19
Beckett
No parece contenta de verme.
Frunce el ceño y, cuando se cruza de brazos, su trenza se balancea detrás de ella.
Sonrío y levanto el café que le he traído.
—Este no era el recibimiento que esperaba después de habernos acostado.
Ella abre los ojos como platos y mira, asustada, alrededor del vestíbulo del hospital, lo cual me hace sentir un poco mal, ya que no tuvo ningún problema en dejar que le practicara sexo oral sin molestarse siquiera en cerrar la puerta del armario con pestillo.
Me desinflo un poco y me llevo la mano libre al mentón mientras el café postsexo permanece olvidado en mis dedos.
—¿No… no te gustó?
—Claro que me gustó. —Greer estira el brazo y coge el café.
—Entonces, ¿qué problema hay? —Bajo la voz y me inclino hacia ella.
Entrecierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y suspira con exasperación antes de agarrarme del brazo y arrastrarme hasta el pasillo junto a los ascensores.
Me suelta —ojalá no lo hubiera hecho; quiero que me toque durante el resto de mi vida— y se apoya contra la pared antes de llevarse el café al pecho.
—El problema, Beckett, es que así no se comportarían dos personas que comparten una relación estrictamente profesional. Ni siquiera dos amigos.
—¿Lo de traerte un café? —pregunto sin emoción en la voz.
—Exacto. Ahora que ya hemos dejado eso claro…
La interrumpo dando un paso y apoyando una mano en la pared, justo al lado de su cabeza. A ella se le dilatan las fosas nasales y la oigo coger aire de golpe.
—De eso nada, doctora Roberts. Sí que es algo normal entre amigos. Me has dejado entrar en tu casa. En tu cama. En ti.
Greer pega los hombros a la pared y me mira a los ojos.
—No estoy buscando salir con nadie.
—No quiero salir contigo, solo ser amable contigo.
En realidad, sí que querría salir con ella, y también ser algo más que amable con ella. La verdad es que me encantaría hacerle cosas que nadie describiría precisamente como «amables».
No obstante, ahora mismo parece una cervatilla asustada, con los ojos abiertos como platos y sacudiendo la cabeza de forma imperceptible.
—Esto no es ni un juego ni una broma. No es como en las películas.
No voy a levantarme un día y a darme cuenta de que soy una persona entera y sana que solo necesitaba amor en su vida.
Le entregué a un hombre un trozo de mi hígado porque no supe imponer límites, pero estoy intentando hacerlo ahora. No quiero salir con nadie.
Retrocedo y levanto las manos. Ella sube el mentón con decisión, aunque veo que sujeta el café con tanta fuerza que se le han puesto los nudillos blancos y está parpadeando más de lo normal.
Si se da cuenta de que me ha revelado algo de sí misma —lo que transcurre en esa preciosa cabecita suya al referirse a él como a un hombre en vez de a su padre, que para ella ese gesto tan altruista es igual que ser incapaz de imponer límites—, no lo demuestra.
—No creo que tus límites no sean importantes. Siento haber cruzado uno. —Agacho la cabeza y esbozo una sonrisa triste—. No volverá a suceder.
Ella suspira, echa los hombros hacia atrás y toma un sorbo de café. Cuando se separa de la pared parece más alta, como si mis palabras le hubieran quitado un gran peso de encima.
—Genial. Gracias.
Ensancho la sonrisa.
—Podemos ser amigos que se han visto desnudos. Como en la universidad.
Greer pone los ojos en blanco.
—Lo digo en serio. Mi intención no es salir contigo. No me malinterpretes, si quisieras tener una «reunión de trabajo» de vez en cuando —me mira inexpresiva—, no te diría que no. En realidad, me encantaría. Pero no quiero que dejemos de ser amigos.
No le digo que la idea de que desaparezca de mi vida de golpe —una persona que ve a través de mí y a la que no le importa nada más que lo que tenga que decir, lo que pienso de verdad, que hace que todas esas expectativas que arrastro conmigo no importen lo más mínimo— me parece desoladora.
Si esa situación llegara a suceder, probablemente le suplicaría de rodillas que siguiera quedando conmigo.
Pero resulta que no tengo que decírselo, porque ladea la cabeza con la tapa del café pegada a los labios, ocultando su sonrisa.
—¿Te ayudaría eso a dormir por las noches? ¿Ser amigo de la única persona de la ciudad que no te odia?
—Sí. —Asiento.
No me molesto en decirle que anoche dormí del tirón por primera vez desde que terminó la pretemporada. El peso de las expectativas de los demás ya no me lastraba tanto porque me sentía suficiente para ella.
—De acuerdo. —Vuelve a poner los ojos en blanco como si le supusiera un esfuerzo enorme, aunque su mirada parece despedir un brillo especial—. Podemos ser amigos. Pero debo decirte que los amigos no molestan a sus amigos en su lugar de trabajo.
Se gira y empieza a caminar por el pasillo sin esperarme.
—Tú puedes molestarme en el mío —le ofrezco, y le dedico una sonrisilla torcida en cuanto la alcanzo.
Cuando estoy con ella, me gustan mis piernas.
No me importa depender de ellas porque sé que siempre me llevarán hasta donde esté—.
El primer partido de la temporada es este domingo.
Me encantaría ver a una amiga entre el público.
Te conseguiría entradas si quisieras. Podrías ir con tus amigas.
O con tu padre y tu hermana. Lo que prefieras.
Greer se detiene cuando llega al vestíbulo. Arruga la nariz y se muerde el interior de la mejilla.
—Seguro que ya tendrás todas tus entradas asignadas.
—Qué va —digo un poco demasiado rápido, e intento negar con la cabeza como para restarle importancia. No quiero que venga nadie más. He evitado este tema de conversación con mis padres y mis hermanos a propósito, pero me gusta la idea de que ella venga a verme—. A menos que trabajes.
—Lo tengo libre —responde con suavidad, aunque se le quiebra la voz un poco—. Yo no… no suelo ir a sitios así. El ruido es… impredecible.
Trago saliva. Me froto la barbilla y empiezo a negar con la cabeza. Joder, cómo me cabrea el hecho de que algo así le haga daño y también limite su vida. Y también lo egoísta y estúpido que he sido por olvidarlo.
—No me había acordado. No quiero que te sientas incómoda. Olvídalo, en serio. —Le sonrío—. Podemos seguir siendo amigos.
Ella empieza a sacudir la cabeza.
—No… No pasa nada. Eh… Deja que le pregunte a Stella si quiere ir. No te prometo nada, pero me lo pensaré.
—Solo si estás segura. Puedes venir, decidir que odias la foto de mí que hay colgada en el estadio y marcharte antes de llegar a las taquillas siquiera. Puedes marcharte cuando quieras y no me herirás los sentimientos. —Bajo la voz—. Prométeme que solo harás lo que te haga bien.
Es un gesto estúpido, y no sé muy por qué lo hago, pero levanto el meñique. Ella echa la cabeza un poco hacia atrás, parpadea, y seguro que es cosa de la luz, pero sus ojos brillan, las motas doradas cobran vida y su sonrisa me abre en canal cuando levanta el dedo para entrelazarlo con el mío.
Para nuestra primera reunión de equipo de esta temporada, el entrenador Taylor ha contratado a una oradora motivacional que me está mirando demasiado fijamente para mi gusto.
Y no creo que sea porque le ha gustado la estúpida sonrisilla de Beckett Davis que le he dedicado cuando me he sentado.
No ha dejado de hacer referencias sutiles a que no existe un único factor que decida la victoria o la derrota de un equipo, a que no depende de los aciertos o errores de una sola persona. Incluso las palabras «ganáis como equipo, perdéis como equipo» salen de su boca.
No es así cuando eres, de hecho, la persona en la que todos confían para que les des la victoria. He roto todos los demás récords, ¿qué era marcar un gol de campo desde las sesenta y siete yardas para ganar el primer campeonato en la historia de la única franquicia canadiense?
Me he girado la gorra hacia delante, me he cruzado de brazos y me he hundido en la silla.
Pensaba quedarme ahí, en silencio, haciendo justo lo contrario de lo que solían esperar de mí.
No hace mucho habría estado socializando con todos.
El publicista del equipo me habría obligado a estrecharle la mano a la oradora y a ser el amable Beckett Davis de siempre.
Mis compañeros de equipo eran —son— mis amigos.
No hay una sola persona con la que no me lleve bien en esta sala y, en otra vida, habría jurado que éramos amigos íntimos.
De ser el año pasado, habría pasado gran parte de las vacaciones con ellos.
Antes de dejarme caer en la silla, solo he saludado a Nowak con la mano —el otro pateador del equipo, con el que he pasado más tiempo y de quien el carismático y fiable Beckett Davis habría dicho que es uno de sus mejores amigos— y he hecho un gesto con la cabeza hacia Pat, a quien tendría que haberme acercado a saludar, ya que acaba de llegar y no conoce a nadie salvo a mí.
Sigo aquí, con la vista clavada en el teléfono, como si estuviera manteniendo alguna clase de conversación de vida o muerte, cuando lo único que estoy haciendo en realidad es preguntarme si a Greer le ha gustado el café y debatir sobre las ventajas de salir de casa solo para entrenar cuanto más se acerca el partido.
Los internautas podrían haber tenido razón al sugerir que fuera a ver a un psicólogo deportivo.
Pero alguien da un golpe en la mesa con los nudillos y desvío la vista a un lado.
—Beck. Hola, tío. —Evan me saluda con la cabeza antes de pasarse una mano por la cabeza casi rapada y morena.
Evan Chase, el receptor abierto del equipo y otro de los mejores amigos del carismático y fiable Beckett Davis.
Sonrío como siempre.
—Evan. ¿Qué tal?
Sus ojos destellan por un momento y me mira como si no me reconociera. Tal vez la maldita sonrisa falsa por fin se vea como lo que realmente es: una máscara.
—Bien. ¿Con ganas de empezar la temporada?
Me lleva un momento darme cuenta de que me está haciendo una pregunta y no pronunciando una afirmación, porque estaba demasiado ocupado pensando en que toda esta habitación es un ejemplo de lo que sucede cuando fallo.
En el pasado habría implicado la decepción perpetua de mis padres antes de que hundieran los hombros debido al agotamiento.
Que el brillante y grandioso cerebro de Nathaniel no estuviera alimentándose bien.
Que, si no sonreía, tal vez Sarah tampoco lo hiciera.
En este caso, supone la aniquilación de mis aspiraciones profesionales, mis sueños y el sustento de mi familia.
—¿Beckett? —me llama.
Parpadeo y le dedico una sonrisa perezosa antes de quitarme la gorra para pasarme una mano por el pelo.
—Lo siento. Sí, claro. Redención de Beck Davis, ¡allá voy!
Evan me devuelve la sonrisa, aunque no le llega a los ojos. Me encojo por dentro, pero cuanto más lo miro, más me doy cuenta de que la decepción tal vez no sería para él.
Vuelve a golpear la mesa con los dedos y alza una mano a modo de despedida.
Yo levanto la mía, vuelvo a centrarme en el teléfono y pienso en que mi antiguo yo habría estado emocionado por empezar la temporada.
Porque, pese a ser confiable y guapo, también era competitivo y quería ganar.
Quería romper récords y ganar campeonatos.
Pero, en realidad, no tenía a nadie que quisiera que me viera cuando lo consiguiese.
Me pongo de pie.
—¿Brooke sigue diseñando ropa personalizada?
—¿Eh? —Evan parpadea y asiente—. Sí, sí. ¿Estás buscando algo en particular?
—Para una amiga —respondo. No le digo que es una amiga con la que es probable que fantasee durante el resto de mi vida.
Echo los hombros hacia atrás y me froto la barbilla mientras intento pensar en cualquier cosa salvo en cómo me hace sentir—.
Seguramente no sea lo que suele diseñar, pero no creo que le lleve mucho tiempo.
—Escríbele y, si tiene tiempo, seguro que no le importará hacértelo antes del domingo.
—Gracias.
Le doy una palmada en el hombro y estoy a punto de girarme y volver a sentarme hasta que todo el mundo se vaya, pero sigue hablando.
—¿Has pasado un buen verano? No hemos hablado mucho durante la pretemporada. —Ahí está esa mirada otra vez.
Creía que era porque nadie quería hablar conmigo, aunque ahora me pregunto si habrá tenido más que ver con el hecho de que yo no haya hablado con nadie.
No puedo evitar hacer una mueca antes de levantar la barbilla y reírme como si el recordatorio constante de mi fracaso no tuviera la menor importancia y no me hubiese afectado lo más mínimo.
—No mola eso de ser el hombre más odiado de la ciudad, tío. Pero podría haber sido peor. ¿Qué tal Brooke y tú? ¿Volvisteis a Seattle?
Evan asiente. Sus líneas de expresión se pronuncian, aunque no sonríe.
—Sí. Volvimos justo antes de la pretemporada.
—Me alegro de que hayáis pasado un buen verano. —Sigo sonriendo.
Sueno como un idiota. Como si no tuviese la culpa de que no lo haya celebrado por la costa amalfitana y, en cambio, haya tenido que quedarse entrenando en su jardín, estudiando partidos antiguos y persiguiendo un sueño casi imposible.
—Si quieres… —Evan se frota el mentón—. Si quieres ir a cenar, que nos tomemos algo, ver partidos o echar el rato lanzándonos el balón antes del domingo…, escríbeme, ¿vale?
No digo nada, pero asiento y le doy otra palmadita en el hombro.
Estoy a punto de volver a sentarme cuando veo que la pantalla de mi teléfono se ilumina.
El café estaba buenísimo.
Pero lo digo en serio. Solo café. No vengas a traerme ningún iced latte.
Los amigos no hacen eso.
Curvo las comisuras de la boca hacia arriba y, sin darme cuenta, respiro hondo. No me duele y no siento como si mi pecho fuera a abrirse en canal en cualquier momento a causa del peso enorme que he estado cargando.
Siento como si tal vez hubiera gente ahí fuera a la que le guste el verdadero Beckett, la forma en que Greer lo ve.
Me guardo el teléfono y bajo los escalones para saludar a Pat y a Nowak.