18 #2
—Sí. —Yo también sonrío, tanto que me duelen las mejillas, y me llevo una mano al pecho, sobre el corazón.
Creo que los latidos me están diciendo que, al final, todo es por esto.
Por mi hermana. Por mi padre. Por todas las personas a las que consigo darles una vida—.
Un hígado para alguien que lleva mucho tiempo esperando.
—¿Alguien que se lo merece? —pregunta Beckett en voz baja.
Me mira y sé que la pregunta es más importante y va más allá de esas meras cinco palabras. Aprieto la mano contra el pecho y le dedico una sonrisa que espero que sepa que es únicamente para él.
—Todo el mundo merece una segunda oportunidad, Beckett.
Los trasplantes de hígado pueden tardar entre cinco y ocho horas, dependiendo de muchos factores.
Este solo ha durado seis desde que abrí hasta que cerré. En lo que a trasplantes se refiere, se considera rutinario, pero para mí ha sido especial.
No solo por el hecho de que ha sido para un paciente que tengo desde hace años.
Siempre ha demostrado tener muchas ganas de vivir, de ver otro amanecer, otro atardecer, de respirar aire fresco y amor.
Ya estuve con él, agarrándolo de la mano y llorando a su lado cuando otros órganos no funcionaron, y le prometí que haría todo lo posible para asegurarme de que viviría.
Sino también porque mi corazón no ha dejado de latir de otra manera mientras realizaba la cirugía, y no he podido dejar de sonreír bajo la mascarilla mientras colocaba el órgano nuevo en su cavidad abdominal.
Incluso se me han humedecido los ojos; el hígado era del tamaño perfecto, y seguramente no existiera otro más compatible en el mundo.
No he sentido que estuviese robando o llevándome algo de alguien contra su voluntad.
No pregunto a los donantes si son como yo.
No les pregunto si son la única opción para alguien que les ha hecho un daño enorme o si, al fin y al cabo, solo son una niña que quiere que su familia permanezca unida y por eso da una parte más de sí misma.
Hoy he recordado lo más importante: que es un regalo mágico y especial, y me he cerciorado de tratarlo con cariño.
Quizá se deba a que hace unas horas alguien ha tocado mi cicatriz con adoración y me ha dicho que fui valiente y que no estaba rota ni desesperada, que no fui una cría que dio todo de sí misma pedazo a pedazo.
Después he buscado una sala de guardia y creo que, tras la operación, he dormido mejor que en todo un año.
Cuando la mayoría de los cirujanos dicen que no duermen bien es porque no duermen; los horarios de los residentes son extenuantes. No es algo que haya que glorificar: están faltos de sueño casi el noventa por ciento de las veces.
Yo dejé de dormir bien en cuanto empecé el periodo de formación y me di cuenta de que iba a dedicar toda mi vida a lo mismo que me hacía un daño incalculable.
No me metí a cirujana con la intención de realizar trasplantes.
No fue ninguna vocación a raíz de que me extrajeran el hígado y me suturaran hace tantos años.
Tan solo ocurrió.
He sentido todo esto un poco como si siguiese atrapada en el coche. El agua sube por mis piernas, el cinturón se ha quedado atascado y me roba el aire mientras mis manos arañan la hebilla en un intento por salir.
La mañana parece extraordinariamente luminosa, quizá como se veía el agua la mañana siguiente después del accidente, cuando el sol se despierta y sus rayos aún no cubren la tierra del todo pero ya empiezan a calentar.
Al salir de la sala de guardia me siento tranquila y en calma; es una buena sensación. Son las siete de la mañana; no es hora punta, y me gusta que el vestíbulo todavía no esté a rebosar de gente y que los trabajadores del hospital no estén buscando cafeína como locos.
Apenas he dormido cuatro horas, pero me encuentro como nueva.
El sol matutino se cuela por los ventanales que rodean la cafetería y me calienta la nuca cuando me siento en una de las sillas de la esquina.
Aunque no tengo que hacer rondas hasta las nueve, y normalmente empiezo leyendo los historiales médicos y los informes de la noche anterior cuando aún estoy en casa, me gusta hacerlo aquí.
No estoy de acuerdo con romantizar los horarios de las cirugías ni las condiciones de los residentes en general, pero se me antoja como otro recordatorio silencioso: estar aquí sentada, bajo el sol, con un café mejor que el de la mayoría de los hospitales, revisando los análisis e historiales de los pacientes, me recuerda que, aunque no elegí hacer esto que me define, también puede ser bonito.
Apenas he abierto el primer historial cuando mi hermana me llama.
—Anoche pasé por tu casa. —Ni me saluda ni me da los buenos días.
—Ah, me llamaron a las…
—Lo sé —me interrumpe y, aunque no está aquí, es como si la viera curvar la boca en una sonrisa empalagosa y apoyar la barbilla en el puño mientras me mira—. Me lo ha dicho Beckett.
La boca se me seca y el corazón, rebasando los límites, se me encoge en el pecho.
—Él…
—Ahórratelo. Vi los arañazos. —Me vuelve a interrumpir con voz socarrona antes de seguir hablando—: Imagina mi sorpresa cuando abrí la puerta de casa de mi hermana mayor para preguntarle si quería acompañarme a casa de papá para ver una película el domingo por la noche y lo vi salir de tu cuarto poniéndose un suéter…
con arañazos que solo podían provenir de ciertas uñas por todos sus preciosos hombros varoniles.
¿Estás acostándote con un deportista profesional y no se lo has contado a tu querida hermana? Eso me ha dolido, Greer.
—No me estoy acostando con él. —Intento tragar—. Solo ha sido una vez.
Stella resopla.
—No finjas. Has pasado semanas con él en el hospital, lo llevaste a esa gala y ahora esto.
¿Qué va a ser después, la boda? ¿Se te olvidaron los límites y esos planes de centrarte en ti misma en el momento en que se quitó la camiseta o qué?
A mí me habría pasado. A ver, anoche solo eché un vistacillo a sus abdominales, pero me he visto ese anuncio bastantes veces como para saberlo con certeza.
Cree que está bromeando. Que está haciendo de hermana, tomándome el pelo.
Quizá en otro mundo así sería, pero en este mi hermana no vive en un cuerpo que no puede evitar dar.
No sabe lo que es ser el tipo de persona aberrante que le da a su padre parte de su hígado y a veces desearía no haberlo hecho.
No es tan hipócrita como para dedicar su vida a lo que precisamente le hizo daño.
—Para —susurro.
Ella inspira.
—Bon…
—No me llames así.
—Era una broma, Greer. —A Stella se le quiebra la voz al darse cuenta de que se ha pasado—. Por supuesto que no pienso así. Puedes salir, no salir o acostarte con quien quieras. No tiene nada que ver con quién eres como persona.
—No pasa nada. —Me seco los ojos—. Tengo que dejarte, Stella, tengo que ir a ver a un paciente.
Cuelgo antes de que pueda contestar.
Parpadeo para secarme las lágrimas e intento tragarme el dolor que me cierra la garganta. Quizá lo haya dicho en broma, pero tenía razón; quizá no haya podido contenerme.
El sol ya no me hace sentir tranquilidad.
La mañana ya no me resulta relajante. Tal vez siga observando el lago en calma, es posible que haya pájaros piando, sople una brisa preciosa y los rayos de sol caigan sobre el agua que acaricia la orilla, pero lo único que hacen es recordarme que hubo un accidente, que un coche se hundió en el agua y que quizá siga al fondo del lago, perdido para siempre.
Tal vez conmigo dentro.