17
Greer
Toqueteo el extremo de la tirita que tengo en el hombro antes de arrancarla de golpe.
No hay sangre y apenas veo el sitio del pinchazo.
Me miro el hombro en el espejo del cuarto de baño y lo ruedo un par de veces antes de tirar la tirita a la basura. Sigue un poco agarrotado, pero nada fuera de lo normal.
Esta mañana he arrastrado a mi padre y a mi hermana a la clínica del hospital para que él se vacunara contra la gripe, que tanto necesita, y he aprovechado para obligar a mi hermana a que se quedara sentada durante tres segundos para que ella también se vacunara.
Una salida en familia preciosa y encantadora.
O lo habría sido si a ellos les interesara su seguridad y no tuviera que obligarlos.
Cuando he tenido que recordarles que mi padre tiene que cuidarse, que todos tenemos que hacerlo, me ha dolido.
Stella me ha mirado y ha suspirado con exasperación antes de cerrar la puerta de mi coche de un portazo y repetir las palabras que me había dicho antes: «Lo sabemos, los hígados no crecen de los árboles. Tenemos que cuidar los nuestros».
No crecen de los árboles.
Pero uno creció en mí y lo regalé, y a veces creo que no quise hacerlo.
Parpadeo frente al espejo y desciendo la mirada hacia el lado derecho de mis costillas, hacia la cicatriz que queda oculta por la camiseta, ligeramente abultada y rosada incluso después de todos estos años.
Vuelvo a levantar la cabeza y me fijo en los rasgos que comparto con mi hermana y con mi padre: los pómulos, los ojos —aunque son de distintos tonos de verde— y todo lo demás que se encuentra debajo de la superficie.
Y entonces trato de recordar por qué lo hice.
Las hojas de la planta de eucalipto de Stella, enredadas en torno al marco dorado del espejo, crujen bajo la fría brisa nocturna que entra por la ventana abierta de mi habitación.
Cuando salgo del cuarto de baño, me debato si olerlas para ver si por fin sirven de algo, pero, en cambio, veo el vestido de la gala sobre el brazo de una silla en un rincón de la habitación y me acuerdo de Beckett.
Pienso en sus ojos cuando giro en el pasillo y entro en el salón.
Cuando agarro el libro de la estantería donde lo dejé, pienso en sus manos agarrándome las piernas y manteniéndome a flote, sobre el suelo de verdad en vez de suspendida e impotente en una masa de agua.
Cuando enciendo la vela que tengo en el centro de la mesilla, pienso en él respirando al mismo tiempo que yo.
Cuando me siento en el sofá, pienso en sus manos subiendo por mis piernas y deteniéndose en mis rodillas, y en sus ojos pidiéndome permiso.
Trato de no pensar en él cuando saco el marcapáginas de donde lo dejé. Aun así, no soy capaz de ver las palabras frente a mí; se emborronan, mi mente pasa de largo y tengo que retroceder.
No veo nada. Solo a él, creo.
Lo veo con esa personalidad tan efervescente y esa actitud de no tomarse las cosas en serio. Aunque a mí sí me ha tomado en serio.
Lo veo mirándome atento, asintiendo casi imperceptiblemente, antes de que su sonrisa se vuelva más macarra y sus manos sigan ascendiendo.
Pero no veo lo que sucede a continuación porque alguien llama al timbre de la puerta.
Suelto el libro y realmente no estoy pensando con claridad cuando recorro el pasillo y abro la puerta.
Beckett está apoyado contra la barandilla de madera, con los brazos cruzados sobre su torso ancho y las curvas de sus bíceps visibles bajo un suéter gris que lleva remangado hasta los antebrazos y deja a la vista sus fuertes músculos y las venas.
Tiene un pie apoyado contra la barandilla y los cordones de los zapatos atados a lo loco.
También se le ven los muslos gracias a los pantalones cortos que lleva puestos.
No está sonriendo; de hecho, está demasiado serio. Hasta su voz suena más ronca de lo normal.
—Buenas noches, doctora Roberts.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabías que tenía el día libre?
No lo he visto desde la gala, desde que tuvo la cabeza entre mis piernas durante un extenso periodo de tiempo, y solo le envié aquel mensaje de agradecimiento después. No fue por el orgasmo, sino por quedarse conmigo. Por verme cuando nadie más lo había hecho y por asegurarse de que estaba bien.
—He probado suerte, ya que imaginaba que una doctora adjunta tan importante y reconocida como tú no podía estar trabajando un domingo por la noche.
—Me observa de arriba abajo y me fijo en que sus ojos apenas son verdes.
Tiene las pupilas dilatadas, la mandíbula tensa y un músculo le palpita en la mejilla.
Vuelve a levantar la mirada y enarca las cejas—.
Tengo un problemilla con el que esperaba que pudieras ayudarme.
—¿Eh?
—Sí. No puedo dejar de pensar en mi cabeza entre tus piernas —suelta con voz grave y de forma del todo inapropiada mientras se encoge de hombros—.
La temporada empieza esta semana y no puedo dejar de pensar en ti.
No puedo visualizar. No apunto una mierda.
Anoche hasta me pasé la calle de mi casa con la camioneta.
Me tiro una cantidad desorbitada de tiempo en la ducha pensando en ello.
En muchas cosas, en realidad. Como en lo mucho que me gustaría follarte.
—Eh… —repito. Parpadeo y siento que se me acelera el corazón. Pero no es como cuando pasa por algo malo. Esto es diferente. Se me pone la piel de gallina y me estremezco, aunque no creo que sea por la brisa nocturna—. Puedes entrar, si quieres.
Asiente y se separa de la barandilla.
—Me encantaría.
Ninguno de los dos dice nada, pero todo suena estridentemente alto. Sus pasos en el porche. El crujido de la puerta y el clic de la cerradura al usarse. Su aliento en mi nuca cuando me sigue al interior.
Su corazón. Mi corazón.
La luz sigue siendo tenue; la vela permanece encendida en la mesilla auxiliar y el libro está donde lo he dejado, abierto sobre una manta. Beckett mira alrededor, pero no parece centrarse en nada en particular antes de sentarse en el sofá.
No aparta los ojos de mí cuando me acomodo a su lado; solo nos separa un cojín y un libro.
—¿Te gusta leer sobre…? —Beckett deja la pregunta en el aire para levantar el libro y mirar la cubierta antes de darle la vuelta para leer la contracubierta. Vuelve a mirarme y, por un instante, veo un brillo pícaro en sus ojos antes de que se ponga serio otra vez— ¿… romance y hadas sexis?
—¿Y a quién no?
Me muerdo el labio, me inclino hacia delante y le quito el libro. Mis dedos rozan los suyos; estoy a punto de sentarme de nuevo, pero entonces cierra la mano alrededor de mi muñeca.
—¿Y este de qué va?
Abro los labios y se me corta la respiración. En realidad, creo que no me queda aire en los pulmones. Aun así, ese pensamiento no me asusta como lo haría normalmente. Trago saliva y rozo el dorso de su mano con los dedos.
—De una humana transportada a otro reino donde la retiene un macho serio, moreno y de metro noventa y cinco al que a veces le salen alas. Ya sabes, lo normal.
Beckett asiente sin apartar los ojos de mí.
—¿Eso es lo que te gusta? —Su voz suena más grave y ronca que antes y acaricia mi piel desnuda como lo haría una de sus manos llenas de durezas.
—Claro, ¿por qué no? —digo, y por fin libero mi muñeca de su agarre y me reclino sobre el reposabrazos para poner distancia entre los dos, aunque no estoy segura de si quiero—. Pero lo que hiciste la otra noche también estuvo bien.
Sus ojos descienden hacia mis hombros y mis brazos cruzados antes de volver a mirarme a los ojos.
—Puedo hacer muchas cosas.
—Apuesto a que sí —carraspeo.
—¿Quieres que te lo demuestre?
Parpadeo. Hay un millón de cosas en las que debería estar pensando —por qué es una mala idea, por qué debería pedirle que se vaya, por qué no debería dejar que penetre en mis defensas más de lo que ya lo he dejado—, pero todo eso parecen minucias fugaces e intrascendentes cuando me mira así.
Siento el aire de la estancia increíblemente pesado, como si hubiera una cuerda entre nosotros que se ha tensado en cuanto he abierto la puerta y él estaba ahí.
Bajo la mirada hasta su boca entreabierta y me pregunto cómo sería tener sus labios contra los míos otra vez.
Vuelvo a centrarme en sus ojos y asiento muy despacio.
—Vale.
Beckett se inclina hacia delante, con todos los músculos del cuerpo tensos, y me quita el libro de las manos. No aparta la vista de mí mientras lo deja sobre la mesilla.
Sigue mirándome cuando me envuelve las muñecas con sus dedos. Se reclina sobre el sofá y tira de mí hacia su costado. Me quedo así durante un momento antes de que sus manos vuelen hasta mi cintura.
Como si no pesara nada, ni fuera alguien con un bagaje tan pesado que parece estar hundiéndose constantemente en el agua dentro de un coche estrellado hace muchos años, me sienta sobre su regazo hasta que nuestros torsos y frentes casi se tocan.
Inspiro. Huele a algo que no soy capaz de reconocer, aunque creo que es algo que hace mucho tiempo me gustaba, cuando era joven, libre y estaba a salvo.
Apoyo las manos en sus hombros y siento los arcos y la curva de sus músculos bajo el suéter mientras él desliza los dedos por debajo de mi camiseta.
—Dudo que los colegas se sienten así —susurro, y siento cómo me aprieta la cintura aún más.
Aunque apenas puedo ver sus ojos así de cerca, las estriaciones verdes se iluminan y esboza una sonrisilla torcida que deja a la vista su hoyuelo bajo una barba de varios días.
—Tampoco se dan placer con la lengua en un armario. Estoy seguro de que no recuerdan el sabor un tiempo después. Y dudo que se pasen los días con la polla dura de solo pensar en ello.
Abro los labios, balanceo las caderas y bajo la mirada hacia donde puedo sentirlo empalmado contra mí.
Pero su pulgar y su dedo me agarran la barbilla y me levantan la cabeza para obligarme a mirarlo.
—Doctora Roberts, mírame. —Su voz baja varias octavas y la siento recorrerme de pies a cabeza.