que un monigote.

Ignoro el vuelco en mi estómago, la presión de mis muslos y la forma en que mi corazón da un traspié cuando el fantasma de sus manos susurra contra mis pantorrillas.

Me esfuerzo por no pensar en Beckett mientras serpenteo entre las mesas porque debería sentarme con los demás adjuntos.

No en su cuerpo tocando el mío.

Sino solo en él. En su sonrisa, esa que hace aparecer el hoyuelo entre la barba incipiente que siempre parece llevar.

En su risa, la que suelta cuando echa la cabeza hacia atrás y deja a la vista la longitud de su garganta.

En la forma en que sus manos empiezan a moverse y a gesticular de manera más exagerada cuando se ilusiona por algo.

Se me está dando fatal, porque me estoy planteando ir a la librería mañana por la mañana —mencionó de pasada que quería saber más sobre las estrategias militares del imperio aqueménida— cuando los residentes de la mesa de al lado empiezan a gritar con entusiasmo y a dar palmadas en la mesa.

El corazón me da un vuelco, siento una presión en el pecho y noto un leve sabor a metal o sangre en la boca.

Sin embargo, echo los hombros hacia atrás y, aunque no debería, me permito imaginar a Beckett de rodillas; la manera en que asintió con suavidad, sin apartar los ojos de los míos, inspirando y espirando a la vez que yo.

Lo siento un poco más amortiguado de lo que normalmente lo haría y, esta vez, tengo Lorazepam, pero creo que no me hace falta.

No estoy en el coche, sino aquí.

Parpadeo y quien está frente a mí no es Beckett, sino su hermano, que me observa con expectación desde la mesa que hace todo ese ruido.

—¡Doctora Roberts! —El doctor Davis hace un gesto con la mano y se reclina en su asiento—. He pensado que querría saber que su novio acaba de parar un tiro de vuelta de sesenta yardas.

—¿Perdón? —Enarco una ceja.

El doctor Davis parpadea como si no se creyese lo que acaba de hacer y sacude la cabeza en un gesto evasivo mientras todos sus amigos nos miran como si fuésemos un partido de tenis especialmente interesante.

Él señala el móvil apoyado contra uno de los jarrones altos y se aclara la garganta.

—Beck, eh… Está haciendo un buen partido. No he visto un placaje como ese en un pateador en años. Ha marcado un gol de campo desde las cincuenta yardas en el primer cuarto y…

—Lo sé. —Saco el móvil del bolso—. Yo también recibo las actualizaciones de SportsCentre como cualquier otra persona. Y no es mi novio.

—Lo estamos viendo en directo. —Traga saliva y señala su móvil de forma innecesaria—. Podría… —Señala el asiento vacío con la barbilla—. Podría verlo con nosotros.

Se pasa la mano por la barbilla, un gesto que Beckett también hace mucho. Aun así, tiene los ojos vidriosos y las mejillas, sonrosadas. Frunzo el ceño.

—¿Cuánto ha bebido?

—Lo suficiente como para armarme de valor y pedirle que se siente conmigo. —Se encoge de hombros.

Los demás residentes de la mesa siguen mirándonos con los ojos como platos, inquietos.

El doctor Davis me lanza una sonrisa expectante y señala la silla otra vez.

—De acuerdo. —Me pellizco el puente de la nariz y lo miro.

Él se muestra aliviado y creo que todos los demás sueltan el aire cuando separa la silla de la mesa.

Señala las botellas abiertas de vino y yo hago un gesto con la cabeza hacia la del blanco. A él se le ilumina la mirada y procede a echarme mucha más cantidad de la que sería aceptable.

Parece un cachorrillo cuando me ofrece la copa, con el pelo dorado cayéndole hacia todos lados, los ojos como los de su hermano y los botones de la chaqueta del traje desabrochados.

Enarco las cejas.

—Gracias, doctor Davis.

—Puede llamarme Nathaniel. —Me sonríe y parpadea de forma un tanto rara e ilusionada, como si esperase que le ofreciese lo mismo.

No lo hago.

—De acuerdo. —Carraspea antes de echarse más vino en la copa—. En fin, Beck lo está haciendo genial esta noche.

Doy un sorbo a mi vino y echo los hombros hacia atrás mientras todos ellos se me quedan mirando como si esperasen que explotara.

Entrecierro la mirada y me apetece decirles que quizá no necesitaría gritar si dejasen de ser tan torpes y alborotadores, ya que me disparan continuamente el sistema nervioso.

Agarrar un retractor no es tan difícil.

Pero me acuerdo de mi hermana, de Beckett, y exhalo al tiempo que señalo el teléfono.

—Tu hermano siempre lo hace genial.

Lo de la sonrisa preciosa debe de ser un rasgo hereditario en la familia Davis, porque a Nathaniel se le ilumina la cara como el sol.

—¿A que sí? —Me observa durante un minuto con el ceño fruncido—. ¿Seguro que los dos no…?

Lo interrumpo con una mirada fulminante.

—Céntrate en el partido, Nathaniel.

—¿No nos meteremos en problemas por esto? —Nathaniel se inclina hacia delante con las manos sobre la camilla y arrugando el papel que la cubre.

Señalo el soporte intravenoso y la bolsa de suero.

—Eres tú el que se ha bebido una botella y media de vino solito. ¿Prefieres sufrir una resaca monumental mañana?

—Pero ha ganado. Beckett ha marcado un gol de campo desde las sesenta y cinco yardas. Eso son dos menos que el récord. Necesitaba celebrarlo. —Se frota la cara antes de mirarme con los ojos entrecerrados y vidriosos—. ¿Esto no es robar?

—Tranquilo. —Agarro el suero y le enseño la fecha—. Están en el último día de su ciclo de veintiocho. Mañana serán basura.

Nathaniel parpadea, aún indeciso. Yo lo miro con los ojos bien abiertos al tiempo que abro la bolsa con el clip de mariposa.

—No te preocupes, yo asumiré las consecuencias de esos problemas inexistentes.

Él asiente y me observa en silencio mientras cuelgo la bolsa y preparo la aguja y los tubos.

—Dame el brazo —le ordeno.

Él me lo ofrece obedientemente y vacila antes de hablar con indecisión.

—Nuestros padres… No lo ven. Solo ven a Sarah y me ven a mí porque me asocian con la gente que la salvó.

Pero yo sí lo veo, y Sarah también. Simplemente no sabemos cómo comportarnos a su alrededor.

—Hace una pausa cuando le doy un toquecito en el brazo en busca de una vena y le paso un algodón con alcohol por encima.

Por el rabillo del ojo lo veo tragar saliva—. Tú lo ves.

«Sí que lo veo», pienso. Y me entran ganas de decirle a Nathaniel que necesita demostrarle mejor a Beckett el amor que siente por él.

Pero me detengo justo cuando tengo la punta de la aguja preparada para insertarla en su vena y lo miro.

Parece un niño perdido, con el pelo dorado cayéndole por todos lados, la corbata de cualquier manera y los botones de la camisa desabrochados.

—Os quiere muchísimo a ambos, y solo pretende que vosotros también lo queráis a él.

Nathaniel sacude la cabeza con los hombros visiblemente hundidos.

—¿Cómo se agradece a alguien que te ha dado lo que él me ha dado a mí?

Sacrificó su infancia para que yo pudiera tener la mía.

Mi padre no me enseñó a montar en bici, fue Beckett.

Pagó mi alquiler cuando estaba en la universidad para que yo no tuviera que preocuparme por nada.

No tuve que trabajar en verano, así que pude estudiar para los exámenes de acceso a Medicina.

Ha pagado todo lo que Sarah ha necesitado.

Solía lavarle las pelucas y aprendió a trenzarle pelo.

Compró la casa de mis padres porque la habían rehipotecado muchísimas veces y ambos estaban de baja laboral.

Incluso darle las gracias se me queda corto. ¿Cómo puedo siquiera…?

—Simplemente haciéndolo, Nathaniel. Se dicen las palabras y se respaldan con actos. Tu hermano se merece eso como mínimo.

Se merece el mundo. Se merece mucho más de lo que alguien como yo podría darle nunca, por mucho que exista una parte diminuta de mí que haya empezado a florecer y a germinar en el espacio vacío y me diga que quizá podría seguir estando completa sin necesidad de tener que sacrificar ninguna otra parte de mí.

Pero creo que todo eso se marchita cuando recuerdo que estuve con mi padre en una habitación parecida a esta no hace mucho.

Sonríe de forma ladeada.

—No estás siendo borde conmigo. ¿Por qué das tanto miedo en el trabajo?

—Hay una razón por la que quisiste especializarte en oncología pediátrica, ¿verdad?

Él asiente.

Sonrío e inclino la aguja hacia abajo.

—Yo también tengo una razón para todo lo que hago.

Da un respingo por culpa del pinchazo y creo que también por mis palabras.

—Beckett nunca ha dicho nada.

Me encojo de hombros y empujo la aguja antes de soltarla y conectarla a la bolsa de suero.

—Imagino que no.

Nathaniel baja la mirada hacia el brazo antes de enseñármelo con una sonrisa triunfante.

—Oye, ni siquiera ha salido una gota de sangre. Se te da bien.

Enarco las cejas.

—Lo sé.

Se me queda mirando con la mandíbula apretada de la misma forma que su hermano antes de hablar en voz baja.

—Ha empezado a dejar el teléfono con sonido.

—¿Qué? —Arrugo la nariz.

—Antes siempre tenía el teléfono apagado en casa.

Sarah y yo no somos idiotas. Sabemos que está bajo muchísima presión por tener que serlo todo siempre para los demás.

Ya tuvo que hacerlo cuando éramos jóvenes y es lo único que sabe hacer.

Antes solía apagar el teléfono cuando estaba en casa y bromeaba sobre ello, diciendo que no había nada más urgente o serio.

Creo que simplemente quería… ser libre durante un rato.

Pero desde que te conoce ha empezado a dejarlo encendido.

—Nathaniel sacude la cabeza—. Puede que para ti solo sea un amigo, pero tú para él no.

«No sé siquiera si es solo un amigo», pienso.

Y eso es lo que me da miedo.

Porque, sea lo que sea esto, hace que acabemos —tanto yo como mi corazón y mi cerebro— en habitaciones como esta.

Le lanzo a Nathaniel una mirada impasible y le doy un toquecito a la bolsa de suero.

—Déjate la vía hasta que se vacíe. Come y bebe algo cuando llegues a casa y tómate dos ibuprofenos mañana por la mañana.

—Cojo el bolso de donde lo había dejado en la silla de la esquina de la sala de pruebas.

Mis tacones repiquetean contra el suelo de azulejo.

Lo miro antes de irme y tamborileo los dedos contra el marco de la puerta—. Ah, y puedes llamarme Greer.