Estrictamente profesional 20
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Greer

«Prométeme que solo harás lo que te haga bien».

Jamás habría imaginado que algo que me hace bien sería estar aquí, haciendo cola para entrar al campo, hombro con hombro con desconocidos vestidos de blanco, dorado y negro, cerca de tantísima gente con bocinas.

Stella lanza una mirada desaprobatoria al hombre que va delante de nosotras. Sus ojos verdes no pierden de vista la bocina que mueve de lado a lado con quizá demasiada exuberancia para mi gusto. Mi hermana apoya una mano en el hueco de mi codo.

—Tienes tus pastillas, ¿no?

—Sí, mamá. —Levanto el bolso y abro mucho los ojos—. No creo que vaya a darse la vuelta de la nada y a soplarla en mi oreja, Rita.

Stella aprieta los labios en una fina línea y levanta la barbilla al tiempo que me rodea el brazo con el suyo.

—Si sabe lo que le conviene, más le vale que no. Pero no se puede confiar en esta gente, Greer. Los hinchas de los deportes, los canadienses en particular, son demasiado entusiastas.

—No creo que pase nada, aunque tal vez tengas razón. ¿Recuerdas que Beckett me dijo que alguien le lanzó un Timbit a la cara?

Stella gira la cabeza hacia mí.

—¿De qué sabor era?

—De pastel de cumpleaños.

Ella hace una mueca y sacude la cabeza.

—Menudo desperdicio. Anda que no hay mejores usos para un Timbit con Beckett Davis.

—Puaj.

Arrugo la nariz y se me revuelve el estómago hasta el punto de sentir incomodidad.

No es mío, solo es un amigo. Pero lo recuerdo de rodillas frente a mí, luego cerniéndose sobre mí, agarrándose al cabecero para averiguar lo que me gusta. Lo que no me gusta es imaginármelo con otra persona.

—¿Qué? Lo has visto de cerca. Sé que… —Stella chasquea los dedos y saca su móvil del bolsillo—. Veamos el anuncio de Gatorade mientras esperamos.

La miro con desaprobación.

—No.

Ella echa la cabeza hacia atrás y suspira antes de guardar el teléfono en el bolsillo.

—¿Qué asientos tenemos?

—No lo he mirado. —Saco el móvil cuando nos acercamos al guardia de seguridad en la puerta—. Pero me ha dicho que teníamos que pasarnos por el mostrador antes de sentarnos.

—¿Por qué? —pregunta mi hermana mientras retrocede y deja el bolso en una bandeja antes de pasar por el detector de metales.

Me encojo de hombros.

—A saber, pero ha sido muy insistente.

Stella pasa por el escáner después de mí y sonríe cuando recoge el bolso.

—¿Crees que te ha dejado una sorpresa? ¿Algo sexi? ¿Una foto sin camiseta firmada, por ejemplo?

—¿Pero cuántos años tienes?

—Una nunca es demasiado mayor para picar a su hermana —se queja. Parece a punto de mezclarse con la gente en dirección al mostrador, pero se detiene de golpe y señala una de las enormes fotos colgadas en la pared del pasillo—. Ahí está… Tu ligue. Dios, sí que es fotogénico, ¿eh?

La agarro del brazo y tiro de ella hacia el mostrador, aunque mis ojos se desvían hacia el póster.

No lleva casco, al contrario que los otros jugadores con fotos parecidas colgadas en la pared de hormigón.

Una decisión inteligente por parte del fotógrafo o de quien lo haya supervisado, porque Beckett es absolutamente guapísimo.

Está sonriendo y se le ve el hoyuelo en la mejilla, le brillan los ojos verdes y tiene la mandíbula afeitada bien marcada.

El pelo marrón chocolate está alborotado y ondulado sobre las orejas.

Lleva puesta la primera equipación —una camiseta blanca con letras doradas—, y los músculos de sus brazos se aprecian a la perfección porque está sujetando el balón justo delante del pecho.

Su nombre aparece bajo el póster en letras de molde, seguido de una lista con un montón de títulos.

Beckett Davis, #19

Líder en goles de campo de todos los tiempos de la NCAA (Asociación Nacional Deportiva Universitaria), División 1 (trayectoria)

Líder en goles de campo de todos los tiempos de la NCAA (Asociación Nacional Deportiva Universitaria), División 1 (temporada única)

Gol de campo más largo marcado por un principiante

Cinco veces jugador en el equipo All-Pro

Seis veces jugador en la Pro-Bowl

Me pregunto qué piensa cuando ve todos esos logros así, expuestos para que la gente los vea; si alguna vez lo han llenado de orgullo; si se ha dado cuenta de que vale mucho más que los reconocimientos que ostenta.

Sí, es fiable y carismático, pero es más talentoso en algo que quizá considere inútil de lo que la mayoría de la gente soñaría con ser.

Aun así, muchas de las cosas que hacen a Beckett ser quien es no se encontrarían descritas en un cartel.

Se ven en la forma en que le cambia la sonrisa cuando está cómodo; en su forma de hacerte sentir relajado y comprendido; en su forma de hablarte, mirándote fijamente, y en que siempre te escucha; en el hecho de que lleva las flores más aromáticas a una zona sin olores; en que le encanta la parte más oscura de la historia y pasa demasiado tiempo hablando del pilates máquina; en que sonríe mucho a los demás, pero creo que no se guarda muchas sonrisas para sí.

En la forma en la que respira contigo cuando tú no puedes hacerlo por ti misma.

—Hola. —Stella se inclina hacia delante y se cruza de brazos sobre el mostrador—. Mi hermana ha venido a recoger un paquete de Beckett Davis.

Una mujer parpadea al otro lado del cristal y creo que las mejillas se le tiñen de rojo.

—¿Greer?

—¿Sí?

Levanto la mano e intento sonreírle, pero creo que el hecho de que le haya dicho mi nombre a esta desconocida no es algo que suelan hacer los amigos.

—¡Te ha dejado un regalo! —Stella parece muy pagada de sí misma y le brillan los ojos.

La ignoro y la miro con vacilación antes de estirar el brazo.

Orejeras.

Unas orejeras de montaña blancas supersuaves con el logo del equipo a ambos lados y, justo por encima, el número diecinueve bordado.

Stella coge aire y sus dedos descienden hasta mi muñeca.

Miro a mi hermana. Parece emocionada: se le crispan las comisuras de la boca a la vez que arruga la nariz y parpadea demasiado deprisa, como si estuviese conteniendo las lágrimas.

Hay una nota en el mismo papel marrón de la bolsa, pegada a la diadema.

Me han dicho que las orejeras son más de amigos que u na camiseta. Por si acaso hay demasiado ruido.

Beckett

Quito el papel. Mis dedos rozan el material, de tacto suave, pero juraría que también siento el dedo meñique de Beckett alrededor del mío.

Me pongo las orejeras y el ruido se reduce hasta no ser más que un murmullo silencioso, reconfortante y agradable.

La verdad es que lo único que puedo oír es su promesa.

«Prométeme que solo harás lo que te haga bien».

Nueve palabras juntas y dichas por un amigo con un significado muy simple. Pero creo que lo oigo decir algo más… Que quizá él también pueda ayudarme a cuidar de mí misma.