Estrictamente profesional 18
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Greer

—Menuda pasada de bañera. —Beckett me sonríe cuando entra en mi dormitorio otra vez y se pasa una mano por el pelo.

Enarco una ceja.

—¿Tanto te gustan los baños?

—Claro. Los adoro. Ya sean de hielo o no. —Asiente y estira el brazo hacia el lado, flexionando todos los músculos de su abdomen. No ha vuelto a ponerse el suéter, solo los pantalones cortos.

De hecho, ni siquiera ha hecho amago de irse.

Se ha quedado tumbado en la cama conmigo, jugueteando con las puntas de mi pelo y deslizando los dedos por mis hombros y brazos mientras nuestras respiraciones se ralentizaban y veíamos cómo las estrellas empezaban a cobrar vida en el cielo a través de la ventana.

No creo que haya sido muy de amigos estar sentados así, ni estar hablando desnudos mientras nos levantábamos y nos vestíamos. Ni que me dijera que debería ponerme el pijama gris porque cree que el color es bonito, ni cuando nos hemos sonreído y reído juntos.

No estoy segura de cuánto tiempo ha pasado. Beckett tiene ese don de que, a su lado, el tiempo siempre parezca escurrírseme entre los dedos.

Y no solo el tiempo. Mi mente también se queda en silencio. No me doy cuenta de que estoy a punto de saltarme uno de mis límites hasta que lo tengo frente a mí, hasta que llego al borde del precipicio y estoy a punto de caer en lo que probablemente sea una muerte incierta.

Quizá debería pedirle que se fuera. Empieza a sonar una alarma en mi cabeza; siento una punzada en la cicatriz y recuerdo que escribí todas esas frases en un triste intento de supervivencia.

«Ya no puedes dar nada más», susurra mi cerebro. «Si no dejas de dar una y otra vez, al final no te quedará nada».

Entonces Beckett habla. Su voz, que sigue sonando ronca durante este estado confuso después del sexo, cruza la habitación y me envuelve.

Mi cerebro desconecta porque a otras partes de mi cuerpo les gusta cómo suena.

Señala el mando, que está colocado de cualquier manera sobre la estantería, y después la tele colgada en la pared frente a mi cama.

—¿Quieres ver algo?

Me descubro asintiendo. Nunca la uso, pero Stella insistió en tenerla para las noches en las que se quedaba a dormir.

Beckett sigue de pie, frotándose la parte trasera del cuello con una mano y pulsando los botones al tuntún hasta que consigue encender la tele.

Arrugo la nariz y paso la mirada de él al canal que elige.

—Perdona, ¿acabas de poner los mejores momentos deportivos? Es como si yo llegase a casa y me pusiese a ver Chapuzas Estéticas .

Me lanza una sonrisa relajada antes de volver a la cama, a mi lado.

—Claro, tengo que ver qué dicen sobre mí.

Jugueteo con el tirante de mi camiseta y lo miro con los ojos entrecerrados. Vuelve a frotarse el cuello antes de hacer lo mismo con la mandíbula, donde le palpita un músculo. Creo que realmente no quiere saberlo.

—No tienes por qué hacerlo —le digo. Le quito el mando de la mano y cambio de canal.

Beckett frunce el ceño y se lleva una mano a la nuca antes de apoyarse en el cabecero.

—¿Hacer qué?

—Ser otra persona. Fiable. Carismático. Quien todo el mundo espera que seas. —Me encojo de hombros—. Puedes ser tú mismo.

Se me queda mirando durante un minuto antes de sonreír y asentir despacio. Se le han formado pequeñas líneas de expresión alrededor de los ojos.

—¿Seguro que no eres psiquiatra? ¿No te has licenciado en Psicología?

Niego con la cabeza.

—No, estudié Biología y solo hice una rotación en Psicología.

Beckett sigue con una mano detrás de la cabeza, por lo que los bíceps y tríceps se le marcan aún más cuando se mueve. Lleva la otra mano al dobladillo de mi camiseta de tirantes y juguetea con él antes de sonreírme.

—Biología. ¿Alguna vez has pensado en todas las formas de vida que habrá en otros planetas?

—Un momento, ¿me estás preguntando por los extraterrestres? —Abro mucho los ojos y se me escapa una pequeña carcajada.

—Y tanto. —Beckett asiente con entusiasmo—. El universo es inmenso, doctora Roberts. ¿Cómo sabemos lo que hay ahí fuera realmente?

—No me digas que también estudiaste Astronomía.

—Qué va. Estaba demasiado ocupado corriendo y luego pateando. Pero sí que estudié la Revolución Francesa.

—Qué… específico.

Se incorpora con los ojos haciéndole chiribitas, como si la Revolución Francesa fuese un hipopótamo recién nacido que ha conquistado al mundo y todos deberían saber de él.

—Venga ya, ¿qué hay más interesante que un hombre que se alce de la nobleza extranjera y se convierta en el mejor militar de su época, autodenominándose emperador y traicionando los ideales del movimiento que lo ayudó en su ascenso?

Arrugo la nariz y curvo los labios hacia abajo.

—Muchas cosas.

Uno de sus dedos se cuela bajo mi camiseta y me roza la cicatriz. Es un movimiento casual, como si llevara años haciéndolo y no fuéramos apenas amigos, como si fuese un contacto laboral con el que he acabado en la cama.

Deja la mano quieta y baja la mirada. Traga saliva y sus ojos se desvían hacia los míos.

—¿Esta cicatriz es… del accidente de coche?

Parpadeo. Es una pregunta sencilla, aunque la respuesta no lo es tanto.

No sé por qué se lo cuento. Es una de las dos cosas que nunca le cuento a la gente. Pero Beckett se vuelve a apoyar contra el cabecero con expresión seria. El pelo se le ondula en la nuca y sigue jugueteando con el dobladillo de mi camiseta con el pulgar y el índice.

Niego con la cabeza.

—No, es de un trasplante. Le doné la mitad de mi hígado a mi padre cuando tenía dieciocho años.

—¿Por el accidente?

Porque conducir borracho con sus dos hijas adolescentes fue, por lo visto, la gota que colmó el vaso, y no dan órganos a nadie que tenga problemas de alcohol y sea incapaz de permanecer sobrio. Pero yo era perfectamente compatible.

Mi cerebro vuelve a la vida y me grita: «Apártate del borde porque te vas a caer. Ya lo hiciste una vez; esta vez quizá no sobrevivas».

Esbozo una pequeña sonrisa.

—Algo así.

Curva los labios hacia arriba y ahí veo su hoyuelo.

—Es la tercera vez que te pregunto algo parecido y que me das la misma respuesta. —No sé qué contestarle, pero suaviza la expresión y susurra—: Fuiste muy valiente.

No creo que pueda considerarme valiente cuando quizá me arrepienta; cuando lo hice porque solo sé dar partes de mí misma.

—Ir al hospital sí que ha sido valiente por tu parte —digo en voz baja. Y va en serio.

Le brillan los ojos y hace una mueca.

—Ya, bueno, si le preguntas a Nathaniel, te dirá que tendría que haberle dado publicidad y ayudado a recaudar dinero para los niños con cáncer desde que empezó a trabajar en el hospital.

Me encojo de hombros.

—El duelo es complicado.

Beckett frunce el ceño y empieza a negar con la cabeza.

—¿El duelo?

—Sí, el duelo —repito. No varía su expresión y curva las comisuras de los labios hacia abajo. Sigue pareciendo confundido. Está mono así. Ladeo la cabeza—. ¿Has hecho luto alguna vez?

—¿Qué tengo que llorar? Sarah ha sobrevivido.

Gira el cuello como si pudiese destensárselo así, como si no estuviera hablando de algo serio.

—¿Tu infancia? —respondo. Él no dice nada, pero sus hombros se hunden casi de forma imperceptible.

Noto que le duele. Me incorporo, detengo su mano, que sigue jugueteando con mi camiseta, y entrelazo nuestros dedos—.

Imagina una hipotética infancia optimista y sana. ¿Cómo sería? ¿Se parecería a la tuya?

Él mira nuestras manos entrelazadas y pasa el pulgar por el dorso de la mía.

—Vaya. Otra vez que ves a través de mí.

Alza la mirada y me contempla con demasiada intensidad, así que echo los hombros hacia atrás y le suelto la mano.

Si le ha molestado, no lo demuestra. Vuelve a tumbarse con la mano detrás de la cabeza y gira el cuello para mirarme.

—¿Cómo fue tu infancia? Solo erais tu padre, tu hermana y tú, ¿verdad? ¿Tu…?

—No recuerdo a mi madre. —Lo salvo de tener que buscar una forma educada de preguntar si tengo una—. Se fue cuando yo tenía cuatro años y Stella, dos.

—Pero erais sus hijas.

Es cierto, aunque también era la esposa de mi padre, y creo que no pudo soportar vivir con él ni un segundo más.

Su instinto de supervivencia fue más fuerte y, por alguna razón, no nos incluyó.

No puedo preguntárselo, pero se fue. Stella dice que siento más compasión por ella que por todos los demás, y quizá sea cierto.

A veces entiendo por qué lo hizo y no estoy segura de que sea muy distinto de lo que yo misma estoy tratando de defender. Espero que, esté donde esté, sea feliz.

Y lo digo en serio.

Beckett me lanza otra de esas miradas intensas suyas, pero enarca las cejas antes de estirar el brazo y volver a agarrar el mando.

—Menuda eres, doctora Roberts. —No me está mirando cuando lo murmura. Parece como si las comisuras de su boca se estuvieran curvando hacia arriba.

No respondo. Me recuesto contra el cabecero y apoyo el hombro contra el suyo mientras él pasa los canales. Se para en uno, me mira de soslayo y sonríe.

—¿ American Psycho ? Como te gusta tanto ese restaurante ficticio que hasta tienes una camiseta con su logo…

—Claro. —Asiento, aunque sé que debería pedirle que se fuese, que debería irme a dormir y dejar que esas líneas a mi alrededor calen en mí para despertarme mañana y recordar que los límites existen para mantener a salvo a la gente como yo—. Podemos verla.

Y lo hacemos.

Llegamos a la mitad y mi teléfono empieza a sonar por un aviso. Desvío los ojos hacia donde lo he dejado en el alféizar y apenas presto atención cuando lo cojo. No obstante, al ver la pantalla, inspiro hondo y suelto un ruidito de entusiasmo. Salgo de la cama pasando por encima de Beckett.

Giro la cabeza hacia atrás para mirarlo y levanto el teléfono.

—Lo siento, tengo que irme. Pero puedes quedarte si quieres, termina la película. Dúchate, duerme un poco. Lo que te dé la gana. Simplemente dale al botón de cerrar en el teclado de la entrada cuando te marches.

—Intuyo que son buenas noticias. —Esboza una leve sonrisa.