27
Beckett
No la cago contra Filadelfia como he estado haciendo en los entrenamientos desde el discursito motivador del entrenador.
Aunque ganamos, sí que fallo un tiro que el antiguo Beckett Davis podría haber bordado con los ojos cerrados. De solo treinta yardas y un punto prácticamente asegurado.
No me molesto en mirar al entrenador Taylor a los ojos después, ya que ese no es el Beckett Davis que conoce y quiere.
Está claro que tampoco es el Beckett Davis que todos conocen y aman, porque fue suficiente para empezar una nueva conversación en las redes; nada relacionado con cómo he destrozado las esperanzas y los sueños de una nación, sino más bien algo peor: que tal vez ya he dejado atrás mi mejor etapa.
Que ya he roto mi último récord y que, si ya he pasado de ser alguien que nunca falla a ser otro que sí lo hace y es inconsistente, entonces adiós a los puntos del equipo especial en los partidos.
Que estoy ocupando espacio en el equipo y que probablemente deberían transferirme mientras todavía puedan sacar algo por mí.
Si los resultados van a ser inconsistentes, pueden tener a otra persona que gane muchísimo menos que yo.
Por muy estúpido que suene, ser pateador es un puesto muy voluble. Los jugadores caen y resurgen todo el tiempo. Pero eso no le habría sucedido al antiguo Beckett.
He sido fiable, y también carismático. Nunca he sido ambas cosas a la vez, pero jamás he sido inútil.
Y tal vez este nuevo yo —quienquiera que sea, porque está claro que es real gracias a esa mujer preciosa, borde a veces, efervescente, complicada y cabezota que le ha insuflado vida de nuevo— sea justo eso.
Inútil.
Me pregunto qué pensará mi familia de esa palabra.
Si no los estuviera manteniendo de alguna manera, creo que no sabrían qué hacer conmigo. Tal vez todos esos detalles que creía estar aprendiendo de mí mismo no importen realmente si nadie más los aprende conmigo.
Aunque no me apetece, hoy voy a ir a verlos.
No sé si estaré siendo carismático o no, pero soy fiable y me presento allí con una sonrisa.
Nuestra madre incluso hace un comentario sobre ella.
Me agarra el rostro con ambas manos y suspira con exasperación a la vez que sacude ligeramente la cabeza, como si no pudiera creérselo.
—Esa sonrisa.
Ese gesto de afecto es lo máximo que voy a conseguir de ella. Sigo sonriéndole e intento recordar que simplemente no sabe qué hacer conmigo.
Existo en un extraño intermedio para ella: no soy un desconocido, pero tampoco un hijo del todo.
—Tu hermano se alegrará mucho de que hayas venido —susurra con la voz quebrada, y sé lo suficiente como para tener claro que toda esa emoción que está demostrando no es por mí.
Me da una palmadita suave en la mejilla por última vez antes de señalar a su espalda, a las mesas dispersas por el patio interior del hospital.
Globos rojos y blancos —un pelín evidente, si me preguntas— flotan por encima de las mesas, sujetos por unas pesas envueltas en color plateado. Nathaniel y Sarah se encuentran en la mesa de registro, amontonando un sinfín de libretos.
Estoy a punto de inventarme alguna excusa —que es difícil para un atleta sacar hueco para donar sangre sin que interfiera con el entrenamiento, lo cual es cierto, pero no es la razón principal por la que nunca vengo— cuando dice algo con su supuesta buena intención, aunque en realidad no la tenga.
—Lleva mucho tiempo queriendo que vengas a una de sus campañas.
Arrugo el ceño. En parte me siento como si hubiera cogido un balón de fútbol, lo hubiese pateado y, en vez de salir disparado por el aire, hubiese aterrizado directamente sobre mi estómago.
Antes donaba mucha sangre. Tengo el mismo grupo sanguíneo que Sarah y ella necesitaba transfusiones con bastante regularidad.
Intento esbozar una sonrisa cuando mis hermanos alzan la mirada, pero creo que no me llega a los ojos y, según mi agente, esa es una parte crucial de la sonrisa.
Nathaniel levanta una mano y mi hermana sonríe de oreja a oreja y pronuncia mi nombre como si de verdad se alegrara de verme. Llevan mucho tiempo haciendo esto juntos. Pese a que Sarah no puede donar sangre, siempre se ofrece voluntaria para ayudar en las campañas.
Mi hermano me da una palmadita en el hombro al llegar hasta nosotros.
—¿Qué haces aquí? ¿Estás buscando a tu amiga especial?
—¿Aún sales con esa médica? —Sarah levanta la voz y su pregunta suena como un pequeño chillido de emoción.
—No estamos saliendo —musito.
Me llevo una mano a la mandíbula y cambio de tema porque no me apetece contarles que ella dice que somos amigos, pero a veces nos acostamos; que nunca he conocido a nadie como ella; que tiene mi puto corazón en las manos; que me ha contado algo que solo seis personas más saben; y que solo tendré trocitos de ella guardados en el bolsillo de atrás.
Ah, y que una vez me besó estando medio borracha.
Carraspeo, estiro el brazo y tiro del pelo de Sarah.
—¿Qué tal está Lily?
A Sarah le tiembla el labio y traga saliva con dificultad.
—Había menos óvulos que la última vez, así que… ya veremos.
Trata de sonreír como antes, pero sus ojos brillan.
Miro a nuestra madre de soslayo, que está retorciéndose las manos sin quitarnos el ojo de encima. Intento no hacerlo porque me ofrecería de cualquier modo, así que envuelvo un brazo alrededor de Sarah y la abrazo.
—No te preocupes. Lo decía en serio. Lo que necesites y cuanto necesites. Tantas veces como quieras.
Sarah asiente de forma casi imperceptible y me mira fijamente. Creo que está a punto de darme las gracias —siempre lo hace y lo dice en serio— cuando Nathaniel me da una palmadita en el hombro.
—Hablando de la reina de Roma.
No me hace falta seguir la mirada de Nathaniel para saber a quién se refiere; creo que la composición del aire de la estancia cambia por completo.
Al menos el que yo respiro.
Llevo sin verla desde la noche en que me contó la verdad —su verdad— sobre su padre, el accidente de coche y su donación.
Intenté no darle demasiada importancia, no tanta como la que en realidad creo que tiene, porque me preocupaba un poco que saliera huyendo como un animal asustado si le decía que me entraban ganas de arrancarme los pulmones de cuajo para que también pudiera tenerlos.
Si le decía que creo que es una de las personas más valientes que he conocido en toda mi vida, que yo no era real hasta que la conocí y que ojalá mandase a la mierda esa regla estúpida de no salir con nadie.
Greer está mirando a otra parte cuando baja la escalera con el ceño algo fruncido, lo cual me dice que está pensando. Mueve los labios mientras ojea su teléfono y se retuerce la trenza con una mano de forma inconsciente.
Entonces alza la vista y me ve. Ladea la cabeza, enarca una ceja y esboza una sonrisita.
Levanto la mano y, en parte, creo que va a ignorarme porque tiene otras cosas que hacer, pero la veo encaminarse hacia nosotros.
—Espera… —Los dedos de Nathaniel se tensan en mi hombro y creo que intenta esconderse detrás de mí—. No viene hacia aquí, ¿verdad?
Le dedico una mirada de soslayo.
—¿Qué problema tienes? Es más simpática que tú.
Mi hermano sacude la cabeza y se aleja de mí.
—El otro día le gritó a un residente de último año por mezclarle las listas de reproducción mientras estaba haciendo un trasplante de páncreas.
Odio eso, porque yo sé por qué lo hizo. Me imagino lo que debió de sentir en ese momento y también después por haberle alzado la voz.
Me entran ganas de ir a gritarles a todos los residentes que dejen de hacer cosas que le hacen daño, pero parece estar bien cuando se detiene delante de mí.
—Doctora Roberts.
Extiendo una mano hacia ella con una sonrisita.
Ella pone los ojos en blanco, aunque me la estrecha igualmente.
—Beckett.
El corazón me martillea contra las costillas cuando pronuncia mi nombre y deslizo el pulgar por el dorso de su mano.
Ella entrecierra los ojos y retrocede. Me apetece lanzarle una de esas sonrisas perezosas que tanto le gustan, pero entonces se gira hacia mi hermano.
—Doctor Davis. Espero que todo haya ido bien con la campaña. Tenía intención de donar cuando terminase mi turno.
—Estas son nuestra madre y hermana —espeta Nathaniel de golpe, señalándolas.
Greer curva los labios hacia abajo con confusión y parpadea antes de girarse hacia ellas.
—Un placer conocerlas.
Extiende una mano hacia Sarah y luego hacia mi madre.
Mi madre nos mira a ella y a mí de forma intermitente, con los ojos muy abiertos, como si estuviera esperando que le dijera que acaba de conocer a la madre de sus futuros nietos. Suele hacer esa clase de cosas; tiene esos instintos maternales que luego no encajan con sus acciones.
Evito que Greer tenga que seguir lidiando con esta incómoda situación.
—Mamá, la doctora Roberts es la que me salvó cuando estuve de voluntario aquí. Gracias a ella mis días fueron más interesantes.
—¡Ah! —Mi madre ensancha la sonrisa—. ¿También es oncóloga pediátrica como Nathaniel?
—Soy cirujana. De trasplantes.
Greer sonríe, tensa.
Después de que me contara todos los motivos por los que cree que es mala y está rota, lo veo a la perfección. Me ha confiado ese peso enorme que tanto la lastra en su día a día.
—Salva muchas vidas. —La señalo con la barbilla.
Ella pone los ojos en blanco otra vez, pero veo el fantasma de una sonrisa en sus labios.
—¿También fuiste a la Facultad de Medicina en Toronto? —pregunta mi madre, acercándose a uno de sus temas favoritos: el compromiso de Nathaniel con salvar niños como Sarah.
Greer asiente.
—Sí.
—Nathaniel estudió en British Columbia. —La emoción ilumina sus rasgos. Estira un brazo y coloca la mano sobre el hombro de Sarah—. Sarah fue a la Facultad de Educación en Ottawa y Beckett…
Hace una pausa y otro balón de fútbol me golpea en el pecho.
No creo que se acuerde. O, al menos, no le importo lo suficiente como para tener a mano esa clase de información sobre mí.
Cuadro los hombros e intento sonreír, pero es raro e incluso Nathaniel y Sarah nos miran de reojo, como si estuviesen a punto de responder por ella.
Greer se adelanta.
Su voz suave y ronca empieza a recitar datos sobre mí, aunque en realidad dice mucho más que eso. Dice: «Eres real, Beckett».
—Siracusa —responde, mirándome con cariño—. Estudió Historia en Siracusa y se especializó en la Revolución francesa. Le fascina Napoleón.
—Ah. —Mi madre parpadea y sonríe. Pero no veo reconocimiento en sus ojos—. Cierto. Siempre recuerdo cuándo empezó a patear y me cuesta acordarme de algo anterior a la liga.
Greer enarca las cejas y sonríe de forma tensa.
—Su carrera profesional es impresionante; ha roto demasiados récords.
Baja la mirada al bolsillo de su pijama quirúrgico y saca el teléfono. Vuelve a levantar la vista, pero no mira a nadie en particular. Sé que sus siguientes palabras van dirigidas a mí.
—Lo siento. Tengo que irme.
—Claro. —Asiento y me froto el pecho de forma inconsciente. Ya no lo siento como hace cinco minutos—. Ve a salvar vidas.
Levanta una mano y, cuando ya va a medio camino del ascensor, saco mi propio móvil. No puedo tenerla, no realmente, y aun así soy incapaz de contenerme.
¿Vienes esta noche?
Por lo general me toca esperar viendo los tres puntos, pero esta vez responde de inmediato.
Vale. Estaré ahí sobre las ocho.
Me guardo el móvil en el bolsillo y, cuando levanto la mirada, mis hermanos me están mirando demasiado fijamente para mi gusto y nuestra madre ha pasado a lamentarse por las galletas que se han desparramado sobre una mesa cercana.
Señalo la cola que ha empezado a formarse con la barbilla.
—Venga, que no tengo mucho tiempo antes de irme a entrenar y sé que llevas años muriéndote de ganas de clavarme la aguja, Nathaniel.
Ambos me sonríen con alivio al ver que no estoy molesto.
No es del todo cierto, pero nunca han podido ver a través de mí.
La única que lo hace acaba de regresar a aquello que la mantiene cautiva, y sé que cuando yo pise el campo luego, estaré haciendo lo mismo.