Estrictamente profesional 23
55%

23

Beckett

Las luces penden de lo que parecen cuerdas colocadas de cualquier manera sobre varas que sostienen unos maceteros estratégicamente colocados en las esquinas de la azotea.

Hay mesas repartidas por toda la superficie, con estufas entre ellas que ofrecen un ligero brillo rojo a la noche neblinosa.

Solo estamos a mediados de septiembre, pero en Toronto puede empezar a hacer mucho frío por la noche desde bastante pronto.

Me bajo la visera de la gorra mientras sigo a Pat y a Nowak con la única cerveza que me tomo a la semana durante la temporada fría en mis manos.

Para ser un bar cualquiera en una azotea cualquiera, está bastante abarrotado, y eso que Nowak juró y perjuró mientras salíamos del entrenamiento que era la mejor joya oculta de la ciudad.

Al ver que la mayoría son universitarios hípsters y nosotros, tíos de veintiocho a treinta y un años, no sé yo si lo llamaría igual. Pero quizá lo esté infravalorando, porque dudo que a nadie le importe que Beckett «Malpié» Davis esté aquí.

Nowak se detiene abruptamente junto a una mesa vacía pegada contra el borde de la azotea, se pasa una mano por el pelo castaño y desordenado y retira una silla.

Pat mira alrededor con una ceja enarcada antes de sentarse en la silla junto a él. Carraspea e inclina su cerveza hacia nosotros.

—Gracias por quedaros hasta tarde hoy.

—No le digas al entrenador que he estado corriendo. —Por fin he cedido a sus súplicas: me he quedado hasta tarde cuando el estadio se ha vaciado, he practicado rutas con Pat y he puesto en práctica otra habilidad inútil mientras Nowak nos observaba y estiraba.

Lo de salir a tomarnos algo ha sido idea suya. Si hubiera sido hace dos meses, me habría inventado alguna excusa, pero creo que una parte importante de ser real incluye tener amigos de verdad.

Pat esboza una sonrisita torcida y sacude la cabeza.

—Todavía se te da bien recibir, tío. ¿Seguro que quieres pasarte el resto de tu carrera llevando a cuestas las expectativas de un equipo, apenas atribuyéndote el mérito de las victorias y cargando con toda la culpa de las derrotas?

«No».

No sé lo que quiero, pero, cuando estoy a punto de lanzarles la típica sonrisa perfecta de Beckett Davis y de decirles que siempre me llevo el mérito, que voy a ganar y a romper el siguiente récord, la oigo.

A unas pocas mesas más allá. Habla más alto de lo normal y su voz también suena más ronca. La siento contra mi piel, deslizándose por mis hombros hasta llegar a las puntas de los dedos, que aprieto contra el botellín húmedo.

Lleva el cabello oscuro recogido en una coleta y las luces iluminan perfectamente su rostro, con las mejillas ruborizadas a causa de la brisa nocturna.

Su hermana está sentada a su lado, sosteniendo un móvil con el que parece estar en mitad de una videollamada, y entre ellas hay una cubitera con una botella de vino.

Greer se inclina hacia delante con expresión nostálgica.

—Simplemente me encantaría cultivar un hígado que se regenere solo, ya sabéis.

—No —repone Stella.

—No me estáis escuchando. —Greer mueve las manos delante del teléfono antes de señalar a su hermana—. Lo que digo es que hay un campo inexplorado de la medicina regenerativa que podría eliminar la necesidad de tener donantes vivos. Solo un uno por ciento…

Stella suelta un quejido por encima de la voz de Greer y desearía que no lo hubiera hecho. Podría escucharla hablar toda la noche.

Me quito la gorra y me paso una mano por el pelo antes de ponérmela hacia atrás. Ya no me importa quién me vea, siempre y cuando ella lo haga.

Cuando Greer me ve, el día de repente se vuelve infinitamente mejor.

Ya sea cuando me abre la puerta y me mira desde la penumbra de su pasillo con una preciosa sonrisa en los labios.

O cuando viene a casa y contempla con atención el techo alto y el ladrillo visto de mi apartamento hasta que clava sus ojos en mí.

Ella nunca lo admitiría, pero siempre se alegra de verme. Es evidente por cómo se le suavizan las mejillas, arruga la nariz y sonríe con más libertad que en ningún otro lugar.

Me siento un poco más digno cuando me mira, porque siempre es más que una mirada. Siempre lo es con una mujer como ella.

Una mujer que desearía que fuera más que una amiga. Me plantearía volver a sacarle el tema, pero no quiero ahuyentar a lo mejor que me ha pasado en la vida, así que no me queda más remedio que dejar las cosas como están un poco más.

—¿Qué estás…? —Nowak me observa con los ojos entrecerrados y sigue mi mirada—. ¿Quién es esa?

Me encojo de hombros y doy un trago de cerveza sin dejar de sonreír.

—Solo es alguien que conozco.

—¡Tío, mírale la cara! —Le da un golpecito a Pat en el hombro del brazo con el que lanza y este solo le dedica un vistazo de soslayo cuando se aparta con brusquedad—. Ay, perdona. Pero mira cómo está sonriendo. ¿Solo alguien que conoces, Davis? ¿En serio?

No, ni de lejos.

Inclino la barbilla.

—Me ayudó cuando fui de voluntario al hospital. Es cirujana de trasplantes.

La comprensión se refleja en su rostro y se gira en la silla hasta quedar sentado a horcajadas, como lo haría un crío.

—Willa, Kate. —La voz de Greer sube de volumen y ella sacude la cabeza—. Ninguna de las dos estáis siendo de mucha utilidad, así que Stella y yo vamos a colgar ahora mismo.

—¡Oye! —Su hermana aparta el teléfono aún más de su alcance—. Que no he terminado de hablar con ellas.

Pat se encoge de hombros, se lleva una mano al mentón y sacude la cabeza. Se inclina hacia delante en un pobre intento por susurrar.

—Parece que la estés escuchando a escondidas, tío. Vamos a acercarnos y ya.

—Está con su hermana. —Niego con la cabeza.

Stella mira por encima del hombro y abre mucho los ojos cuando me reconoce. Se le desencaja la mandíbula antes de esbozar una especie de sonrisita. Le da una palmada a Greer en el hombro y se gira de nuevo hacia el teléfono, que había dejado apoyado contra la cubitera.

—Lo siento, chicas, tenemos que colgar. El amiguito especial de Greer está aquí.

La aludida se da la vuelta y su coleta se balancea sobre su chaqueta. Inclina la cabeza y me observa con expresión impasible, pero pronuncia mi nombre con la más pequeña de las sonrisas.

—Beckett.

Carraspeo y levanto mi botellín.

—Doctora Roberts.

Su hermana cuelga y acerca sillas extra mientras nos indica con la mano de forma exagerada que nos sumemos a ellas.

Espero a recibir permiso, porque lo único que me importa es que Greer quiera que me acerque. Entonces levanta un hombro, como si no significara nada, y vuelve a concentrarse en su copa de vino.

Pero para mí sí que significa algo —presenciar este pequeño fragmento de su vida personal—, y creo que para ella, también.

Pat se encamina hacia el otro extremo de su mesa a propósito y evita sentarse en la silla vacía a su lado.

Stella gira su copa de vino y el líquido asciende por los lados y se derrama sobre la mesa. Sonríe con complicidad.

—¿Qué haces aquí?

—Este es el bar favorito de Grant. —Me siento junto a Greer y señalo a Nowak con la barbilla. Entonces la miro de soslayo y articulo un «hola» con los labios.

Enarca una ceja y creo que sonríe antes de tomar un sorbo de vino.

—No, este es mi bar favorito.

Stella se lleva una mano al pecho y levanta la cabeza de la misma manera que su hermana cuando se siente petulante. Remarca el «mi» como si esta mierda de terraza fuera de su propiedad.

—¿Quieres que echemos un pulso por él? —sonríe Nowak, girando una de las sillas y sentándose a horcadas antes de apoyar un brazo sobre el respaldo.

Stella se reclina, cuadra los hombros y se cruza de brazos como si estuviera pensándoselo. Se golpea la chaqueta con uno de sus dedos enjoyados.

—Este es Grant. —Señalo a Nowak con la mano antes de que tire todo lo que hay sobre la mesa e intente echarle un pulso de verdad, y luego inclino la cabeza hacia Pat—. Y él, Pat. De hecho, jugamos juntos en la universidad.

Greer nos mira con los labios ligeramente entreabiertos antes de levantar la barbilla. Tiene el arco de Cupido tan definido que me entran ganas de delineárselo con el pulgar.

—¿A ti también te aburría con datos curiosos sobre Napoleón? —Pat niega con la cabeza, confundido—. ¿No?

Extiendo un brazo por el respaldo de su silla y le doy un toquecito en el hombro.

—Eso es solo para ti.

—Qué suerte la mía. —Greer arruga la nariz y alza la mirada al cielo.

Pero entonces clava los ojos en mí y todo lo demás desaparece a nuestro alrededor.

—Estupendo. —Stella se inclina hacia delante y chasquea los dedos entre nosotros—. Está claro que a mi hermana se le olvidan los modales cuando está con don Gatorade, pero yo soy Stella, y ella, Greer. Perdonadla, dice que ha tenido un día raro.

Greer inspira y sigue mirándome durante un minuto más antes de girarse hacia su hermana y de permanecer callada la mayor parte de la noche.

Stella y Nowak no dejan de hablar, así que tampoco es que los demás podamos decir gran cosa, pero no me importa quedarme sentado en silencio con ella. Con ellos. Casi como solía hacer mi antiguo yo, aunque creo que prefiero esta versión de ahora porque la he conocido.

Llegados a un punto, todos se levantan con la mala excusa de ir a pedir que cambien la canción o, en el caso de Stella, porque necesita hablar con el camarero sobre la forma adecuada de preparar un Hugo Spritz.

Nos quedamos a solas. La miraría por el rabillo del ojo, pero ya lo estoy haciendo porque llevo toda la noche sin poder quitarle la vista de encima.

Le doy otro golpecito en el hombro con un dedo.

—¿Por qué has tenido un día raro?

Se gira hacia mí y suspira, como si estuviera pensando en qué decir, mordiéndose el interior de la mejilla en un intento por contener las palabras.

—Hoy he ido a ver a mi psiquiatra y no ha dejado de preguntarme qué quiero hacer una vez acabe mi beca de investigación. Son muchas preguntas para las que no necesariamente tengo la respuesta.