17 #2
Me agarra con más fuerza, tan solo durante un momento, y luego desliza la mano por mi mentón hasta la nuca y la enreda en mi pelo.
Me está mirando tan fijamente que creo que me he quedado embelesada con sus ojos.
Muevo las caderas otra vez porque tampoco soy capaz de describir lo que estoy sintiendo entre las piernas.
Hundo los dedos en sus hombros, se me escapa un gemido y me agarra con más fuerza.
Nos estamos mirando, aguardando, y creo que debería decirle que se vaya.
Entonces, sus labios encuentran los míos y soy incapaz de pensar en nada más que en él.
No sé muy bien si es un beso —lo es por definición: nuestros labios se están tocando, su lengua ha encontrado la mía—, pero creo que podría tratarse de otra cosa bien distinta.
Con una mano me sujeta la cabeza y con la otra me atrae hacia él por la espalda. Mueve las caderas al ritmo de las mías y nos quedamos así durante un buen rato: mordisqueándonos los labios, agarrándonos la ropa y la piel y moviendo la lengua contra la del otro. Meneo las caderas sobre las de él.
—¿Tu habitación? —Su voz suena baja y ronca y precede a un gemido que queda atrapado en su garganta cuando me arqueo contra él.
Se separa, baja la boca a mi cuello y me roza la piel con los dientes.
—A la vuelta de la esquina —consigo musitar, echando la cabeza hacia atrás.
Beckett no pierde el tiempo: se pone de pie con una mano agarrándome la nuca y la otra rodeándome la cintura, y yo envuelvo las piernas a su alrededor, desesperada por sentirlo más cerca y notando sus abdominales y oblicuos definidos contra mis muslos.
Como si supiera adónde va, como si hubiera vivido aquí toda su vida, me saca del salón y me lleva por el pasillo sin dejar de besarme ni de entrelazar nuestras lenguas hasta terminar de abrir la puerta de mi cuarto de una patada.
Se separa de mi boca para hablar.
—Bonita habitación. Bonita cama. Me muero por follarte en ella.
Parpadeo y echo la cabeza hacia atrás con una carcajada.
Él sonríe y enarca las cejas antes de ponerse mandón.
—Baja.
—¿Siempre eres así de dominante? —Poso las manos en sus hombros y Beckett se inclina hacia delante para que pueda tocar el suelo.
No lo suelto cuando se incorpora. No creo que pueda.
Me agarra de las caderas con ambas manos y vuelve a sonreír.
—Soy lo que quieras que sea.
No estoy pensando cuando sus manos encuentran el dobladillo de mi camiseta y sus labios, dientes y lengua se separan de mí durante un segundo mientras me la saca por la cabeza.
Beckett cae de rodillas y me besa en mi centro, y yo echo la cabeza hacia atrás con un jadeo porque, incluso a través de la ropa, creo que es lo mejor que he sentido nunca.
Sus manos hallan la cinturilla de mis leggings y está a punto de bajármelos cuando levanta la mirada hasta mis ojos.
Aunque primero pasan por mi vientre… y se detienen en la cicatriz.
En lo que a cicatrices se refiere, podría ser peor. No es más que una línea rosada y abultada en la parte inferior derecha de mis costillas.
Pero ahí está. Y él la ve.
Beckett tensa las manos en mi cintura antes de alzar una con indecisión y de pedirme permiso con los ojos.
Asiento con suavidad y desliza el pulgar por la piel cicatrizada.
Se detiene en la parte inferior sin dejar de mirarme.
—Qué bonita.
Parpadeo y creo que me lo he imaginado, porque sus manos han vuelto a mi cintura y están deshaciéndose de la licra que cubre mis piernas y de las bragas debajo de ella.
—Quítate el sujetador.
—¿No me lo vas a quitar tú? —pregunto, pero ya estoy flexionando los brazos en busca del enganche de la espalda.
Beckett sacude la cabeza, me agarra las caderas de nuevo y me acerca a él.
—No, estoy muy ocupado aquí abajo.
Me acaricia con la lengua antes de que me dé tiempo a desabrochármelo.
—Joder —jadea Beckett contra mi carne, moviendo la lengua en círculos lentos.
Me mira a los ojos. No dice nada, solo me mira. Mi sujetador cae al suelo y abro los labios con un gemidito.
Pierdo la noción del tiempo cuando me está besando de esa forma, así que no sé cuánto tiempo nos quedamos así, él de rodillas otra vez, acariciándome y penetrándome con la lengua, agarrándome las caderas con fuerza, y yo clavándole los dedos en los hombros.
Pero se levanta con la respiración acelerada y apoya la frente contra la mía antes de negar con la cabeza.
—Joder, necesito estar dentro de ti ya.
Creo que jadeo, pero sus labios se estrellan contra los míos y empieza a caminar hacia delante hasta que la parte de atrás de mis piernas choca con la cama.
—Túmbate —dice contra mis labios.
Me gusta que esté al mando.
Mi mente está tranquila y no siento esa punzada extraña de siempre resonando en los lugares donde creo que estoy vacía.
Beckett levanta los brazos y agarra el suéter por detrás de la cabeza antes de quitárselo de un tirón y lanzarlo al suelo.
Lleva las manos a la cinturilla de sus pantalones cortos.
Se los baja y los músculos de sus muslos se tensan; ahora solo queda una licra negra pegada a ellos que no deja nada a la imaginación.
Eso es lo siguiente que se quita. Mi boca se reseca un poco porque está durísimo y jamás he visto algo igual. Parpadeo cuando se agarra la erección y se tensa.
—¿Tienes un condón? —pregunta con voz ronca.
—En el primer cajón.
Señalo la cómoda. Ver a alguien como él, esculpido y definido por los años y años de entrenamiento de eso que creo que ama y odia a partes iguales, cruzar tu habitación desnudo y con los músculos tensos para mirarte solo a ti cuando se va a poner un condón es una pasada, posiblemente una experiencia que solo se vive una vez.
—¿Estás segura? —dice cuando se tumba sobre mí. Su voz suena ronca y grave, pero hace que todo mi cuerpo se derrita por dentro y por fuera.
Parpadeo y asiento. Él coge aire de golpe y mueve la mano entre nosotros hasta llegar a donde estoy completamente empapada.
Curva las caderas y un gemido estrangulado escapa de sus labios cuando se introduce en mi interior.
Se me corta la respiración ante la presión repentina, pero enseguida se transforma en una sensación maravillosa.
Entierra la cara en mi cuello y me araña la piel con los dientes, y yo deslizo las manos por su espalda.
Nos quedamos así durante un momento, con ambos corazones martilleando a la vez y nuestros cuerpos sudorosos juntos, antes de que él levante la cabeza y apoye la frente contra la mía.
Empezamos a movernos al mismo tiempo, y tal vez no debería parecerme tan natural, pero es como si nuestros cuerpos se conocieran de antes.
Junta sus labios con los míos y pasa su lengua por mi boca.
—Dime qué te gusta.
«Tú», pienso. Siento fuego en todos los lugares en los que me está tocando, como si fuera a sufrir una combustión instantánea y a morir, feliz, porque Beckett Davis y su lengua han sido la causa de mi muerte.
Pero contesto otra cosa.
—Me gusta… más despacio.
Arqueo la espalda contra su pecho y clavo las uñas en los surcos de los músculos de su espalda.
Se detiene, aprieta el puño sobre la almohada a mi lado y agarra el cabecero de la cama con la otra mano antes de mover las caderas hacia arriba.
—¿Así?
—Sí —gimo y me muerdo el labio inferior. Levanto las caderas contra las de él—. ¿Qué te gusta a ti?
Beckett abre los labios y los músculos de su cuello y hombros se tensan. Su voz no es más que un gemido ronco.
—Creo que, contigo, cualquier cosa.
Eso —la idea de que quizá yo, cicatriz incluida, a la que antaño le faltaba una pieza de su cuerpo y la que siempre da demasiado de sí misma, esté lo suficientemente entera para él, para hacer sentir a su cuerpo del mismo modo que él hace sentir al mío— hace que me arquee más, que clave los dedos en su espalda con más ahínco y que un jadeo escape de mi garganta.
Toda esta situación es demasiado íntima, pero no puedo concentrarme en ese pensamiento; se deshace, se derrite cuando su mano abandona el cabecero y empieza a deslizarse por mi pecho, por mis costillas, hasta detenerse en la unión entre mis piernas, donde su pulgar empieza a moverse en círculos pequeños.
Siento que nuestros cuerpos se tocan por todas partes y es demasiado tarde, porque creo que voy a combustionar y a morirme aquí mismo.
Es su nombre en mis labios, el suave gemido que se escapa de su garganta, la presión de él en mi interior y la caricia de su pulgar lo que me hace explotar.
Él mueve las caderas más rápido y noto cuándo se corre. Veo que cierra los ojos y abre los labios con un jadeo; luego, se queda quieto. Respira durante un momento antes de parpadear despacio, y ahí están esos ojos esmeralda tan preciosos.
Beckett permanece sobre mí durante un rato más con la respiración agitada y los ojos nublados. Después, baja la cabeza para darme un beso en los labios, echa los hombros hacia atrás y se tumba a mi lado con un gemido.
Con el pelo pegado a la frente, los ojos vivos y despiertos y una sonrisa satisfecha y perezosa, me tiende la mano.
—Excelente reunión de trabajo. Hemos avanzado mucho.
Por segunda vez, sonrío y levanto el brazo para estrechársela.