23 #2
Arruga el ceño con preocupación y curva los labios hacia abajo. Lo único que consigue con eso es recordarme lo gruesos que son y que es demasiado preciosa como para estar triste.
—¿Qué ocurre normalmente después de una beca de investigación?
Se encoge de hombros.
—Te dan plaza en algún hospital como médico responsable. En mi caso, sería aquí o en otro hospital y seguiría… quitándole órganos a la gente.
Levanto el brazo y le acaricio la mejilla con el pulgar antes de encogerme de hombros.
—Creo que das más de lo que quitas.
Me mira con los ojos bien abiertos, sin parpadear, bajo las luces colgantes. Tiene muchos secretos y este parece ser otro de ellos, así que dejo que se lo guarde y vuelvo a acariciarle la mejilla antes de soltarla.
—No sabía que ibas al psiquiatra.
Greer sonríe con pesar.
—Hay muchas cosas de mí que no sabes.
—Podrías contármelas, ¿sabes? Los amigos se cuentan las cosas.
Ladea la cabeza y deja la copa de vino en la mesa.
Nunca me besa para saludarme o despedirse. Nunca me besa si no estamos teniendo sexo.
Pero esta noche lo hace.
Levanta la barbilla como si estuviera reflexionando sobre algo, ponderando las ventajas de su elección, y entonces su expresión se suaviza y alguna parte de ella gana, porque se inclina y pega sus labios a los míos.
Ligeramente.
Como si no quisiera añadir el peso de nada más.
No se da cuenta de que nada de ella me pesa.
Me roza los hombros con los dedos mientras asciende por la curva de mi cuello hasta acunar mi rostro con sus manos.
Me besa despacio y, cuando por fin se separa, su mirada está un poco vidriosa; sus labios, algo entreabiertos, y sus mejillas, ruborizadas a causa del alcohol.
—Estás borracha, nena.
Sonrío al decirlo porque puedo empezar a ver cómo los engranajes giran en su mente al darse cuenta de que ha cruzado alguno de esos límites que se había autoimpuesto, y creo que necesita algo que le dé permiso para retroceder y alejarse del borde del precipicio en el que se encuentra ahora mismo.
Entorna los ojos y me señala.
—Nada de «nena».
—Yo llamo así a mis amigos. Pregúntales cuando vuelvan. —Inclino la cerveza hacia el asiento vacío de Nowak.
Y vuelven —Stella sin un Hugo Spritz y con la misma canción sonando por los altavoces— y nos miran un poco como si fueran adolescentes a la espera de alguna gran revelación.
Pero no la hay.
Si la chica a mi lado no me hubiera vuelto real, diría que el beso que hemos compartido ha sido fruto de mi imaginación.
Aunque a lo mejor sí que lo ha sido, porque Greer me señala antes de girarse hacia Nowak y Pat.
—¿Os llama «nenes»?
—¿Qué? —Nowak parece confundido por un instante antes de reclinarse en la silla y decidir seguirme la corriente—. Ah, sí. Claro. Mira. —Se lleva una mano al bolsillo y deja el móvil en la mesa—. Puedes echarles un vistazo a nuestros mensajes. Está todo el día con «nene esto, nene lo otro».
Greer hace un puchero y ojea la botella de vino vacía sobre la mesa.
—Stella, deberíamos marcharnos.
Su hermana nos mira de forma intermitente, evaluándonos, como si estuviera intentando adivinar lo que ha pasado, antes de poner los ojos en blanco y levantarse.
—Vale. Encantada de conoceros.
—Encantada —repite Greer tras ella. Se pone de pie con cuidado de no tocarme—. Buena suerte el domingo.
Les dedica una sonrisa indiferente a Pat y Nowak antes de girarse hacia mí.
—Buenas noches, doctora Roberts —susurro.
Parpadea.
—Buenas noches, Beckett.
Nos miramos durante lo que probablemente sea demasiado tiempo antes de que ella agarre la mano de su hermana y la conduzca hacia la puerta.
—Davis. —Nowak apoya una mano en la mesa y sacude la cabeza, por lo que su pelo castaño y desordenado cae sobre su frente, como si también estuviera apenado—. Estás bien jodido.
Gruño y miro por encima del hombro.
Greer tiene a su hermana agarrada de la mano mientras serpentea entre las mesas, que están cada vez más y más llenas conforme avanza la noche. Sin embargo, se detiene justo delante de la puerta y me mira.
No dice nada, pero levanta una mano y arruga la nariz antes de desaparecer.
La observo marcharse y ya no tengo claro nada, salvo que me ha hecho revivir y que ansío algo que no sé muy bien si alguna vez podré tener.
La liga tiene toda clase de distinciones y premios estúpidos que dan todas las semanas. Si eres alguien como yo, probablemente habrás ganado muchos de ellos.
Habrás ido a la Pro-Bowl y te habrán seleccionado para el equipo All-Pro.
Puede decirse que he empezado bien la temporada y, por norma general, lo estaría celebrando. Estaría intentando ganar premios estúpidos y sinsentido cada semana porque, ¿qué me queda en la vida si no?
Y no es que no me importe. Sí me importa. Pero hace unos meses esto habría sido lo único que habría querido y ni siquiera habría tenido que ir tras ello.
Todos habrían sido míos, semana tras semana.
El antiguo Beckett Davis era una certeza.
El de ahora, no obstante, no está seguro de nada.
No sé cómo voy a jugar el domingo. Ya no sé si puedo confiar en estas estúpidas piernas.
Tal vez se deba a que eso era lo único que conocía de mí mismo. Pero creo que ahora también estoy aprendiendo otros detalles sobre mí.
Creo que el yo real, quienquiera que sea, podría ser un buen amigo de verdad, y no porque le pague las cosas a su familia o lo haga bien en el campo. También tengo derecho a tener días malos o complicados como los demás.
Puedo ser quien soy y seguir siendo digno de una mujer que no es solo una mujer, una amiga que no es solo una amiga, que pega sus labios a los míos en una terraza llena de gente.
Digno de su tiempo, de su atención y de los tres segundos que me ha regalado cuando ha bajado la guardia, aunque haya tenido un mal día en el entrenamiento y no haya podido patear ni un solo balón bien.
Tal vez lo que reside en mi interior, detrás de la estúpida sonrisilla y del estúpido hoyuelo, pueda ser digno de muchas cosas.
Ojalá estuviera con ella ahora en vez de aquí, en esta estúpida silla en el estadio.
El entrenador nos obliga a hacer esto cada semana después de un partido, independientemente del resultado; no abrimos la semana examinando nuestros errores, sino que nos apoltronamos en una de las salas de conferencias tras el entrenamiento físico de por la mañana y hablamos de todo lo que ha ido bien.
Esta semana habla sobre mí.
—El mejor jugador de la semana de los equipos especiales.
—El entrenador Taylor me señala con el balón y me hago más pequeño en el asiento.
Si no fuese tan obvio, me colocaría la gorra hacia delante y fingiría no haberlo visto—.
Cuatro goles de campo. Todos de más de cincuenta yardas.
Sin contar con los puntos extra. No has fallado en toda la temporada.
Los equipos especiales aseguran las victorias y hacen lo necesario para que la ofensiva y la defensa consigan hacer su trabajo.
—Hace otra pausa, como si estuviera pensando en algo, mientras todos los demás aplauden y dan palmadas sobre las mesas frente a ellos—.
Ese récord es tuyo, Davis. Eres el mejor pateador de la liga.
Estaremos contigo cuando lo consigas. Te pertenece, al igual que el campeonato pertenece a este equipo.
Se sienta sobre el escritorio y la tensión de mis hombros se reduce cuando pienso que ha acabado. Pasará al siguiente jugador que crea necesario elogiar, al próximo ego que necesite inflar para que todos comencemos la semana sintiéndonos imparables.
—Ese —enfatiza la palabra señalándome de nuevo con el balón, y esta vez casi lo siento como si me apuñalara— es el Beckett Davis que conocemos y amamos. Ese es el Beckett Davis que necesitamos. Bienvenido.
Se supone que eso debe motivarme.
«Ese es el Beckett Davis que conocemos y amamos. Ese es el Beckett Davis que necesitamos».
Como si esa fuera la única versión de mí que verdaderamente importara.
«Bienvenido».
Cada letra de esa palabra aterriza sobre mis hombros al unísono y ya no me siento digno de una puta mierda. De hecho, apuesto a que, si mirase abajo, vería las patas de la silla resquebrajando el suelo de hormigón a causa del peso.