Estrictamente profesional 29
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Beckett

Me sale un moratón en el costado izquierdo, justo donde acaba mi protector pectoral y empieza el de las costillas. No debería estar ahí precisamente por todas las protecciones que llevo, pero ya no tengo veinticuatro años y llevo siglos sin tener que practicar los placajes.

Sin embargo, son jugadas importantes y se acercan partidos decisivos.

El entrenador Taylor entra en la sala de recuperación para recordármelo cuando estoy a punto de darme un baño de hielo después del entrenamiento. Me ha dado un calambre en el cuádriceps y Darren me ha enviado directo aquí.

Enarca una ceja en cuanto ve el moratón y lo señala como si fuera la prueba perfecta para lo que me va a decir.

—Ese tipo de jugadas… Ese tipo de disparos… Eso es lo que necesito de ti las próximas dos semanas. —Da un golpecito sobre su portafolios—. Los próximos dos partidos son cruciales. Estamos invictos y…

—Lo sé —lo interrumpo, encogiéndome de dolor cuando me echo hacia atrás y el agua helada se desliza por mi pecho.

Me entran ganas de decirle que tiene toda una plantilla de jugadores ofensivos a los que debería estar hablándoles de esas jugadas.

Pero lo entiendo. Mi caída en desgracia y la posterior inconsistencia han sido su tema de conversación favorito durante la temporada.

Nadie quiere a un pateador inútil. Estoy seguro de que la publicista del equipo ahora se arrepiente de haber convertido mi estúpida sonrisa y mi hoyuelo en la imagen de demasiadas cosas—.

Sé que estamos invictos. Sé contra quién jugamos la semana que viene y la siguiente.

Sé qué partido nos espera. Y también qué imagen vamos a dar si perdemos contra el mismo equipo contra el que perdimos el campeonato.

Me evalúa sin importarle tres cojones que esté sumergido en agua helada; se supone que debo estar concentrándome en mi respiración, no en hablar de que tengo que dar un paso adelante y hacer bien mi trabajo.

Creo que va a decirme que no me compadezca de mí mismo y espabile, pero, en cambio, ladea la cabeza.

—Es más presión de la que nadie reconoce. ¿Echas de menos recibir?

Parpadeo. Nunca lo he pensado demasiado.

Me gustaba; me gustaba correr porque soy rápido, me gustaba atrapar el balón y hacer jugadas importantes.

Ganar partidos. Pero lo hacía simplemente porque con eso había conseguido una beca parcial cuando mis padres estaban intentando recuperarse económicamente.

Me pregunto si habría sido más feliz jugando en esa posición.

Tal vez me habrían elegido en el draft , aunque hubiese sido más tarde, y tal vez habría jugado y tenido una carrera decente, o tal vez no.

Lo que está claro es que no habría sido como ahora.

Me libra de tener que responder y psicoanalizarme.

—Creo que lo habrías hecho bien bajo las directrices de un buen entrenador y con el quarterback adecuado.

Eres más jugador de equipo que la mitad de los receptores abiertos que hay por ahí; lees muy bien el campo y eres rápido.

Pero esas piernas —señala mis cuádriceps, cubiertos solo por unos pantalones compresores cortos, apenas visibles bajo el hielo que flota en el agua— son una clase de talento que solo se ve una vez cada generación.

De esas que llegan al salón de la fama. No quiero echar la vista atrás y leer que Beckett Davis se volvió irrelevante tras un solo error.

Trato de sonreír.

—Ni yo.

—No eres estúpido, así que no te sorprenderá saber que me están presionando mucho para hacer algo contigo.

Este equipo tiene nivel para ganar el campeonato y no podemos permitirnos tener a un pateador inconsistente en la plantilla.

No así. Si la situación sigue igual, no voy a poder protegerte, y tampoco quiero.

Yo quiero lo mejor para el equipo. —Se guarda el portafolios debajo del brazo—. ¿Qué quieres tú, Beckett?

Está esperando que diga que quiero ganar. Que quiero el récord. Y lo quiero. Sigo siendo yo, competitivo por naturaleza, y quiero que todos sepan que soy el mejor.

Sé que lo soy.

Pero pienso en Greer.

Pienso en que me trajo un libro sobre las guerras en el antiguo Egipto. En el sonido de su voz cuando me leyó pasajes del libro mientras yo estiraba.

Pienso en sus dedos, hábilmente envueltos alrededor de mis muñecas, entrelazados con los míos, deslizándose por mis hombros y mi espalda. Esos dedos que arreglan cosas y salvan vidas, aunque ella no lo vea de esa manera. En sus manos en general y en todo lo que sostienen.

En sus ojos cuando se ríe, en cómo entreabre los labios y en el sonido ronco que produce, igual que su voz, que siento hasta en mis huesos. Pienso en la puta suerte que tengo por la cantidad de sonrisas y carajadas que me ha dedicado y que apenas puedo guardar en los bolsillos.

Están todas desparramadas por mi apartamento, por mi vida.

Una sonrisa se encuentra en el granito frío de la isla de la cocina, justo delante de la silla en la que le encanta sentarse cuando le preparo un café.

Una risa vive en los cojines de mi sofá, donde apoya la cabeza antes de ponerme los ojos en blanco.

Ni siquiera puedo contar todas las que se han adueñado de mi dormitorio. Al igual que ella, han clavado sus pequeños talones en el suelo y se niegan a marcharse.

Probablemente a estas alturas el apartamento entero esté lleno de ella y lo más seguro es que tenga que mudarme cuando decida dar por terminada nuestra «amistad».

Y quizá también se haya adueñado de mí.

Lo cierto es que la deseo. Más de lo que he deseado nada en este mundo.

He batallado conmigo mismo frente al espejo justo por esto; también cuando estoy tumbado en la cama por las noches y veo su lado del colchón vacío.

Pero la respeto más que a nadie en el mundo y nunca le pediría que me diera lo que no puede.

Me froto la cara y al instante me arrepiento. Mis manos están empapadas de agua helada. Sacudo la cabeza, casi como un perro, y levanto la mirada hacia el entrenador Taylor.

Visto que no puedo tenerla, no me quedará más remedio que ganar.

—Quiero ganar. Quiero el récord.

Sonrío al contestar, y lo digo de verdad, pero creo que sé a lo que Greer se refiere cuando dice que está vacía, porque las palabras resuenan en un espacio hueco en mi interior que desearía que ella ocupara.