Estrictamente profesional 24
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Greer

De la misma forma que Beckett se convierte en una rutina, también lo hace ir a su casa después de unos turnos especialmente difíciles, en general cuando paso horas robándole órganos a adolescentes que no pidieron morir y trasplantándoselos a adolescentes deseosos por vivir.

Un espacio seguro, si lo quieres denominar así.

Un lugar en el que puedo evitar las cosas, y he estado evitando muchas, incluido el hecho de que el alcohol cortocircuitó mi cerebro y rocé sus labios con los míos en un gesto demasiado íntimo para un lugar demasiado público, fuera de los confines de esta habitación, donde no tengo que diseccionar mis sentimientos más profundos en torno a mi especialidad.

Aunque es evidente que es un hombre el que vive en esta habitación, es agradable y preciosa.

Una pared enorme de ladrillo se oculta detrás de una cama extragrande que probablemente cueste más de lo que me gustaría saber.

Encima de una cómoda de madera de roble tiene varios efectos personales importantes: fotos de su familia, su reloj favorito y un balón especial.

Una alfombra tupida cubre casi todo el suelo de cemento y los ventanales que llegan hasta el techo ofrecen una vista maravillosa de la ciudad.

Se puede ver la estructura del estadio desde aquí.

La cama —con sábanas de color azul marino y una colcha a juego— siempre está arrugada de la mejor de las maneras. Beckett nunca hace la cama del todo, solo ahueca el sinfín de cojines y estira la colcha sin más.

Su dormitorio tiene muchas cosas, pero cuando estoy aquí, solo estamos nosotros dos.

Dejamos todo lo demás en la puerta: el fútbol, las cirugías, cualquier comentario sobre que hemos vuelto a terminar aquí, juntos.

Otra vez.

Rav dice que no es algo normal entre amigos y yo no he reunido el valor para contárselo a mi hermana, pero sé lo que opinaría.

Tal vez no sea algo normal entre amigos, pero mi cerebro me recuerda que una vez di literalmente una parte de mi cuerpo cuando no estaba segura de querer hacerlo y que proteger los órganos que me quedan —el corazón— es esencial para sobrevivir.

Oigo que cierra el grifo de la ducha y levanto la vista de mi libro; estaba llegando a una parte buena. Pero ver a Beckett salir de la ducha no es una experiencia que me apetezca saltarme. Tiene mucho que ver el hecho de que parezca esculpido como el David de Miguel Ángel.

La puerta del baño se abre y Beckett enarca una ceja al verme. Estaba en la ducha cuando he llegado, pero me había dejado la puerta abierta y me he metido en su cama. Algo muy normal entre amigos.

Cada centímetro de su piel está cubierto de humedad y la licra negra de sus calzoncillos deja poco a la imaginación. Se ciñe a cada curva de sus muslos.

—¿Qué tal te ha ido el día? —Se pasa la toalla por la cara, se frota la cabeza y se sacude el pelo antes de echarla al cesto junto a la puerta.

—Bueno, ya sabes. —Hago un gesto ondeante con la mano—. Otro día haciendo de Robin Hood. Robando órganos de los muertos y dándoselos a los vivos.

—Salvando vidas —me corrige, y algo cruza sus ojos.

Hemos dado rodeos en cuanto al tema, aunque nunca lo hemos mencionado directamente.

Él es consciente de que no siempre me gusta mi trabajo, pero no sabe del todo por qué.

Además, tiene algo de lo que no es consciente y que me parece precioso: no me presiona.

No fisgonea. Tan solo acepta a la gente en el punto en el que esté.

—A veces me parece… —respiro, cierro el libro y me apoyo contra los cojines—… una crueldad. Esperar un órgano para una persona a la que estoy tratando e intentar ayudarla cuando sé que eso significa que alguien seguramente haya tenido que morir para dárselo.

Que, a veces, desearía que otra persona hubiese muerto y le hubiese dado a mi padre una parte de sí misma para que yo no hubiera tenido que hacerlo.

Beckett asiente y parpadea en mi dirección. Retira la colcha de su lado de la cama y se sienta. Estira el brazo y pasa el pulgar por la tela de mi camiseta de tirantes. La piel en relieve de mi cicatriz sobresale un poco.

—Si pudieses ser cualquier cosa, ¿qué serías?

—Una princesa en el país de las hadas. —Levanto el libro antes de morderme el labio—. O una humana prisionera que descubre que en realidad forma parte de una raza mágica.

Él sonríe y se le ilumina el rostro. No es gracias a «la sonrisa», como suelen denominarla. No es como en ese estúpido anuncio de Gatorade que todavía no he terminado de ver ni en los reportajes de prensa.

Parece relajado, cómodo, como si fuese solo Beckett y no llevara encima la carga de todas esas cadenas y responsabilidades que lo convierten en Beckett Davis —carismático, fiable, extraordinario en tantísimas cosas—, en vez de ser una persona común y corriente.

Se recuesta y apoya la cabeza en el brazo. Las gotas de agua bajan por su trapecio, por las curvas de sus hombros y de sus bíceps.

—¿Te gustaría ser mi prisionera?

—Beckett no suena a nombre de lord fae taciturno y de dudosa moral, de esos que podrían follarme hasta que no pudiese caminar. —Me encojo de hombros y sacudo el libro—. Lo siento.

Asiente como si admitiera su derrota. Pero el Beckett de verdad, al igual que Beckett Davis, es tremendamente competitivo y, al contrario que Beckett Davis, el de verdad es a veces un tanto infantil.

Se abalanza hacia delante, me quita el libro de las manos y lo tira al suelo antes de colocarse sobre mí y sujetarme las manos por encima de la cabeza.

—Beckett no está aquí. Soy Baxtian y voy a llevarte a mi mazmorra.

Lo miro fijamente un momento con los labios entreabiertos antes de echarme a reír.

—Dios, eso ha sonado fatal.

—Pero se le acerca, ¿a que sí? —Mueve las cejas y unos mechones de pelo húmedo le caen sobre la frente.

Asiento, me muerdo el labio y le sonrío.

—Sí.

Nos quedamos observándonos durante un minuto que parece durar mucho más que sesenta segundos y, después, ahí va: otra noche entre dos amigos.

Sus dedos se retuercen y se tensan contra mis muñecas.

Los labios gruesos de Beckett se abren y su mirada desciende a mi boca; recorre todas mis curvas.

Mi mandíbula, mi clavícula, las curvas de mi pecho bajo la camiseta de tirantes.

Mueve las caderas y las mías se levantan para entrar en contacto con las suyas.

Se endurece entre mis piernas y mi piel siente un hormigueo y combustiona.

Él sonríe, de una forma muy distinta, una que espero que sea solo para mí.

Los ojos de Beckett encuentran mi boca y desciende para rozar mis labios con los suyos.

Abro la boca para dar acceso a su lengua.

Nos besamos una y otra vez. Mis manos suben por los contornos de su espalda, por las elevaciones de sus hombros.

Me enciendo cuando se separa y sus manos maravillosas y preciosas me bajan la camiseta antes de que sus dientes me arañen un pezón.

Me arqueo contra él en cuanto me agarra por las costillas.

Su lengua sigue girando y jadeo cuando la otra mano desciende hasta mi cadera, donde aprieta antes de bajarme los pantalones cortos y entrar en contacto con mi entrepierna.

Desliza la mano hacia arriba y abajo, la humedece y luego me regala esos círculos que me hacen querer morir y repetir su nombre sin parar, como una plegaria que el Beckett de verdad oirá y sabrá que es maravilloso, bueno y carismático.

Quizá la forma en que me hace pronunciar su nombre, que solo puedo describir como reverente, sea capaz de devolverlo a la vida.

Y mientras rezo y rezo para poder darle oxígeno, él tira mi ropa junto al libro olvidado y mis manos se deshacen de su ropa interior para que yo también pueda tocarlo por todas partes.

Lo hago, aunque solo durante un momento, porque entonces se pone el preservativo y se coloca sobre mí antes de introducirse en mi interior con un quejido.

Siempre nos quedamos quietos en este momento —con las frentes juntas, la respiración agitada y sus pupilas dilatadas—, y luego él empieza a moverse.

Esta noche mueve las caderas apenas un par de veces antes de envolver un brazo en torno a mis hombros y girarme para quedar sobre él.

Tiene el pelo alborotado. Sus manos encuentran mi cintura, no me quita los ojos de encima y abre los labios. Empezamos a movernos a la vez y él pega la nuca contra el cojín con un gemido al mismo tiempo que yo echo la cabeza hacia atrás y aprieto los dedos contra su torso.

Tengo unos límites perfectamente definidos y mi cerebro me echa la bronca por saltármelos, pero hay otra parte de mí, pequeña, silenciosa y quizá bonita, que susurra otra cosa. Creo que se trata de mi corazón. Late, aunque tengo la sensación de que me susurra que quizá sí debería dárselo.

Que quizá debería arrancármelo del pecho y dejarlo en sus manos, y él se aseguraría de mantenerlo a salvo.

En noches como esta, casi me lo creo.

Gimo su nombre, le rezo y sus manos me agarran. Creo que me piden por favor que me abra a él.

Y así seguimos.