28
Greer
Este es el sitio que menos me gusta del hospital.
El más ruidoso.
El más caótico.
El más impredecible.
Esa es otra de las cosas por las que los demás suelen juzgarme. Creen que evito bajar a Urgencias porque me siento superior, que siempre me gusta quedarme en mi pedestal de adjunta galardonada, pidiendo que me traigan pruebas en vez de bajar a las consultas si puedo evitarlo.
No se trata de eso.
Cada vez que me meto en el ascensor y bajo hasta allí siento una punzada fantasma en el costado, noto cómo la piel cerrada de mi cicatriz se vuelve sensible bajo la ropa y el corazón se me acelera.
No guardo muchos recuerdos del accidente, porque el cerebro es así de maravilloso, pero sí los sonidos.
También recuerdo el agua. Y recuerdo estar en una sala de Urgencias parecida a esta.
Aborrecí el aviso en cuanto me llegó, y no solo porque viniera del lugar que menos me gusta del hospital, sino porque significaba dejar a Beckett allí solo.
Con su familia y todos esos detalles por los que no lo conocen realmente.
«Te veo. Te conozco». Esas fueron las cosas que intenté decirle porque creo que merece saberlo.
Espero que me haya oído.
Doblo la esquina más allá del mostrador de admisión y la sala de espera, y enarco las cejas cuando llego a la primera sala de pruebas abierta.
El doctor está apoyado contra la pared. Su pelo oscuro se le riza sobre la frente y tiene los ojos clavados en el móvil, la piel tostada y los pómulos ocultos bajo una barba.
—Doctor Rawdat, ¿necesitaba consultarme algo? —Le dedico una sonrisa tensa.
—No la he llamado para una consulta. —Se aparta de la pared con el historial en la mano y señala la puerta abierta con la barbilla.
Entrecierro los ojos y me siento un poco como la doctora Roberts que todos creen que soy. Quizá debería decirle que no me haga perder el tiempo, porque es un lujo y estoy ocupada.
La verdad es que no se trata de eso; simplemente no quiero estar aquí, en este sitio en el que puedo sentir mi corazón y las fracturas antiguas que, después de todos estos años, aún me siguen doliendo.
No obstante, cruzo la puerta abierta y todo me duele incluso más.
El que está en la camilla es mi padre, incorporado sobre unas almohadas incómodas, con la tez pálida oculta por una mascarilla de oxígeno y el pelo pegado a la frente. Está arremangado y con vías intravenosas en el brazo.
—¿Papá? —La voz se me atasca en la garganta.
—Neumonía aguda. —El doctor Rawdat me ofrece su historial.
Lo cojo y paso a las pruebas de laboratorio.
—Es un paciente trasplantado, ¿seguro que no…?
Mi padre se baja la mascarilla, pero los dedos se le resbalan contra el plástico. Inspira, aunque tarda demasiado en hacerlo, como si estuviese buscando todas las pequeñas moléculas de oxígeno. Cierra los ojos y sacude la cabeza; parece muy cansado y somnoliento.
—Solo es gripe, Greer.
—No es gripe, sino neumonía —repongo apenas sin mirarlo. Repaso el historial—. Ponte la mascarilla.
Stella no está aquí, pero sé lo que diría.
«Sé buena. Tenemos una segunda oportunidad, no la derroches. Te quiere y lo está intentando».
«No», se niega mi cerebro. «Le diste una parte de ti y sigue sin ser suficiente como para priorizarte y quererte».
—Doctora Roberts. —El doctor Rawdat dice mi nombre con un leve tono de advertencia. Se vuelve hacia mi padre con una expresión más compasiva que la mía—. Henry, vamos a hablar fuera, espera un momento.
Intento dedicarle una sonrisa a mi padre, pero no lo consigo del todo y, de todas formas, él no me está mirando. Se ha puesto la mascarilla, ha cerrado los ojos y ha apoyado la cabeza contra las almohadas.
—¿Está…? —Las palabras se me atascan en la garganta y hacen eco en ese espacio vacío en mi interior—.
¿Está rechazando…? —Trago saliva. Estaba a punto de decir «mi hígado».
Pero no es mío. Dejé que alguien me lo quitase.
Cierro los ojos con fuerza, le devuelvo el historial al doctor, me pellizco el puente de la nariz y lo intento de nuevo—. ¿Está rechazando el hígado?
—No, doctora Roberts. No la he llamado por eso.
La he llamado porque es su contacto de emergencia.
—Le da un toquecito al historial—. Podemos repetir las pruebas, pero está todo ahí.
No hay marcadores anormales. La zona no está irritada.
No hay ictericia. Nada que cabría esperar.
Ha venido con síntomas de gripe. Le han realizado análisis de sangre y pruebas, le han hecho una radiografía de tórax y es neumonía.
—¿Ha sido…? —Aprieto la mano contra las costillas—. La semana pasada hubo un par de días que no tomó la medicación.
«Y tú deberías haber ido a ver cómo estaba, pero estabas demasiado ocupada en la cama de Beckett».
El doctor Rawdat hace una mueca y me mira como si sintiera lástima de mí.
—Doctora Roberts, sabe que no funciona así, y lo sabe mejor que yo incluso. Eso no es lo que le ha causado la neumonía. Está inmunocomprometido y es temporada de gripe.
—Llevé a un amigo a casa y se puso mascarilla, pero…
—Doctora Roberts —repite, aunque de forma suave. Sacude la cabeza levemente—. Es temporada de gripe. Me ha comentado que asiste a reuniones de Alcohólicos Anónimos varias veces a la semana. Es probable que haya cogido algo allí.
—Ya —respondo en voz baja al tiempo que asiento.
«Sigue yendo a las reuniones durante la temporada de gripe», dice mi cerebro. «Quizá no le importe ponerse en riesgo. Poner una parte tuya en riesgo».
—Le daré el alta en cuanto los niveles de saturación de oxígeno aumenten y termine el antibiótico en vena. No hay daños a largo plazo. —El doctor Rawdat levanta el historial, pero ladea la cabeza y tuerce el gesto con preocupación—. ¿Necesita que llame…?
—No. —Ni siquiera sé lo que estaba a punto de decir, pero alzo la mirada y le dedico una sonrisa tensa—. Esperaré a que termine la ronda de antibióticos.
No es una pregunta y él no se la toma como tal. Levanta la barbilla antes de irse y se lleva el historial con todas las pruebas que explican en términos médicos lo que ambos necesitamos saber sobre lo que está pasando en el cuerpo de mi padre, aunque sigo sin estar segura del todo.
Respiro a solas en el pasillo antes de dar media vuelta y volver a la habitación de mi padre.
Es como si sintiera el fantasma de las manos de Beckett susurrándome contra las pantorrillas, pero no puedo darles vida. Por increíbles que sean, no puedo permitir que sean reales.
Se han vuelto un poco demasiado reales, y mira lo que ha pasado.
—No me has escrito —digo en voz baja al tiempo que me siento en la silla junto a la cama del hospital.
Él gira la cabeza hacia mí y sus palabras quedan amortiguadas por la mascarilla.
—Estás ocupada.
Se le ve en la cara, en la expresión de su entrecejo: la culpa que acarrea por su forma de afrontar la vida.
—Nunca… —empiezo a decir, y noto que he alzado la voz. Trago saliva y me llevo la mano a las costillas antes de volver a intentarlo. Estiro el brazo y le aparto el pelo de la frente. Tiene fiebre; noto el calor contra las yemas—. Nunca estoy tan ocupada para ti.
Mi padre asiente, cansado.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
Y lo digo en serio. No es culpa suya, no realmente.
«Es tuya».
Se mueve contra las almohadas intentando incorporarse, o quizá para ponerse más cómodo en una cama tan incómoda, en una habitación también incómoda, mientras mantiene una relación incómoda con su hija.
Ojalá estuviese aquí mi hermana. A ella se le da mejor papá. Siempre lo ha hecho.
Nunca hemos sabido cómo estar juntos, y la distancia que existe entre ambos aumenta cada año.
Creo que quizá uno de nosotros se encuentra de pie en el puente, observando la escena, mientras el otro sigue en el coche, hundiéndose.
Y no siempre sé quién está en qué sitio.
Sin embargo, hoy sí. La que está en el coche, atrapada, soy yo, mientras el agua sigue subiendo a mi alrededor y me hace arder la piel.
Llega hasta mi boca, baja por mi garganta y mis pulmones la aspiran con lo que dice a continuación.
—No pasa nada si no puedes quedarte. —Parpadea con la mascarilla puesta.
Me arden los ojos. No sé si por las lágrimas o por el agua en el coche que no deja de hundirse. Me limpio las mejillas y miro fijamente la pared, decidida.
—Claro que puedo. Descansa. Estaré aquí cuando despiertes.
Me quedo, aunque me duele.
«Es justo por esto por lo que Beckett Davis solo puede ser tu amigo».
«Mira lo que pasa cuando te olvidas de los límites. De tus reglas».
«Mira lo que pasa cuando les das pedacitos de ti a los demás».