26
Greer
Las sombras de las farolas se mueven lentamente por el pasillo, frente a mi puerta y a lo largo del salón de madera dura y desgastada.
Mi sombra y la de Beckett, justo detrás de mí, se alargan por el suelo y desaparecen cuando la puerta se cierra detrás de nosotros y enciendo la luz del pasillo, que lo ilumina todo.
—Huele bien aquí. —Su voz grave y áspera es casi un susurro que me acaricia la nuca.
—¿Qué? Ah. —Inspiro. Sobre todo lo huelo a él, sea lo que sea. Aunque también percibo el eucalipto que me regaló Stella—. Es el eucalipto de mi habitación. Mi hermana lo puso ahí porque decía que era relajante.
Doy un paso hacia el salón y también enciendo las luces. Beckett me sigue y me lanza una sonrisa irónica.
—¿Y funciona?
Sacudo la cabeza con una pequeña sonrisa.
—No mucho.
Arquea las cejas y espera. Se le da bien darme espacio.
—Gracias por ayudarme hoy —murmuro, y va en serio. Lo digo de corazón.
Ha tenido mucho más cuidado con esa parte de mí hoy que mi propio padre y mi hermana.
—Siento que hayas tenido que llevar una mascarilla todo el día. Seguramente haya sido excesivo.
—No me molesta. Prácticamente tuvimos que crecer con ellas puestas.
Se encoge de hombros, como si el hecho de que el equipo de protección personal hubiera tenido que formar parte de su indumentaria durante la infancia fuera algo de lo más normal para todo el mundo.
Se me cae el alma a los pies y siento una punzada en el costado derecho. No he pensado en él. No he pensado en que quizá le haya dolido o le haya hecho recordar el sitio en el que no desea estar. Trago saliva.
—Lo… Lo siento mucho. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.
Beckett me sonríe y creo que es una de las de verdad.
—No pasa nada. Si me hubiese supuesto un problema, te lo habría dicho.
Noto cierto peso a la hora de dirigirse a mí, como si sus palabras estuviesen envueltas en una sensación de confianza y seguridad. Como si pudiese ser él mismo conmigo.
Es un poco raro, lo sé; ha pasado toda la tarde con mi padre y hemos visto la tele a oscuras, cogidos de la mano. Y ahora estamos aquí, en mi apartamento, manteniendo una conversación normal sobre cosas serias, como si fuese algo que hiciésemos todos los días.
Pero creo que no quiere marcharse. Veo esa energía inquieta que siempre lo rodea cuando creo que el peso que lleva sobre los hombros se vuelve demasiado pesado e intenta cualquier cosa con tal de distribuir la carga.
Tamborilea el dedo contra el bíceps, echa los hombros hacia atrás y mueve la pierna con la que patea en un ademán nervioso.
No quiero que se vaya. Creo que me gusta que pueda ser él mismo conmigo.
—¿Listo para el partido?
—No. —Beckett se tira de las puntas del pelo y resopla antes de dejarse caer en mi sofá, como si la mera idea lo agotase—.
No he estado pateando bien en los entrenamientos y eso me cabrea.
Ganamos a Filadelfia para llegar a la final el año pasado.
Son nuestros rivales directos en la división, hay mucha presión y esas cosas.
Los medios tienen las expectativas muy altas.
Nunca he fallado un tiro con ellos y la gente no para de comentarlo todo ni de mandarme mensajes para preguntarme cuándo voy a intentar romper el récord otra vez.
Es algo que ni siquiera puedo controlar; yo no los llamo cuando me sale un tiro perfecto.
Doblo las piernas debajo de mi cuerpo para sentarme a su lado y me cruzo de brazos.
—¿Se te da bien jugar bajo presión?
—Claro. Al menos antes sí. —Lo dice como si se refiriera a otra versión de sí mismo, alguien a quien solo él puede ver, una mancha a lo lejos mientras parte por mar hacia la tierra en la que solía vivir—.
Se me daba bien recibir y patear. Se me daba bien hacer que un proyecto de ciencias funcionase con los pocos objetos disponibles que teníamos en casa, y no sabes lo bien que se me daba alisar una peluca.
Hace comentarios así todo el tiempo; pequeños datos que lo hacen ser quién es, que me ha dado una y otra vez, aunque él no lo vea de esa forma.
Pienso en él de pequeño, cuando todavía no era un adulto y ya se había convertido en la figura paterna de la casa, y me entran ganas de ofrecerle algo a cambio. Así que me estiro en el sofá para hacerme más grande y contrarrestar lo que va a hacerme sentir esta historia.
—Voy a contarte algo que nunca le cuento a nadie.
Beckett enarca una ceja y ladea la cabeza. Sus mechones castaños se le rizan sobre las orejas.
—Lo digo en serio —resoplo—. Solo hay seis personas que lo saben: yo, mi hermana, mi padre, Kate, Willa y mi psiquiatra, y ni siquiera estoy segura de que él cuente porque es un profesional médico.
Beckett asiente.
—Vale.
—El accidente de coche… —Retuerzo las manos y parpadeo.
—Tómate tu tiempo —me dice en voz baja.
—Es duro, porque no es solo mi historia y no es sencilla.
—Hurgo en la costura del cojín del sofá—.
Crecí con un padre alcohólico. No pienso aburrirte con los detalles de cómo fue; solo éramos Stella y yo, y un padre del que no podíamos depender para mucho.
—Aunque han pasado años, se me quiebra la voz y siento que caigo en un abismo al seguir hablando—.
Estaba borracho cuando tuvimos el accidente de coche.
Mis costillas y clavícula quedaron destrozadas.
Stella se fracturó el cráneo y casi pierde el páncreas.
Inspiro de forma entrecortada.
—Y, por una suerte de locos, no le hicieron la prueba de alcoholemia hasta mucho después, cuando volvía a estar dentro del límite, así que no hubo consecuencias por ello.
Salvo que sí las hubo.
Los ojos de Beckett destellan.
—¿Necesitaba un hígado nuevo por culpa del accidente?
—En parte. No estaba recuperándose como debía por todo el daño que le había hecho previamente a su hígado.
Pero en ese momento no estaba sobrio, y hay que estarlo seis meses para cumplir con los requisitos de la lista de trasplantes, e incluso así habría estado al final del todo.
—Agacho la cabeza y froto una uña contra otra porque no estoy segura de poder mirarlo cuando le cuente lo que viene a continuación—. Stella no era compatible. Yo sí.
Beckett espera. No es como el duelo de voluntades que suele haber entre Rav y yo. Creo que Beckett esperaría toda la noche, de ser necesario.
—Stella se moría por haberlo sido. —Clavo el dedo en mi palma y sacudo la cabeza—.
Ella lo entendía de formas que yo nunca lo he hecho, y lo único que quería era que estuviésemos juntos.
Sé que esto me hace ser… mala persona, pero yo no quería.
Quería que nos quisiese lo suficiente como para cambiar por sí mismo, y quería que me quisiese lo suficiente como para no tener que arriesgar mi vida ni salirse por un puto puente.
No quería darle más partes de mí. Él me arrebató mi infancia, alejó a mi madre y provocó que mi hermana estuviera triste, pero no creía que pudiera decir que no.
El quejido que pugnaba por salir de mi garganta por fin escapa y resuena por el salón. No es un sollozo, sino algo más desagradable. Quizá sean todas las cosas malas, odiosas, que pienso de mí misma y que trato de contener.
—¿Quién no quiere darle a su padre algo que lo va a ayudar? ¿Quién piensa en darle esa especie de ultimátum retorcido?
—No eres mala —me dice. Es lo único que responde. Permanece sentado, paciente, a la espera.
—Esto lo arregló todo. —Me agarro la camiseta justo encima de donde está mi cicatriz—.
A él. A ellos. A nosotros. A nuestra familia.
Pero creo que a mí… a mí no me ha arreglado.
¿Quién hace algo así? —Levanto la mano y la muevo como si estuviésemos en el quirófano, hace más de una década, cuando el cirujano se inclinó sobre mi cuerpo tapado, listo para abrirme, y señalo todo a mi alrededor con la esperanza de demostrar la disolución de la persona que podría haber sido—.
¿Quién da una parte de sí misma, se arrepiente y luego dedica toda su vida a hacer lo mismo que desearía que no le hubieran hecho?
Pensaba que me haría más compasiva, y solo me ha hecho ser una hipócrita mentirosa.
Beckett relaja un músculo en la mandíbula y deja caer la mano en mi rodilla.
—Seguro que te duele muchísimo cuando se le olvida recoger sus pastillas.
Es otro comentario simple que no lo es tanto. Parece sencillo, lógico incluso, pero se trata de algo que no consigo hacerles entender a mi padre y a mi hermana por mucho que lo intente.
Beckett dice que veo a través de él, pero creo que él también ve a través de mí.
—Sí. —Cojo aire y siento mis pulmones más ligeros de lo que los he sentido en muchísimo tiempo. Como si antes no hubiese estado respirando oxígeno real y ahora sí porque me entiende—. Me hace sentir como…
—¿Como si no importaras? —me interrumpe en voz baja.
Asiento y vuelvo a sorber como si fuera una cría.
él se inclina y me acaricia la mejilla con el pulgar antes de levantarme la barbilla.
Su otra mano encuentra el dobladillo de mi camiseta y me roza la cicatriz con los dedos.
De cerca, los contornos de su mandíbula son demasiado atractivos, así como la barba incipiente que cubre todos los ángulos marcados de su mentón.
—No creo que necesites que nadie te arregle.
Cierro los ojos y siento sus dedos deslizarse sobre la piel supuestamente curada de mi cuerpo, sobre las antiguas estriaciones de mis costillas, sobre el fantasma de la cicatriz en ese hígado que sanó por sí mismo; me cosen suturas nuevas y susurran que podrían ayudarme, que podrían borrar todas esas antiguas cicatrices de forma permanente, que quizá podrían quererme si se lo permito.
Pero cuando quiero a la gente no puedo evitar dar todo de mí misma.
Parpadeo y me muevo un poco, lo suficiente como para estar fuera de su alcance. Si él se percata, no dice nada. Tan solo se me queda mirando atentamente, con la mandíbula apretada y la mirada ensombrecida.
Me muerdo el interior de la mejilla y sacudo la cabeza. Saco el rotulador invisible y empiezo a garabatear sobre todas las líneas que hemos emborronado.
—Por eso no salgo… no saldré con nadie. Ni siquiera sé cómo he acabado donde estoy. Con todos los límites y líneas desdibujadas, y dedicándome, por algún motivo, a algo que me hace un daño inconmensurable.
No le digo que él me da miedo. Que es maravilloso, encantador y que afecta a mi corazón y a mi cuerpo de un modo sin sentido. Pero no pienso ser otro peso que lleve sobre sus hombros.
Sigue observándome durante un minuto más, como si se estuviese preparando para responder algo, para objetar, pero traga saliva antes de sonreír.
—Bueno, «La boda roja» es bastante intensa, ¿eh?
—Cállate. —Me seco los ojos, y mis hombros se mueven a causa de la risa.
La sonrisa de Beckett se ensancha y las líneas de expresión en torno a sus ojos se vuelven más pronunciadas. Estira el brazo por el respaldo del sofá y señala con la barbilla la curva de su hombro.
Le lanzo una mirada incisiva. Él pone los ojos en blanco antes de levantar las manos y apoyarlas sobre sus muslos.
—¿Mejor? —pregunta con sequedad.
—Más de amigos. —Asiento a modo de confirmación.
Beckett ladea la cabeza y un mechón ondulado le cae sobre la frente.
—¿No fuiste tú la que me besó la semana pasada?
—No —contesto al tiempo que me cruzo de brazos en un patético gesto petulante—. Debió de ser otra persona.
Y creo que lo fue. Una chica con la memoria borrosa que durante un instante se olvidó de quién era al ver a un tipo guapísimo.
Él se muestra pensativo y la marca del hoyuelo aparece en su mejilla.
—Vaya, yo creo que no. Jamás podría confundirte con otra persona, créeme.
Miro intencionadamente hacia la otra punta del sofá, como si quizá fuese buena idea sentarme allí.
Pero no lo hago.
Me reclino. Mi hombro roza el suyo y mi muslo se pega a su pierna ancha y musculosa.
Encendemos la televisión y sé cuándo está relajado o sonriendo por la forma que tiene de mover el cuerpo, al elevar los hombros o estirar las piernas, por mucho que no pueda verlo.
Lo que una sonrisa o los movimientos del cuerpo dicen de alguien es una forma absolutamente íntima de conocer a una persona.
Sin embargo, inhalo esa luz pura y preciosa, ese oxígeno que ha traído al salón cuando ha abierto la puerta y me ha visto, y le suplico a mi cabeza que se calle, que solo somos amigos.
Mientras tanto, mi corazón susurra que soy una mentirosa.