Estrictamente profesional 30
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Greer

Por primera vez no siento mariposas batir las alas al ritmo de los latidos de mi corazón enjaulado antes de llamar a la puerta de Beckett, sino indecisión y el ruido de unos frenos en mi cerebro.

Entrar no me pone nerviosa. Quizá, tras lo de hoy, sí debería; después de quedarme con mi padre mientras le administraban el antibiótico en vena y de escuchar el crujido de sus pulmones al otro lado del estetoscopio.Parecía como si, no sé, las consecuencias de mis actos fuesen algo abstracto, ya que en realidad nadie me estaba pidiendo que le diera otro órgano.

Esa es una de las maravillas del corazón humano: sirve a un propósito vital en tu cuerpo y también cumple esa función abstracta del amor, algo que creo que también está destinado a darnos vida.

Pero los crujidos al otro lado del estetoscopio, la mascarilla de oxígeno, los antibióticos y el estado febril de mi padre me recuerdan que sí hay consecuencias y que son muy reales.

No debería sentirme tan cómoda con Beckett y tampoco debería estar tan familiarizada con su apartamento.

Las mariposas no pueden volar tan cerca de los barrotes ni mi corazón salir de su jaula.

No puede funcionar de esa otra forma para mí; tiene que limitarse a mantenerme viva, porque yo sigo teniendo que mantener vivo a mi padre.

Llego tarde. Tal y como me prometió el doctor Rawdat, le ha dado el alta a mi padre y dentro de pocos días estará bien. Sin embargo, me siento un poco expuesta y creo que Beckett, también.

Le he contado algo que nunca le cuento a nadie, sobre todo porque me da miedo que, cuando se enteren de la horrible verdad, nunca vuelvan a mirarme de la misma forma.

Me da miedo que me juzguen, que no entiendan por qué lo hice a pesar de no querer, y seguro que tampoco comprenden cómo he acabado aquí.

Esa noche la expresión de Beckett y sus ojos reflejaron muchas cosas, aunque no fue nada de lo que acabo de pensar. Entonces lo vi en tiempo real: todas esas cosas a las que ha hecho alusión y que lo hacen ser como es.

Creo que me entristece un poco que no podamos ser más de lo que somos, pero mi cerebro habla más alto que cualquier susurro que mi corazón pretende que oiga.

«Puede quedarse, pero justo donde está, ni un paso más».

Muevo los hombros hacia atrás y llamo. Él tarda un minuto en abrir la puerta.

—Lo siento, tenía unas chorradas en las piernas para recuperarme y he tardado un poco en quitármelas.

—Beckett sonríe, pero sus ojos se quedan observando mi boca antes de tragar saliva.

Se le tensan los músculos del cuello y se pasa una mano por el pelo—.

Puedo hacerte una copia de la llave. Yo tengo el código de tu casa.

Hace un gesto hacia atrás, hacia el apartamento, antes de volver al interior. Lo sigo.

—Una llave física no es…

—¿Muy de amigos? —dice secamente por encima del hombro.

Asiento y lo sigo hacia el salón.

—Eso mismo.

Enarca la ceja y se deja caer en el extremo del sofá.

Hay más silencio del habitual. Suele tener la televisión encendida o, por lo menos, música que suena en algún lado. Él también parece más callado de lo normal.

Doblo las piernas bajo mi cuerpo y me siento a su lado.

—¿Tienes dolores? —Señalo las botas negras infladas desperdigadas junto al sofá—. No sueles ponerte botas de presoterapia, ¿no?

—¿Qué? Ah. —Está distraído, pero sus ojos siguen mi dedo hasta el suelo—. No. ¿Recuerdas la regla de la nueva dinámica de saque que te comenté?

Asiento. Me acuerdo y, aunque él preferiría no hablar de fútbol, he buscado todas las reglas e intentado aprender todo lo posible sobre ellas por si cambia de parecer.

—Era para ayudar a aumentar las posibilidades de que tengamos un tiro de despeje.

Una oportunidad de marcar, una jugada más emocionante.

Es poco probable que un equipo contra el que vaya a patear consiga esa oportunidad.

Puedo… Podía… —Se encoge al rectificar y lo noto en mi pecho—.

Podía poner la pelota donde quisiera después de un saque, lo suficientemente lejos del retornador del equipo contrario.

Ahora mismo no soy consistente, pero soy rápido porque me he pasado la mitad de mi carrera profesional corriendo, así que el entrenador nos ha puesto a practicar ejercicios en los que nos devuelven el saque y yo tengo que placar.

Dice que es una forma única de poner en práctica mis otras habilidades.

—Beckett se encoge de hombros—. He corrido más en el entrenamiento de esta semana que en todos los partidos de la temporada pasada juntos.

—¿Te gusta?

—Ya no sé qué me gusta. —Me lanza una sonrisa triste y hace cierta cosa con los ojos: me observan y se aclaran durante un momento. Pero carraspea y veo que lo que está a punto de decir es algo que le ha estado preocupando—. No pienses mal de ellos.

Ladeo la cabeza y la coleta me cae por el hombro. Él la sigue con la mirada.

—¿De tu familia?

Beckett asiente y un rizo le cae sobre la frente.

—No lo hago. En todo caso me dan aún más pena. —Apoyo el codo en el respaldo del sofá y la barbilla en la mano—. Su hija estaba enferma y estuvieron a punto de perderla, pero en el proceso te perdieron a ti.

«A ti», pienso. Un chico feliz, maravilloso, divertido, infinitamente amable, paciente y sufridor que se mira al espejo y no ve nada de todo eso.

Beckett hace un ruido con la parte trasera de la garganta y sacude la barbilla.

—Siempre he estado ahí.

—¿Alguna vez has…? —Siento la risa emerger en mi garganta. Lo que estoy a punto de preguntar es demasiado irónico—. ¿Alguna vez has impuesto límites con ellos? ¿Les has dicho que no cuando querían o necesitaban algo? ¿Les has contado cómo te sientes?

—¿Alguna vez le has abierto tu corazón a tu hermana y le has contado cómo te sientes ahora y lo que te hace sentir ser cirujana? —contraargumenta, aunque no con dureza.

—Ni siquiera sabría cómo empezar esa conversación —respondo con sinceridad.

Beckett sonríe.

—Pues ya somos dos.

Se inclina hacia delante y soy muy consciente de cuánto espacio ocupa, del oxígeno compartido que respiramos y de que siento como si llevase las orejeras puestas otra vez.

Como si estuviera protegida contra un mundo que puede hacer daño y ser muy ruidoso pero que no puede afectarme mientras esté aquí con él.

Beckett levanta el meñique. Su mano es mucho más grande que la mía y ya no sonríe. Está serio.

—Prométeme que vas a pensarte lo de hablar con ella, siempre y cuando te haga bien.

—Prométeme que intentarás marcar un límite, solo si sientes que es lo correcto —susurro, entrelazando su meñique con el mío.

Me vuelve a sonreír y se lleva nuestros dedos unidos a la boca para darles un breve beso antes de soltarme.

Se recuesta, pero no tanto como antes. Está lo suficientemente cerca como para dejarme ver el color ámbar en las estriaciones de sus ojos verdes.

—Ahora cobras más sentido para mí —le digo conforme tamborileo los dedos en mi mejilla—.

Era la última pieza desafortunada que me faltaba del puzle.

Ahora entiendo por qué es tan —hago un gesto con la mano para abarcarlo todo, tanto su carrera profesional como los logros que ha conseguido— amplio.

Fuiste su cuidador. Una figura paterna, un proveedor.

Y después te convertiste en Beckett Davis, el que batió el récord en la Asociación Nacional Atlética Universitaria, y en un pateador extraordinario.

Aunque seguiste haciendo de padre y nunca fuiste del todo… tú.

Él esboza una sonrisa burlona y enarca las cejas. Sus manos encuentran mis muslos y hunde los pulgares en ellos.

—Tú también has cobrado sentido para mí. Ojalá no fuese así —dice bajando la voz.

—¿A qué te refieres?

Beckett traga saliva.

—Entiendo por qué no… Por qué no puedes… No pasa nada. Por qué solo tienes «amigos». Por qué necesitas conservar lo que te queda.

Me he dado cuenta de que ya no le gusta el término «amigos», pero es lo único que puedo ofrecerle. Y ahora es más importante que nunca que siga siendo así.

Él carraspea, alza la mano y me agarra de la barbilla. Me levanta la cabeza para que lo mire a los ojos.

—Podemos ser solo amigos —dice con una voz ronca que siento por todo el cuerpo—. Aunque no voy a acostarme con nadie más. Ni lo he hecho ni me interesa. Y tú…

No sé lo que está a punto de decir, pero niego con la cabeza.

—Yo no. No lo he hecho. Ni quiero.

—¿No tienes otros amigos? —Sus ojos destellan y, si estuviésemos en uno de mis libros, diría que se muestra posesivo.

Sin embargo, no estamos en uno de mis libros. Estamos en la vida real y él sabe que no puedo darle lo que quiere, que solo es una parte diminuta de mí. Y nunca me ha pedido nada, pero sí esto.

—No. No tengo a ningún otro amigo como tú. No creo…

—¿Que puedan follarte como lo hago yo? —Se le ilumina la mirada y me lanza una sonrisa perezosa.

Echo la cabeza hacia atrás, libero la barbilla de su agarre y lo empujo por los hombros.

—¡Vale! —Me río y él me mira como si ese se hubiese convertido en su nuevo sonido favorito.

Enderezo los hombros, aunque se me sacuden a causa de la risa, y me seco los ojos.

—Eso no era lo que iba a decir.

—Creo que soy capaz de completar la frase. —Levanta las manos y asiente, con la cara iluminada y el hoyuelo curvándosele en la mejilla—. Nadie te ha follado de una forma tan bestia como yo. Lo entiendo. Es la cruz que llevo a cuestas.

Abro la boca, pero tengo las mejillas sonrojadas y la risa aún en la garganta.

—Cállate. Menudo creído estás hecho. En serio, deberías ir a que te lo miren. Te puedo recomendar varios psiquiatras.

Su sonrisa vuelve a tornarse perezosa.

—Si quieres mirarme tú, yo me dejo.

Pongo los ojos en blanco. Me está sonriendo con esa típica sonrisa que pone todo el tiempo.

Pero hay algo más escrito en los contornos de su mandíbula, en la curva de su labio inferior carnoso: una resignación y una aceptación más que obvias en esa boca que adoro tener contra mi cuerpo.

Y creo que significa que no pasa nada porque solo pueda darle esto. Que le basto incluso aunque esté vacía.

«Lo entiende», susurra mi cerebro. «Por ahora sigues a salvo».

Le dedico una sonrisa suave y claudico, levantando las manos.

—Vale, Beckett, fóllame de forma bestia.

Él gime y echa la cabeza hacia atrás como si le supusiese un gran esfuerzo, un inconveniente. Pero se abalanza sobre mí antes de que pueda añadir nada más.

Creo que nos reímos más que nada y no pasa tanto tiempo dentro de mí; casi todo el rato nos estamos acariciando y besando.

Nos caemos del sofá. Una de sus botas de presoterapia se me clava en la espalda cuando está entre mis piernas.

No sé cómo, pero se golpea la cabeza con la mesita con tanta fuerza que tenemos que parar para revisar sus respuestas oculares en el baño.

Me hago daño en la rodilla con la esquina de su bañera cuando me arrodillo en el suelo para él.

Pero es divertido y maravilloso, y espero que siga siendo mi amigo para siempre.