Estrictamente profesional 25
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Greer

Rav me ha pedido que piense en las veces que me encanta mi trabajo y en las otras, cuando lo odio.

No empezamos la sesión así la última vez que fui a verlo porque estaba demasiado ocupada hablándole de Napoleón, y he estado tan liada montándomelo con Beckett que apenas he tenido tiempo de pensar en ello.

Pero eso no es algo normal entre amigos, y yo tampoco soy de las que se dejan los deberes sin hacer, así que me he encerrado en una sala de descanso libre y he trazado una línea en una hoja de papel, como si pudiera reducir, de alguna manera, lo que sea que se rompiera dentro de mí todos esos años atrás a una lista de pros y contras.

Doy golpecitos con el bolígrafo en la parte superior de la página.

Es difícil determinar exactamente cuándo empecé a sentirme un poco como una ladrona.

Esta mañana, cuando he trasplantado un riñón nuevo a una persona que se había pasado toda la vida conectada a una máquina de diálisis, no me he sentido una ladrona.

Pero aparece un mensaje en mi teléfono, se me contrae el pecho y entonces sí que me siento un poco así.

Estos son los avisos que menos me gustan.

Hay diferentes tipos de donación de órganos, y la mayoría de la gente no se da cuenta de que casi todas las que hacemos proceden de personas vivas que deciden ceder uno de los suyos.

Solo entre el uno y el dos por ciento de donaciones proceden de personas fallecidas y, dentro de ese porcentaje mínimo e infinitesimal, hay dos tipos distintos.

Donación de órganos tras una muerte vascular —cuando el corazón se detiene— o tras una muerte cerebral, cuando lo hace el cerebro.

Que alguien haya tomado esa decisión en vida es una de las cosas más bonitas para mí, porque va a permitir que otra persona se salve cuando la otra persona ya no esté. No obstante, por alguna razón, me duele más que ninguna otra.

Creo que quizá se debe a que me recuerda que soy una hipócrita, que supuestamente me dedico a salvar vidas, pero que una vez no fui más que una niña que le rezaba a las estrellas para que otra persona, cualquiera, perdiera la suya.

Respiro hondo y dejo el móvil en el escritorio. La cuenta atrás invisible comienza; nunca hay demasiado tiempo para extirpar órganos, así que tengo que irme.

Sin embargo, mi teléfono empieza a vibrar y se me retuerce el estómago por otra razón totalmente distinta al ver el nombre en la pantalla.

—¿Papá? —Se me resbala el móvil cuando descuelgo.

—¿Greer? —Suena cansado y tal vez un poco congestionado—. Lo siento, se me ha olvidado ir a por las medicinas esta semana. Mi intención era ir después de las reuniones…, pero se me acabaron ayer y no me encuentro… ¿Podrías ir a la farmacia por mí? Tu hermana no está en la ciudad.

Cierto. Se marchó ayer a una conferencia en Vancouver.

Una persona que depende por completo de tomarse los inmunosupresores a diario lleva dos días sin tomárselos.

Cierro los ojos con fuerza; noto una punzada en el costado derecho y me pregunto si es mi hígado avisándome de que su otra parte, la que vive en él, ha empezado a atacarlo.

—No puedo… —Me pellizco el puente de la nariz.

Se me cierra la garganta a causa de las lágrimas que se me forman en los ojos—.

¿Cuántas veces te he pedido que me digas si te queda poca medicación?

No puedes dejar de tomarla. Ni siquiera un día.

Tu cuerpo podría empezar a… —Respiro y me duele.

Me llevo una mano al costado derecho—. No puedo marcharme.

Tengo que… hacer una extracción y… Vale, ¿sabes qué?

Voy a llamar a un amigo. Le pediré que te las lleve. Tú no te muevas.

No espero a su réplica exasperada o a su disculpa —nunca sé cuál va a ser— antes de colgar y de hacer otra llamada.

Beckett responde al primer tono.

—Hola, doctora Roberts. —Lo oigo sonreír a través del teléfono—. ¿A qué debo este placer?

—Aún no habéis salido para Filadelfia, ¿verdad? —Se me quiebra la voz por completo y creo que siento cómo una de mis costillas también lo hace.

Me lo imagino negando con la cabeza, con el cabello castaño deslizándosele por la frente y los ojos esmeralda llenos de preocupación.

—No. No nos vamos hasta el viernes. Acabo de llegar a casa de entrenar. ¿Qué ocurre?

—Necesito un favor y tiene que ser ahora mismo.

Mi hermana no está en la ciudad. Mi padre no se encuentra bien y se ha quedado sin medicación.

Tiene que tomársela todos los días. Yo no puedo ir a la farmacia porque tengo unos quince minutos para prepararme para una extracción de hígado o ya no será viable.

Si te mando toda la información, ¿puedes ir a por ella y llevársela?

—Me agarro las costillas con más fuerza—. ¿Por favor?

—Mándame todo lo que necesites que haga y considéralo hecho, ¿vale? —Hace una pausa y me lo imagino delante de mí, mirándome y respirando conmigo hasta que esté preparada para responderle.

—Vale. Ponte mascarilla, por favor. Parece que está resfriándose. Es inmunocomprometido y no te conoce —susurro—. Gracias.

—Claro. —Vuelvo a oír la sonrisa en su voz y el sonido de sus llaves cuando las coge de la isla de la cocina—. No tienes por qué dármelas. Ve a salvar vidas, doctora Roberts.

Cuelga antes de que pueda decirle que no es exactamente una vida la que va a salvar él, sino un pedazo de mí.

Me levanto, me llevo la hipocresía conmigo y me voy a operar.

En comparación con la última vez que estuve aquí, ya no hay tantas plantas que cubran el caminito del jardín hasta la casa de mi padre. Al empezar octubre y al ser los días más fríos, todas han comenzado a encogerse y a marchitarse.

Algunas ya han empezado a mudar las hojas, que crujen bajo mis zapatos en mi camino hacia la puerta. Las aparto, como siempre hago cuando vengo directa desde el hospital.

Me he tomado el tiempo de ducharme y cambiarme. Aún tengo los brazos en carne viva de lo mucho que me los he frotado en un intento por quitarme de encima todo lo que pudiera haberse aferrado a mi piel, para poder estar limpia y segura y no tener nada que pueda poner en peligro la vida de mi padre.

Golpeo la puerta antes de abrir y de dejar el abrigo y el bolso en el suelo.

—¿Papá?

Llevo todo el día con un pellizco de ansiedad en el pecho. Algo que desafía toda lógica y todas las cosas que sé y que me susurra que ya ha empezado. Que no se ha tomado la medicación y que está rechazando el hígado después de todos estos años; que todo ha sido para nada.

Pero ese pellizco se suaviza cuando mi padre responde desde el salón.

—No quiere quitarse la mascarilla, Greer.

—¿Qué? ¿Quién? —pregunto, aunque no hace falta.

Beckett me mira desde donde se encuentra sentado cuando giro la esquina y entro en el salón.

Está medio reclinado en un sillón antiguo de piel, con la cara semioculta tras una mascarilla quirúrgica azul, pero veo el borde de su hoyuelo empezando a formarse en su mejilla, recubierta por una barba incipiente.

Levanto la mano en un gesto diminuto que espero que transmita todas las cosas inmensas e imposibles que siento por él ahora mismo y que no dejan de poner a prueba los límites y las reglas que me había autoimpuesto.

Respiro hondo y cierro los ojos brevemente antes de girarme hacia mi padre con el ceño fruncido.

—Bueno, no te conocía y llevas dos días sin inmunosupresores, así que tendrás que perdonar las precauciones de más.

Mi padre apenas me mira desde el sofá; está toqueteando el mando a distancia.

—No estoy en aislamiento.

Beckett levanta las manos y, por el modo en que sus ojos se arrugan un poquito por los lados, puedo ver que está sonriendo.

—Yo solo sigo las órdenes de la doctora. Puede ser muy dura, ¿sabes?

Mi padre resopla, de acuerdo con él, y miro a Beckett de forma mordaz antes de acercar una mano a la frente de mi padre.

No parece estar demasiado caliente. Deslizo la mano por su pelo. Espero que sepa que todo es porque me importa, porque mi intención es buena, aunque me duela cuando se le olvida. No intento ser dura ni borde.

—Me encuentro bien, Greer. —Mi padre me mira y veo que la sombra de una disculpa asoma por detrás de una sonrisa—. Tu amigo Beckett me lo ha traído todo y me he tomado la medicación. Tengo un poco de náuseas, pero he comido y Beckett me ha traído refresco de jengibre.

Destenso los hombros y me obligo a levantar el peso de la entonación que ha puesto en la palabra «amigo» y a intentar ignorar no solo el hecho de que Beckett esté aquí, sino que se haya quedado toda la tarde y ahora ya hasta se tutee con mi padre.

—Las náuseas deberían desaparecer mañana. —Paso una mano por el pelo de mi padre otra vez, pese al nudo que siento en la garganta con todas las cosas que quiero decirle: que lo quiero, pero que me duele cuando hace esto, así que ¿puede parar, por favor?

Aun así, retrocedo un poco al notar los ojos de Beckett sobre mí. Me está mirando con suavidad, con algo que no sé muy bien cómo identificar y que me hace sentir de una forma que no estoy segura de que me guste.

Carraspeo.

—Ya puedes quitarte la mascarilla.

Lleva sus manos maravillosas y callosas hasta la goma elástica alrededor de sus orejas y, cuando se la quita, está sonriendo y tiene el hoyuelo a la vista. Todo él está radiante y completamente sereno.

—No tenías por qué quedarte toda la tarde. No pretendía insinuar que debías hacerlo.

Beckett se encoge de hombros y se pasa una mano por el pelo. Los músculos de sus brazos se contraen bajo la sudadera.

—No pasa nada. Nos hemos puesto a hablar cuando le he traído las cosas y he mencionado que nunca había visto Juego de tronos …

—¿No has visto Juego de tronos ? —pregunto sin emoción.

—Nop. —Sacude la cabeza y empieza a rebotar la pierna derecha arriba y abajo.

Me pregunto si habrá tenido que saltarse su sesión de estiramientos para venir—.

A Henry no ha parecido sentarle muy bien, así que le he dicho que me quedaría a ver un episodio o dos.

Y aquí estamos, a punto de ver algo llamado «La boda roja».

Me cruzo de brazos y me siento en el sofá frente a mi padre. Más cerca de Beckett.

—Eso pasa en la tercera temporada, y no creo que mi operación haya sido un portal temporal a otra dimensión, así que es imposible que hayas estado aquí tanto tiempo.

—Ah, es que… —Beckett sonríe y se frota las manos antes de dar una palmada y de señalar la televisión—. Simplemente me he metido de lleno. Sin introducciones. Ya me conoces.

—Le he dicho que así no es como hay que ver la serie. —Mi padre niega con la cabeza y por fin suelta el mando cuando los créditos iniciales aparecen en la televisión—. Pero ha insistido en seguir por donde yo iba, así que…

—Ya me conoces —repite Beckett, guiñándome un ojo.

«Sí que te conozco», pienso. Y no sé si hay algo que me dé más miedo que eso.

La penumbra cae sobre el salón cuando mi padre apaga la luz, sin siquiera molestarse en preguntar si voy a quedarme. Sabe que no pienso irme hasta haber comprobado su temperatura al menos tres veces más y haberlo visto beber por lo menos un litro de líquidos.

Unos dedos me rozan el muslo y dibujan unos círculos suaves y tranquilizadores, como los que me hizo en las pantorrillas varias semanas atrás.

Antes de pensármelo dos veces, agarro la mano de Beckett y entrelazo nuestros dedos en la oscuridad. Se los aprieto tres veces con la esperanza de que oiga lo que mi corazón le está susurrando.

«Gracias. Te veo. Te conozco».

«Y creo que tú también me conoces a mí».