Epílogo
Beckett
Un año después
Es un hospital distinto. Los sonidos también lo son. Y la luz y la comida… aunque, si lo que los trabajadores dicen es verdad, es tan buena como en el otro.
El que se abre frente a mí también es otro ascensor.
Pero es la misma mujer preciosa la que sale de él.
Con su melena morena recogida en una coleta que se balancea por detrás de su pijama médico. Ahora lo lleva negro.
He aprendido mucho este último año y, al parecer, el color del pijama denota distintas cosas. Cuando no lleva la bata de laboratorio, va de negro porque ahora se pasa los días empleando químicos y seccionando hígados.
Unos ojos que bien podrían ser gemas se iluminan cuando me ve apoyado contra el pilar junto a la puerta.
Arruga la nariz y ladea la cabeza, pensativa, antes de señalarme.
—¿No te conozco de algún lado?
—No sé si sigues mucho los deportes. —Esbozo una sonrisa perezosa, estiro el brazo y jugueteo con su pelo antes de tirarle ligeramente de la coleta—.
Pero he roto unos cuantos récords que a lo mejor te suenan.
¿El de más goles de campo consecutivos en la temporada regular? Ese lo conseguí hace tres años.
Sacude la cabeza.
—¿El de un porrón de equipos contra los que nunca he fallado un punto extra?
Se encoge de hombros; un gesto sencillo, pero precioso porque eleva las comisuras de su boca.
Me separo de la columna e inclino la cabeza hacia ella. Solo nos separa un beso, lo único que me importa ahora mismo.
—¿El gol de campo más largo en toda la historia del fútbol profesional?
—No. —Niega con la cabeza una vez más antes de chasquear los dedos—. Ah. El del anuncio de Gatorade.
La risa se abre paso por mi garganta y le sonrío.
—Creo que yo también te conozco. Eres esa médica buenorra que consiguió que las orejeras fueran el artículo más vendido el año pasado por primera vez en la historia de la franquicia.
—Poso una mano en su nuca, me inclino hacia delante y pego mis labios a los de ella—.
Estás pasando el resto de tu vida con ese tío…
, un paria que ha conseguido que darle patadas a un balón parezca sexi.
Greer retrocede y levanta una mano para inspeccionarla bajo la luz, como si estuviera mirando un tejido biológico particularmente interesante en el laboratorio. Se da unos golpecitos en el dedo anular, sin anillo, con el ceño fruncido.
—Ah, ¿sí?
—Tú solo pídelo. —Sacudo la cabeza, la envuelvo con un brazo y pego mi boca a su sien—. Ahí lo tengo en el bolsillo, esperando a cuando quieras.
Una tarde señaló un anillo en una tienda de antigüedades.
Mencionó de pasada que le parecía bonito, que, antes de que empezara a trazar límites en su vida, era el tipo de anillo que le gustaría haber llevado en el dedo durante el resto de su vida.
Yo me lo tomé muy al pie de la letra, así que di media vuelta y lo compré justo delante de ella.
Era dar un paso atrás y hacia delante al mismo tiempo; el antiguo Beckett haciendo algo con lo que creía que lo arreglaría todo, que borraría todos esos años en los que ella había vivido entre tantos límites y normas, dificultándole la respiración, y el Beckett de verdad, más enamorado de una mujer de lo que nunca había estado en toda su vida.
—Algún día. —Parpadea y sonríe muy ligeramente. Casi con timidez—. Pronto.
Señalo la puerta del hospital con la cabeza y le doy un golpecito en los hombros.
—¿Y tu bata de laboratorio? Esperaba que pudieras traértela a casa. Me hace sentir cosas.
Echa la cabeza hacia atrás con una carcajada cuando la luz del sol ilumina su rostro y la brisa le levanta el pelo.
—¿Quieres jugar a los médicos esta noche? —pregunta con voz ronca.
—¿Por qué no? —Me encojo de hombros mientras la guío hasta la camioneta—. Finjamos que he contraído una enfermedad victoriana debilitante y que tienes que curarme.
—La enfermedad debilitante de entonces era la tuberculosis, Beckett. No creo que te hiciera mucha gracia perder los preciosos músculos de tus piernas, aunque solo fuera fingiendo. —Pone los ojos en blanco, pero estos brillan y sus mejillas se pronuncian con una sonrisa—. ¿Qué tal el entrenamiento?
—Bien. He pateado un balón desde las setenta y una yardas, pero no ha entrado.
—La temporada es larga —me reconforta, encogiendo un hombro cuando llegamos a la camioneta.
—Ya. Tengo mucho trabajo por delante. —Asiento al tiempo que estiro el brazo a su alrededor y le abro la puerta—. ¿Qué tal los ratones? ¿Y sus hígados?
Su boca se curva hacia abajo. No debería hacer esos pucheros tan preciosos; me parece injusto. Pero sus ojos se nublan y sacude la cabeza.
—Sigo sin gustarles a los ratones y las células de sus hígados siguen sin replicarse.
Le coloco un mechón de pelo detrás de la oreja con una mano, mientras que apoyo la otra en la parte baja de su espalda para ayudarla a subir a la camioneta.
Es algo que hago sin darme cuenta, principalmente porque siempre busco cualquier excusa para tocarla, pero ella me dijo una vez que la hace sentir como si la estuviera sosteniendo.
Como si la estuviera manteniendo de pie cuando siente que una parte de ella sigue estando vacía y se va a caer porque no está compensada. Creo que me llamó su contrapeso.
Greer se gira hacia mí en el asiento, levanta la barbilla y parpadea con suavidad.
Apoyo la frente contra la suya.
—Mañana puedes volverlo a intentar. La vida es larga.
—Sí —susurra junto a mis labios.
La vida es larga.
Y buena.
Y real .