Estrictamente profesional 22
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Greer

Los hábitos se crean repitiéndolos entre dieciocho y doscientos cincuenta y cuatro días.

Beckett Davis se convierte en uno en muchísimo menos tiempo.

En lo que a hábitos se refiere, podría ser peor. No es nada que vaya a matar a mucha gente, aunque me preocupa que a mí sí.

Y no me refiero al sexo.

Es su forma de sonreír. El modo en que su risa desciende por mi espalda antes de envolverme y aferrarse al centro de mi pecho.

El efecto que tiene el hoyuelo de su mejilla izquierda en mí; creo que cada vez que lo veo aparece otra cicatriz en el costado izquierdo de mis costillas para que conjunte con la de la derecha.

Como si quizá fuera a llevarse otro de mis órganos, el que vive justo en mi pecho, debajo y un poco más a la izquierda de mi esternón.

Esa noche me fui de su casa sin creer que regresaría.

Pero lo hice.

Y lo único que le hizo falta fue mandarme varios datos sobre la Revolución francesa que creyó que me parecerían interesantes.

No sé cómo, pero consiguió que mi cerebro desconectase y le indujo una sensación de falsa seguridad.

Porque, ¿qué era eso si no algo normal entre amigos?

No es que me haya confesado su amor incondicional.

A su cuerpo le atrae el mío y al mío, el suyo.

Es un acuerdo beneficioso para ambas partes que mantiene a mi corazón en su jaula y me hace sentir increíblemente bien.

Solo sexo.

Aunque quizá debería seguir trabajando en su definición de «interesante»; me he enterado de que, por lo visto, Napoleón aborrecía los gatos, de que, según dicen, le daban miedo las puertas abiertas y de que tenía un sentido del olfato sin igual.

Esas cosas hicieron que volviera a su casa. A su sofá. A su cama. Incluso a sentarme en la isla con una de sus sudaderas puestas mientras me preparaba lo que él juraba que era uno de sus mejores platos nutritivos postpolvo.

No se equivocaba. Cubría todo lo necesario: proteínas sin grasa, carbohidratos complejos y verduras.

Resulta que no es tan perezoso como hace creer. Se toma en serio lo que ingiere durante la temporada y apenas le ha echado condimentos.

Antes me ha contado a qué temperatura le gustaba bañarse a Napoleón.

Beckett jura que todo eso va a ser un exitazo con mis pacientes.

Primero lo pongo a prueba con Rav.

—¿Sabes que a Napoleón le encantaba bañarse con el agua muy caliente?

Rav enarca una ceja con diversión, cosa que también transmite en su voz.

—No, no lo sabía. ¿De dónde has sacado esa información?

Hago un gesto con la mano en el aire para restarle importancia.

—Resulta que conozco a un experto en la Revolución francesa. Es fascinante.

Rav se recuesta y apoya los pies en la mesa baja entre nosotros.

—¿Qué tal tu ansiedad? ¿Has sufrido algún ataque de pánico recientemente?

—Bien. —No he mentido.

No me he vuelto a poner las orejeras desde el partido, pero a veces siento como si no me las hubiese quitado. Nada suena demasiado fuerte ni chocante. Todo se ha vuelto un murmullo agradable.

Si mi vida fuese como la de los libros que leo, la explicación la tendría Beckett, a quien los benevolentes dioses del cielo habrían hecho específicamente para mí.

Pero aquí, en la vida real, solo es ciencia. Tengo más orgasmos, lo que equivale a más endorfinas, serotonina y dopamina. Todas las cosas que relajan a mi cerebro.

«Mentirosa», me susurra mi corazón, latiendo de forma rara.

—Me he dado cuenta de algo. —Rav apoya la cabeza en la mano y clava el codo en el brazo del sillón—. Cuanto más nos acercamos al final de tu beca de investigación, más te cierras en banda. Eras como un libro abierto cuando empezamos a vernos.

—Creo que nadie en mi vida me definiría como un libro abierto, Rav —le respondo con sinceridad.

No soy una persona reservada de forma intencionada. No siempre pretendo mentir.

Creo que hay cosas que me gustaría contar, pero que mi hermana y yo aprendimos de pequeñas cierto código de conducta extraño.

No recuerdo bien de dónde lo aprendimos, porque nuestra madre no estaba para asegurarse de que lo cumpliésemos, pero ya incluso de pequeñas guardábamos los secretos de nuestro padre.

A nuestros amiguitos del parque no les contábamos que nuestro padre bebía demasiado.

Que no era violento, aunque sí que podía resultar desagradable y no parecer un padre de verdad.

Que nos escondíamos porque necesitaba el whisky más que a nosotras, sus hijas.

Y, como es lógico, tampoco les contábamos que conducía borracho con nosotras dentro del coche y que una vez se salió de la carretera en un puente.

Que, como consecuencia, tuve que darle parte de mi hígado porque el suyo no funcionaba bien e iba a acabar matándolo.

Ni siquiera sé por qué era un secreto, pero lo era. No recuerdo haber estado particularmente asustada de que nos fuesen a separar de él. Tan solo eran los límites de la jaula en la que vivíamos.

Lo irónico es que ese es justo uno de los principios de la sobriedad: no dependía de nosotras compartirlo.

En algún momento del camino, Stella se deshizo de las cadenas que la mantenían callada y creo que, quizá, durante el accidente, el agua oxidó las mías para que jamás me librara de ellas.

Tardé toda la carrera y demasiadas botellas de vino en contárselo a Willa y a Kate.

Rav asiente, pensativo, antes de ceder.

—Bueno, pues un libro abierto conmigo. Antes no te conocía, pero estoy seguro de que tu resentimiento hacia la donación de órganos ha aumentado a medida que tu beca ha ido avanzando. ¿Cómo crees que has llegado hasta aquí?

—En un momento estábamos en el coche y al siguiente ya no. Después me extirparon parte del hígado, fui a la universidad y luego a la Facultad de Medicina. Poco después empecé la residencia y, en cuestión de un abrir y cerrar de ojos, aquí estoy, llevándome los órganos de la gente.

—No te estás llevando los órganos de la gente —me interrumpe Rav.

A estas alturas, cualquiera diría que está cansado de oír el mismo cuento. Willa me dijo que lo de «vivir por mí» era una mera excusa, pero probablemente sea la única que he puesto en toda mi vida.

—Alguien se llevó algo de mí. —Se me quiebra la voz cuando lo digo; mi cicatriz se abre y revela todo el espacio vacío en mí, y creo que mi yo de pequeña se asoma por el recoveco donde se esconde ahí dentro y se pregunta a dónde han ido todas las partes que ya no son suyas.

Rav se inclina hacia delante, haciendo gala de una paciencia infinita.

—Diste tu consentimiento, Greer.

—Tenía dieciocho años. —Se me escapa una lágrima que se desliza despacio por mi mejilla.

—¿Le has contado esto alguna vez a tu padre o a tu hermana?

—¿Cómo sugieres que lo haga? —Ahogo una risa nerviosa y levanto las manos—. Oye, Stella, papá, sé que te di mi hígado para que pudiésemos intentar ser una familia y lo hice sin saber si te mantendrías sobrio o no, así que gracias, pero creo que me arrepiento.

—Ha dejado de beber, Greer. ¿Crees que podría haber sido por lo que le diste?

Inspiro y entrecierro los ojos.

—No. La adicción no funciona así y lo sabes.

La gente solo recupera la sobriedad si de verdad desea recuperarla.

Y no lo digo a malas. Es ir en contra de una enfermedad que seguimos sin entender.

Mi padre lo hizo por sí mismo y se lo agradezco.

Habría sido una desgracia que también se hubiese cargado mi hígado.

Rav no contesta, pero hoy siento que todo pesa demasiado en mi pecho. Noto punzadas en la cicatriz y él gana. Los bordes de mi visión se nublan y no me molesto en secarme los ojos.

—Pensaba que quizá… No sé. Que me haría ser mejor. Más comprensiva. Que me haría compadecerme de un sistema médico que está claro que no funciona.

—Si pudieses elegir otra especialidad, una residencia distinta, ¿lo harías? ¿Qué elegirías?

Parpadeo, abro la boca y estoy a punto de decirle que no estoy segura, pero creo que, a pesar de todo, sí lo estoy. Pienso en Theo. En Jer. En toda la gente que ha muerto y ha dado vida a otros. Me aprieto el costado y recuerdo que es algo maravilloso, aunque ojalá todo el proceso fuese distinto.

—Inventaría una especialidad que hiciese crecer hígados, riñones y páncreas en los árboles y los recogería para mis pacientes en vez de tener que extirpárselos a los demás.

—Siempre quedará la medicina regenerativa. —Los ojos de Rav se empequeñecen al sonreír—. Podrías reconducir tu investigación por ahí.

—Tal vez —contesto en voz baja. Le ofrezco una sonrisa vacilante y acuosa a causa de las lágrimas en mis mejillas.

Se endereza y baja los pies de la mesita.

—¿Sigues viendo al jugador de fútbol?

Aprieto los labios y los límites, franjas y barrotes que conforman la jaula de mi corazón se oscurecen.

—Solo es sexo. No necesito explicarte lo de las necesidades físicas básicas, ¿verdad?

—¿Puedo decirte algo más antes de que acabemos por hoy?

—Hace una pausa, aunque en realidad no me está pidiendo permiso—.

Tu madre se marchó y, aunque eso tuvo más que ver con tu padre que contigo, seguro que hay una parte de ti, en tu subconsciente, que piensa que podrías haber hecho algo de otra forma.

Que, si hubieras dado algo más de ti, habría sido suficiente para tu madre.

Pero luego sí lo hiciste. Entregaste una parte de ti y, en vez de reconocer que fue algo muy doloroso, algo por lo que no tendrías que haber pasado nunca, te inventaste el cuento de que nunca te has priorizado y de que eres incapaz de marcar límites y poner distancia.

De que, si eres suficiente para ti, también lo serás para los demás.

Rav se calla un segundo y entonces dice algo para lo que habría deseado que realmente me hubiera pedido permiso, porque no estoy segura de estar preparada para oírlo en este momento.

—No tienes que quedarte sola para ser suficiente.