21 #2
—Revisaremos el partido de hoy. Las jugadas buenas y malas. Nos centramos en eso durante la semana.
Greer asiente y bebe otro sorbo de cerveza antes de hacerme una nueva pregunta.
—¿Dónde jugabas antes?
No estoy acostumbrado a esto. Nadie quiere conocerme. Mi familia quiere que pague y arregle las cosas. Mis compañeros de equipo quieren que anote puntos y mi agente, que sonría, porque eso también le hace ganar dinero.
—Eh… Cincinnati me escogió en el draft después de la universidad. Jugué allí hasta la expansión, hace unos cuantos años.
Parpadea y, aunque sé que es un gesto mudo, creo que lo oigo con claridad: «Estas preguntas son reales, al igual que tú, Beckett».
—¿Y eso es normal? —pregunta.
Me paso una mano por el pelo.
—¿Para un pateador? No tiene por qué. Es un trabajo un tanto voluble.
He visto cómo transferían a jugadores después de un mal partido y elegían a otros que no habían jugado ni un solo minuto en toda la temporada.
La longevidad no es necesariamente normal.
A los pateadores rara vez nos escogen en el draft , pero yo…
Enarca una ceja oscura y me mira con diversión.
—No pasa nada por decir que eres bueno.
—Pues menuda chorrada para la que tener talento.
—¿Por qué?
—Porque no ayudo a nadie. No como tú con las cirugías.
—No sé yo si siempre son de ayuda, la verdad.
—Da otro sorbo de cerveza antes de dejarla en el suelo a su lado e inclinarse hasta apoyar los codos en los muslos y la barbilla en las manos—.
¿Sabes? No voy a fingir que en el fondo soy una fanática del deporte y que haber ido a un partido ha despertado algo en mí que ni siquiera sabía que existía.
Pero hoy has hecho feliz a la gente, Beckett. Y eso cuenta para algo.
No es mi intención hacerlo. Iba en serio cuando le dije que no rebasaría sus límites. Que los respetaría. Y la respeto, probablemente más que a nadie en el mundo.
Pero yo nunca he contado para nada.
Apuro el resto de la cerveza, desecho el botellín y le agarro las pantorrillas. Antes de pensármelo dos veces, tiro de ella para sentarla sobre mi regazo, la agarro de la nuca y pego mis labios a los suyos.
Y ella me devuelve el beso, por cierto.
Al instante. Con entusiasmo. Dándolo todo.
Arquea la espalda y pega su pecho al mío a la vez que esos ruiditos que ya me tienen enamorado empiezan a sonar en su garganta cuando nuestras lenguas se encuentran. Lleva las manos a mi coronilla y me araña el cuero cabelludo antes de tirarme del pelo.
Mis manos encuentran la curva de su cintura y le levanto la sudadera para poder tocar su piel desnuda. Uno de mis dedos roza el borde de su cicatriz y espero que sepa que creo que es una de sus partes más bonitas.
Pega sus caderas a las mías cuando sigo subiendo la mano y la cuelo bajo su sujetador antes de girar los dedos y rozar uno de sus pezones duros con el pulgar. Separa los labios de los míos, echa la cabeza hacia atrás y suelta el gemido más precioso que haya oído nunca en mi apartamento.
Podría quedarme aquí contemplándola sobre mí, sintiendo cómo creo que la estoy haciendo sentir, y ella a mí, para siempre.
La polla se me pone dura bajo los pantalones y ella arquea la espalda hacia atrás y mece las caderas más rápido mientras yo muevo la mano por su torso.
—Quítame la sudadera —espeta con voz ronca antes de pasar a ser a una súplica—. Por favor, Beckett.
La forma en que pronuncia mi nombre me hace querer morir. Y sería la mejor muerte del mundo: con la persona más preciosa del planeta retorciéndose sobre mí. Confiándome algo más que su cuerpo, aunque quiero cuidar de él igualmente.
Su ropa desaparece y la mía también.
Me manda a por un condón y me dice que no quiere que nos movamos del sofá. No sé si piensa que eso va en contra de sus normas o qué, pero haría cualquier cosa que me pidiera.
Sus muslos se tensan a cada lado de los míos y el pelo oscuro le enmarca el rostro cuando baja la mirada hacia mí en cuanto echo los hombros hacia atrás, contra el sofá, y abro el estúpido envoltorio.
—¿Puedes ponerte… encima? —pregunto con apenas un jadeo ronco—. Quiero verte.
Inclina la cabeza hacia un lado, vacilante.
—Si no te sientes cómoda…
Greer baja la mirada a su cicatriz rosada, aunque apenas se ve bajo la luz, y sacude la cabeza.
—No es la presencia física de la cicatriz lo que me molesta, no deja de ser piel regenerada. —Arruga la nariz—. Es solo que estoy pensando que quizá sea demasiado… íntimo… cabalgarte así en el sofá.
Jadeo. Mi polla se sacude y hago una pausa mientras me coloco el condón.
—No digas «cabalgar».
Sonríe, y es una sonrisa como ninguna otra que haya visto antes. Curva las comisuras hacia arriba, le brillan los ojos y mueve las caderas hacia delante.
—¿Montar?
—Para.
—Galopar…
—Basta.
Ella también debe de estar de acuerdo, porque apoya las manos en mis hombros y desciende sobre mí centímetro a centímetro, deteniéndose a la vez que se acomoda a mi alrededor. Echa la cabeza hacia atrás mientras gime de placer.
Nuestras miradas se cruzan, Greer separa los labios con un jadeo y nos quedamos unidos así durante un minuto. Muevo la mano entre nosotros y la acaricio justo donde sé que le gusta. Apoyo la otra en la parte baja de su espalda y ella mueve las caderas hacia delante.
El movimiento es mínimo, pero echo la cabeza contra el sofá y me muevo con ella.
Greer arquea la espalda, me clava las uñas y, cuando su pecho me roza la cara, separo la mano de su espalda, le agarro un pecho y jugueteo con su pezón otra vez antes de cambiar los dedos por mi lengua.
La cosa se sucede así: manos que van y vienen, caderas que suben y bajan, bocas que chocan entre sí y ningún recordatorio de la palabra «amigos» hasta que se contrae a mi alrededor, me trago el gemido que suelta contra mi boca y yo también estallo en llamas.
Apoya la frente contra la mía. Estamos demasiado cerca como para mirarnos a los ojos, pero creo que la veo perfectamente antes de que eche la cabeza hacia un lado y la deje caer sobre el hueco de mi cuello.
—Seguimos siendo solo amigos —susurra contra mi hombro.
Me giro y deposito un beso en su sien.
—En realidad creo que eres mi mejor amiga.
Y es cierto. Pero también es una persona firme, irrompible y preciosa que me ha esculpido con pedazos de arcilla rota.
Ama a su hermana y sé que también quiere a su padre, aunque le duela. Es divertida cuando quiere y tremendamente seria el resto del tiempo, aunque lea libros sobre hadas y no sepa apreciar la complejidad de la Revolución francesa.
Mi corazón me dice que esto que estamos haciendo es una idea estúpida, porque solo me ha dado partes diminutas de sí misma, pero no lo oigo porque me está susurrando desde donde ella está sentada a horcajadas sobre mí, con las manos sobre mis hombros, aunque no pegadas del todo porque ese estúpido órgano mío se encuentra atrapado entre sus dedos.