Estrictamente profesional 21
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Beckett

Tres goles de campo largos, unos cuantos puntos extra y una victoria después, todos me quieren de nuevo.

El gran Beckett Davis ha vuelto. Ya he visto un titular así, pero realmente no me hace sentir nada.

Lo que sí me hace sentir algo es el mensaje y la foto que me ha mandado Greer.

Orejeras Camiseta. Amigo 100 %.

Lo que sentí cuando vi su foto tras el partido no fue muy propio de amigos que digamos. Y ahora que estoy en casa sigo observándola como si fuese mi propia versión de La noche estrellada .

No es por el número diecinueve que lleva bordado en dorado en la lana.

No tiene nada que ver con el hecho de que tenga algo que supuestamente me represente a mí o a mi equipo —le pedí a Brooke que añadiera mi número más como coña—, sino con cómo mira a la cámara.

Ni siquiera está sonriendo. El pelo oscuro le cae sobre los hombros y hace que las orejeras resalten mucho más.

Tiene una mano en el pecho y la luz la ilumina de tal forma que, por una vez, sus pómulos parecen más suaves.

También tiene los labios juntos, pero no apretados en una fina línea.

Parece contenta.

Está preciosa.

Sabía dónde estaba sentada y he intentado no mirar, pero no he podido evitar hacerlo cada vez que salía al campo, aunque realmente su figura estaba perdida entre la inmensa marea de blanco y dorado.

Me planteé cogerle asientos justo a pie de campo, pero entonces solo habría podido verla a ella, y eso no es a lo que Darren se refería cuando me preguntó si había practicado mis ejercicios de visualización.

Ha sido una mentirijilla que le he dicho como si siguiera siendo el yo de la temporada pasada.

Le he dicho que he estado practicando toda la semana.

El antiguo Beckett Davis lo habría hecho.

Habría estado trabajando en los ejercicios de visualización hasta que lo único que pudiera ver ahora fuera el montante.

No obstante, mi yo actual solo puede verla a ella, hasta tal punto que se me ha metido bajo la piel.

Pensé que tal vez la sensación pasaría una vez nos hubiéramos acostado, pero creo que ahora incluso corre por mis venas, y aunque me abriese en canal y me desangrara por completo, ella aún seguiría estando dentro.

Ahí está en este momento, justo bajo mi pecho, tocándome y clavándome las uñas en los hombros.

Mi pantorrilla se contrae y no es porque haya forzado el músculo. Son sus dedos los que están bajando por mi espalda para moverme como una marioneta, la suya.

Trago saliva y me reclino sobre el sofá.

Me alegro de que te gustaran. Espero que te sirvieran.

Me hicieron sentir muy cómoda. Gracias.

Se me hincha el pecho al leer su mensaje, ante la idea de que algo que he hecho la haya ayudado, aunque sea un poquito.

Mi hermana se ha propuesto aprender todo lo que pueda sobre fútbol americano y dice que has pateado el balón muy bien, así que buen trabajo, tú.

«Tú».

Yo. El de verdad.

Gracias por pasar el domingo viendo a un puñado de hombres correr detrás de un balón.

Normalmente lo paso leyendo sobrehombres ficticios con alas.

¿Y qué sueles hacer los domingos por la noche?

Pues lo mismo de arriba.

Mi imaginación se activa enseguida y la visualizo en su sofá, con la luz tenue de su salón y una vela encendida. Pasando páginas conforme lee. Moviendo los labios ligeramente mientras dirige los ojos de lado a lado por las palabras.

Mis pulgares empiezan a moverse porque son sus labios lo que siento en mi oreja; su pelo lo que siento sobre mi piel.

Si te preocupa que se te salgan los ojos cuando llegues a las partes más sexis, podrías venir a mi casa.

Los tres puntos aparecen.

Desaparecen.

Y vuelven a aparecer.

Empiezo a escribir una disculpa, a decirle que era broma, que estoy cansado.

Y es cierto, pero ella aprieta el puño, tira de las cuerdas que me convierten en su marioneta y responde.

Envíame tu dirección.

—¿No traes las orejeras? —Sonrío y apoyo la cabeza contra el marco de la puerta.

Greer me mira y se cruza de brazos. La capucha de su sudadera negra está arrugada alrededor de su cuello, y mueve la pierna izquierda como si estuviera valorando dar golpecitos en el suelo.

—¿Son un requisito obligatorio para entrar?

Sacudo la cabeza y me aparto antes de hacer un gesto hacia la cocina con la barbilla para que pase.

—Qué va. Pero me ha sorprendido que hayas venido.

—Tenía que hacerlo —dice, y antes de pasar por mi lado y entrar en mi apartamento, curva los labios de esa forma que hace que se me doblen las rodillas—. Por el bien de mis ojos.

—Claro. Tus ojos. —Cierro la puerta y veo cómo echa la cabeza hacia atrás para contemplar el techo abovedado y el ladrillo visto—. Es mejor que no los fuerces antes de las importantísimas operaciones que tendrás que hacer esta semana.

Ella hace un ruidito por lo bajo, como si no me hubiera oído, pero creo que tensa los brazos y da un paso vacilante hacia una de las sillas colocadas de cualquier manera a lo largo de la isla de granito que ocupa gran parte de la cocina.

Se ha quitado los zapatos y solo lleva puestos unos calcetines deportivos que le llegan hasta la mitad de la pantorrilla y que le quedan más adorables de lo que deberían a una mujer.

Greer ladea la cabeza antes de sacar la silla y sentarse.

—Bonita casa.

—Gracias. El techo alto viene genial para practicar los tiros. —Señalo la nevera—. ¿Qué quieres de beber?

—Lo mismo que tú. —Echa la cabeza hacia atrás de nuevo para seguir admirando la arquitectura y lo único que consigue es que tenga una vista perfecta de su cuello.

Sus líneas. Donde se oculta bajo su sudadera y se une a sus hombros.

La ropa le cubre la mayor parte de la piel, pero me gustaría pasar la lengua por toda ella—. ¿De verdad entrenas aquí?

Carraspeo y me llevo una mano al mentón de camino a la nevera.

—Sí. Tengo una red de entrenamiento en la habitación de invitados.

Suelta otro ruido, más bajo esta vez.

—¿Te parece bien una cerveza? Normalmente me bebo una después de haber tenido partido en casa.

—¿Solo una? —Su voz suena ronca, y giro el cuello porque creo que puedo sentirla penetrar en mi interior.

Las botellas resuenan cuando las cojo de la repisa y les quito el tapón antes de dejarlas sobre la encimera y girarme hacia ella.

—Solo una. Sé que yo no corro, pero me tomo mi entrenamiento muy en serio durante la temporada.

—Fiable, carismático y dedicado. —Su voz es apenas un susurro y levanta las cejas a modo de agradecimiento cuando le tiendo la suya.

Todas esas preciosas líneas aparecen en su cuello en cuanto se lleva el botellín a los labios.

Me mira a los ojos y parece estar a punto de sonreír contra el cristal frío.

—Gracias.

—Gracias por venir hoy. —Trago saliva y tomo un sorbo más largo de lo necesario—. ¿Te han gustado las orejeras?

Esta vez sí que sonríe de verdad; curva las comisuras de la boca con el botellín en los labios.

—Sí. Ha sido muy considerado por tu parte. En realidad, a mi hermana le han encantado.

—Me lo apunto. La próxima vez pediré que hagan otras para ella.

Ensancha la sonrisa al hablar de su hermana. Es otro detalle en el que me he fijado, que he recogido y guardado junto a todos los demás pedazos de ella.

Pero nunca dura mucho. Siempre veo ese primer fogonazo de amor y luego un músculo palpita ligeramente en su mejilla y parece como si todo ese amor le hiciera daño.

Señalo el sofá con la cabeza porque ahora mismo no confío en mis palabras. Ella asiente y cruza el salón.

Se acomoda en uno de los extremos con la mirada fija en la tele colgada en la pared, donde se ve la cuenta atrás para el partido de esta noche.

Echa un vistazo a la pantalla durante un segundo antes de mover los hombros y recostarse contra el brazo del sofá.

Después sube las piernas como si se sintiera como en casa, y a mí me gusta esa idea.

Estoy tentado de sentarme a su lado, pero dudo que lo considere propio de dos amigos, así que me acomodo en el otro extremo y hago una mueca cuando estiro las piernas sobre el módulo.

—¿Puedo hacerte una pregunta? De un amigo que solo quiere conocer mejor a su amiga.

Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y bebe otro sorbo de cerveza antes de asentir con suavidad.

—Los ruidos… en el hospital. ¿Es por eso que…?

—¿Que todo el mundo piensa que soy borde?

—Greer ladea la cabeza. Se muerde el interior de la mejilla durante un segundo antes de encogerse de hombros—.

A veces. No dejo que nadie me cambie la lista de reproducción en el quirófano porque sé qué canciones son y qué esperar de ellas.

No me gusta cuando la gente es caótica ni cuando se le caen las cosas.

Aunque, sobre todo, es porque no es solo una vida la que tenemos entre manos.

—Y luego estoy yo, que me limito a darle patadas a un balón. Menudo par de amigos estamos hechos.

Entrecierra los ojos al oír mi autocrítica. Parpadea despacio y se inclina hacia delante, lo cual solo hace resaltar las motitas de color ámbar de sus ojos bajo la luz del salón.

—Entonces… Hoy habéis tenido partido. ¿Mañana cómo se presenta el día? ¿Y la semana?

Este suele ser un trabajo de seis días, lo crea la gente o no. Doy un trago a mi cerveza antes de girarme hacia ella y mover las piernas en su dirección. Nuestros pies casi se tocan, pero ella no se aparta.

—Trabajo corporal. Mañana me harán un masaje en las piernas, sobre todo en la que uso para patear, centrándose en los isquiotibiales y los aductores.

Y también me darán crioterapia. Daré una clase suave de pilates y luego toca revisar la cinta.

Para los demás será más o menos igual. Distintos entrenamientos y terapias según nuestra posición, pero todos estamos allí, juntos.

—¿Qué clase de cinta? —Se reclina contra el brazo del sofá.

Me está mirando como si le interesara de verdad y, aunque es algo que detesto la mitad del tiempo, me veo sonriéndole igualmente.